IX
JEREMY Y CHARLIE
Me miro en el espejo por última vez, ladeando la cabeza con actitud y asegurándome de que cada detalle esté en su lugar.
—No está nada mal, Jeremy, pero podría estar mejor si te lo curraras un poquitín más. ¿Qué pelos son esos? Vamos, hombre, que se note que te importa.
Paso la mano por mi cabello, dándole una última sacudida para despeinarlo.
Aún está húmedo, pero listo para aplicarle la laca.
Me meto en el baño y agarro el frasco, preparado para la acción.
Pulverizo con precisión: primero el lado derecho, luego el izquierdo y, por supuesto, la parte de arriba.
No puedo dejar ni un solo mechón rebelde.
Termino de moldearlo con los dedos hasta dejarlo perfecto.
Ahora solo falta la chaqueta. Entro en la habitación de nuevo y abro el armario de color wengué.
Busco entre las infinitas perchas hasta dar con la de cuero negro y forro interior rojo.
Cierro la puerta del arma-rio y me la pongo sin dejar de mirarme al espejo.
Me queda tan bien. Siempre ha sido mi preferida.
Se ajusta a los hombros de manera perfecta, ni demasiado apretada ni demasiado holgada.
Simplemente, me hace verme más sexy. De solo pensar en la cara que pondrá cuando me vea con ella puesta…
—Joder, pero qué bueno está —pensará.
Un zumbido espontáneo interrumpe mis fantasías. Es mi móvil vibrando sobre la mesa. Seguro que es otro mensaje de él. ¿Habrá conectado con mi mente y sabrá que estoy pensando en él?
Ay, pero qué pillín. Cómo me pone.
Alcanzo el móvil para comprobarlo y reproduzco el mensaje de audio de Charlie.
—¿Dónde estás? Llevo rato esperándote. ¿Vas a tardar mucho?
Le contesto rápidamente con un:
«Ya voy para allá, espera un poco.»
Sé que debería haber salido hace rato. Sé que está mal llegar tarde a una cita, y más si se trata del chico que te gusta. Pero ¿qué le voy a hacer? Si es que me tienen aquí encarcelado y, encima, con Jack en casa, es casi imposible. ¡No es justo!
Miro la hora en mi reloj. Qué tarde es. No me extraña que Charlie esté preocupado. Solo me falta mi pulsera y salgo. Está en la mesita. La cojo y, mientras me la ajusto a la muñeca, me quedo ahí, frente a la ventana, sin moverme.
Miro cómo la calle empieza a apagarse con las últimas luces del día y todo comienza a oscurecerse. El cielo está completamente cubierto de grandes nubes grises, como si fuera a llover en cualquier momento. Aunque eso no es lo raro.
Mis ojos se detienen en el viejo columpio del jardín.
Las cuerdas, raídas por el tiempo, se balancean lentamente de un lado a otro, como si alguien invisible las empujara para divertirse.
No puedo creer que la rueda en la que Sasha y yo solíamos jugar todavía siga ahí, moviéndose con el viento, pero sin nosotros.
Como si esperara que volviéramos. Como si aún recordara nuestras risas.
Me dispongo a salir de casa sin que nadie note mi ausencia. No estoy dispuesto a dar explicaciones. Abro la puerta de mi habitación con cuidado, tratando de no hacer ruido. Bajo las escaleras sin armar demasiado escándalo. Con suerte, mamá está ocupada en la cocina y papá con algún partido.
Estaría bien coger el coche para no hacer esperar más a Charlie, pero eso me supondría un siglo de castigo y monsergas, y no estoy dispuesto a aguantarlo.
—¿A dónde vas?
Me quedo congelado.
Mi madre está parada frente a mí, con los brazos cruzados y esa mirada que lo dice todo. Genial. Adiós, escapada perfecta. —Voy a salir.
—¿No te quedas a cenar? —parece asqueada.
—No, he quedado con Charlie.
—Vaya, yo que había preparado pollo con patatas, como a ti te gusta.
—Te lo agradezco, mamá. Pero es que ya llego tarde. Guárdame un poco para después.
—Vale, cariño, pero no vengas tarde. No me gusta que andes solo por la calle a las tantas de la noche.
