Ecos en la niebla Capítulo 17 #7
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Capítulo 17 #7

El pulso de Lucía se aceleró.

—¿Dónde?

Su madre negó lentamente.

—No lo sé exactamente. Pero sé que lo ocultaron allí. Y sé que Ramiro intentó impedirlo.

El silencio se volvió insoportable. Lucía respiraba más rápido.

—Todo esto… —susurró—. Todo esto ha estado ahí todo el tiempo.

—Sí —dijo su madre levantándose despacio—. Y sigue estando, aunque no de igual manera.

—¿Qué quieres decir?

—La cofradía ya no actúa, está parada. Pero eso no significa que esté olvidada, y que haya gente capaz de todo porque no se sepa lo que pasaba en realidad.

—¿Sara? ¿Está viva? —preguntó Lucía.

La pregunta cayó a plomo en su madre, que comenzó a llorar.

—La intentamos proteger, sacarla de aquí…

—Iba en el Santa Alba, ¿verdad? Iba embarcada dentro de una de las cajas —dijo Lucía, también comenzando a derramar lágrimas.

—Sí, ella iba en el barco cuando se hundió —rompió a llorar su madre.

Ambas lloraban desconsoladamente, a pesar de que ambas sabían lo ocurrido, nunca hasta ahora lo habían hablado entre madre e hija, y eso dolía mucho más.

—Hija —volvió a decir y acercó un paso hacia ella—. Si seguís buscando… Os pasará lo mismo .

—Ya no hay vuelta atrás, mamá.

El Silencio regresó. Ambas lo sabían. Nada iba a detenerse, nada. Lucía sin decir más cruzó la puerta y se adentró en el pasillo.

La luz del hospital no cambiaba, daba igual la hora. Siempre era igual de fría. Mario estaba despierto cuando Lucía entró. Más incorporado, más consciente.

—Te has ido —dijo él, sin reproche, pero sin suavizarlo.

Lucía cerró la puerta con cuidado.

—He salido un momento.

Se acercó, despacio y le dio un beso en la mejilla.

—¿Qué tal te encuentras?

—Mejor. No has dormido —añadió.

—Ya has dormido tú por los dos— dijo ella con una media sonrisa, sentándose a su lado—. He hablado con mi madre.

—¿Y?

Lucía bajó la mirada un segundo. Ordenando sus palabras, midiendo como actuar.

—Sabía cosas.

Mario asintió levemente, como si no le sorprendiera.

—¿Qué tipo de cosas?

—La cofradía no era solo lo que parecía. Había… negocios detrás. Gente implicada.

—¿Quién estaba detrás?

—No lo ha dicho.

Mentira a medias. Mario la sostuvo con la mirada.

—¿Y Ramiro ?

—No era quien pensábamos. Él intentaba frenarlo —añadió—. A su manera.

—¿Qué manera?

—Ramiro fue quien contrató a tu padre, para que investigara a la cofradía y protegiera a Sara.

—Me lo imaginaba —respondió Mario, apartando la vista un momento, procesando—. Entonces todo esto…

—Sigue —dijo ella.

—¿Y ahora qué?

Lucía dudó, solo un instante.

—Tenemos que ir con cuidado.

—Eso ya lo sé. ¿Qué más te ha dicho?

La pregunta llegó suave. Lucía sintió el peso en el pecho. Podía decirlo, ahí y ahora. Pero lo vio, aún débil, conectado a cables, recuperándose. Y no pudo.

—Que no estamos a salvo.

—Eso tampoco es nuevo… —dijo él mirándola a los ojos—. Lucía… No me lo estás contando todo, ¿verdad? Lo vuelvo a notar.

Ella sostuvo su mirada. Y esta vez… no respondió. El silencio lo dijo todo, Mario dejó escapar una leve exhalación. No de enfado, ni de reproche. Algo peor, decepción. Giró ligeramente la cabeza mirando hacia la ventana.

—Pensé que ya habíamos pasado esa parte.

La frase fue baja pero directa. A Lucía le dolió más de lo que esperaba.

—Lo sé —dijo ella inclinándose un poco hacia él—. Y te lo voy a contar —Hizo una pausa—. Pero no ahora.

Mario cerró los ojos un segundo.

—Claro —no sonó convencido, pero tampoco discutió.

Lucía apretó su mano .

—Necesito que estés bien.

—Y lo estaré —respondió él, sin mirarla—. Antes de lo que crees.

Había algo en su tono, determinación. Pero también distancia. Lucía lo notó y le dolió.

—Lucía… —dijo él volviendo a mirarla—. Solo te pido una cosa, no tomes decisiones sin mí.

La frase quedó suspendida, pesada. Lucía dudó, porque ya lo había hecho.

—No lo haré —dijo, otra verdad a medias.

Mario la sostuvo unos segundos más, como si intentara creerla. Luego asintió. Pero algo había cambiado. Sutil, pero irreversible. Ella lo sintió y supo… que cuando le contara la verdad completa… no iba a ser fácil.

La tarde caía cuando le dieron el alta. El hospital parecía distinto al salir. Más frío, más ajeno, como si todo lo ocurrido allí ya no les perteneciera. Mario caminaba despacio. Cada paso medido; Lucía iba a su lado, atenta en todo momento.

—Puedo solo —murmuró él.

—Ya lo sé.

Pero no se apartó. Salieron al exterior. El aire fresco les golpeó el rostro. Mario cerró los ojos un instante, respiró hondo.

—Esto sí que lo echaba de menos.

