Ecos en la niebla Capítulo 17 #6
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Capítulo 17 #6

Su madre no respondió de inmediato, pasaron unos segundos que parecieron minutos .

—Por todo —dijo al final, demasiado general, demasiado vago.

Lucía bajó la mirada un segundo, luego volvió a alzarla.

—No es suficiente.

El aire cambió. Su madre la miró.

—Lo sé —dijo dando un paso más, estando ahora más cerca—. Pero es lo único que puedo decir ahora mismo.

—No —contestó Lucía, su voz fue firme, más contenida—. No es lo único.

—Hija…

—¿Por qué llorabas en el entierro? —preguntó directa, sin rodeos.

Su madre cerró los ojos un instante.

—Porque alguien había muerto.

—No, mamá. Fuiste porque le conocías. Mucho más de lo que dices.

La mujer no respondió, pero no lo negó. Y eso fue suficiente. Lucía sintió cómo el pulso se le aceleraba.

—Hablabas con él a menudo, y no me refiero solo a cuando nos visitaba en casa.

La mirada de su madre se tensó.

—¿Quién te ha dicho eso?

—No importa. ¿Qué sabías?

La pregunta quedó suspendida. Su madre respiró hondo.

—Más de lo que debería.

—¿Y no hiciste nada? —preguntó, sintiendo un nudo en el pecho.

—Intenté hacerlo, hija.

—No fue suficiente.

Esa vez, su madre no la esquivó.

—No .

El silencio que siguió fue distinto. Más honesto, más doloroso.

—¿Sara…?

Su madre cerró los ojos.

—No pude ayudarla.

La frase cayó como un peso muerto. Lucía dio un paso atrás.

—Pero lo sabías.

No era una pregunta. Su madre no respondió. Y ese silencio lo confirmó todo. Lucía sintió cómo algo se rompía dentro de ella.

—¿Y a él? —susurró, señalando a Mario—. ¿También lo sabías?

La mujer alzó la vista.

—Sabía que esto volvería.

La respuesta fue firme. Lucía frunció el ceño.

—¿Esto qué es?

Silencio. Su madre negó lentamente.

—Aún no puedo decírtelo.

Lucía soltó una risa breve. Sin humor.

—Claro, siempre igual.

Su madre dio un paso hacia ella.

—No es por protegerme a mí. Es por protegerte a ti.

—Eso ya no funciona, mamá —dijo señalando a Mario—. Míralo, eso es lo que pasa cuando no nos cuentas la verdad.

El golpe fue directo. Su madre no respondió, pero algo en su mirada cambió, culpabilidad.

—No estáis a salvo —dijo en voz baja.

—Entonces ayúdanos —dijo Lucía.

Su madre la miró, durante unos segundos que se hicieron eternos.

—No puedo hacerlo aquí.

—¿Por qué?

Su madre desvió la mirada hacia la puerta.

—Porque no estamos solos.

El aire se congeló, Lucía siguió su mirada. La puerta, cerrada. Pero ahora… ya no parecía suficiente. Cuando volvió a mirar a su madre… ella ya había tomado una decisión.

—Cuando él se encuentre mejor —dijo, señalando a Mario—, ven a verme. Pero ven sola.

Luego, sin añadir nada más, se dio la vuelta y se marchó. La puerta se cerró suavemente tras ella. Lucía se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. La mirada fija en la puerta y una certeza que ya no podía ignorar. Su madre no solo sabía la verdad. Formaba parte de ella.

La luz de la mañana entraba débil por la ventana del hospital, gris, apagada, como si el día tampoco terminara de arrancar.

Lucía no había dormido. Seguía sentada junto a la cama, con la espalda ligeramente encorvada y la mirada fija en Mario.

Había pasado la noche observando cada respiración.

Cada pequeño movimiento como si, en cualquier momento, pudiera desaparecer.

Cuando él abrió los ojos, esta vez, lo hizo con más claridad, más consciente. Parpadeó una vez, dos.