—No te preocupes.
—¡De eso nada! —interrumpe mi padre desde el salón—. No vas a salir a ningún lado.
—Pero ya he quedado con él.
—Me da igual. Que espere. Ese chico no me gusta para ti. —¡Eso ya lo sé, no hace falta que me lo digas!
—¡¿Qué me quieres decir con eso?! ¿Te crees muy listo?
—sale del salón para gritarme—. Pues te diré una cosa, Jeremy…
—Venga, Jack, deja que se vaya —mi madre le da toquecitos en el brazo, tratando de convencerlo—.
Venga, márchate, Jeremy. —De eso nada. Te has pasado todo el día cocinando, limpiando la casa y hasta arreglando su cuarto como si fuera un crío de ocho años.
—Ha sido culpa mía, Jack. Había olvidado que salía hoy. —No, Margaret. Aquí el problema es tu hijo, que solo sabe juntarse con malas compañías.
—¡Charlie es mi novio y no voy a dejar de verlo solo porque a ti no te guste!
—¡No me hables así! —grita. Su rostro ya está enrojecido por la ira—. Mientras vivas bajo mi techo, seguirás mis reglas. —¡Jack, por favor! —mi madre interviene, poniéndose entre nosotros—. Déjalo, Jack, solo es una cena.
—¿Y qué será lo próximo? ¡Empezará a hacer Dios sabe qué con ese bandarra!
—¡Papá! ¡Es mi vida, ya sé cuidarme solo!
—¡TU MADRE Y YO NO TE HEMOS EDUCADO DE ESA MANERA! ¿¡QUÉ ES ESO DE SALIR CON CHICOS Y NO VOLVER HASTA PASADAS LAS DOCE!?
—¡Ya tengo diecisiete años!
—Pero aún te queda mucho por madurar, y salir con chicos no te hará ningún bien.
—Todo eso lo dices porque él no es una chica, ¿verdad? Si en vez de ser él hubiese sido ella, esta conversación no la estaríamos teniendo.
Se lo tenía que decir. Estoy cansado de ver cómo mis padres (o más bien Jack) no aceptan lo que soy.
Como pasan los días y cada vez parecen más decepcionados conmigo.
Pero esta es mi realidad. Solo quiero a los hombres.
En ningún momento me han interesado las mujeres.
Y si ellos no aceptan lo que soy, entonces no tendrán más remedio que aguantar que el nombre de Charlie, mi primer amor, quede sellado para siempre en mi corazón.
—Jeremy, tu padre no ha querido decir...
—Claro que sí, mamá.
—Jack, por favor, di que no lo piensas.
—No tengo que decir nada. Este crío siempre será igual. —Ya, porque a ti solo te preocupa lo que piensen los demás. Te
gusta ir a trabajar y decirles a tus compañeros que tu hijo, yo, se está convirtiendo en todo un hombre.
Pues estoy harto de que no veas la realidad y aceptes cómo soy.
Estoy harto de que me mires siempre igual.
Como si yo tuviera la culpa de ser así. Ya paso de ti y de lo que pienses, me da igual por completo.
Te guste o no, saldré con Charlie, porque al menos sé que él me quiere.
—Eso es lo que tú te crees ahora.
—Me la suda lo que digas.
—Bien, ya te puedes ir con ese sinvergüenza.
—Adiós, mamá. No me esperes despierta.
—Como si no provocaras ya suficientes dolores de cabeza
como para que tu madre duerma a pierna suelta.
Voy caminando por la acera húmeda mientras recuerdo la última cita que tuvimos hace tres semanas en tu apartamento.
El recuerdo de tus besos sobre mi piel negra, mientras ambos nos descubríamos a oscuras, aún persiste.
Miro mi mano y la acaricio. Todavía siento la sensación de tocar tu torso blanco y desnudo mientras tú juntabas tus labios con los míos.
—Es increíble tenerte —me decías.
Y yo sonreía mientras me hacías el amor en esa cama de noventa, tan incómoda, que nos obligó a estar lo más apegados posible el uno al otro.
***
Llevo desde las ocho esperando a Jeremy en el restaurante donde hemos quedado, pero no aparece.
