Eiden: Entre Máscaras
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PRÓLOGO
MADELINE
«La noche se cerraba sobre ella mientras corría entre los árboles, el sudor le resbalaba por la espalda y el pulso le golpeaba la garganta con fuerza, pero no era la adrenalina lo que la hacía temblar. Era él.»
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«Cuando la atrapó por la cintura y la estrelló contra el tronco húmedo, el gemido que se le escapó no nació del miedo, sino del modo en el que su cuerpo duro se apretó contra ella: firme, dominante, hambriento.»
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—¡Arg! —gruño, exasperada—. Este puto manuscrito va a terminar conmigo, en serio.
Tengo el don de sentir que nada de lo que hago es lo suficientemente bueno. Hay mañanas en las que creo que todo lo que me rodea conspira para recordarme quién se supone que debo ser y quién realmente soy.
Un puto desastre.
Una decepción.
Un fracaso estrepitoso.
Me he despertado con los primeros rayos de luz filtrándose por los ventanales del estudio artístico que mis padres me regalaron hace unos años.
Es un espacio bastante más amplio de lo que cabría esperar, y lo mejor es que es mío.
Eso me da una libertad que a veces siento que no existe en ninguna otra parte del mundo, mucho menos en mi casa, donde todo parece aferrarse a mi cuello con la esperanza de cortarme el flujo de oxígeno.
Hay una cama pequeña en un rincón, cubierta con sábanas rojas ligeramente arrugadas; las dejo así en un pequeño y estúpido acto de rebeldía, si mis padres lo vieran, me gritarían por no ser capaz de mantener un orden impoluto.
Que le den a todo el mundo, joder.
Justo al lado del ventanal hay un escritorio amplio, lleno de papeles, cuadernos abiertos, libros apilados, tazas de café usadas, pinceles, lápices y algunas notas adhesivas con fragmentos de ideas garabateadas a medias.
Para cualquiera que entrase aquí, sería un caos absoluto; para mí, es un mundo propio donde cada cosa tiene su sentido y su lugar en el que encajar.
He dejado la cafetera puesta y ahora el aroma del café recién hecho me llama desde la cocina, mezclándose con el olor de la madera del estudio y de la tinta fresca sobre los papeles en los que anoto las ideas para mi manuscrito.
Respiro hondo e intento controlar la ansiedad que crece en mi pecho; esta parece burlarse de mí cuando, una vez más, soy incapaz de no menospreciarme por lo que todos esperan que sea y no soy.
La ciudad despierta lentamente más allá del ventanal.
Puedo escuchar el murmullo de los primeros coches, el eco de algún paso apurado, el canto lejano de un pájaro que se aventura entre los edificios, y hasta el sonido de la persiana de un vecino que se levanta.
Me gusta observar cómo todo cobra vida y sentir que desde este lugar puedo apreciarlo todo sin formar parte de nada.
El arte, desde mi punto de vista, se encuentra siempre en los pequeños detalles.
Me acerco con los pies descalzos sobre el suelo de madera, y dejo que mis manos descansen sobre el marco.
A veces cierro los ojos y recuerdo los días de mi infancia: horas sentada en el estudio de mi padre, oliendo el óleo, sintiendo la textura de los lienzos entre mis diminutos dedos; tardes en las que mi madre enseñaba música a sus prestigiosos y pijos alumnos…
y a mí, que asistía solo para darle el gusto a pesar de que me perdía en cada nota, intentando absorber la perfección de su mundo.
Nunca lo conseguí.
Mis padres me dieron todo lo que podía desear y, sin embargo, siempre hubo un hueco, un espacio que ni los lienzos de Edward ni las clases de Isadora pudieron llenar.
Supongo que estaban demasiado ocupados como para darse cuenta de que leerme un cuento antes de dormir hubiese sido un mejor regalo que todos esos lujos, pero ya no soy esa niña y tampoco tengo esos anhelos.
Ahora lo único que me preocupa es dejar de ser la decepción de mi familia, sentirme realizada y orgullosa de mí misma.
Camino hacia el escritorio tras servirme una taza de café humeante, pues es lo único que me mantiene con energía, pese a que soy más de té.
Me siento frente al ordenador de nuevo, mis manos tiemblan ligeramente sujetando los papeles desperdigados con la escaleta que creía tener organizada.
Veo la página del ordenador en blanco y pienso en la cantidad de veces que he borrado y he reescrito esos fragmentos, deseando que alguno me dé la sensación de éxito que tanto anhelo.
