Ecos en la niebla Capítulo 17 #2
82%

Capítulo 17 #2

El tiempo pareció detenerse un instante.

No esperaba verla allí. Hacía días que no hablaban, desde su encuentro en el mercado.

Pero no fue solo su presencia lo que la descolocó, fue su rostro.

Estaba llorando. No de forma contenida, no en silencio.

Lloraba de verdad: los ojos enrojecidos, la respiración irregular, una mano temblorosa llevada al pecho como si intentara sostener algo que se le rompía por dentro.

Lucía sintió un escalofrío. No encajaba.

Nada de aquello encajaba. Ramiro, el mismo hombre del que siempre había oído hablar en voz baja.

El mismo nombre que se evitaba en casa. El mismo que…

de una forma u otra… había estado ligado a la desaparición de Sara.

¿Y ahora…? ¿Ahora su madre lloraba por él?

Lucía dio un paso, casi sin darse cuenta. Mario la miró.

—¿Qué pasa?

—Mi madre… —contestó, sin apartar la mirada hacia su madre.

La ceremonia continuó. Pero Lucía ya no escuchaba, no veía el féretro, no veía a la gente. Solo a su madre. Y cada lágrima que caía… abría una pregunta nueva.

Al finalizar quiso acercarse a su madre, pero Mario se lo impidió cogiéndola del brazo.

—No es el momento —susurró a su oído. Vámonos a casa —volvió a decir, sin que ella pusiera resistencia.

El que sí se acercó hasta su posición fue Rafael, el exsargento, que los susurró al oído.

—Llegáis tarde… esto empezó mucho antes que vosotros.

—Déjanos en paz —contestó Mario, muy serio, con la mirada fija en sus ojos, a la vez que golpeaba su hombro con el de Rafael.

Horas más tarde de nuevo otro golpe en la puerta les alertó, fue firme, autoritario. Ambos se miraron, Mario fue a abrir. Dos agentes de la Guardia Civil, uniformados. Serios.

—Buenas tardes.

—Buenas —respondió Mario.

El más alto dio un paso al frente.

—¿Lucía? ¿Mario ?

Ambos asintieron.

—Necesitamos hacerles unas preguntas.

Lucía sintió un nudo en el estómago. Les invitó a entrar a sentarse en el sofá.

—¿Sobre qué?

El agente no dudó.

—Sobre Ramiro.

El ambiente cambió por completo. Ya no era solo miedo. Era presión.

—Nos han informado de que fueron ustedes las últimas personas en verle con vida —dijo uno de ellos.

—Sí —respondió Mario—. Ayer por la tarde.

—¿De qué hablaron?

Lucía dudó un instante. Mario se dio cuenta, decidiendo contestar él.

—De la historia del pueblo. También Lucía tenía algunas preguntas sobre sus abuelos.

—¿Solo de eso?

—Sí.

El agente tomó nota.

—¿Mencionó algo fuera de lo común Lucía? —pregunto el agente ahora directamente a ella.

Lucía pensó en todo lo que Ramiro les había dicho. Y en lo que no.

—No —respondió finalmente—. Nada concreto.

—¿Le notaron algo extraño? Nervioso, acelerado, algo…

—No, estaba bastante calmado, la verdad —contestó Mario, sereno.

El agente la observó unos segundos más de la cuenta. Como si evaluara la respuesta.

—Entenderán —continuó—. que la situación es… delicada .

Mario asintió rápido.

—Dos muertes en poco tiempo —añadió Mario.

—Exacto.

El otro agente habló.

—¿Han tenido algún problema con alguien del pueblo?

La pregunta era directa. Demasiado.

—No, para nada. —contestó Lucía.

Los agentes se levantaron al cabo de unos minutos.

—Si recuerdan algo, por pequeño que sea, pónganse en contacto.

—Claro —respondió Mario, acompañándoles a la entrada.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió. Pero ahora era distinto. Más pesado, más real. Lucía se giró hacia Mario.