—¿Ya sabe lo que va a tomar?
Es la segunda vez que la camarera con delantal verde se acerca a mi mesa para preguntar.Y es la segunda vez que excuso a Jeremy,
que llega cuarenta y cinco minutos tarde.
El local está lleno de parejas, familias y algún que otro solitario como yo.
Vuelvo a echarle un vistazo a la carta para hacer tiempo. Estoy hambriento, y eso me mosquea.
Siempre es así con Jeremy. Esperar. Esperar. Esperar. Nunca parece estar listo para mí.
A veces dudo de nuestra relación. Dudo si antepone otras cosas por encima de mí.
No estoy seguro de si salir con un adolescente como Jeremy ha sido una buena idea. La diferencia de edad se hace más notoria, y su inmadurez también.
Yo siempre he tenido una mentalidad muy abierta desde niño. Mis experiencias con chicos fueron prematuras, pero me sirvieron para afrontar situaciones que hoy en día manejo con seguridad.
Veo a Jeremy inseguro de sí mismo, como si no quisiera arriesgar nada con tal de ser feliz, y eso me cabrea.
Y a veces parece que no conectamos lo suficiente como pareja. Hay ciertos temas que nunca logro hablar con él, ciertos deseos insaciables que están debilitando nuestra relación.
—Hola —dice Jeremy con una sonrisa y con ganas de besarme.
Me levanto de la mesa y lo beso.
—Por fin has decidido venir.
Nos sentamos.
—¿Cómo no iba a venir? Habíamos quedado, ¿no?
—Sí, hace más de una hora.
—Lo siento, es que mis padres…
—Ya. No me vengas con excusas. Siempre es la misma historia. Que si tus padres esto, que si tus padres han dicho aquello… —Joder, Charlie. Entiéndelo.
—No, Jeremy. Entiéndelo tú. Si estás conmigo, estás conmigo. Ya eres mayorcito para saber eso.
—Pero…
—Da igual. Déjalo. No quiero hablar del tema.
—Bueno, ¿entonces qué? Todavía podemos comer algo y dar una vuelta. Es pronto.
Miro mi reloj. Marcan las nueve. Por una parte quiero irme cuanto antes, pero por otra, sigo hambriento.
—Está bien.
—¿Ves? Al final no estás tan enfadado.
—Anda, pidamos algo —digo entre risas.
—Tú eliges, ¿hamburguesa o pollo?
—Ya sabes que mi debilidad son las hamburguesas.
***
Corres contra el viento, llorando y con el corazón roto. Tus lágrimas recorren la dirección opuesta de donde has venido. Has pisado fuerte, tratando de no mirar atrás. Pero el viento recorre tu cara, dejando escapar tu tristeza. Todavía sigues llorando por él. Pero no te cansas.
Él tiene razón. No le mereces tanto como para que sigáis juntos. Él merece el amor de alguien nuevo. Y ese alguien, sabes que no serás tú.
Eres tan inmaduro que no entiendes la situación. Eres como un niño pequeño que solo quiere conseguir lo que se le antoja, sin pensar qué quiere decir o hacer la otra persona. Todo eso eres, Jeremy.
—¿Qué ha pasado? —dice mi madre.
—Está claro. Yo tenía razón —contesta el capullo de mi padre
—. Él no te convenía.
—Cállate, Jack —dice enfadada mi madre—. No le digas eso. —Tranquila, ya se le pasará y, con suerte, nos dará la razón. —¿Pero es que no has visto cómo ha venido? Está mal. Voy a
subir a verlo.
—Margaret, esto es una chorrada de niños. Cuando se aburra,
nos lo contará.
—Voy a ver cómo está y después me iré a dormir.
—¿Ya? Pero si es pronto.
—Tú puedes seguir ahí y hacer como si nada te importase más
que tu maldito vino y el televisor.
—Pero, mujer…
—Buenas noches, Jack. Y ni se te ocurra decir o hacer algo.
¿Me has oído?
—Lo que tú digas, Margaret. Lo que tú digas.
—¿Puedo pasar? —escucho la voz de mi madre al otro lado de la puerta.
—Pasa —estoy echado sobre mi cama. La habitación está a oscuras.
