XII
EL DIABLO SE VISTE DE PRADA
Jueves,16 de diciembre de 2021 Por la tarde
En mi mente, donde reina el caos, surge un deseo. Y unas ganas absurdas me invaden. Quiero besarlo, lo necesito. Quiero entrelazar sus labios con los míos. Quiero sentirme suya.
—¿Qué estás…? —intenta decirme, pero lo callo con un beso.
No me arrepiento. Quiero más. Lo acorralo contra la puerta, que se cierra de un portazo, dejándonos a los dos solos en esa habitación. La habitación de Kurt.
Mi respiración sube y baja sobre su pecho aún cubierto, mientras mis manos, al igual que mis labios, no dejan de moverse.
Su pálido cuello es uno de los lugares más tentadores que he conocido: es mi sitio favorito.
Es el rincón donde pierdo por completo el control y del cual no quiero despegar mi boca.
El aroma de su piel es una especie de adicción, algo imposible de ignorar.
Está tenso. Noto cómo su piel se eriza al percibir mi respiración, y cómo un escalofrío de placer lo atraviesa y lo altera. Está perdido y… me encanta que sea así.
Mis manos se deslizan por su pecho, por debajo de la camisa, y al acariciar su abdomen, descubro unas pequeñas pecas abultadas cerca del ombligo.
Siento cómo Kurt se arquea ante la caricia, como si esa sensación fuera completamente nueva para él.
Mi deseo lo empuja a agarrarme con esas manos grandes y ansiosas, que se quedan quietas en mis caderas, como si no quisiera soltarme.
Su forma de tocarme tiene algo de posesivo, pero también de irresistible.
Me gusta cómo se siente, como si de verdad fuera parte de él.
Mi cuerpo lo busca, lo necesita, quiere perderse en el suyo y llegar juntos a esa locura de sentirnos completamente del otro.
La puerta acoge mi cuerpo, acorralado por Kurt, que se lanza sobre mis labios hinchados de deseo y los hace suyos sin pensarlo.
Su boca se mueve sobre la mía sin darme un respiro, pero a él no parece importarle.
Al contrario, se vuelve más intenso, más desesperado.
Baja hasta mi clavícula y la besa con suavidad.
Cada roce suyo me hace estremecer de placer, de una forma que ni siquiera Andrew ha logrado hacer.
Sus besos, rápidos y ansiosos, recorren todo mi cuello, que se arquea para devolvérselos.
Jadeo mientras lo hace. No quiero que se detenga. Lo quiero solo para mí.
—Estás… loco —le susurro entrecortadamente mientras sus labios me hacen prisionera de nuevo.
—¿Y eso te gusta?
—Me encanta. Pero… hay otras cosas que me gustan más.
—Cuéntamelas.
—A mí es que lo que más me gusta… —lo voy empujando hacia atrás—. Es esto.
Lo recuesto sobre su cama y conmigo encima. Este es el impulso que nos lleva a hacerlo como yo quiero.
***
Todos mis esfuerzos los hago por ti. Tú merecías este sueño, este triunfo.
Merecías vivirlo. Lástima que te fueras con catorce años.
Te echo de menos, si supieras lo mucho que ha cambiado mi vida desde que tú nos dejaste,te darías cuenta de que no soy el mismo.
Esta va por ti, Adam. Salto hacia mi objetivo: la canasta.
Pero fallo. No solo porque este deporte no me guste, sino porque acabo de caer al suelo desde mucha altura.
Ese mate me ha costado no poder moverme ahora.
Duele. Mi cuerpo está completamente dolorido.
Siento un dolor agudo y punzante en mi brazo, como si algo se hubiera roto.
Intento moverlo, pero es inútil. No hay nada que pueda hacer para levantarme.
Todos me miran, sin dar crédito a lo que están viendo.
El dolor en mi cabeza es insoportable y mi respiración se vuelve cada vez más pesada y difícil.
Apenas puedo mantener los ojos abiertos.