Lucía esbozó una leve sonrisa. El trayecto en coche fue en silencio, no incómodo, pero sí cargado. Había demasiadas cosas entre ellos, demasiadas palabras que aún no habían salido. Al llegar a la casa, ella se detuvo un segundo antes de abrir .

—¿Seguro que estás bien?

Mario la miró, cansado pero firme.

—Estoy aquí; es lo importante.

El interior los recibió con ese silencio conocido, cálido. Lucía encendió la chimenea. El crepitar de la leña llenó el espacio poco a poco. Mario se dejó caer en el sofá con un suspiro.

—Creo que no había valorado nunca tanto esto.

Lucía lo observó desde la distancia.

—¿El sofá? —dijo, riendo.

—Vivir.

La palabra quedó suspendida. Lucía sintió cómo algo se removía dentro, se acercó despacio y se sentó a su lado. El silencio volvió, pero esta vez… más cercano.

—Casi te pierdo —dijo ella.

Mario giró ligeramente la cabeza.

—Pero no lo hiciste.

Ella alzó la vista. Y ahí estaba: más frágil, pero más cerca que nunca.

No hizo falta más, fue un gesto pequeño.

Su mano buscó la de él, que la sostuvo y tiró suavemente de ella.

Lucía no se resistió, el beso no fue impulsivo, fue necesario, lento.

Como si en él se dijera todo lo que no habían sido capaces de poner en palabras.

El miedo, la rabia, el alivio. Todo. Las manos dejaron de ser tímidas, se buscaron.

Se encontraron. Lucía apoyó la frente contra la suya.

—Esto no debería estar pasando ahora…

Sin embargo, su voz no tenía convicción. Mario negó levemente.

—Es justo ahora cuando tiene que pasar.

Y volvió a besarla. Esta vez sin dudas. El tiempo dejó de importar, la distancia desapareció. Y por primera vez en mucho tiempo… no había pasado, ni respuestas, ni miedo. Solo ellos.

El crepitar de la chimenea llenaba la habitación con un calor dorado que bailaba sobre sus pieles.

Estaban sentados en el amplio sofá, muy cerca, con las piernas entrelazadas.

La luz de las llamas dibujaba sombras suaves en el rostro de ella y hacía brillar los ojos de él con un deseo que ya no podía disimular.

Sin decir una palabra, él tomó su rostro entre las manos y la volvió a besar.

Fue un beso profundo, hambriento, lleno de toda la pasión que habían estado conteniendo durante muchas semanas.

Ella respondió con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos y apretándose contra su pecho.

Sus bocas se movían con lentitud, pero a la vez con soltura, como si el tiempo se les escapara entre los dedos.

Las manos de él descendieron por su espalda, atrayéndola con fuerza hasta que quedó sentada a horcajadas sobre él.

El contacto fue eléctrico. Ella sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa fina, el latido acelerado de su corazón contra el suyo.

Sus dedos se enredaron en el cabello de él mientras los besos se volvían más ardientes, más exigentes.

Con movimientos torpes y ansiosos, la ropa comenzó a caer al suelo: una camisa, un vestido ligero, hasta que solo quedaron ellos dos, piel contra piel, iluminados por el fuego.

Él la abrazó con posesión y ternura al mismo tiempo, besando su cuello, su clavícula, el hueco entre sus pechos.

Ella se arqueó contra él, susurrando su nombre como una súplica.

Se movieron juntos en un ritmo lento pero intenso.

Cada caricia era una declaración de amor, cada embestida una promesa.

Los gemidos suaves se mezclaban con el crepitar de la leña, y el mundo entero pareció reducirse a ese sofá, a ese calor compartido, a esa unión profunda y apasionada.

Cuando la ola de placer los alcanzó, ella se aferró a sus hombros con fuerza, temblando entre sus brazos, y él la sostuvo como si nunca quisiera soltarla, murmurando contra su piel palabras de amor que solo ellos entendían.

Después, permanecieron entrelazados, respirando agitadamente, con las frentes apoyadas y las llamas reflejándose en sus ojos.

En ese momento, nada existía fuera de ellos dos y del amor que acababan de consumar frente al fuego.

Por unas horas fue como si el presente hubiera decidido dejarlos en paz.

Pero ambos sabían… que no duraría. Y aun así…

por primera vez… eligieron no pensar en ello.

La mañana llegó sin prisa. La luz entraba suave por la ventana.

El fuego en la chimenea era ya solo un recuerdo de ceniza.

Lucía abrió los ojos despacio, durante unos segundos no pensó en nada.

Solo en el calor, en la cercanía, en él.

Mario seguía dormido a su lado, con la respiración tranquila, más serena que la noche anterior.

Ella lo observó en silencio. Y entonces volvió todo.

La conversación, su madre, la cofradía, el acantilado.

Y lo que no le había contado. Cerró los ojos un instante.

No podía seguir aplazándolo, se incorporó con cuidado intentando no despertarlo. Pero no lo consiguió.

—Te mueves mucho —murmuró Mario, con voz aún dormida.

—Lo siento —dijo ella riendo, acercándose para darle un beso .

Él abrió los ojos poco a poco. La miró y esta vez, la vio, frente a frente, la devolvió el beso, pero ella ya no estaba, y él se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

No hubo rodeos. Lucía respiró hondo y habló.

—Tenemos que hablar.

Mario se incorporó ligeramente. El gesto le dolió, pero no se quejó.

—Adelante.

—Ayer no te conté todo.

—Ya lo sabía.

—Lo sé —Hizo una pausa—. Y lo siento. No quería hacerlo en el hospital.

Mario la miró y pasó su mano por su mejilla con ternura. Y después esperó.