Capítulo 17 #9
El padre de Ramiro se quedó inmóvil, un segundo, dos, y cayó al suelo.
El tiempo volvió de golpe. Pesado, irreal.
Lucía levantó la vista, aterrada, buscando si ese otro disparo había ido a parar a ella o de nuevo a Mario.
Y lo vio, el cuerpo tumbado del hombre y detrás, Rafael, con el arma aún en la mano y la mirada cansada.
—Se acabó —soltó por su boca.
Lucía no dijo nada de primeras, pero luego comprendió todo y grito .
—¡Fuiste tú!
No era una pregunta. Rafael asintió.
—Marcelo, Ramiro… ¿Por qué?
Rafael cerró los ojos un instante.
—Porque él lo ordenaba, porque sabían demasiado. Igual que vosotros—dijo, roto—. Amenazó a mi familia, eran ellos o mi familia. —La voz se quebró por completo—. Pero no puedo más, no puedo más.
Lucía lo entendió. Pero no fue suficiente.
—Podrías haber parado.
Rafael negó.
—Al principio, no. —Una pausa—. Después… después ya no supe cómo.
El viento volvió a soplar. Mario se quejó. Lucía volvió a él.
—Ey, ey… estoy aquí…
Pero Mario no respondió. Rafael los miró, de rodillas en el suelo. De repente ruido de sirenas, acercándose. Cada vez más cerca. Lucía alzó la vista.
—Los he avisado yo —susurró Rafael—. Ya está —murmuró, dejando caer el arma y levantando las manos.
Lucía cogió a Mario entre sus brazos y lo abrazó, sin poder parar de gritar y llorar.
El pitido constante de las máquinas era lo único que mantenía a Lucía en el presente.
Todo lo demás… era ruido, luces, pasos. Voces que iban y venían sin quedarse.
Mario estaba dentro, siendo intervenido, de nuevo.
Detrás de una puerta que se había cerrado demasiado rápido.
Y ella no podía hacer nada. Se quedó sentada con las manos entrelazadas, aún manchadas de tierra y sangre.
El tiempo dejó de tener forma. Ha sta que alguien dijo su nombre.
—¿Lucía?
Alzó la vista. Dos agentes de la Guardia Civil estaban frente a ella. El corazón le dio un vuelco.
—Sí.
—Necesitamos que nos acompañe al cuartel.
—¿Qué ha pasado?
Los agentes intercambiaron una breve mirada.
—El detenido —dijo uno—. Rafael. Ha pedido hablar con usted.
El mundo volvió de golpe. Lucía miró hacia la puerta del quirófano. Cerrada, inmutable.
—Ahora no puedo… —murmuró.
—Dice que es importante. Sobre Sara.
El nombre la atravesó y dudó. Miró de nuevo la puerta, entre lágrimas. Luego a los agentes y supo… que no podía negarse. La vida de Mario no estaba en sus manos ahora mismo.
—Está bien.
El cuartel olía a humedad y a café frío. Las paredes eran demasiado blancas, demasiado limpias y frías. Lucía avanzó por el pasillo acompañada por uno de los agentes. Cada paso resonaba más de lo normal. Se detuvieron frente a una puerta.
—Está dentro.
Lucía asintió mientras otro agente abrió la puerta. Y la dejó pasar. Rafael estaba sentado al otro lado de la mesa, con las manos esposadas, la mirada baja. Parecía más viejo, mucho más. Cuando Lucía entró, alzó la vista, sus ojos no tenían ya nada.
—Gracias por venir.
Lucía no respondió, se sentó de inmediato frente a él. Rafael cerró los ojos un segundo.
—Siento lo de su compañero, yo no quería…
—Da igual lo que quería. Habla.
Rafael respiró hondo.
—El barco, el Santa Alba.
La palabra cambió algo.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Lucía, inclinándose ligeramente hacia delante.
—Tu hermana, Sara...
—Murió en el barco, lo sé —dijo Lucía sin dejar que acabara la frase.
Rafael no respondió de inmediato, respiró hondo, pero algo en su expresión se quebró.
—No.
La palabra fue apenas un susurro. Lucía sintió que el pulso se le disparaba.
—¿Qué?
Rafael alzó la vista.
—No murió allí. La sacaron antes.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Ramiro.
El nombre cayó despacio. Pesado.
—Fue idea suya —continuó—. Sabía que su padre no iba a parar. Y sabía que Sara tampoco —dijo Rafael bajando la mirada—. Preparó todo. El barco… el incendio… Pero el fuego fue después.
Lucía sintió el golpe. Aquella frase de aquel anciano semanas atrás. Todo encajó .
—El fuego del barco fue después… —comenzó Rafael.
—Después de borrar lo que había dentro… —susurró ella.
Rafael asintió.
