Ecos en la niebla Capítulo 18
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Capítulo 18

El hospital no había cambiado. Pero todo era distinto. Lucía cruzó las puertas con el corazón desbocado. Aunque aún llevaba en la cabeza las palabras de Rafael, no podía pensar en eso. No ahora.

—Mario… —susurró.

Se acercó al control de enfermería.

—¿Mario Mena? —preguntó, casi sin voz.

La enfermera levantó la vista.

—Familiar.

—Sí.

La mujer dudó un segundo.

—Está en quirófano.

—¿Todavía?

—Ha habido complicaciones.

La frase cayó como un golpe seco. Lucía sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué tipo de complicaciones?

—Una hemorragia interna, lo siento, tendrá que esperar noticias.

Las palabras se clavaron. Lucía negó lentamente.

—No… no …

El pasillo se volvió demasiado largo. Demasiado blanco. Se dejó caer en una de las sillas con las manos temblando.

—No puede ser… —Las lágrimas regresaron a sus mejillas.

El reloj marcaba los segundos uno a uno, implacable.

Cada puerta que se abría la hacía levantar la cabeza.

Cada paso la hacía contener la respiración.

Pero nunca era él. Nunca. Las horas pasaron sin forma, su cuerpo aguantaba gracias a varios cafés que sacó de la máquina de bebidas, pero su mente no estaba allí con ella.

Su cabeza repetía una y otra vez lo mismo: otra vez no, otra vez no.

Hasta que la puerta se abrió. Un médico. Lucía se levantó de golpe.

—¿Cómo está?

El hombre se quitó la mascarilla. Y durante un segundo… no dijo nada. Ese segundo fue eterno.

—Hemos conseguido estabilizarlo, pero ha perdido mucha sangre.

El mundo volvió de golpe. Lucía sintió cómo las piernas le fallaban.

—¿Está…?

—Lo siento, hay que esperar. Ahora depende de cómo evolucione.

Lucía asintió, sin poder hablar.

—En cuanto le saquen de quirófano podrás verlo.

El médico se fue. Y ella se quedó allí, de pie, con lágrimas en los ojos.

No sabe si pasaron minutos o quizá horas, pero una enfermera le sacó de sus pensamientos, diciéndole que podía entrar a verle.

La habitación estaba en silencio. Mario parecía distinto, más pálido, más frágil.

Pero estaba. Se acercó despacio. Se sentó a su lado y le cogió la mano .

—Por favor, no me dejes… —susurró con la voz quebrada—. No podría seguir…

No terminó la frase, no hacía falta, Mario no la iba a contestar. Seguía intubado, con una sábana que le cubría de cintura para abajo, el torso desnudo, con un vendaje a la altura del pecho. Diez centímetros más abajo reposaba la cicatriz de la anterior operación.

Lucía no se separó de él ni un segundo, enfermeras fueron entrando y saliendo según transcurrían las horas, comprobando su estado.

Esa noche no pudo dormir, no dejaba de pensar en él, en su madre, en Sara, en dónde estaría, si habría tenido una vida feliz alejada de su casa, de su familia.

Sabía que no debía pensar en el padre de Ramiro, pero tuvo tiempo de hacerlo, ¿quién es capaz de mandar asesinar a su propio hijo solo por mantener limpia su imagen?

Tantas muertes, y no va a poder pagar por ellas, aunque tampoco le daba pena su fallecimiento, como tampoco le dio verle tirado en la tierra, con una bala atravesando su cabeza. No le dio tiempo ni a sufrir, pensó para sí misma.

La luz del amanecer se introdujo por la ventana de la habitación, Lucía seguía allí, agarrando la mano de Mario, así había pasado la noche.

Un par de enfermeras entraron, para hacerle todo tipo de comprobaciones.

Lucía aprovechó para bajar a la primera planta a comprarse un café, para subir de nuevo inmediatamente.

—¿Cómo está? ¿Creéis que despertará pronto?

—Las constantes vitales las tiene bien, el pulso también. Seguro que despierta, es un chico fuerte —dijo una de las enfermeras .

—Si se despierta o le notas algún movimiento, nos llamas —comentó la otra enfermera antes de salir de la habitación.

Lucía se tomó el café, sin separar su mano de la de Mario.

—Despierta, por favor, te necesito —susurró mientras le daba un beso en la mejilla.

Casualidad o no, ese beso hizo que Mario moviera ligeramente la cabeza. Lucía inmediatamente apretó el botón situado detrás de la cama, dando el aviso a las enfermeras, que aparecieron a los diez segundos.

—¿Qué ocurre?

—Ha movido la cabeza.

—Apártese un momento, por favor —dijo la enfermera.

Lucía retrocedió varios pasos, hasta quedar apoyada en la pared. Rezando por dentro. A los pocos segundos Mario abrió los ojos lentamente. Aturdido. La enfermera volvió a clicar el botón, a los pocos segundos apareció otra enfermera.

—Avisa al doctor, deprisa.

Lucía se puso nerviosa. Pero no quería interferir en la enfermera que seguía con las comprobaciones.

Al poco tiempo el doctor entró acelerado. Pasaron varios minutos de comprobaciones, Lucía no podía más.

—¿Está bien?

—Sí —dijo el doctor dándose la vuelta—. Ha despertado, pero está algo aturdido. Tranquila, es normal.

