CAPÍTULO 1
EIDEN
La sangre y la adrenalina son el motor de mi vida.
Se me da de maravilla emplear las manos para ganar algo de dinero.
Sucio, pero dinero, al fin y al cabo. Y es que trabajar en la empresa de ciberseguridad más importante del país puede sonar emocionante, pero si tu jefe resulta ser tu padre, te encuentras alguna que otra limitación.
Mi talento para hackear empresas fraudulentas y reventarlas desde dentro se está viendo completamente desaprovechado, en mi opinión.
A mis veintinueve años ya he conseguido que nuestro imperio crezca de formas desproporcionadas, y seguro que conseguiría mucho más si dejaran de tocarme los cojones con unas leyes que, sinceramente, me pueden comer la polla.
Ashford Security será mío dentro de poco, pero hasta entonces, me va mejor con las peleas.
Lucian y yo pelearemos esta noche, algo que solo hacemos para dar juego, pues como socios capitalistas del club, nunca nos podríamos pelear de verdad, eso nos haría perder muchísima pasta.
Nadie sabe que somos un equipo, por lo que nuestros empates son legendarios y cada vez se apuesta más dinero por ver quién de nosotros se llevará la victoria.
Menudos pringados…
Si no fuera mi socio, ya lo habría reventado hace años. Solo hay que comparar nuestros físicos para darse cuenta de que no es una pelea justa. Pero oye, si esos pijos con pasta para aburrir quieren regalárnosla, ¿quiénes somos nosotros para impedírselo?
Me río de mis propios pensamientos como un puto psicópata mientras le mando un mensaje a Lucian, asegurándome de que lo tenemos todo listo para esta noche.
Yo: Oye, capullo, ¿crees que puedes tomarte la libertad de ignorar mis llamadas cinco veces?
Tarda en responder más de lo que acepta mi poca paciencia.
Lucian: Lo siento tío, tenía una de esas putas videollamadas familiares, ya sabes… Mi madre se pone la hostia de pesada si no contesto, y me ha tocado ir a casa para «pasar la tarde con ella», vamos, para que vea que sigo vivo.
Como si a mí me importara lo que quiere su madre, este tío está mal de la cabeza.
Yo: Ohh, que momento familiar más tierno… Corta el rollo, te quiero en la mansión en media hora, tenemos que planear la jugada de esta noche y necesito una puta copa para soportarte, así que espabila.
Escribe al segundo y suelto una carcajada al imaginar el cabreo que debe consumirle en este instante. Este tío, después de mí, claro, es la única persona que conozco sin un ápice de sentimientos, salvo por su madre, al parecer.
Lucian: Ahí estaré, cabrón.
No le respondo. Ya tengo lo que quería.
Tras pasarme toda la mañana y parte de la tarde trabajando para mi padre, necesito más que nunca descargar toda esta ira y frustración, y aunque ninguno de los dos puede ganar, sí que podemos dar un buen espectáculo, así que más vale que mi socio esté de humor para lo que necesito.
No me gustaría tener que destrozarle la cara que, como bien dice «podría ser una de sus muchas obras de arte», así que solo porque lo respeto, pactaremos un par de buenas hostias, las suficientes para desfogar.
Saco del cajón los guantes de cuero y mi máscara. Paso los dedos por el suave material aterciopelado que la recubre, siendo de un color granate, con unas gotas de sangre de neón esparcidas por todas partes.
Esta máscara es mi sello de identidad en el club.
Evidentemente, no puedo presentarme allí con mi verdadero nombre, mucho menos enseñar mi rostro, pues sería un escándalo ante la sociedad.
A mí no puede importarme menos, pero me gustaría heredar la empresa por la que tanto estoy trabajando, y eso es algo que no conseguiré si los miembros de la junta descubren cuales son mis aficiones más cuestionables.
