Ecos en la niebla Capítulo 17 #8
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Capítulo 17 #8

—Mi madre… sabe mucho más de lo que dijo. La cofradía… no era solo negocios. Era una red.

—¿De qué tipo?

—De todo lo que no debería existir en un sitio como este.

La respuesta no era concreta, pero sí suficiente, ya sabían que la cofradía efectuaba negocios un tanto ilegales; en los documentos de su padre lo reflejaba claramente. Mario bajó la mirada un segundo.

—¿Y Ramiro?

—Intentaba frenarlo, a su padre.

—¿Su padre?

—Siempre estuvo detrás.

No hacía falta decir más. Algo encajó.

—Marcelo… —murmuró él.

—Y Ramiro —acompañó ella.

—¿De verdad crees que mataría a su propio hijo? Me cuesta creerlo, la verdad .

Lucía no contestó, no sabía qué pensar al respecto. Mario apoyó los codos en las rodillas y se llevó las manos a la cara.

—Joder…

El aire se volvió más denso. Lucía lo observaba. Sin saber si acercarse o no.

—Hay más —dijo ella sintiendo cómo el pecho le pesaba—. Tu padre…

El mundo se detuvo. Él no se movió.

—¿Qué pasa con él?

La voz fue firme. Pero tensa. Lucía tragó saliva.

—No desapareció sin más. Vino aquí para investigar —Hizo una pausa—. Ramiro lo contactó.

El pulso de Mario se aceleró. Lucía bajó la mirada un segundo y luego prosiguió.

—Lo mataron ellos. Se acercó mucho a la verdad, al igual que Sara.

El silencio que siguió no fue silencio, fue vacío. Mario no reaccionó. No de inmediato.

—No… dime que sabes quién fue —dijo, la palabra salió rota.

—Lo siento… —dijo ella, negando levemente.

—Sara también…

—Sara, tal y como sospechábamos, iba a bordo en el Santa Alba.

—¡Joder! —exclamó mientras se levantó con esfuerzo—. Mi padre, ¿qué hicieron con su cuerpo?

—Lo hicieron desaparecer.

—¿Dónde?

La pregunta fue distinta, más peligrosa. Lucía dudó. Pero esta vez no se detuvo.

—Cerca del acantilado.

—¿Dónde exactamente ?

—No lo sabe, pero tengo la intuición de que en los terrenos de la casa de mis abuelos.

Mario apretó la mandíbula. El silencio volvió, pero esta vez, pesaba más.

—Todo este tiempo… —Su voz se quebró—. Todo este puto tiempo…

—Lo siento. No es culpa tuya, tú tenías que creer lo que te dijeron, eras pequeño.

—Tenemos que acabar con todo esto —sentenció.

Levantó la vista y en sus ojos ya no había duda. Solo algo más peligroso, determinación.

—Vamos a encontrarlo.

Lucía sintió un escalofrío.

—Mario…

—No —la cortó—. Esto ya no solo trata de Sara, es también mi padre.

Ella asintió, porque sabía que no había vuelta atrás.

—Entonces vamos —dijo.

Se dieron cuenta que desde que todo empezó, no estaban huyendo de la verdad. Iban hacia ella.

El camino hasta el acantilado se hizo en silencio.

No era el mismo de otras veces, había algo distinto, más definitivo.

El mar, al fondo, golpeaba con fuerza contra las rocas, un sonido constante, casi violento.

Lucía conducía con la mirada fija al frente.

Las manos tensas sobre el volante. No dijo nada.

Sabía que cualquier palabra sería insuficiente.

Aparcaron cerca del sendero. El viento los recibió con fuerza al bajar, frío, salado. Él respiró hondo.

—Aquí empezó todo .

—Y aquí va a terminar —dijo ella.

No sonó como una esperanza, sonó como una promesa.

Caminaron hacia la casa del acantilado, por ese camino que ya habían recorrido anteriormente en varias ocasiones.

