Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

MADELINE

—Esto ha sido una malísima idea, Maya —reconozco, frunciendo el ceño—. A Sebas le han dado una paliza, estoy segura de que esa ceja necesita puntos, por Dios…

Maya parece algo preocupada, no lo suficiente, claro, pues este tío solo es uno más de la lista de peligrosos amantes de mi mejor amiga, pero, al fin y al cabo, estamos aquí gracias a él, por lo que atenderle tras la pelea parece ser lo justo.

—No te preocupes, rubita —gimotea este, intentando demostrar sin éxito que se encuentra bien—, puede que Silas tenga mucho cuerpo, pero él ha acabado peor que yo, la gracia de estos combates es que en ocasiones suele ganar quien menos se espera, por eso he dejado que me dé un par de hostias, había que dar espectáculo.

Asiento, comprendiendo a duras penas lo que me cuenta.

Si bien es cierto que Sebas tiene un cuerpo bastante musculoso, no es ni la mitad de grande que el tal Silas, ese mastodonte con el que ha tenido la poca prudencia de pelear.

Pero sí que es verdad que, contra todo pronóstico, ha ganado, así que tal vez sea verdad eso de que es más importante la técnica que los músculos.

¿Sinceramente? No puede importarme menos.

Yo he venido aquí por tres motivos: el primero, acompañar a May, el segundo, cuidar de mi hermano, y el tercero… pues porque necesitaba inspiración, supongo.

Y vaya si la estoy encontrando.

Aquí los tíos van medio desnudos, a todos parece gustarles demasiado exhibir sus músculos, y mi mente creativa y yo nos aprovechamos de eso.

—Para empezar, Sebastián —carraspea Maya con evidente cabreo—, no puedes llamar a mi mejor amiga «rubita». Es rubio platino. Y si su hermano te escucha, te matará, no quedará nada de ti, chulo.

Una media sonrisa se me escapa de entre los labios, mi mejor amiga y sus ocurrencias…

—¿Celosa, morena? —susurra él, socarrón—. Discúlpame entonces, Barbie Rubio Platino —se autocorrige con falsa molestia—. Y no te preocupes, tu hermano no tiene nada de qué preocuparse: eres maja, pero me van más las camareras con mala hostia…

El pequeño halago hacia mi amiga me saca una sonrisa.

Ay, Sebas... Si supieras que te queda medio telediario.

Pero, obviamente, me guardo este comentario para mí, pues no solo es de mala educación, sino que lo que May haga o deje de hacer con su sexualidad no es cosa mía, ni mucho menos de este tío.

¿Y qué si se acuesta con tantos hombres como puede?

La tía es una máquina, es preciosa, con ese pelo oscuro como la noche y esas gafitas que la hacen tan sexy como intelectual. Y, además, los tíos hacen esto continuamente, así que, si ella quiere hacerlo, yo la apoyo.

—Hablando de tu hermano —susurra Sebas—, creo que su espectáculo va a comenzar.

Me giro sobre los talones y nos acercamos un poco más al ring, esto se nos hace más difícil de lo que nos gustaría, pues está atiborrado de gente y las luces se han apagado, así que solo vemos la gran plataforma en la que se encuentra un árbitro con cara de pocos amigos.

Y sin dudar, nos ponemos casi en primera fila, gracias a los empujones de Sebas.

¿Qué? No soy fan de las peleas, pero a mí también me da cierta curiosidad.

El gorila que debe separar a los contrincantes anuncia a los luchadores de esta noche, me hace cierta gracia que mi hermano se auto proclame «Cuadro de la Muerte».

Muy típico de Lucian, su ego no conoce límites.

Lo veo aparecer de entre las sombras con una máscara amarilla de lo más siniestra, no puedo observarla durante demasiado tiempo pues algo en ella luce inquietante.

No sé si son las gotas que parecen sangrar, la luz neón que la adorna o la expresión en sí, pero estoy segura de que esa máscara haría que cualquiera echara a correr.

Sus pantalones son del mismo color, resaltando las piernas musculadas y, debido a su falta de ropa en el resto del cuerpo, su torso desnudo atrae los cuchicheos de varias chicas que ya están babeando.

Lucian les lanza un beso a través de la máscara; poco más y se les caen las bragas al suelo, por Dios… Qué cretino.

Vale, debo reconocer que mi hermano tiene su atractivo, él y Julian comparten un exquisito metro ochenta, unos músculos más que trabajados, el pelo color chocolate de papá y dos caritas de demonios perversos.

Pero, aun así, son mis hermanos, por lo que verlos ligar entra en mi top uno de la lista de cosas más desagradables.

—Joder, me encantaría follármelo con esa máscara puesta —susurra Maya, que no se esfuerza ni lo más mínimo por ocultar que se acuesta con el depravado de mi hermano.

Y es que, si al menos hubiera sido Julian, estaría más tranquila, pero estos dos juntos son un puto peligro y un dolor de cabeza.

—Igual puedo convencerle cuando acabe el combate, me encantaría lamerle las heridas.

Una carcajada sale disparada de mi pecho y no puedo hacer nada por contenerla, a May parece ocurrirle lo mismo y, entonces, Sebas nos mira algo extrañado, pues debe creer que estamos locas, ya que no se ha enterado de nada de lo que Maya acaba de decir.