Lucian también tiene una, exactamente igual a la mía, pero de color amarillo; se hace llamar «Cuadro de la Muerte» por su, en mi opinión, ego demasiado elevado de artista.
Su anonimato también se debe a no sé qué mierda de empresa de su padre y porque no quiere decepcionar a su madre, pero oye, mientras siga aportando pasta, a mí me vale.
Nos viene bien que nadie sepa quiénes somos, y bueno, ser Leyenda tiene muchas partes positivas, tales como que todos quieren entrar en combate conmigo para poder sentirse alguien si me ganan.
Lo que significa que gozo de peleas ilimitadas y que, por supuesto, no pierdo ninguna, así que toda mi rabia y mi frustración se borra con cada puñetazo y cada victoria que me llevo a casa.
La gente, por lo general, siente una necesidad abrumadora por ser aceptada, eso a mí no me ocurre.
El único motivo por el que me preocupa que mi padre descubra lo que hago es que legalmente no puedo heredar la empresa hasta cumplir los treinta, aunque a él le ocurriese algo, sería así hasta esa determinada fecha.
Hasta entonces, debo mantener enjaulada a mi bestia interior, sin dejarla salir a jugar más que para destrozar caras y cuerpos dentro del ring.
Cuando llegue el día de mi cumpleaños, no solo celebraré mi éxito como empresario y hacker profesional, sino que por fin podré dar rienda suelta a mis necesidades más oscuras.
Por lo general, suelo encontrar algo de alivio cuando alguna mujer se pone de rodillas delante de mí y hace que me olvide un poco de todo, pero no es suficiente.
Si sacase mi verdadero yo, el que se esconde detrás de la máscara, saldrían huyendo despavoridas y, aunque me encanta perseguir a una buena presa, ninguna de ellas ha despertado en mí la necesidad de atraparlas para hacerlas mías de verdad.
El sexo vainilla está sobrevalorado, los humanos necesitamos experimentar la posesión, el control, la lujuria más absoluta, y eso solo ocurre si dejas los prejuicios a un lado y te dejas llevar, algo para lo que no todo el mundo está preparado.
Pero yo sí.
El sonido del timbre me saca de mis lujuriosos pensamientos y maldigo entre dientes, bajando las amplias escaleras que separan mi santuario de la puerta principal.
Lucian sonríe con socarronería al otro lado mientras sujeta dos botellas de licor abiertas y listas para ser consumidas, provocando así un alivio casi instantáneo de mi bestia.
—Vale, entiendo la emoción, pero tampoco hace falta que me apuntes con ese pedazo de rifle. —Señala mi imponente erección, la cual ni me molesto en ocultar—. Joder, qué mal rollo, pobre la que tenga que montarse ahí, esta noche no voy a poder dormir.
Levanto los hombros con indiferencia y le arrebato la botella que me ofrece mientras voy subiendo y él me sigue sin dudar.
—Eres tú el que ha mirado —puntualizo—, y también eres tú quien ha interrumpido mis pensamientos cachondos, así que quizá debería darte una paliza de las de verdad por ambas cosas.
Carraspea con altanería, sin temer una pizca por su vida.
Este tío tiene mucha suerte de que en su momento me viniera bien su pasta ilimitada de niñito pijo, de no ser porque es mi socio, le borraría la cara de un guantazo solo por atreverse a no mearse encima ante mis amenazas.
Que soy Eiden Ashford, joder, a mí se me teme o se me venera, no existe alternativa.
—En mi defensa, tú me has obligado a venir, y te he traído una ofrenda. —Da unos toquecitos insoportables a la botella que tengo entre mis manos—. Tal como os gusta a los demonios.
—Buen chico.
Pone los ojos en blanco y seguimos bebiendo mientras hablamos del evento que se llevará a cabo en unas horas.
Nosotros somos el plato fuerte de nuestros invitados, y, por lo tanto, somos el último combate de la noche, algo de lo que me alegraría de no ser por la pereza que me da tener que esperar a que esos aficionados terminen de luchar entre ellos.
