Capítulo 17 #5
Él esbozó una media sonrisa.
—Sí. Pero intento no parecerlo.
Lucía soltó una leve exhalación, se giró hacia él.
—Mario… esto es más grande de lo que pensábamos .
—Lo sé.
—Y si alguien más sabe que tenemos estos documentos…
No terminó la frase. No hizo falta. Mario dio un paso hacia ella.
—Entonces no podemos…
El disparo rompió la noche. El cristal estalló en mil fragmentos. Un golpe seco, brutal. Lucía gritó. Mario apenas tuvo tiempo de reaccionar. El impacto lo sacudió hacia atrás. Un golpe sordo contra el suelo.
—¡Mario!
El sonido desapareció como si el mundo se hubiera quedado sin aire. Lucía se lanzó hacia él.
—¡Mario! ¡Mario!
Sangre. Demasiada sangre en su camiseta, en sus manos, haciendo un charco en el suelo.
—Mírame —dijo ella, con la voz rota—. Mírame, por favor.
Mario respiraba con dificultad. Pero respiraba.
—Estoy… —intentó decir.
El dolor le cortó la frase. Lucía presionó la herida con ambas manos.
—No te duermas. ¿Me oyes? No te duermas.
El cristal seguía cayendo al suelo en pequeños fragmentos.
Tardíos, entonces… otro sonido. Un paso afuera.
Lucía alzó la cabeza de golpe, miró hacia la ventana rota.
Nada. Solo oscuridad, pero notaba que no estaba sola.
Un segundo disparo, más alto, más cerca, impactó contra la pared, a escasos centímetros.
Lucía se encogió instintivamente, cubriendo a Mario.
Después, silencio. Y entonces lo entendió.
—Nos han encontrado… —susurró.
Mario la miró, con los ojos entreabiertos .
—Vete…
—No —dijo entre lágrimas—. No voy a dejarte.
Su voz temblaba, pero no dudaba. Sacó el móvil con las manos manchadas de sangre.
—Emergencias… por favor… —Su voz se quebró—. Le han disparado… necesitamos una ambulancia…
Dio la dirección como pudo. El tiempo dejó de tener sentido. Solo el sonido de la respiración de Mario, leve, irregular. Lucía apoyó la frente en la suya.
—No te vas a ir —susurró—. ¿Me oyes? No te vas a ir.
Mario esbozó una leve mueca. No llegó a ser una sonrisa, pero se acercaba. Por su mente recorrían imágenes borrosas de su madre, de su padre y de Lucía. Intentó volver a hablar.
—No…
El dolor volvió a cortarle. Lucía apretó más fuerte la herida intentando que no perdiera más sangre aún.
—Cállate.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no dejaba de mirarlo. A lo lejos, una sirena, débil. Lucía cerró los ojos un segundo, solo uno.
—Aguanta —susurró—. Ya vienen.
Sin embargo, Mario ya no escuchaba, había perdido el conocimiento. Afuera, en la oscuridad… alguien se alejaba. Sin prisa. Porque ya había dicho todo lo que tenía que decir.
El sonido de la sirena aún resonaba en la cabeza de Lucía cuando las puertas del hospital se abrieron de golpe. El hospital que se encontraba a veinticinco minutos de Puerto de Silencio, era el más cercano. Luces blancas, demasiado intensas, demasiado frías. —¡Por aquí! —gritó alguien .
Manos, voces, movimiento. La camilla desapareció entre pasillos. Mario iba en ella.
—¡Espere aquí, por favor!
Lucía intentó seguirlo, pero no la dejaron, se quedó sola. El silencio del hospital no era silencio, era un murmullo constante, lejano. Se apoyó en la pared, con las manos aún manchadas de sangre y la respiración entrecortada.
No sabía cuánto tiempo había pasado, minutos, horas, no importaba. Hasta que alguien se acercó.
—¿Familia de Mario?
Lucía levantó la cabeza. Un médico, con mascarilla y mirada cansada.
—Sí, ¿cómo está?
—La bala ha entrado limpia. Por suerte, no ha afectado a órganos vitales.
Lucía cerró los ojos un instante. El aire volvió de golpe.
—¿Está…?
—Está fuera de peligro, pero hay que esperar, ha perdido mucha sangre.
Ella simplemente asintió. No podía hablar, las piernas le fallaron ligeramente, lo que le hizo tener que sentarse en una silla.
—Podrá verle en un rato.
Y Lucía se quedó allí de nuevo, de pie, intentando recomponerse. Hasta que lo sintió, una mirada. Alzó la vista.
Al fondo del pasillo, un hombre de pie, observando.
No era personal médico, no llevaba uniforme.
Solo estaba ahí, quieto. Lucía frunció el ceño.
El hombre desvió la mirada, y después comenzó a caminar.
Desapareció tras una esquina. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se separó de la pared, dio varios pasos.
Dudó, pero no lo siguió. No podía dejar a Mario, no ahora.
Volvió a su sitio, pero algo había cambiado en su mente, ya fuera el hombre que disparó o simplemente un familiar de otro paciente, pero su mente ya se había alertado.
El hospital ya no parecía seguro, parecía… observado.
—Puedes pasar —La voz femenina de una enfermera la sacó de esos pensamientos.
Lucía asintió y caminó. Cada paso más pesado que el anterior, empujó la puerta con suavidad, el sonido fue casi imperceptible.
Mario estaba allí, pero no como lo esperaba.