Escribir es la única forma que tengo de sentir que vivo de verdad.
Mi vida, por muy bella que parezca desde fuera, nunca se acerca a esa intensidad que solo existe entre mis letras: mis romances han sido superficiales, dulces al principio, pero siempre desvaneciéndose antes de alcanzar lo que mi corazón necesita.
Jamás he sido capaz de impedir que mis deseos por un amor que me consuma y lo arrase todo apaguen la chispa antes de tiempo.
Pero oye, tampoco es que esos capullos se esforzaran mucho, así que…
Mis pensamientos se ven interrumpidos por una videollamada familiar que ignoro sin dudar. Hoy no me he despertado con ánimos de jugar a la hija ejemplar que lucha por estar a la altura de su legado.
Mi familia vive en una constante coreografía de perfección, y yo me siento como si tuviese las extremidades rotas y fuera incapaz de seguirlos.
Julian, mi hermano mayor, siempre impecable, seguro de sí mismo, representa lo que se espera de un Crowley: estabilidad, control, éxito…
Lo detesto por la horrible actitud que le acompaña siempre, pero a veces lo envidio; toca de maravilla la guitarra, algo con lo que sin duda podría ganarse la vida, pero se hará cargo de la empresa de arte de la familia, ya que los negocios se le dan incluso mejor.
Su lugar en el mundo está claramente definido, mientras yo sigo buscando el mío.
Lucian, que nació tan solo diez minutos después que su gemelo (algo por lo que adoran discutir), rebelde y creativo, arriesgado y apasionado, se mueve entre el mundo del arte y sus propios impulsos violentos con una facilidad que me fascina.
Él es mi favorito, siempre está ahí para mí, aunque rara vez hablamos de lo que siento o pienso; las emociones le incomodan.
Y yo…, al ser la pequeña, estoy atrapada entre los dos, sin saber que hacer.
Y es agotador.
Ninguno de mis cuadros es más que pintura emborronada que carece de sentido y alma, no se parecen en nada a los de papá o Lucian, tampoco soy buena como Julian para los negocios, y mucho menos despierto emociones intensas como mamá con la música, pero mis manuscritos…
, sé que puedo ser buena en eso, aunque no haya terminado ninguno todavía.
A veces imagino que alguien leerá estas páginas y entenderá lo que siento, aunque sé que hoy nadie lo hará.
Me quedo en silencio, sentada frente al capítulo que quería escribir hoy, en blanco, abrazándome las rodillas y permitiendo que el silencio y las lágrimas me envuelvan.
Aquí puedo ser libre, sí, pero la libertad también puede doler.
El móvil vuelve a interrumpirme y esta vez contesto sin mirarlo siquiera, limpiándome las lágrimas rápidamente y preparándome para interpretar mi papel, ya que ignorar dos llamadas seguidas sería, sin duda, un grave error que pagaría más adelante.
Gracias a los dioses, esta vez no es mi familia, y tampoco es una videollamada.
—¡Tía, tía, tía! —grita mi mejor amiga con tanta fuerza que tengo que alejarme el teléfono durante un segundo—. Es que no te lo vas a creer, dios, ¡esto es muy fuerte!
Sonrío al percibir su emoción, y es que, aunque sean tan solo las ocho de la mañana, Maya siempre tiene una energía de la cual es imposible no contagiarse.
—Respira —contesto entre risas—, no sé qué habrá pasado, pero a no ser que quieras dejarme con la duda, deberías tranquilizarte para poder contarme lo que sea que te tiene tan emocionada.
Noto cómo intenta contener su exaltación sin mucho éxito y, automáticamente, me encuentro de mejor humor.
—Vale, bueno, ¿recuerdas aquel trabajo de mierda que conseguí hace unos meses?
—relata ahora más tranquila—, pues bueno, resulta que servir copas en un bar de mala muerte no es tan horrible, sobre todo, si el último día aparece un macarra guapísimo dispuesto a llevarte en su moto para después darte un buen meneo.
Niego sin remedio mientras me sujeto el puente de la nariz.
Dios, Maya… Algún día me encontraré carteles con su cara por la ciudad y me tocará organizar un rescate de lo más peliculero, estoy segura.
Y hay que decir que a mí me ponen los tíos rebeldes, pero es que a ella le ponen los delincuentes, directamente.
