Ecos en la niebla Epílogo
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Epílogo

El cielo estaba despejado aquel día, el viento soplaba suave, muy distinto a otras veces. Como si incluso el acantilado hubiera decidido descansar.

Lucía y Mario estaban de pie frente al terreno.

El mismo donde había tenido semanas atrás el desenlace.

Pero ya no parecía el mismo lugar. La tierra había sido removida, cuidada.

Una pequeña lápida descansaba sobre ella, sencilla, sin adornos.

Solo un nombre: Julio Mena. Y dos fechas, nada más.

Mario permanecía en silencio con las manos en los bolsillos, la mirada fija.

Ella estaba a su lado, sin invadir, sin apartarse.

—Nunca pensé que lo encontraría —dijo él al fin con una voz baja pero firme—. Ni así.

El viento movió ligeramente la hierba. Ella lo miró.

—Pero ahora sabes dónde está.

—Sí.

—Y eso, es más de lo que tenía. Gracias —añadió.

—No tienes que…

—Sí —la interrumpió suavemente—. Si no hubieras seguido, yo nunca habría llegado hasta aquí.

Lucía sostuvo la mirada.

—Llegaste tú.

—No solo .

El viento sopló, pero no había frío, solo calma. Mario dio un paso al frente y se agachó, dejó algo junto a la lápida. La placa de su padre, la misma que había encontrado enterrada.

—Ahora sí —murmuró.

Se incorporó despacio. Ella se acercó y, sin decir nada, apoyó su mano en la suya. Un gesto simple, pero suficiente. Ambos miraron hacia el mar.

—Tenemos que volver —dijo Lucía.

—Madrid —añadió él, asintiendo.

La palabra sonó extraña. Lejana.

—Trabajo. Rutina. Vida normal… —volvió a decir él.

—Si es que eso existe —contestó ella, esbozando una leve sonrisa.

Mario soltó una pequeña risa.

—Supongo que tendremos que comprobarlo.

Regresaron a casa, tenían que preparar las maletas. No fue fácil para Lucía volver a dejar esas cuatro paredes, una vez más. Ambos se reunieron en el hall.

—¿Lista? —preguntó él, observando cómo Lucía miraba alrededor, dándola su tiempo.

—Sí.

Salieron de la casa. Cada uno metió su equipaje en sus respectivos coches, Lucía llevaba al gato en un trasportín improvisado, no lo podía dejar allí abandonado. Se volvieron a juntar, y se besaron.

—¿Volveremos? —añadió ella.

No era una duda, era una promesa. Mario la miró.

—Volveremos.

El matiz lo cambió todo. Mario siguió su mirada. La casa, ligeramente deteriorada, silenciosa.

—Habrá que hacerla algunos arreglos —dijo él.

—Poco a poco —dijo ella, sonriendo .

—Y sobre Sara… —añadió él, sin acabar la frase.

—No vamos a dejar de buscarla —finalizó Lucía.

El viento sopló, pero ya no sonaba a amenaza, sonaba a camino.

Lucía lo miró, y compartieron una leve sonrisa.

Luego, el silencio se llenó de todo lo que aún les quedaba por vivir.

Arrancaron los coches, se siguieron por las calles del pueblo, aún tenían que ver un lugar más antes de marchar.

Aparcaron frente al acantilado y se bajaron del coche.

El mar estaba en calma. El acantilado parecía otro.

O quizá eran ellos los que habían cambiado.

Lucía y Mario se detuvieron al borde. El viento movía suavemente el cabello de ella.

—¿Crees que está ahí fuera? —preguntó él.

Ella miró el horizonte infinito.

—No lo sé —hizo una pausa—. Pero sé que no voy a dejar de buscar.

—Entonces no es un final —dijo Mario.

—No —lo miró—. Es un comienzo.

El viento sopló, esta vez… no sonó a amenaza.

Lejos de allí. Muy lejos. Una ciudad que no conocía sus nombres, una calle cualquiera, una vida cualquiera, o eso parecía.

Una mujer caminaba por una calle estrecha, anónima, invisible.

Se detuvo frente a un escaparate, observó su reflejo durante unos segundos, como si no se reconociera del todo, como si aún buscara algo.

Llevaba un colgante antiguo al cuello, familiar.

Sus dedos lo rozaron suavemente. Y entonces…

algo cambió en su expresión, muy leve, casi imperceptible, como un recuerdo que intentaba abrirse paso.

Levantó la vista y miró hacia el ho rizonte, como si, sin saber por qué, supiera que algo, estaba a punto de encontrarla.

FIN