Inmóvil, con los ojos cerrados, la piel más pálida de lo habitual; conectado a monitores que marcaban un ritmo constante, mecánico.
Ella se quedó en la puerta, sin avanzar, sin respirar.
Durante un segundo… dos… tuvo miedo. Un miedo frío, paralizante.
Entonces se obligó a moverse, un paso, luego otro.
Se acercó a la cama lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo.
—Hola… —susurró, aunque sabía que no podía oírla, mientras sus dedos le acariciaban la cara con un gesto suave.
Mario se encontraba sedado tras la operación para extraerle la bala.
Una venda cubría su abdomen desnudo. Lucía miró su mano y la tomó entre las suyas, como si quisiera traspasarle fuerza.
Estaba tibia, pero inerte. Ahí fue cuando todo cayó, la tensión, el miedo, la imagen del disparo, la sangre, el sonido del cristal rompiéndose.
No podía parar de llorar, pensando que el desenlace podía haber sido horrible.
No podía dejar de pensar en Marcelo y en Ramiro, y ese sería su destino también en caso de no parar con todo esto .
—Lo siento… —susurró, la voz le tembló—. Lo siento mucho…
Apretó su mano con más fuerza, como si pudiera traerlo de vuelta.
—No tendría que haberte metido en esto… —continuó—. Nada de esto tendría que estar pasándote a ti.
Las lágrimas empezaron a caer de nuevo, sin control, sin pausa.
—Ya te perdí una vez… —murmuró, con la voz rota—. No puedo…
Se detuvo. No fue capaz de terminar la frase. Apoyó la frente sobre el borde de la cama, cerca de su mano.
—No puedo perderte otra vez.
El silencio del hospital la envolvió, pero ya no era distante, era asfixiante.
—Todo esto… —susurró—. Sara, mi madre, tu padre… no sé dónde acaba nada de esto —volvió a decir, respirando hondo. Y ahora tú… —Negó levemente como si pudiera rechazar la realidad—. No te vayas, ¿vale? —dijo con un hilo de voz casi infantil—. No me dejes sola…
Las lágrimas siguieron cayendo, lentas, constantes.
El monitor siguió marcando su ritmo, inalterable.
Lucía cerró los ojos, sin soltar su mano.
Y por primera vez desde que todo empezó…
no pensó en respuestas. Solo en él. Pasaron los minutos, quizá más, hasta que algo cambió, un leve movimiento, casi imperceptible.
Lucía alzó la cabeza, contuvo la respiración.
La mano de Mario… reaccionó. Un mínimo gesto, un reflejo.
—¿Mario?
Silencio. Pero esta vez… distinto. Los párpados temblaron, muy levemente. Y poco a poco… abrió los ojos, desorientado, confuso. Pero vivo. Lucía dejó escapar el aire de golpe .
—Hey… —susurró, entre lágrimas—. Tranquilo… estás bien.
Mario parpadeó varias veces, intentando enfocar y ubicarse.
—¿Lucía…?
Ella sonrió, rota.
—Sí, estoy aquí —contestó a la vez que le daba un beso en la mano.
—¿Dónde…?
—En el hospital —respondió Lucía con suavidad—. Todo ha salido bien.
Él asintió levemente. Le costaba mantenerse despierto.
—¿Qué ha pasado…?
Lucía dudó un segundo.
—Ha sido… un susto —dijo finalmente.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Mario la miró, como si supiera que faltaban piezas. Pero no insistió. El silencio se instaló entre ellos. Mario giró ligeramente la cabeza mirando hacia la puerta cerrada.
—¿Estamos… solos? —preguntó.
—Sí… —respondió, pero su voz no sonó completamente segura—. No tienes que pensar en eso ahora —dijo, pero ella sí lo estaba pensando, todo el tiempo.
Mario cerró los ojos un instante.
—Lucía…
—¿Sí?
Él tardó en responder, como si no encontrara las palabras o como si comenzará a recordar.
—No abras a nadie.
La frase fue débil, pero clara. Ella sintió cómo algo se tensaba dentro de ella.
—No lo haré .
Se miraron. Y en ese momento… no hacía falta decir nada más. Ambos lo sabían, no estaban a salvo.
El silencio en la habitación era frágil. De esos que parecen romperse con cualquier gesto. Mario había vuelto a quedarse dormido, la sedación aún pesaba sobre él. Su respiración, lenta y constante, era lo único que llenaba el espacio.
Lucía seguía sentada a su lado sin soltar su mano.
Con la mirada perdida en algún punto entre el miedo y el cansancio.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Hasta que lo oyó, un sonido leve.
La puerta se abrió despacio, sin hacer ruido.
Y entonces la vio. A su madre, que se quedó en el umbral, inmóvil, como si no estuviera segura de poder entrar.
Lucía no dijo nada. No se levantó, ni se acercó, solo la miró.
Su madre dio un paso, y luego otro. Sus ojos se detuvieron en la cama, en Mario.
En las vendas, en los monitores y algo en su expresión se quebró.
—¿Está…? —La voz le falló.
—Sí.
La mujer avanzó un poco más, despacio, como si cada paso pesara más de lo que debía.
—Me he enterado esta mañana… —murmuró—. En el pueblo no se habla de otra cosa.
Lucía no respondió. Su madre tragó saliva.
—No sabía si… —Se detuvo—. Si debía venir.
Lucía la observaba sin apartar la mirada.
—Pero has venido.
La mujer asintió. Sus ojos volvieron a Mario.
—Lo siento…
—¿Por qué?