Ecos en la niebla Capítulo 17
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Capítulo 17

La noche había caído sin que se dieran cuenta. El pueblo estaba en silencio cuando regresaron a la casa. Un silencio distinto al de otros días. Más profundo. Como si algo se hubiera asentado bajo la superficie. Lucía cerró la puerta con llave.

—Voy a ducharme —dijo, sin mirarlo.

—Yo me quedo un rato aquí —contestó Mario.

Ella dudó un segundo, como si quisiera añadir algo.

Pero no lo hizo. Desapareció por el pasillo.

Él se dejó caer en el sofá. El cansancio le pesaba en los hombros, pero la cabeza seguía girando.

Ramiro. Sus palabras, su forma de hablar.

Lo que había dicho… y lo que no. Sacó el móvil.

Los mensajes de Lucía seguían ahí, en modo de notificaciones sin leer. Hasta ahora.

19:39 Lucía:

No sé si vas a leer esto, pero… lo siento. De verdad.

19:40 Lucía:

No era mi intención que te enteraras así. Ninguna parte de esto ha sido fácil.

19:40 Lucía :

Entiendo que estés enfadado. Tienes todo el derecho.

19:48 Lucía:

Solo… necesitaba tiempo para decírtelo. Y cada día era más difícil que el anterior. No fue por mentirte. Fue por miedo. Miedo a que te fueras.

19:51 Lucía:

Sé que eso no lo justifica. Pero tampoco quería que esto se convirtiera en algo tuyo desde el principio. Quería entenderlo yo primero. Y cuando quise contártelo… ya era demasiado tarde.

21:35 Lucía:

Si decides no volver, lo entenderé. De verdad. Pero necesito que sepas algo. No te lo oculté porque no confiara en ti. Fue porque, cuando supe la verdad… tú ya eras importante para mí. Y tuve miedo de que todo se rompiera. Como ahora.

21:37 Lucía:

No quiero que esto termine así. No quiero perderte.

23:59 Lucía:

Por favor, contéstame cuando puedas. Solo para saber que estás bien.

El silencio de la casa se llenó de palabras que habían llegado demasiado tarde. Cada mensaje era una grieta. Cada línea, una parte de Lucía que no había visto… o no había querido ver. Cuando terminó, dejó el móvil sobre la mesa. Se pasó una mano por el rostro.

—Joder… —murmuró.

No era rabia, era otra cosa más complicada. El sonido del agua en la ducha se detuvo. Ella volvió al salón unos minutos después, con el pelo húmedo y una camiseta larga. Se quedó en el umbral, observándolo.

—¿Has leído los mensajes? —preguntó en voz baja.

Mario alzó la vista y asintió. El silencio entre ambos ya no era el mismo. No estaba resuelto, pero había cambiado. Ella se acercó, midiendo la distancia.

—No espero que lo entiendas todo —dijo—. Solo que…

El sonido de un coche la interrumpió. Ambos giraron la cabeza hacia la ventana. Faros deteniéndose frente a la casa. Ambos se miraron.

—¿Esperas a alguien? —preguntó él.

Lucía negó. Un segundo después, alguien llamó a la puerta, varias veces, de forma rápida. Mario se levantó y abrió. Era un hombre, con la respiración agitada.

—Tenéis que venir —dijo sin rodeos.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

—¿Quién eres? —preguntó Lucía.

—Soy un amigo de Ramiro —dijo con la voz acelerada—. Me dijo que, si le pasaba algo, os avisara a vosotros.

—¿Qué ha pasado?

El hombre dudó un segundo.

—Ramiro.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Mario, ya tenso.

El hombre tragó saliva.

—Lo han encontrado.

—¿Dónde? —susurró Lucía.

—En su casa. Vamos, rápido.

El mundo pareció detenerse en ese mismo instante.

—¿Está…? —empezó ella a decir, sin poder acabar.

El hombre no dijo nada. No hacía falta decirlo.

El trayecto fue corto. Demasiado corto. Las luces ya estaban encendidas cuando llegaron.

Dos coches más. Algunas personas fuera, hablando en voz baja.

Nadie levantaba la voz. Entraron, la casa estaba igual que horas antes.

Ramiro estaba en el suelo del salón, cerca de la mesa.

Como si se hubiera desplomado. Los ojos cerrados, el cuerpo inmóvil. Lucía se detuvo en seco.

—No… —susurró.

Lucía dio un paso adelante, observando. Había sangre alrededor de su cabeza. Pero a simple vista no había signos de lucha. Nada roto, nada fuera de lugar.

—¿Quién lo encontró? —preguntó.

—Un vecino —respondió alguien desde el fondo—. Vino a verle y…

Se hizo un gesto vago. Como si no supiera cómo terminar la frase. Mario se agachó ligeramente, sin tocar. Observando. Demasiado limpio.

—Hace unas horas estaba bien —murmuró Lucía.

Nadie respondió. Mario se levantó despacio, y miró alrededor. Las mismas paredes, el mismo silencio. Pero ahora todo parecía… observado. Como si alguien más hubiera estado allí. Y ya no estuviera. Lucía no apartaba la vista del cuerpo.

—Iba a hablar —dijo ella en voz baja.

—Y alguien no quería que lo hiciera —murmuró él, también en voz baja.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier confirmación. Al salir de la casa, el aire frío les golpeó de nuevo. Pero esta vez no despejó nada. Lucía se abrazó a sí misma.