Mario tenía los ojos entreabiertos. Tardó en enfocarla. Pero cuando lo hizo… la vio.

—Sigo aquí.

Lucía soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Más te vale.

—No llores... —murmuró .

—Pensé que te perdía, otra vez.

Mario quiso responder, pero no tenía fuerzas.

—Sshh, descansa. Pronto te pondrás bien.

Unas horas más tarde Mario volvió a despertar, está vez daba la sensación de estar más espabilado.

—Hola de nuevo —susurró.

—Hola —saludó ella, dándole un beso.

—Creo que a este pueblo no le caigo bien —rio soltando un leve quejido de dolor.

—No te rías, tonto. Que te duele —contestó ella acariciando su cabeza.

—¿Qué pasó con él?

—De no ser por Rafael, ambos estaríamos muertos.

—¿Cómo?

—El padre de Ramiro tras dispararte, iba a hacer lo mismo conmigo, y de repente escuché otro disparo, yo creía que me había impactado a mí, pero al girarme le vi en el suelo, y detrás a Rafael, con un arma en la mano.

—No entiendo…

—Rafael ha confesado que mató a Marcelo y a Ramiro, obligado por ese malnacido, lo tenía amenazado desde hace décadas, si no le obedecía, mataría a su familia. Se ve que estaba ya cansado, y aprovechó el momento de liberarse, de algún modo.

—Qué hijo de puta, ¿ha muerto?

—Sí —contestó ella—. Hay más. Sara…

El nombre lo cambió todo.

—No murió.

Mario parpadeó.

—¿Qué?

Lucía apretó su mano.

—Salió del barco. Ramiro la sacó antes.

Mario la miraba fijo.

—Entonces…

—Puede estar viva.

El aire se volvió denso. Pero no oscuro, distinto. Él cerró los ojos un segundo. Y cuando los abrió…

—Entonces esto no ha terminado.

—No —dijo haciendo una pausa—. Pero ya no estamos perdidos.

Mario asintió.

—Entonces la encontraremos.

No era una duda, era una decisión. Lucía lo miró y por primera vez, desde que todo empezó, sonrió.

—Juntos.

Mario entrelazó sus dedos con los suyos.

—Siempre.

Una semana después, la casa volvía a respirar.

El silencio ya no pesaba. Se había vuelto, habitable.

La luz de la tarde entraba por las ventanas abiertas, suave, cálida.

Lucía se encontraba en la cocina. Preparando café y jugueteando con el gato.

Un gesto sencillo, casi olvidado, pero necesario.

Escuchó pasos detrás, lentos. Se giró y vio a Mario apoyado en el marco de la puerta.

—Deberías estar descansando —dijo ella.

Él esbozó una leve sonrisa.

—Estoy harto de descansar.

Lucía negó, pero no insistió. Le sirvió una taza.

—Siéntate al menos .

Él obedeció. Se sentó frente a ella. Durante unos segundos… no dijeron nada, no hacía falta, pero había algo.

—¿Qué piensas? —preguntó Mario al observarla pensativa.

—Pensé que te perdía —dijo ella al fin, sin rodeos.

—Hemos estado cerca.

De nuevo silencio, pero esta vez no dolía igual. Lucía sostuvo la taza entre las manos.

—Y aun así, seguimos aquí.

—Sí. Supongo que eso significa algo.

—Significa que no era nuestro final —dijo Lucía esbozando una sonrisa.

Mario apoyó los codos en la mesa.

—Después de todo lo que ha pasado, aún me cuesta creerlo.

—A mí también.

—¿Y ahora qué? —preguntó él.

Lucía lo miró, sin dudar.

—Seguir.

—¿Seguir cómo?

Lucía respiró hondo.

—Buscándola.

El nombre no hacía falta. Mario la observó unos segundos.

—Puede que no la encontremos nunca.

—Lo sé —respondió ella con un leve gesto—. Pero también puede que sí.

—Y tú no vas a parar.

No era una pregunta. Lucía negó suavemente.

—No —dijo mirándolo—. ¿Y tú?

Mario sonrió. Esta vez un poco más.

—Creo que ya estoy metido en esto .

—Un poco —contestó ella dejando escapar una sonrisa y acercándose para darle un beso.

El aire se volvió más cálido, más cercano. Mario alargó la mano sobre la mesa, Lucía la tomó, sin pensar.

—Esta vez sin secretos —dijo él.

—Sin secretos.

Se quedaron así, en silencio, pero no vacío; lleno de todo lo que habían perdido y de todo lo que aún quedaba. El viento se coló por la ventana moviendo ligeramente las cortinas. Ella miró hacia fuera, el mar, a lo lejos.

—¿Sabes? —dijo—. Creo que todo empezó allí.

Él siguió su mirada.

—Y aún no ha terminado.

—No —sonrió ella.

Se levantó y se acercó a la ventana. Mario la siguió, se colocó detrás de ella, muy cerca, abrazándola por la espalda.

—Sea lo que sea lo que venga… —dijo él—. No vamos a afrontarlo solos.

El silencio volvió, pero esta vez, era paz. Y por primera vez desde que todo empezó, no necesitaban respuestas inmediatas, porque ya no estaban huyendo. Estaban eligiendo, y eso, lo cambiaba todo.