Tengo sueño. Mi visión se vuelve borrosa y siento un mareo intenso.
¿Qué es esto que me está pasando? No veo nada y todo se está volviendo oscuro.
Mi mente está en blanco; no existen recuerdos ni pensamientos ahora mismo.
La última imagen que tengo es la de todos mirándome desde la cancha.
***
Estoy sentada en la tercera fila entre Jeremy y Luke, intentando concentrarme en el partido, aunque el ruido es ensordecedor y las luces del gimnasio me deslumbran más de lo que deberían. Me cuesta seguir la jugada con tanto alboroto.
Pero la verdad es que no es el partido lo que me cuesta seguir…
Es que Andrew está en la cancha. Y yo no puedo dejar de mirarlo.
De reojo lo veo correr, girar con el balón y lanzar un pase perfecto.
Me muerdo el labio sin querer, mientras una especie de cosquilleo se adueña de mi estómago.
Trago saliva y bajo la mirada, como si eso bastara para borrar los segundos que me he quedado embobada observándolo.
—¿Venís a mi casa después del partido? —pregunta Luke, girándose hacia nosotros con esa media sonrisa suya y apoyando el codo en su rodilla.
—No puedo —responde Jeremy al instante—. He quedado con
Charlie.
—Claro —dice molesto—. ¿Y tú, Victoria?
—¿Qué? —respondo distraída.
—¿Quieres venir a mi casa?
—Vale.
—¿Qué vais a hacer? —pregunta Jeremy.
—Pues, en principio, había pensado que saliéramos a ver los
puestecitos de Navidad o ir al cine —explica Luke.
—Jo, me hubiera gustado… pero es que Charlie… —Ya —responde Luke aún enfadado.
—Ay, no te enfades —dice Jeremy, animándolo.
—No pasa nada, ¿verdad, Luke? —añado enseguida—. Podemos
ir los tres otro día.
—Este finde vamos. No, mierda —salta Jeremy de repente—.
Este sábado tengo que ir a comprar los regalos con mi madre. —¿Y no puedes hacernos un hueco en tu apretada agenda, Jer?
—pregunto.
—Ya veré qué puedo hacer.
—Genial —dice Luke, algo más relajado.
—¿Y entonces vosotros qué haréis sin mí? —pregunta Jer. —Aprovecharemos para hablar mal de ti —responde Luke con
una sonrisa socarrona.
—No le hagas caso, Jer —le digo riendo—. Es mentira. Luke, ya
te vale.
—Era una coña, ¿vale? No sé qué haremos.
—Venga… te dejo que me des la brasa con tus cómics. Sus ojos se iluminan al instante como los de un niño pequeño
al que le acaban de regalar un juguete nuevo.
—¡Oh, sí! Podríamos ver anime. Tengo una nueva colección de
manga que justo han adaptado a serie. ¿Podríamos verla juntos? —Sí, estaría bien —le digo, sonriendo—. Pero repasemos también un poco de Literatura, que el examen es el lunes. —Claro, pero primero los dibujitos —dice Luke, con la boca
medio llena de papas.
—Que sí…
—¿Y Steve? ¿Le habéis dicho algo? —pregunta Jer.
—No. Hoy trabaja —respondo.
—Sí, y además no creo que le vaya mucho el rollo de las series
—añade Luke.
—Joder, ese chico hace más horas que un reloj —dice Jer, dándole un sorbo a su bebida—. No sé cómo puede con todo. —Sí, pero es la hostia. Tiene coche, vive solo… Prácticamente
puede hacer lo que le dé la gana —suelta Luke con tono envidioso.
—¿No os parece raro? —pregunta Jeremy.
—A mí no me parece raro que estudie y trabaje a la vez —digo,
mirando hacia la cancha.
—No, no digo eso. Me refiero a que no se sepa nada de sus
padres.