—Lucía…

Ella se inclinó al instante.

—Aquí estoy.

Mario la observó unos segundos como si necesitara asegurarse de que era real.

—¿Cuánto tiempo…?

—Unas horas —respondió ella—. Te operaron ayer .

Él asintió levemente. El gesto le costó.

—Me duele…

—Es normal.

Ella intentó sonreír, pero no le salió del todo.

—Pero estás bien —añadió—. Eso es lo importante.

Él la miró, en silencio.

—No tienes buena cara.

—Tú tampoco estás para opinar —dijo ella soltando una pequeña exhalación.

Él esbozó una leve sonrisa, breve, pero suficiente. El silencio volvió, más tranquilo, más humano. Lucía le acomodó ligeramente la almohada. Un gesto simple casi automático.

—¿Ha venido alguien? —preguntó él.

La pregunta la tensó apenas un instante.

—Sí —respondió.

Mario frunció levemente el ceño.

—¿Quién?

Ella dudó, muy poco, pero lo suficiente.

—Doña Elvira —dijo finalmente—. Se ha enterado.

Él la observó sin apartar la mirada.

—¿Solo?

—Sí —contestó ella, sosteniendo la mirada.

El silencio se alargó. Algo en el ambiente cambió, sutil, pero presente. Mario desvió la vista hacia la puerta, para a continuación, volver a mirarla.

—No me estás contando algo —insistió él, no era la primera vez que tenía esa sensación con Lucía.

—Acabas de salir de una operación —dijo, esquivando la respuesta—. No deberías estar pensando en eso.

Mario no respondió. Pero no parecía convencido. Lucía apretó suavemente su mano.

—Descansa .

—Vale… —suspiró, cansado.

Aunque su mirada seguía diciendo lo contrario. Poco a poco, volvió a cerrar los ojos, el cansancio pudo más. Ella se quedó mirándolo.

—Lo siento… —susurró.

Esta vez no lo dijo en voz alta. Una enfermera entró en la habitación, acompañada de un carrito blanco con ruedas, donde se acumulaban gasas, vendas, jeringuillas…

—Vengo a comprobar los puntos y a cambiarle la venda. Luego le llevaremos a hacer unas pruebas rutinarias —dijo la enfermera, mientras Lucía la daba las gracias—. Debería irse a descansar un poco, aquí le tendremos vigilado.

Lucía se levantó con cuidado sin hacer ruido, cogió su chaqueta y el móvil. Se detuvo un instante junto a la cama y dudó. Podía quedarse, esperar, hacerlo todo más fácil, o podía ir, arriesgarse. Cerró los ojos un segundo, y decidió. Se inclinó ligeramente.

—Vuelvo enseguida —susurró, dándole un beso en la mejilla.

Sin embargo, no sabía si era verdad. Salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado.

El pasillo estaba casi vacío, se detuvo, miró atrás hacia la habitación.

Un nudo le cerró el pecho. "No deberías irte.

" La idea apareció clara en su cabeza, directa.

Pero otra la empujó con más fuerza. "Si no vas ahora…

no lo harás nunca." Cerró los ojos un segundo.

El eco de la voz de su madre volvió a su cabeza.

"Ven sola." Apretó el móvil en la mano. Podía volver, entrar, sentarse otra vez junto a él, o podía enfrentarlo de una vez.

Abrió los ojos y esta vez no dudó. Caminó hacia la salida sin mirar atrás.

El camino hasta la casa se le hizo más corto de lo que esperaba.

O quizá fue su cabeza la que no dejó espacio para nada más.

Lucía se detuvo frente a la puerta. Dudó antes de llamar, solo un segundo, luego lo hizo.

La puerta se abrió casi al instante, como si hubiera estado esperando justo al otro lado. Su madre la miró en silencio.

—Has venido. Pasa.

La casa estaba en silencio. Demasiado ordenada, demasiado quieta. Avanzó despacio mientras su madre cerraba la puerta. El sonido retumbó más de lo normal. Llegaron hasta la sala de estar, Lucía tomó asiento en el sofá.