A ver, solo un grupo reducido de hombres puede unirse al club, pero aun así, ni eso garantiza la excelencia, y debemos observar una y otra vez cómo se dejan inconscientes, terminando así la diversión, lo cual me frustra sobremanera.
¿Es que no son capaces de aguantar una buena paliza?
Así les va, mucho dinero, pero pocos cojones para enfrentar la vida.
—Tío, mañana se hablará de nuestra pelea por toda la ciudad —suelta, como si eso no fuera lo habitual. Se sienta con ambas piernas abiertas en uno de mis sillones—. Creo que deberíamos hacer algo nuevo, algo que los deje sin palabras.
—Quieres algo con lo que poder lucirte —vacilo sin dudar—. Lo que ocurre es que sabes que todos esperan que te dé una paliza.
Nos reímos, pero hay algo en su mirada…, no sé, un brillo extraño. Como si supiera algo que yo no, y a mí no se me escapa nada. Normalmente soy yo el que controla cada detalle de todas las peleas, y la idea de que esté organizando algo sin mí no me gusta. No me gusta una mierda.
—Bueno, sabes a lo que me refiero —añade—, la gente está acostumbrada a un empate, quizá podríamos darles lo que buscan y resolver esta pelea con un ganador, sería novedoso y seguro que atraería más apuestas.
Sabe que el dinero es importante si queremos que el club siga creciendo, pero igual que conoce ese dato, también debería saber que una pelea entre líderes en la que no se resuelva como empate solo significaría que verían a uno de nosotros más débil, y no podemos permitirnos eso.
—¿Tu eres gilipollas, Crowley? —pregunto con sincera curiosidad, puede que, después de todo, haya perdido la cabeza—. Ya sabes cuál es la norma, no hay más que hablar.
—Vale, vale —intenta relajar la tensión que ha crecido a pasos agigantados—, solo era una idea.
Ya, como si sus ideas nos hubieran llevado alguna vez a algo positivo.
Me termino la botella sin pensar demasiado.
Estoy acostumbrado a beber para controlarme y no acabar matando a mi padre por su estupidez, y suelo hacerlo en cantidades ingentes, para no sentir nada.
Pero esta vez hay un cosquilleo extraño en la punta de mis dedos.
Ignoro la sensación. Seguramente solo sea que necesito entrar de una puta vez en el ring.
—¿Nos vamos? —pregunto, levantándome.
Ya deberíamos estar de camino, debemos ser los primeros en llegar, pero una sensación que no me gusta me atraviesa cuando me mareo ligeramente. Es solo un segundo, casi imperceptible, pero está ahí.
Lucian lo nota y se levanta por si necesita sujetarme, menuda gilipollez. Lo aparto sin dudar mientras recojo mi chaqueta de cuero del respaldo del sillón.
—Nos vamos —asegura—, y no te vayas a caer, ¿te estás cansando ya o solo es que ya estás viejo?
—Vete a la mierda —gruño, pero mi voz sale más ronca de lo normal—. Solo tengo dos años más que tú, puedo soportar una botella de alcohol y veinte más, me habré olvidado de comer con tanto puto estrés.
Me tenso por dentro, hago crujir mis nudillos y camino hacia la mesa donde yace apoyada mi máscara, pero mis pasos son un poco más lentos de lo habitual, como si hubiera algo tirando de mis músculos hacia abajo. Un peso invisible que antes no estaba.
Levanto la muñeca para coger la máscara, mis dedos no obedecen con la precisión habitual, cierro la mano con fuerza, obligándola a reaccionar, y esta vez sí lo hace.
No es nada, como he dicho, me habré olvidado de comer, y tampoco lo necesito.
—¿Listo? —pregunta Lucian, demasiado tranquilo para mi gusto.
Su sonrisita me pone de un humor de perros.
