Ecos en la niebla Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

La frase quedó suspendida. Lucía sintió cómo algo se aflojaba dentro de su pecho.

—Entonces… ¿por qué?

Mario la sostuvo la mirada.

—Por ti.

No hubo grandes gestos. Lo soltó de golpe, sin forzarlo. Lucía dio un paso hacia él. Muy leve, como si no estuviera segura de poder hacerlo.

—Esto puede ir a peor —dijo en voz baja—. Lo sabes, ¿no?

—Sí —dijo él.

—Y aun así…

No terminó. No hacía falta, Mario tampoco dijo nada.

Solo acortó la distancia, muy despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo.

Lucía no se apartó. Esta vez no. Cuando sus manos se rozaron, fue casi accidental, pero ninguno retrocedió.

El beso llegó sin impulso, como si llevara tiempo ahí…

esperando, corto, suave. Y después otro, más lento.

Cuando se separaron, no hablaron. Pero tampoco hubo incomodidad, solo una calma extraña, distinta a todo lo anterior.

Ella apoyó la frente en la suya un instante.

—No quiero más mentiras —murmuró.

—Ni yo.

Se separaron despacio. Pero no del todo, el silencio que quedó ya no era el de antes. No era distancia. Era algo nuevo. Mario miró hacia la mesa, el cuaderno de Sara seguía allí, las notas, los papeles. Todo.

—Tenemos que seguir —dijo.

—Sí.

Sin embargo, esta vez…no sonó como una obligación.

Pasada una hora, Lucía estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas, mirando uno de los cuadernos. Mario, de pie junto a la ventana, observaba el exterior como si esperara encontrar algo en la oscuridad. Pero no había nada. Solo silencio.

—No encaja —murmuró él al fin.

Lucía levantó la vista.

—¿El qué?

Él no respondió de inmediato. Se giró despacio, apoyándose en el marco de la ventana.

—Ramiro. Cómo no nos dimos cuenta de que sabía que corría peligro —continuó—. Mientras conversábamos, miró por la ventana en un par de ocasiones, como comprobando que no hubiera nadie en los alrededores.

—Y aun así… no nos dijo nada claro —recalcó ella.

—Nos dijo cosas.

—No suficientes.

—Quizá no podía.

—No —dijo ella, levantándose y dando un paso hacia la mesa—. Si sabía que corría peligro… ¿Por qué no decirnos algo?

Algo se movió en su expresión. Muy leve.

—O quizá... si lo hizo —murmuró ella.

—¿Qué? —preguntó él, dejando de mirar por la ventana y centrándose en Lucía.

—Creo que sí lo hizo —dijo, dudando un segundo, como si estuviera intentando atrapar un recuerdo que no terminaba de formarse—. Cuando estábamos en su casa… cuando le pedí que nos ayudara… dijo algo .

Lucía cerró los ojos un instante. Y su mente se teletransportó un día atrás, a la sala de estar de Ramiro, allí donde conversaban con él. Hasta que llegó al momento que buscaba, lo vio claro, preciso.

—Bonito reloj, ¿no os parece? —susurró ella, y lo repitió de nuevo.

Mario se quedó inmóvil. Repitiendo mentalmente la frase.

—El reloj… —murmuró.

—No venía a cuento —dijo ella.

—No, además se acercó varias veces, incluso estuvo toqueteando las manillas —recordó él.

—Exacto.

Se miraron. Y en ese instante lo supieron.

—Estaba intentando decirnos algo —dijo Mario.

—Y no podíamos entenderlo allí.

—Pero ahora sí… tenemos que ir ahora.

—Es medianoche.

—Por eso mismo, nadie nos puede ver. Por el día estará la Guardia Civil investigando —comentó Mario, convenciendo a Lucía.

La noche se había vuelto más fría, más cerrada. Cuando llegaron, la casa estaba acordonada, pero no había nadie vigilando en ese momento. Solo la cinta moviéndose ligeramente con el viento. Lucía la apartó con cuidado. El sonido le pareció demasiado alto.

—Rápido —murmuró Mario.

La puerta principal se encontraba cerrada, no esperaban que fuera tan fácil. A continuación, comprobaron todas las ventanas, cerradas también.

—¿Qué hacemos? —preguntó Lucía.

Mario se puso a dar vueltas por el pequeño porche, pensando. Hasta que una idea le rondó por la cabeza .

—¿Dónde vas? —preguntó ella al observar cómo salía a la calle de nuevo.

—Sígueme.

Mario iba de avanzadilla y Lucía le seguía, aún sin entender nada. A los pocos metros llegaron a su destino.

—¿Qué hacemos aquí?

—Fue el vecino que dio el aviso a la Guardia Civil. Sabemos que iba a visitar a Ramiro —dijo, y a continuación, llamó al timbre.

A los pocos segundos vieron encenderse la luz del porche. La puerta se abrió.

—¿Quién es? —preguntó una voz antes de abrir.

—Hola señor, necesitamos hablar con usted, será solo un momento.

—¿Sabéis qué horas son? volver mañana.

—Es sobre Ramiro. Por favor, solo será un momento.

Tras varios segundos de silencio, el sonido de la llave abrió la cerradura. El hombre asomó la cabeza.

—¿Qué queréis?

—Usted era su vecino… no tendrá por casualidad las llaves de su casa.

—¿Para qué las queréis? ¿Queréis robarle estando ya muerto?