—Ahora ya no solo estamos dentro… Ahora también estamos señalados.

Y en ese momento ambos entendieron lo mismo, el peligro ya no estaba oculto. Ahora estaba mirándolos de frente.

La tarde caía despacio sobre el pueblo. La casa estaba en silencio tras la visita de los agentes. Lucía salió sin decir demasiado. Mario la vio coger la chaqueta, dudar un segundo en la puerta… y marcharse. No preguntó. Sabía a dónde iba.

La casa de su madre estaba igual que siempre.

Demasiado ordenada, demasiado intacta. Lucía llamó a la puerta.

Durante un instante pensó que no abriría, pero lo hizo.

Su madre apareció en el umbral. Y al verla, Lucía confirmó lo que ya intuía.

Había seguido llorando, los ojos aún ligeramente hinchados, el gesto cansado…

como si no hubiera tenido tiempo suficiente para volver a colocarse la máscara .

—Hija… —dijo, sorprendida—. No esperaba…

—¿Puedo pasar?

Su madre dudó apenas un segundo.

—Claro.

Lucía avanzó despacio por el pasillo, observando pequeños detalles que nunca se había fijado, hasta llegar a la sala de estar, donde se sentó en el sofá.

—Te he visto esta mañana —dijo, sin rodeos.

Su madre se quedó quieta.

—En el entierro —especificó Lucía.

—Sí —dijo ella, tras unos segundos de silencio.

—No sabía que ibas a ir.

—Es un pueblo pequeño —respondió su madre—. Estas cosas…

—No —la interrumpió Lucía—. No es eso, estabas llorando.

La frase quedó suspendida. Directa, incómoda. Su madre no respondió de inmediato. Se giró ligeramente, como si buscara algo que hacer. Algo a lo que agarrarse.

—Era un hombre del pueblo —dijo al fin—. Lo conocía.

—¿Solo eso?

La pregunta fue suave, pero cortante. Su madre se tensó.

—¿Qué quieres decir? —preguntó su madre.

—Que no parecía… solo eso.

—Hija, hoy no es el mejor momento para…

—¿Para qué?

—Para esto.

—Creo que sí lo es, mamá.

Otra vez el silencio, pero ahora era distinto. Más frágil .

—Siempre que salía su nombre… —continuó Lucía—, cambiabas de tema. Ramiro iba a casa y os hablabais a voces, ¿acaso crees que no lo recuerdo?

Su madre bajó la mirada.

—No es verdad.

—Sí lo es.

—Lucía…

—¿Qué pasó con él?

La pregunta llegó sin elevar la voz, pero con todo el peso. Su madre cerró los ojos un instante, como si necesitara ese segundo.

—No pasó nada.

La respuesta fue demasiado rápida, demasiado limpia, Lucía lo notó.

—No te creo.

Su madre alzó la vista. Y por primera vez… no había control en su expresión. Solo cansancio.

—Hay cosas que es mejor no remover.

Lucía sintió un nudo en el pecho.

—Eso es exactamente lo que llevo escuchando toda mi vida.

La frase quedó flotando entre las dos.

—No todo es como parece —añadió su madre en voz baja.

—Entonces dímelo.

Su madre negó, despacio.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no solo me afecta a mí.

Ahí estaba. La primera grieta. Lucía la vio y algo dentro de ella se tensó.

—¿A quién más ?

Su madre no respondió, pero tampoco desvió la mirada. Y eso fue suficiente. Lucía retrocedió un paso, como si necesitara aire.

—Tú sabías cosas… —murmuró—. Sobre Sara.

Su madre cerró los ojos. No lo negó.

—Y sobre Ramiro —dijo suavemente Lucía, sintiendo cómo todo empezaba a recolocarse dentro de su cabeza, demasiadas piezas, demasiadas coincidencias—. ¿Él te protegía?