—Empieza —fue directa Lucía, sin rodeos.

Su madre no se movió. Durante unos segundos que pesaron demasiado. Luego se sentó junto a ella, pero no se acomodó.

—No es tan fácil.

Lucía soltó una pequeña risa, sin humor.

—Llevo toda la vida esperando.

Su madre alzó la vista y esta vez no esquivó la suya.

—La cofradía… —empezó—. No era lo que la gente creía. No era solo tradición, ni mar, ni historia. —Hizo una pausa—. Era control, negocios, favores, deudas… y cosas peores.

—¿Quién? —La pregunta salió firme de la boca de Lucía.

Su madre negó levemente.

—No eran uno o dos —contestó bajando la mirada.

—Pero había alguien por encima —dijo Lucía sintiendo cómo el pulso se le aceleraba—. ¿Quién era?

Un silencio se prolongó, su madre respiró hondo. Pero no respondió.

—Lo sabías —dijo Lucía de nuevo.

—Sí.

La respuesta fue inmediata .

—¿Y no hiciste nada?

La mirada de su madre se quebró.

—Hice lo que pude.

—No fue suficiente.

—No —susurró su madre—. No lo fue.

Las palabras quedaron suspendidas. Pesadas. Lucía tragó saliva.

—Ramiro.

El nombre cambió algo en el ambiente. Su madre cerró los ojos un instante.

—¿Qué pasa con él? —preguntó su madre.

—Quiero la verdad. Toda.

Su madre dudó. Pero esta vez… cedió.

—Ramiro no era como su padre —comenzó su madre pausadamente—. Sabía lo que pasaba y lo odiaba.

—¿Entonces por qué no hizo nada?

—Porque no era tan sencillo. Intentó frenarlo.

—Él te protegía, ¿no es así?

—¿A mí?

—A ti… y a Sara. ¿Por qué?

—Porque… —se detuvo—. Porque yo se lo pedí.

El aire se congeló. Lucía la miró sin entender.

—¿Qué?

Su madre bajó la mirada.

—Ramiro y yo… —no terminó la frase, no hacía falta.

Lucía se levantó del sofá dando unos pasos hacia la ventana.

—No…

—Fue hace muchos años —añadió rápidamente—. Antes de que todo empeorara. Yo quería a tu padre, pero Ramiro era diferente, no sé qué me pasaba cuando estaba con él .

El silencio se instaló en la estancia durante unos segundos.

—Cuando Sara empezó a averiguar cosas —continuó su madre—. Yo ya sabía que algo iba mal. Y le pedí a Ramiro que la vigilara. Que la protegiera.

Lucía negó lentamente.

—Y aun así desapareció.

La frase fue un golpe. Su madre cerró los ojos.

—Sí.

—¿Y el padre de Mario? ¿Qué pasa con él?

La pregunta cayó directa. Su madre se tensó.

—No desapareció sin más.

—¿Qué pasó?

La voz de Lucía ya no temblaba. Su madre tragó saliva.

—Ramiro lo contactó, era un reputado investigador en Madrid. Quería sacar la verdad sobre la cofradía, porque se enteró de algunas cosas, pero luego fue mucho más hermético y no le dejaban entrar, pues Ramiro no era como el resto…

—Pero llegó demasiado lejos. ¿Lo mataron?

—Sí —contestó su madre, cerrando los ojos.

La palabra fue apenas un susurro. Lucía sintió cómo se le encogía el pecho.

—¿Quién?

—No puedo.

—¡Dímelo!

La voz rompió la habitación. Su madre la miró, con miedo.

—La misma gente que sigue ahí. Nada ha terminado, hija.

—¿Dónde está el cuerpo?

La pregunta fue distinta, más baja, más peligrosa. Su madre tardó en responder .

—Nunca lo encontraron.

—Pero tú sí lo sabes.

La mujer bajó la mirada.

—Cerca del acantilado.