—No señor, eso nunca. Es importante, necesitamos comprobar una cosa —dijo Mario, pero observó como la expresión del hombre ni se inmuto—. Creemos… que nos dejó un mensaje oculto. Estamos seguros que sabía que corría peligro —explicó Mario—. Por favor…

El hombre abrió la puerta del todo, les miró durante unos segundos y soltó un suspiro.

—Está bien. Pero os acompaño —dijo el hombre, poniéndose un abrigo que cogió del perchero .

A los pocos minutos entraron en la casa.

El interior estaba exactamente igual. Eso fue lo primero que les golpeó, nada había cambiado.

Y, sin embargo… todo era distinto. Se adentraron hasta la sala de estar, el reloj de cuco seguía en la pared.

El hombre no habló en ningún momento, solo observaba cada movimiento de ambos.

Lucía y Mario se posicionaron frente al reloj, durante un instante, ninguno lo tocó, como si al hacerlo fueran a romper algo. El reloj marcaba una hora que no correspondía.

—Está parado.

—¿Desde cuándo? Ayer funcionaba.

Mario alzó la mano, dudó un segundo, pero acabó moviendo ligeramente una de las manecillas. El mecanismo emitió un pequeño clic. Nada.

—No es eso —murmuró Lucía, inclinándose un poco más, observando—. Espera… —señaló la base del reloj.

Una pequeña muesca. Casi invisible. Mario se agachó levemente para ojear bien la base, pasó el dedo por la muesca y presionó. Nada.

—Déjame —dijo Lucía.

Se acercó más. Probó con cuidado. Presionó en otro punto.

Luego en otro clic. El sonido fue casi imperceptible, pero lo oyeron los dos, bueno, los tres; el hombre les miraba asombrado.

El frontal del reloj se abrió ligeramente.

Se miraron. El pulso se les empezó a acelerar.

Mario fue el primero en moverlo. Abrió con cuidado, muy despacio, como si dentro hubiera algo frágil, o peligroso.

Y lo había. Dentro, oculto tras el mecanismo, había un pequeño compartimento, en él…

un sobre. Mario lo sacó con cuidado. El papel estaba ligeramente amarillento, pero intacto.

No parecía antiguo. Parecía preparado. Mario abrió el sobre despacio.

Dentro había varios papeles, y algo más.

Un documento. Lo desplegó. Sus ojos recorrieron las primeras líneas y se detuvieron. Lucía lo miró.

—¿Qué pasa?

Mario no respondió de inmediato. Le pasó el papel. Ella lo leyó. Y el mundo se le movió bajo los pies. Era un informe antiguo. Oficial. Un nombre destacado en la parte superior, el del padre de Mario. Y debajo… una anotación:

“Caso vinculado a la desaparición de Sara.”

El silencio se rompió por dentro. Pero eso no era lo peor. Lucía pasó la página. Había más, nombres, fechas, símbolos, y uno de ellos… lo reconoció. El mismo símbolo del colgante. Le temblaron las manos.

—Esto… —susurró ella—. Lo conecta todo. —Su voz fue más baja. Más dura.

—Esto solo es el principio.

Y por primera vez… tenían algo que no era una sospecha. Era una prueba.

El sobre abierto descansaba sobre la mesa de la sala de estar de Ramiro, desplegado cuidadosamente por Mario.

El hombre sacó de su abrigo una cajetilla de tabaco y salió de la estancia, con un gesto indicándoles que les esperaba fuera.

Los papeles amarillentos emitían un olor a tinta vieja y tiempo detenido.

Cada línea parecía pesar más de lo que podía soportar.

Lucía se sentó a su lado, las manos entrelazadas sobre las piernas, sin atreverse a tocar nada.

—Esto… —susurró—. Lo conecta todo.

Mario asintió, los ojos fijos en los nombres y símbolos. La garganta le dolía, y no solo por el hallazgo.

—No puedo creer que todo esto haya estado aquí… delante de nosotros. —Su voz era apenas audible .

Lucía inclinó la cabeza hacia él, con un gesto casi inconsciente.

—Ni yo… —murmuró—. Y Ramiro… ¿cómo supo que debíamos encontrarlo?

Mario pasó una mano por su rostro, exhalando un largo suspiro. Luego se volvió hacia ella, con el ceño fruncido, pero una leve sonrisa en los labios.

—Nos guio hasta esto… y, aun así, no nos dimos cuenta en su momento.

Ella se inclinó un poco más cerca, apoyando suavemente la mano sobre la suya. El gesto era mínimo, pero suficiente para que algo dentro de los dos se soltara.

—Tenemos que concentrarnos —dijo finalmente Mario, separándose apenas unos centímetros—. Pero… —Miró los papeles—. Esto cambia todo.

—Sí —respondió ella—. Y debemos hacerlo juntos.

Se inclinaron nuevamente, apenas tocándose, y esta vez el roce fue más seguro, más consciente. No un impulso, sino un recordatorio de que estaban en esto juntos. Mario pasó una mano por el cabello de Lucía y luego tomó su muñeca suavemente, entrelazando los dedos.

—Vamos a resolverlo. —Su voz sonó firme, casi protectora.

Ella asintió, apoyando la cabeza en su hombro un instante.

El sobre, los papeles, los símbolos… todo podía esperar un segundo más.

Porque por primera vez en semanas, se sentían alineados, juntos, frente al misterio, frente al peligro, frente al pasado.

Y aunque el miedo seguía ahí, compartido, ya no era insoportable.

El reloj de cuco seguía latiendo en la pared, silencioso, y ahora, parecía más una señal de esperanza que de amenaza.