El tejado derrumbado, las paredes castigadas por el tiempo y el silencio aparecieron ante su vista.

Entraron, el interior seguía igual. Recuerdos rotos, pero no se detuvieron.

Salieron por la parte trasera, hacia el terreno.

La tierra húmeda, irregular. Mario miró alrededor.

—Tiene que estar aquí —dijo él.

—Sí, no puede estar muy lejos.

El viento levantaba pequeñas ráfagas de polvo y el mar golpeaba más fuerte. Mario empezó a caminar. Buscando sin un rumbo claro. Lucía lo siguió.

—Si lo ocultaron… —dijo ella—. No lo harían en un sitio visible.

Mario se detuvo, miró el terreno, estaba lleno de hierba sin cuidar, otros cachos en los que directamente solo había tierra. Era como buscar una aguja en un pajar. Dio un par de rodeos, observando todas las zonas, cuando quiso darse cuenta, Lucía había desaparecido.

—¿Lucía? —gritó, sin respuesta—. ¿Lucía? —volvió a vocear, mientras se acercaba hacia la puerta.

Justo cuando iba a entrar en la casa se dio de frente con ella. Lucía portaba en las manos una vieja pala.

—Esta vieja, pero servirá.

—Sí, es perfecta. Ven mira, he observado varias zonas donde la tierra es ligeramente distinta, más hundida, más compacta. Como si hubiera sido removida… hace mucho tiempo —comentaba mientras la guiaba—. Aquí.

Mario empezó a apartar tierra con la pala, sin pensar. La tierra cedía poco a poco. Cada vez la tierra estaba más húmeda .

—Aquí no hay nada, vamos.

Fueron a la siguiente zona. Volvió a coger la pala y a retirar tierra.

En esta zona estaba más seca. El tiempo dejó de importar.

Solo existía eso, buscar y encontrar. Hasta que ocurrió.

Un sonido distinto, seco. Mario se detuvo.

Dejo caer la pala al suelo y se arrodilló, comenzó a quitar tierra con las manos.

Respiró hondo y apartó más tierra, hasta que lo vio.

Blanco hueso. El mundo se detuvo. Lucía llevó una mano a la boca.

Mario no se movía, miraba sin parpadear, como si negar pudiera cambiarlo.

Pero no, allí estaba, el resto emergió poco a poco.

No completamente, pero lo suficiente para saber lo que era, los huesos de su padre.

Las lágrimas comenzaron a caer, Lucía se arrodilló a su lado, abrazándole.

Y lo vio, entre la tierra, un objeto pequeño, metálico.

Lo sacó con cuidado. Una placa deteriorada, pero legible, su apellido. Mario cerró los ojos. Y todo cayó.

—Joder… —La voz se rompió.

Lucía no dijo nada. No hacía falta. Él apretó la placa en su mano.

—Estaba aquí… Todo este tiempo…

El viento sopló más fuerte. El mar golpeó con más violencia, pero nada de eso importaba. Lucía vio algo más. Un pequeño trozo de tela, dentro envolvía unas hojas, dentro de un plástico húmedo. Pero protegido.

—Mario… Mira esto.

Mario lo cogió y lo abrió con cuidado. Las páginas estaban dañadas. Pero algunas se podían leer. Y entonces lo vio, una anotación, junto a un nombre, un cargo y una firma.

"Si me pasa algo, no fue un accidente. Él lo controla todo. "

Lucía señaló la firma, el nombre. Y todo encajó. El miedo, el silencio del pueblo, no era un rumor. Era real. Mario cerró el cuaderno con fuerza y levantó la mirada hacia el horizonte.

—Se acabó. Esto se acaba aquí. —Su voz ya no temblaba.

Lucía lo observó y supo… que ya no había marcha atrás.

El viento no dejaba de soplar, arrastraba el olor del mar y algo más, algo antiguo.