Y menos mal, porque no me apetece un numerito.

—Sabes que te quiero, pero ahórrame los detalles anda.

Se encoje de hombros como diciendo «tú te lo pierdes», y es que, joder, está colgada, pero así es ella y así la tengo que querer. En realidad, ella y Lucian están hechos el uno para el otro, pero ese pensamiento me lo guardo para mí.

Cuando las carcajadas han llegado a su fin y recuperamos el aliento, lo pierdo enseguida.

Jo-der.

Una vez anuncian al que llaman Leyenda, este sale de entre las sombras tal como ha hecho mi hermano, pero no, no tienen nada que ver.

Este tío no necesita una máscara para resultar intimidante, eso está claro, pero al llevarla, de un rojo tan oscuro como la sangre, provoca cientos de cuchicheos, algún gritito ahogado y, sobre todo, que mis piernas se echen a temblar como un flan.

En un repaso más lento de lo que me gustaría, descubro que debe medir, como mínimo, quince centímetros más que mis hermanos, así que sí, estamos hablando de que mide casi dos metros.

Dos metros de puro músculo, si se me permite la observación.

Su piel luce bronceada de forma natural, lo cual resulta casi imposible dado que estamos en octubre y el sol desapareció hace meses, pero así es.

Los músculos de sus piernas podrían provocar que a cualquiera se le saliera el corazón por la boca, ya que en cuanto subes la mirada, te encuentras con un pantalón granate, atado justo en lo más bajo de la cintura, dejando ver así una uve perfecta que hace que se me seque la boca.

Comparado con mi hermano, es visiblemente mucho más grande; sus brazos son tan anchos como mi cabeza, y sus pectorales parecen estar esculpidos en mármol. Son tan simétricos que por un momento dudo que alguien pueda tener este físico de forma natural.

Es superinjusto, parece un dios griego que ha decidido honrar a los mortales con su presencia, y estoy segura de que le va a hacer daño a mi hermano.

¿Es que aquí no tienen normas?

¿Un pesaje reglamentario?

¿Algo?

Pues parece que no, y a nadie parece alarmarle que esta pelea esté del todo descompensada, mi hermano es mucho más fuerte que el resto de los hombres que han peleado esta noche, también más grande, pero incluso él parece en peligro al lado de ese hombre.

Me pondría histérica ahora mismo de no ser porque en los ojos de mi hermano puedo apreciar una calma absoluta. Eso me desconcierta, pero quizá sea porque son amigos y sepa que no va a matarlo o algo así.

¿Es lo que me indica su mirada o es lo que deseo creer?

No lo sé, es que ese tío parece tener una sed de sangre demasiado explosiva como para contenerla.

Sus ojos no me dicen nada cuando cruzamos la mirada durante un segundo, él no repara en mí, solo está observando a su público, pero esos orbes negros como la noche, casi tanto como su cabello, me dejan helada.

No existe un ápice de humanidad en ellos, quizá sí que sea cierto eso de que es un dios griego, pero lo que está claro es que esto va a salir fatal.

—Se van a reventar —susurra una desconocida a mi lado, babeando por ambos luchadores—. Ay… me encantaría consolarlos después, o celebrar la victoria del ganador en su cama, no sé qué idea me gusta más.

Sus amigas debaten con ella cuál de los dos está más bueno, y yo me desconecto, pues la alternativa es vomitar en mis tacones favoritos, y eso sí que no. No me he puesto mi mejor vestido negro a conjunto con los zapatos y el bolso para acabar toda sucia, de ninguna manera.

La pelea da comienzo y se dan tantos puñetazos que, sin pretenderlo, un gemido de dolor sale disparado de mi pecho. Joder, qué bestias.

La verdad es que creí que mi hermano estaría en desventaja, pero su contrincante parece no reaccionar a tiempo. Si bien le propina unos golpes que, seguro necesitarán hielo más tarde, a estas alturas pensé que ya estaría llamando a una ambulancia.

Por lo que sea, esto no parece hacerle ni pizca de gracia a Leyenda; sus gruñidos de frustración se escuchan desde aquí, y, sin entender muy bien por qué, mi hermano empieza a reírse.

—Vamos, hermano, démosle a esta gente al fin un ganador —escucho a duras penas desde mi privilegiada primera fila—, ya resulta aburrido empatar siempre, mañana me lo agradecerás.

Otro gruñido sale desde lo más hondo de las entrañas de su contrincante, le mete un puñetazo a mi hermano con tanta fuerza que lo manda al suelo en una fracción de segundo, y esto me hace soltar un gritito desesperado.

—Me has drogado, hijo de puta —acusa con convicción—. Te voy a matar.

Dios, su voz…

Tan grave y oscura que podría asustar al mismísimo diablo, instintivamente me hace dar un paso atrás y me sorprendo cuando el calor de mis mejillas me abrasa la cara.

¿Acabo de… excitarme con el sonido de una voz?

Por Dios, ¡estoy enferma! Este capullo está amenazando de muerte a mi hermano, ¿y yo dejo que mis hormonas me controlen?

Pero esto parece causarle más gracia a Lucian de la que es normal. Siempre ha sido bastante sádico, amante de las películas de terror y de la sangre, pero joder, esto es pasarse, incluso para él.