—A lo mejor tiene contacto con ellos, solo que nosotros no lo
sabemos —añado, bajando la voz y dándole un sorbo a mi Pepsi. —No sé… Yo nunca he visto a sus padres. Ni siquiera en las
reuniones —dice Luke.
—Estarán ocupados. Los míos tampoco están aquí —respondo,
sin darle demasiada importancia a la conversación.
—Ya, pero lo tuyo es distinto —dice Jer—. Tú has venido aquí
para ser nuestra amiga.
—¿Por qué siempre tú tan mono, Jeremy? Vas a hacer que llore. Jeremy me achucha como si fuera su peluche.
—Cari, si no fuera gay… ya te habría robado el corazón, te
habría dejado emocionalmente inestable y encima seguirías
dándome las gracias. Pero tranqui, mi novio me tiene con correa
corta. Si bajo el nivel de monería, me castiga sin postre. Y no me
refiero al de chocolate. Sorry not sorry.
—Joder, tío, cómo eres —dice Luke, descojonándose conmigo. —No, ahora en serio, fuera de risas: Steve es muy raro. En los
dos años que lo conocemos nunca se ha relacionado con nadie, y
ahora de repente es como: "Hey, tíos, ¿estabais ahí? Quiero ser vuestro
amigo".
—Pues… no sé. Será que le cuesta abrirse a la gente. Ya le
preguntaré por sus padres en otro momento.
Luke me mira de reojo, con media sonrisa.
—Sí, que contigo parece que tiene mejor rollo.
Siento cómo se me calienta la cara.
—Y tanto como que al tío…
—¿Jeremy? —interrumpe Luke.
—Anda, pásame tus papas, que yo ya no tengo —suelta Jeremy
con descaro.
—Tendrás morro. Ve y cómprate otras—responde Luke, dándole un toque en la espalda.
—Bueno, pues me quedo con tu Monster—dice Jeremy, robándole la lata a Luke.
—Victoria, dile algo —protesta Luke, dándome un codazo en
el brazo.
Miro a Jeremy, que ya tiene la lata cerca de la boca.
—Jer…
—No me culpes, Luke. Fue amor a primera vista.
—¡Victoria, que se la bebe entera! ¡Que está profanando con
sus morros mi bebida! ¡Mi Monster! —chilla Luke, desesperado. —Luke, cariño, deja de exagerar. No es para tanto. Solo es una
lata.
—Pero es que era mía y me la ha quitado —dice en tono de
bebé.
—Por eso siempre mamá trae de sobra para su bebé. Le ofrezco la botella de Pepsi y se la doy como si fuera un biberón.
—Gracias, mami.
Se acurruca en mi hombro, exagerando como si de verdad fuera
un niño. Le doy un leve empujón, sonriendo, pero ya todos empezamos a mirar hacia la cancha. El partido se pone serio. La voz del entrenador retumba desde el banquillo. El sonido de
las zapatillas chirriando sobre el suelo pulido llena el gimnasio.
El ambiente cambia. Ahora todos estamos atentos.
Andrew avanza con el balón. Es ágil y preciso. Sabe cómo esquivar a los defensores como si supiera exactamente lo que van a
hacer antes de que se muevan. Pasa la pelota, corre, se posiciona.
Es increíble verlo jugar.
—Hoy están jugando muy bien —dice Luke, sin apartar la
vista de la cancha.
Y justo en ese momento, Andrew levanta la mirada y me ve. Durante un segundo, nuestros ojos se encuentran. Mi corazón da
un vuelco e intento desviar la mirada de él.
—Buah, si encestan esta, nos ponemos arriba —Jer está casi
saltando en su asiento—. ¿No te parece increíble?
—Sí, es genial —fuerzo una sonrisa y doy un sorbo a mi refresco.
Andrew recibe un pase, esquiva a su defensor con un giro perfecto y corre hacia la canasta.
—¡Ravens, Ravens, Ravens! —Las gradas gritan como si estuvieran en un concierto.
Mi corazón va a mil. No puedo apartar la mirada. Todo el