Ecos en la niebla Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

La noche había caído por completo. En la casa, el silencio ya no era incómodo, era expectante.

Los papeles descansaban sobre la mesa del salón, extendidos con cuidado, como si temieran romperse al menor gesto brusco.

El sobre, abierto, yacía a un lado. Lucía no se había movido.

Mario tampoco. Llevaban varios minutos frente a ellos, sin tocar nada, sin hablar, como si ambos supieran que, en el momento en que empezaran a leer… ya no habría vuelta atrás.

Mario fue el primero en romper la inmovilidad. Se inclinó hacia delante y tomó el documento superior con cuidado, casi con respeto. El papel crujió levemente entre sus dedos. Sus ojos comenzaron a recorrer las líneas con atención.

—Aquí hay informes… decisiones del ayuntamiento, menciones de terrenos, concesiones de la cofradía, todos ellos firmados por el padre de Ramiro.

Fue leyendo hasta dar con una nueva página y poco a poco… su expresión cambió.

—Esto es otro informe… —murmuró.

Lucía se inclinó hacia él.

—¿De qué?

Él no respondió de inmediato. Tragó saliva.

—Oficial.

El silencio se tensó.

—¿Mario…?

Él levantó la vista. Y en sus ojos había algo nuevo. Algo que no estaba antes.

—Es de mi padre, su carpeta de investigación .

El aire pareció detenerse. Lucía no dijo nada. Solo se acercó un poco más. Lo suficiente para leer con él. Mario volvió al documento. Y esta vez, leyó en voz alta. Como si necesitara oírlo para creerlo.

Investigación Puerto del Silencio:

—Investigación abierta en colaboración no oficial con autoridades locales: Mi llegada al pueblo no ha sido fácil, no cuento con ninguna ayuda oficial, pero entre el contacto que reclamó mi presencia y algunos testimonios de vecinos, estoy empezando a recopilar información.

Aunque noto cómo mi contacto no me dice toda la verdad, ¿para qué me hace venir si no me dice toda la verdad?

Este trabajo no es como otros que he realizado con anterioridad.

—Actividad irregular vinculada a la antigua cofradía marítima: Por lo que he podido recopilar la cofradía fue fundada en 1907 por Jacobo Dávila, durante las primeras décadas la cofradía funcionaba legalmente y ayudaba al pueblo con recursos, trayecto de mercancías etc.

Todo cambió cuando Jacobo falleció, su hijo cogió el mando, y a partir de esa fecha la cofradía tomó otro rumbo, aunque no de primeras, he tenido acceso a documentos de los primeros años, seguían haciendo la labor que correspondía, pero con el paso de los meses esos documentos eran cada vez más escasos, llegaban menos mercancías al pueblo y menos ayudas; pero según he podido averiguar, la cofradía seguía trabajando.

¿En qué? Poca gente habla sobre el tema, pero los pocos que lo han hecho, y que no voy a nombrar, la cofradía hacía trabajos no tan legales, contrabando de tabaco, misiones de búsquedas no oficiales, incluso he llegado a escuchar que cuando un barco se hundía o encallaba estos iban a robar sus pertenencias (esto último no lo he podido contrastar más aún) .

—Desapariciones no registradas oficialmente: He podido hablar con un par de familiares de marineros desaparecidos, que trabajaban para la cofradía y desaparecieron, según cuentan, la cofradía les dijo que habían fallecido en alta mar, en mitad de una tormenta, cayeron al mar sin poder hacer nada por ellos.

No hay caso oficial, solo denuncias que no llegaron a nada, ya que en los contratos de los marineros firman esos posibles riesgos, y no hay pruebas de nada.

Solo el pensamiento de que quizás esos hombres no murieron a causa de una tormenta, sino por descubrir lo que se transportaba realmente o por preguntar más de la cuenta.

Pasó la página. El sonido del papel al girarse rompió el silencio de la estancia. Más notas, más nombres, más fechas. Todo escrito con una urgencia contenida. De pronto, un encabezado distinto, más marcado, más claro. Sus ojos descendieron por el texto. Y entonces se detuvieron.

—Aquí… —dijo Mario con apenas un susurro.

—¿Qué pasa?

—Míralo.

Le giró ligeramente el documento. Ella leyó. Y sintió cómo un frío lento le recorría la espalda

Sujeto: Sara.

Lucía sintió que algo encajaba. Pero no de forma tranquilizadora, sino todo lo contrario.

—Ella sabía demasiado…

—Y mi padre también.

Pasó la página. Y entonces… se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa?

Él no respondió. Le tendió el documento. Ella lo cogió, sus dedos temblaban ligeramente .

“Decisión operativa: protección del sujeto Sara.”

—¿Protección…?

—Mi padre no la estaba investigando, la estaba protegiendo.

—Pero… entonces tu padre ya estaba aquí antes de que desapareciera mi hermana…

El mundo se detuvo. Ambos se quedaron sin palabras. Las piezas del puzle que comenzaban a cuadrar se habían revuelto de nuevo. El padre de Mario no vino a investigar la desaparición de Sara, sino a desenmascarar a la cofradía y a proteger a Sara.

—¿No te das cuenta? Ahora cuadra todo… —dijo él—. Las cartas de Sara, ¿te acuerdas? Las primeras que me enseñaste al poco de llegar yo al pueblo. En una de las notas hablaba de un hombre que acababa de llegar al pueblo, decía que sabía cosas sobre ella, y que… venía a ayudarla.