—Antes de que me regañes —se adelanta a mis, por lo visto, clarísimas intenciones—, hemos usado condones y me ha devuelto vivita y coleando todas las noches durante toda la semana, así que, por ahora, mi vida no corre peligro.
—¿TODA LA SEMANA? —aumento mi tono de voz sin poder evitar reírme—. Joder, sabes que te quiero, pero ¿cómo puede ser que no me contaras nada cuando pasó? Nos hemos visto unas dos veces desde que dejaste aquel bar de mierda, tía.
Su risita no desaparece, más bien parece crecer al ver mi comportamiento de «mamá osa», pero es que alguien debe preocuparse por su seguridad, ya que parece ser adicta a ponerse en riesgo.
—Bueeeno, tranquila bombón, te lo recompensaré con un buen libro guarro de esos que te gustan. —Con «libro guarro» se refiere a cualquier libro de dark romance , pues sabe que son mis favoritos, aunque ella aborrezca la lectura—. Venga, seguro que ya te he convencido, ¿mmm?
—Vas por buen camino, creo…
—¡Sííí! Bueno, pues ahora que sabes qué se cuece en mi vida sexual, he de decirte que Sebas nos ha invitado a una de sus peleas, sabes que siempre he querido ir, pero se necesita invitación, y como tú nunca quieres que vayamos…
le he hablado tanto de ti que está deseando conocerte.
—Pone voz de animalito indefenso, conocedora de mi opinión sobre esas peleas clandestinas.
Lucian me ha invitado millones de veces, porque bueno, soy su hermana y, según él, «quiere que su hermanita se sienta orgullosa de cómo utiliza sus manos de artista para convertir la cara de sus enemigos en un cuadro».
Resulta que mi querido y temido hermano es uno de los miembros más antiguos del club, él y un tío que no conozco invirtieron algunos millones para comprar un terreno en el que poder montar los rings privados.
Mi hermano es un psicópata de manual, nadie en su sano juicio querría llevar allí a su hermana pequeña.
Y, por supuesto, yo siempre me he negado, pues en esos lugares nada bueno puede ocurrir.
Aunque suene divertido y… excitante.
La adrenalina podría estar bien, quizá hasta me inspiraría para mi manuscrito, viendo a esos hombres sin camiseta sudorosos y repletos de sangre, pero no.
Definitivamente el pensamiento de presenciar eso junto a mi hermano me resulta demasiado vergonzoso.
Mi rostro es un lienzo en blanco en el que las emociones se expresan con libre albedrío, y sé que me pillaría al segundo.
—A ver, sabes que Lucian participa, así que no sé… —dudo, con la intención de convencerme a mí misma de que siguen sin apetecerme esas cosas.
—Tenemos solo veinticinco años, tía, ¡hay que vivir!
Te recojo a las diez, Sebas se pelea contra un gorila con muy mala pinta, y no verás a tu hermano hasta las doce, que es cuando pelea contra Leyenda.
—Se emociona entre suspiritos—. Dios, va a ser increíble, ¡por fin un polvo que me sirve para hacer algo emocionante juntas!
Leyenda.
Nadie conoce su identidad, sé que, igual que mi hermano, siempre pelea con una máscara de lo más siniestra y que jamás, repito, jamás, ha perdido un combate.
¿Por qué coño mi hermano quiere pelear contra él?
Me muerdo el labio con curiosidad. Joder…
Supongo que debería estar allí por si a Lucian le ocurre algo, seguro que solo está haciendo esto por la cantidad de dinero que podría conseguir si gana, gracias a las apuestas que se llevan a cabo. Pero yo no puedo arriesgarme a que algo malo pueda pasarle.
—Solo esta vez, May… —prometo más para mí misma que para ella.
Grita de nuevo, claramente entusiasmada, y nos despedimos con tantos besos que casi parecemos pareja.
Mis padres se cabrearían muchísimo si se enterasen, pero si nunca han pillado a Lucian, no creo que yo vaya a tener tan mala suerte.
Además, mi hermano siempre me ha ofrecido acompañarle, así que no le molestará que vaya con Maya, a la cual quizá incluso se alegre de ver, dados sus encuentros sexuales la mar de recurrentes durante este último año.
No puede ser tan mala idea, ¿verdad?
Un poco de diversión y adrenalina le vendrán bien a mi mente creativa y a mi rutinaria vida. También podré asegurar el bienestar de mi hermano.
Nada malo puede salir de una decisión como esta.