—Primero Marcelo… —murmuró—. Ahora él…

Mario miró la casa de Ramiro una última vez. Nadie más hablaba. Nadie más preguntaba. Mario se giró hacia Lucía; en su mirada ya no había duda. Solo una certeza incómoda.

—Esto no es una persona —dijo Mario.

—Entonces… ¿qué es? —preguntó ella, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo.

No respondió de inmediato. Miró el pueblo, las casas, las luces, la gente. Todo.

—Algo que lleva aquí mucho tiempo.

Y por primera vez desde que empezó todo… la verdad dejó de parecer algo que podían encontrar. Y empezó a parecer algo de lo que tal vez no podrían salir.

La casa volvió a recibirlos en silencio.

Pero ya no era el mismo silencio de antes, ahora tenía peso.

Lucía cerró la puerta despacio, como si temiera que cualquier ruido pudiera atraer algo desde fuera.

Él dejó las llaves sobre la mesa sin mirarlas siquiera.

Ninguno encendió la luz de inmediato. Se quedaron unos segundos en la penumbra.

—Dos —dijo ella al fin, su voz sonó más baja de lo habitual.

—¿Qué?

—Dos en dos días.

No hacía falta decir más. Marcelo, Ramiro. Mario se pasó una mano por la nuca.

—Y los dos sabían cosas.

Ella asintió. Se sentó en el sofá, abrazándose a sí misma, como si de pronto tuviera frío.

—Esto ya no es… pasado —murmuró—. Está pasando ahora.

Él no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina. El pueblo seguía ahí, tranquilo, como si nada hubiera ocurrido. Eso era lo peor.

—Nadie parece sorprendido —dijo .

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, alzando la vista.

—En casa de Ramiro… —continuó él—. Nadie preguntaba demasiado. Nadie parecía… impactado.

Ella tragó saliva.

—Aquí las cosas se entierran rápido. O simplemente, no importan. Debemos recordar que Ramiro no es que fuera un hombre demasiado querido en el pueblo. Pero si respetado.

Mario se giró hacia ella.

—Tenemos que asumir algo.

—¿El qué?

Él dudó apenas un segundo.

—Que esto no es casualidad.

Lucía no respondió, porque ya lo sabía.

—Y que, si ellos murieron por lo que sabían… —añadió él—. Nosotros estamos en la misma línea.

La frase quedó suspendida, pesada, real. Lucía bajó la mirada.

—¿Crees que…?

No terminó. Mario no suavizó la respuesta.

—Sí.

Un silencio abordó la estancia, largo, denso. Lucía se levantó y empezó a caminar por el salón.

—Entonces ¿qué hacemos? —preguntó—. ¿Parar? ¿Irnos?

—Si nos vamos ahora, todo esto se quedará así.

—¿Y si nos quedamos…?

No hacía falta terminar la frase. Mario la miró.

—Entonces tendremos que ser más listos que ellos.

Ella dejó escapar una leve exhalación.

—No sabemos ni quiénes son.

—Pero sabemos que existen .

Se sentaron frente a frente. Por primera vez desde la discusión, la distancia entre ellos no era emocional. Era otra cosa, miedo compartido.

—Ramiro sabía algo importante —dijo Lucía—. Se le notaba.

—Y no nos lo dijo.

—O no pudo. ¿Y si no iba a hablar? —preguntó ella.

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si lo que hizo fue… proteger a alguien hasta el final?

La idea quedó flotando. Encajaba demasiado bien con las palabras que les dijo Ramiro horas antes. El silencio volvió. Otra noche más en que apenas durmieron. Cada ruido parecía distinto. Cada sombra más larga. Y por primera vez desde que habían empezado… la casa dejó de sentirse segura.

El cielo estaba aún más gris que el día anterior.

El pueblo volvió a reunirse. Menos gente que en el entierro de Marcelo, pero más…

tensa. Lucía y Mario llegaron juntos, sin hablar demasiado.

No se tocaban, pero tampoco se separaban.

Había algo en el ambiente, una inquietud difícil de nombrar.

Como si todos supieran algo… y nadie fuera a decirlo.

El féretro de Ramiro descansaba frente al altar.

Cerrado. Mario observó los rostros de los asistentes Algunos evitaban mirar, otros miraban demasiado.

Pero ninguno parecía realmente sorprendido.

Entonces Lucía lo vio. Al fondo, de pie, apoyado en una de las columnas, observando.

Un hombre de espalda recta, rostro endurecido por los años, mirada fija .

—Mario… —susurró Lucía.

Él siguió su mirada.

—Rafael… —dijo Mario, recordando su conversación con el exsargento a los pocos días de llegar al pueblo.

—Sí. El exsargento de la Guardia Civil.

Mario lo observó con más atención. Había algo en él.

Algo incómodo, no era curiosidad, era evaluación.

En un momento dado, Rafael giró la cabeza.

Y sus ojos se cruzaron con los de Mario.

No apartó la mirada ni un segundo. Mario sintió un leve escalofrío, no era una mirada casual.

Era consciente, medida, como si supiera exactamente quién era.

—Ahí delante, el del sombrero —susurró ella a su oído.

—¿Quién es?

—El padre de Ramiro —volvió a susurrar.

La ceremonia avanzó hasta el cementerio.

Palabras vacías. Silencios cargados. La tierra cayó sobre el ataúd con un sonido seco.

Lucía no apartaba la vista del nicho. Otro entierro, demasiado pronto.

Demasiado cerca del anterior, pensaba para sus adentros.

Respiró hondo y alzó la mirada, intentando despejarse…

cuando la vio. A unos metros, entre la gente. Su madre.