Mario seguía de pie frente a la tierra removida con la placa aún en su mano, apretándola con fuerza.

Lucía estaba a su lado. Sin tocarle, pero sin apartarse.

Las hojas de papel descansaban entre ambos. Como una herida.

—No debería haber seguido enterrado —dijo una voz grave a su espalda.

Ambos se giraron y lo vieron. De pie, a unos metros. El padre de Ramiro, el tiempo parecía no haber pasado por él, o quizá sí. Pero de otra forma, más rígido, más frío.

—Sabía que acabaríais aquí —añadió.

Mario no dijo nada. Solo lo miraba. Lucía sintió cómo el aire se volvía más denso.

—Siempre igual —continuó el hombre—. Creéis que descubrís algo —dijo con una leve sonrisa, sin humor—. Pero todo esto ya está decidido desde hace mucho.

—¿Desde cuándo? —preguntó Lucía.

El hombre la miró.

—Desde antes de que nacieras, muchacha.

Mario dio un paso al frente, lleno de odio.

—¿Fuiste tú?

La pregunta quedó suspendida. El hombre ladeó ligeramente la cabeza.

—¿A qué te refieres ?

—A él —señaló la tierra.

Un segundo, dos. Y entonces… asintió, sin emoción.

—Se metió donde no debía.

El mundo se detuvo. Lucía miró a Mario. Pero él no apartaba la vista de ese hombre.

—¿Lo mataste tú? —preguntó, dando un paso hacia él.

La voz no tembló. El hombre sostuvo su mirada y con una voz tranquila contestó.

—Sí —fue directo, seco, como si no significara nada.

Lucía sintió un escalofrío. Mario no se movió. Pero algo dentro de él… se rompió.

—¿Por qué?

El hombre frunció ligeramente el ceño.

—Porque no entendía cómo funcionaban las cosas. Porque creía que podía cambiarlo —dijo con otra leve sonrisa—. Como todos.

—¿Y Ramiro? —preguntó Lucía.

En esta ocasión… algo cambió. Muy poco, pero lo suficiente.

—Mi hijo… —murmuró haciendo una pausa—. Se equivocó.

—Intentó detenerte —dijo Mario.

—Intentó traicionarme. —La corrección fue inmediata, fría—. Eligió ponerse del lado equivocado.

—Del lado correcto diría yo —dijo Lucía llena de rabia.

El hombre la miró. Y por primera vez… hubo algo de dureza real.

—No entiendes nada. Esto mantiene el equilibrio.

El viento sopló con más fuerza.

—¿Equilibrio? —repitió Mario.

—Orden. Sin esto, todo se viene abajo.

—Eso es una excusa —alegó Lucí a

El hombre la ignoró. Su mirada volvió a Mario.

—Tu padre también lo pensaba —dijo golpeando, fue directo—. Y míralo ahora.

Mario respiraba más rápido.

—¿También lo enterraste tú?

El hombre no respondió. Pero no hizo falta, el silencio lo dijo todo. Lucía dio un paso atrás tras verlo, a la vez que agarraba de la mano a Mario empujándole hacia ella. El movimiento del hombre desde dentro de su abrigo, la mano, el arma.

—Esto acaba aquí y ahora.

—No… —dijo ella sin poder acabar.

Demasiado tarde. El disparo rompió el aire, seco, violento. Mario cayó hacia atrás. El mundo se detuvo.

—¡No! —Ella se lanzó hacia él.

Sangre. Demasiada sangre.

—No, no, no… otra vez no.

Ahora el hombre cambió el objetivo, su arma apuntaba a Lucía, con una frialdad espantosa.

Otro disparo, más fuerte, más cercano. El tiempo se paralizó, el viento pareció pararse de golpe ante el estruendo.

La tierra se removía, como si estuviera respirando, esa misma tierra que había visto demasiado horror durante tantos años, demasiada sangre.