—¿A ti qué coño te pasa? —Le lanzo una mirada penetrante que hace que se encoja un poco.
—A mí nada. Va, deja de ser un capullo y vámonos.
Sacudo la cabeza. No pienso darle el gusto de verme preocupado por una simple botella de mierda.
En cuanto llegamos al club, los corredores ya están llenos de participantes, organizadores y miembros del círculo interno, todos ellos vestidos con sus trajes preparados para la sangre y sus ganas desesperadas de demostrar que aún son hombres en una sociedad que les aplaude por sus billetes, no por sus puños.
Me ajusto la máscara y siento ese cambio inmediato: la bestia toma el control, mi mente se relaja y la sed de sangre burbujea dentro de mí. O al menos eso debería pasar.
Camino hacia el interior del club, pero siento como si el suelo estuviera un centímetro más lejos de lo habitual. Mis reflejos siguen ahí, pero hay una fracción de segundo entre lo que pienso y lo que mi cuerpo hace. Una fracción que me irrita más que cualquier cosa.
Lucian camina a mi lado con la soltura de siempre, saludando con la cabeza a los idiotas que se apartan cuando nos ven pasar. Somos los reyes de este lugar, y hoy, más que nunca, percibo cómo los murmullos aumentan cuando entramos en el pasillo principal que da acceso al ring.
La primera pelea se pone en marcha cuando nos asentamos en nuestro reservado.
Dos hombres que claramente no han nacido para esto intentan arrancarse la cara sin saber levantar correctamente los hombros para defenderse.
Uno de ellos recibe un golpe mal dado y cae al suelo como un saco de basura.
La gente grita, aplaude, ruge por algo que ni siquiera merece llamarse combate.
—Mira eso —señala Lucian con burla—, me sorprende que la gente siga gritando, está claro que se están dando una paliza, pero no hay nada de técnica, deberían pagar por entrar, no llevarse pasta. Menudos aficionados…
—Si pagaran, quizá se esforzarían más —respondo entre risas, apoyándome en la barandilla mientras observo al árbitro fingir preocuparse por el tipo inconsciente.
Comienza otra pelea: más gritos, más sangre, más gente desesperada por atención. Mi cuerpo, sin embargo, sigue con ese maldito retraso mínimo, casi imperceptible, pero que yo noto como si fuera un grillete invisible alrededor de mis tobillos.
Lucian mira de soslayo, siento que se da cuenta y sonríe mínimamente. Suficiente para cabrearme.
—Estás muy callado hoy —dice, cruzándose de brazos—. ¿Seguro que estás bien?
—Estoy perfecto, gilipollas —miento.
Las siguientes peleas pasan como un borrón.
Los golpes, las apuestas, los cuerpos cayendo…
, todo empieza a sentirse más lejano, como si estuviera observándolo a través de un cristal empañado.
Puedo reaccionar, claro. Soy capaz de moverme, de tensar los músculos, de saltar la barandilla si quisiera.
Pero cada pensamiento tarda una milésima más en convertirse en acción.
Y eso, en un ring, es la diferencia entre romper una mandíbula o que te la rompan.
Finalmente, uno de los organizadores se acerca.
—Jefes, es vuestro turno —anuncia, con esa emoción que solo usan cuando se trata de nosotros.
Lucian se ajusta su máscara amarilla. Yo respiro hondo, intentando que mi cuerpo entre en razón. El público nos aclama mientras caminamos hacia la entrada del ring con las botas resonando en el suelo, marcando un ritmo ceremonial.
La música empieza, las luces se enfocan en el círculo central, el calor del aire golpea mi torso desnudo y Lucian me mira fijamente desde el otro lado. El árbitro nos hace una señal, los espectadores gritan nuestros nombres en clave y la lona cruje bajo nuestros pies.
Y justo cuando el silencio previo al caos se instala, noto cómo mi corazón se acelera, no por emoción, sino por pura rabia contenida.
El combate está a punto de empezar.