La pregunta salió casi en un susurro. Su madre abrió los ojos. Y durante un instante… demasiado breve… hubo algo parecido a la culpa, pero desapareció.

—Hija… —dijo, con voz cansada—. No sigas por ahí.

—¿Por qué?

—Porque no te va a gustar lo que encuentres.

—Creo que eso ya da igual.

Ninguna de las dos habló durante unos segundos. El aire entre ellas se había vuelto espeso, irrespirable. Lucía asintió levemente.

—Vale.

Una sola palabra. Pero no era rendición. Era otra cosa. Se giró hacia la puerta.

—Hija…

Se detuvo, pero no se giró.

—Ten cuidado —dijo su madre, la voz le tembló apenas—. Hay cosas… que no deberían salir a la luz.

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Eso ya no depende de ti.

Y salió. Al cerrar la puerta tras de sí, el aire de fuera le golpeó el rostro. Respiró hondo, pero no alivió nada. Porque ya no se trataba solo de Sara, ni de Ramiro, ni del padre de Mario. Ahora… también se trataba de su madre.

Cuando Lucía volvió, la noche ya había caído del todo.

La luz del salón estaba encendida. Mario seguía allí, sentado en el sofá, inclinado hacia delante, los codos apoyados en las rodillas, como si llevara horas en la misma posición, dándole vueltas a todo lo ocurrido, Levantó la vista al oír la puerta. No dijo nada, pero la miró.

—He ido a verla —dijo ella.

—Lo imaginaba.

Ella dejó la chaqueta sobre una silla. Sus manos temblaban ligeramente, aunque intentaba disimularlo. Se quedó de pie unos segundos, sin saber muy bien dónde colocarse. Hasta que al final se sentó frente a él.

—Sabe cosas —dijo.

Mario apoyó la espalda en el sofá.

—¿Te lo ha dicho?

—No directamente. Pero… no lo ha negado.

—¿Qué más?

—Cuando le he preguntado por Ramiro… no ha sabido mentir.

Eso hizo que Mario se tensara ligeramente.

—¿En qué sentido?

—En todos —dijo ella, bajando la mirada—. Había algo… —murmuró—. Culpa, quizá, o miedo. No sé, pero no era odio.

Mario se pasó una mano por la barba, pensativo.

—Entonces Ramiro no era lo que creíamos.

—No.

—Y tu madre tampoco.

Lucía no respondió. Porque eso aún dolía demasiado.

—Ha dicho algo más —añadió ella .

—¿El qué?

—Que no podía hablar… porque no solo le afectaba a ella.

El aire se tensó. Mario lo entendió al instante.

—Entonces hay más gente implicada.

—Eso creo.

Silencio es lo que siguió. Mario se levantó y empezó a caminar por el salón.

—Mi padre… —murmuró—. Sara… Ramiro… Marcelo… Y ahora tu madre en medio de todo.

Lucía cerró los ojos un segundo.

—No sé en qué momento todo esto dejó de ser una historia del pueblo…

—Y empezó a ser nuestra —terminó él.

Se miraron. Por primera vez en mucho tiempo, estaban en el mismo punto. Lucía se levantó despacio, poniéndose frente a él, nerviosa.

—No quiero perderte por esto —dijo.

La frase salió sin filtro, sin preparación. Mario se quedó quieto, mudo.

—Ya estuve a punto de hacerlo —añadió ella—. Y fue culpa mía.

Volvió el silencio. Pesado. Mario bajó la mirada un instante.

—No fue solo culpa tuya.

—Te mentí.

—Sí. Pero yo tampoco quise ver ciertas cosas.

Eso la descolocó.

—¿Cómo que no?

Mario levantó la vista.

—Desde el principio… yo no vine aquí por Sara. Vine por el asesinato de la chica en el acantilado. Tras resolverse tuve oportunidad de irme, y aun así me quedé .

Lucía lo escuchaba en silencio.

—No solo por Sara —añadió él—. Ni por el caso.