—Era tu padre ese hombre… y mi hermana… no se fio de él.

—Normal, no era fácil que confiara en alguien en esa situación.

—Pero, ¿quién hizo venir a tu padre al pueblo?

—No lo sé, pero supongo que alguien que quisiera proteger a Sara y a la vez sacar la verdad de la cofradía…

—¿Ramiro? ¿Mis padres?

—Ramiro quería proteger a tu hermana sí, pero me cuesta creer que quisiera acabar con la cofradía, ya que formaba parte de su linaje. Puede tener más sentido que fueran tus padres —comentó él—. Sigamos leyendo—volvió a decir, a la vez que Lucía se arrimaba para continuar la lectura .

Sara tiene 17 años, por curiosidad o mala suerte, ha accedido a información interna de la cofradía, ha descubierto vínculos entre miembros actuales y actividades ilegales heredadas.

Con riesgo elevado si la información se hace pública.

Hemos de ir con cuidado, según mi contacto.

Sara está apartada del caso, aunque cuesta tenerla alejada, es muy cabezota.

Solo la visito cuando necesito más información, o cuando dice acordarse de algún dato nuevo.

Hay cosas que no me acaban de cuadrar, me falta información de parte de mi contacto, así es difícil avanzar. Creo que no me cuenta más cosas por proteger a su familia.

—¿Se referirá a mi madre?

—Si es así, tu madre sabía mucho más que Sara, pero no lo contaba por proteger a su familia, a ti incluida.

El silencio volvió a caer pero, a la vez, fue ese silencio el que les hizo volver a centrarse en aquellos documentos.

Según he podido recopilar, incluso he podido ver con mis propios ojos, documentos de la cofradía de las últimas décadas, donde se hicieron trabajos ilegales, tales como: contrabando de armas, tabaco, drogas, trata de blancas… y más documentos que no ponían la mercancía que tenían que transportar...

Hoy he notado cómo me seguían un par de hombres, aunque realmente, llevo días notándolo, pero hoy los he visto.

No los he podido reconocer, pero si mi intuición no me falla, hay gente infiltrada hablando de mí y de lo que investigo.

Estoy yendo con mucho cuidado cada paso que doy, ya que mi contacto me previene de todo.

Por eso pienso que alguien cercano a lo que investigo puede estar chivándose.

—¿Filtraciones? —preguntó Lucía.

—Por eso no pudieron protegerla… ni a Sara, ni a él mismo —murmuró Mario .

Lucía no respondió. Pero su mirada lo confirmaba. Pasó la última hoja. Y entonces… todo cambió. Se quedó quieto.

—No… —susurró él.

—¿Qué pasa?

Mario levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de algo distinto ahora. No era solo sorpresa, era comprensión.

—Aquí está la clave.

Ella se acercó aún más. Una anotación breve, escrita a mano. Diferente. Más personal. Mario la leyó en voz alta.

“Persona clave: María, madre de Sara.”

—Mi madre… —susurró.

Ninguno dijo nada, pero todo encajaba. Las visitas, las discusiones. El silencio en casa, el llanto en el entierro. Nada había sido casual. Mario pasó la mano por el papel.

—Mi padre lo sabía.

—¿El qué?

—Que ella estaba en medio de todo.

—No… ella no haría daño a Sara.

—Pero pudo haber sido la razón por la que no pudieron salvarla.

La frase cayó como una losa. Ella cerró los ojos un segundo.

—O la única persona que podía ayudarla… y no lo hizo.

El silencio se volvió insoportable. Mario recogió los papeles con cuidado. Uno a uno, como si ahora pesaran más.

—Esto no termina aquí. Ahora empieza de verdad.

Lucía lo miró. Había miedo, pero también algo más, algo firme. Afuera, el viento golpeó suavemente las ventanas, y dentro de aquella casa, por primera vez desde el principio, la verdad dejó de ser un misterio. Y empezó a ser un peligro.

La casa estaba en silencio, demasiado. Los papeles seguían sobre la mesa, ordenados ahora en pequeños montones.

Lucía los había colocado casi de forma obsesiva, como si darles estructura pudiera ayudarla a entender lo que significaban.

Pero no funcionaba. Nada de aquello tenía orden.

Mario estaba de pie, apoyado en el respaldo del sofá, mirando uno de los documentos sin leerlo realmente.

Su mente estaba en otra parte. En su padre, en Sara.

En todo lo que acababan de descubrir. El reloj de pared, ya con la pila funcionando, marcó la hora con un leve clic.

Un sonido mínimo. Pero suficiente para hacerles conscientes del vacío que los rodeaba.

—¿Has oído eso? —preguntó Lucía.

—¿El qué? —contestó Mario, volviendo al presente.

—No sé, un ruido afuera…

Se quedó quieta, escuchando. Nada.

—Habrá sido el viento —dijo él, restándole importancia.

Sin embargo, su tono no era del todo convincente. Lucía no respondió. Se levantó despacio. Avanzó un par de pasos hacia la ventana, miró hacia afuera; solo vio oscuridad y el reflejo de su propio rostro en el cristal.

—No hay nadie —murmuró.

Mario dejó uno de los documentos sobre la mesa.

—Estás nerviosa.

—¿Y tú no?