—Para que pareciera un accidente. Para que su padre creyera que Sara había muerto.
—Entonces ella…
No terminó la frase.
—Salió de ese barco con vida.
El mundo se detuvo.
—¿Dónde está?
Rafael negó.
—No lo sé. Ramiro se encargó de eso. Y se lo llevó a la tumba. Nunca volvió a aparecer.
Pero algo había cambiado, para siempre. Lucía se levantó lentamente. Necesitaba aire. Espacio.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?
Rafael alzó la vista.
—Porque ya no importa proteger nada. Y porque alguien tenía que saberlo.
Silencio. Lucía lo miró y por primera vez… no vio a un asesino. Vio a un hombre roto, pero no fue suficiente. Asintió levemente y salió. El pasillo le pareció más largo que antes, más frío. Pero dentro de ella, algo se había encendido. Sara no había muerto. Y eso lo cambiaba todo.
La tarde ya había caído cuando Lucía llegó, necesitaba hacer otra cosa antes de volver al hospital.
La casa estaba en silencio. Como siempre, pero esta vez no era el mismo silencio, era más ligero o quizá era solo una sensación suya.
Dudó antes de entrar, no por miedo, sino por todo lo que llevaba dentro.
Abrió la puerta. Su madre estaba en el salón.
Sentada, inmóvil, como si no se hubiera movido desde la última vez. Alzó la vista al verla.
—¿Está bien? —no preguntó por ella, preguntó por Mario.
—No lo sé, está en quirófano.
—Lo siento…
Lucía avanzó unos pasos.
—Tenemos que hablar. Es sobre Sara.
Su madre asintió despacio. Pero esta vez, no parecía preparada. Lucía se detuvo frente a ella.
—No murió allí.
La frase cayó sin aviso, directa. Su madre frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
—Sara. No murió en el barco.
El tiempo se detuvo. Su madre negó lentamente.
—No… eso no puede…
—La sacaron antes. —Las palabras salieron firmes de la boca de Lucía—. Fue Ramiro.
El aire pareció desaparecer de la habitación. Su madre se quedó inmóvil.
—No… eso no es posible… —dijo con la voz rota—. Ramiro me lo habría contado.
—No podía, tenía que hacer creer a todos que había muerto, incluso a ti. Si te lo hubiera contado, se habría enterado todo el pueblo. Habrías iniciado su búsqueda, y entonces sí que hubiera acabado con ella —explicó Lucía con voz suave—. El incendio fue después, para borrar todo.
El silencio se apoderó de la sala, y entonces… algo cambió. Su madre dejó de negar. Y empezó a recordar .
—El fuego… el fuego fue después…
La frase salió sola. Como un eco, como una verdad que siempre había estado ahí. Sus manos empezaron a temblar.
—Yo pensé que… —no terminó, las lágrimas aparecieron sin aviso—. Pensé que había muerto… —susurró.
Lucía se acercó, despacio.
—No lo hizo.
Su madre la miró. Y en sus ojos, por primera vez en años, no había solo dolor. Había algo más.
—Entonces…
No se atrevía a decirlo. Lucía lo hizo por ella.
—Puede estar viva.
El silencio que siguió fue distinto, no era vacío, era posibilidad. Su madre rompió a llorar. Pero no como antes, no desde la culpa, desde algo más profundo.
—Yo no pude ayudarla… —dijo entre sollozos—. No supe cómo…
Lucía se arrodilló frente a ella.
—Hiciste lo que pudiste.
Su madre negó.
—No fue suficiente.
—Pero no la perdiste.
La frase lo cambió todo. Su madre cerró los ojos y esta vez no para huir, sino para aceptar.
—Ramiro… —susurró su madre.
—Intentaba protegerla. Y a ti también, y a papá y a mí.
Su madre la miró y algo se rompió. Pero no para peor, para dejar de sostenerse.
—Lo siento —dijo—. Por todo lo que no te conté .
Lucía sintió el peso de esas palabras, de años, de silencios. Podía aferrarse a ellos, podía reprochar, podía romper. Pero no lo hizo. Negó suavemente.
—Ya no importa, mamá.
—Sí importa, hija.
Lucía esbozó una leve sonrisa.
—Importa lo que hagamos ahora.
Su madre la observó. Como si la viera de verdad por primera vez.
—¿Y qué vas a hacer?
Lucía respiró hondo. Pensó en Mario, en su padre, en Sara. En todo.
—Encontrarla.
La respuesta fue simple, pero firme. Su madre asintió lentamente.
Y esta vez, no hubo miedo. Solo una decisión compartida.
Lucía se levantó y antes de irse, la abrazó.
No como antes, no por costumbre, sino de verdad.
Su madre respondió, fuerte, como si intentara recuperar todo el tiempo perdido.
Y en ese abrazo, algo se cerró. Y algo nuevo, empezó.