—Cariño, ¿qué ha pasado?
—Charlie va a romper conmigo porque soy un gilipollas —no puedo evitar llorar.
—No eres ningún gilipollas, ¿me oyes?
—Pero es que ya no sé qué hacer, me siento tan mal. Lo he fastidiado todo con él.
Mi madre se sienta junto a mí y me abraza fuerte.
—Lo siento mucho, mi vida. Sé que duele mucho ahora, pero estoy aquí para ti.
¿Quieres hablar de lo que ha pasado? Se acuesta a mi lado como cuando era un niño y me daba miedo dormir solo.
Busca mis manos con las suyas y las entrelaza mientras permanece muy apegada a mí.
Puedo oler su perfume. Me gusta que esté aquí conmigo.
Es la única persona que necesito cuando estoy mal. Mi mamá.
—Charlie está harto de mí.
—¿Por qué? ¿Qué te ha dicho?
—No es lo que me ha dicho. Es que sé que algo va mal entre nosotros.
—¿Pero qué es lo que va mal, cariño? —noto su mano acariciar mi pelo.
—Pues en sí, todo, mamá. Charlie parece no entender lo difícil que es esto para mí.
—Pues si no puede entenderte, no merece tenerte.
—¿Quieres que corte con él, mamá?
—Lo que no quiero es que sufras. A veces, las cosas no salen como esperamos, pero eso no significa que no seas valioso o que no merezcas amor. Charlie no define quién eres.
—Ya, pero yo le quiero.
—Muy bien. Me parece bien que quieras a las personas, Jeremy. Pero antes debes saber si ellos te quieren de la misma forma que tú les quieres a ellos.
—¿Y cómo voy a saber eso, mamá?
—Porque el chico que te quiera de verdad nunca te dejaría escapar ni se preguntaría dos veces si hace bien en estar contigo, porque simplemente lo sabría. Eso es estar enamorado.
—¿Crees que Charlie no está enamorado de mí?
—No sé lo que sentirá Charlie por ti, cariño. Eso debes averiguarlo tú, y cuando lo hagas, no sientas que has perdido algo. Mientras te tengas a ti mismo, lo tienes todo.
—Tal vez papá y tú tenéis razón.
—Aggh. Olvídate de lo que diga tu padre. Ya estoy harta de que no te acepte.
—No quiero que estéis mal por mí, mamá.
—Nada de eso, cariño. Los problemas que tengo con tu padre ya vienen de largo, cielo.
—¿Y sigues enamorada de él?
—Le quiero. Me importa mucho, pero ya no es lo mismo de antes.
—Puedes quedarte a dormir conmigo si quieres.
—Vaya, y yo que creía que mi pequeñín ya se había hecho grande y ya no le gustaba dormir con su mamá y el osito grandullón —nos reímos.
—Hoy he vuelto a ser pequeño, mamá.
—Entonces me tendré que aprovechar —mi madre me atrapa con sus largas piernas—. Ahora eres mío. No te escaparás.
—Te quiero, mamá.
—Yo también te quiero, mi vida. Duerme bien —me da un beso en la mejilla.
La habitación se ha quedado vacía. Mamá se ha ido a su habitación. Solo estoy yo y la vibración de mi móvil con un mensaje de texto. Es Luke:
«¿Qué tal ha ido tu cita con Charlie?»
Pues, ¿qué quieres que te conteste, Luke? Hoy el día no ha salido según lo previsto. Mi plan de sobrevivir sin dramas ha
fracasado.
Algo así le contestaría, pero creo que voy a pasar. No le voy a responder.
Ahora que mamá ha estado aquí conmigo y estoy mejor, no quiero pensar en Charlie. Mañana ya los veré en clase a Victoria y a Luke. Tendrán mucho que preguntarme.
No tengo mucho sueño ahora, y creo que es una buena hora para escribir algo que resuma el día de hoy, porque así es como me siento:
Dormir para no sufrir, llorar para poder sanar. A fin de cuentas, ¿quién nos quiere escuchar? Solo somos una pequeña sociedad cuyas miserias hemos de tragar. Donde solo los valientes luchan y honran la libertad para vivir la vida en paz.