Capítulo 16
De nuevo en la carretera, de nuevo lleno de dudas. Estaba nervioso, le temblaban las manos al volante, este ya no era un caso como cualquier otro, este implicaba a su padre y a su desaparición.
Horas más tarde, el coche se detuvo frente a la casa. El motor quedó en marcha unos segundos, como si dudara, como si no tuviera claro si debía quedarse o seguir. Mario lo apagó. El silencio volvió a envolverlo todo.
Puerto del Silencio. Nada había cambiado.
Y, sin embargo, todo era distinto. Se quedó dentro del coche unos segundos más, mirando la fachada de la casa de Lucía.
La ventana del salón estaba encendida. Una luz cálida que contrastaba con la mañana gris.
Pensó en marcharse, en dar la vuelta. Pero no lo hizo. Abrió la puerta y salió.
El aire olía a sal. Caminó hasta la entrada sin prisa, pero sin detenerse.
Cada paso era una decisión. Cuando llegó a la puerta, volvió a dudar un instante.
Luego llamó. Lucía estaba en el salón cuando escuchó el golpe seco.
Se quedó inmóvil. Durante un segundo, pensó que lo había imaginado.
Otro golpe, más fuerte. El corazón empezó a latirle más rápido, cruzó la sala de estar sin ser consciente del todo de sus pasos y abrió la puerta.
Y lo vio. Mario, de pie frente a ella. Más serio, más cansado.
Más lejos. Lucía no dijo nada. No sabía qué decir, cómo empezar. Fue él quien tomó la iniciativa.
—He hablado con mi madre —dijo él, directo, sin un saludo.
Lucía asintió apenas.
—¿Y…?
—Me lo confirmó —respondió—. Mi padre desapareció investigando a una chica en un pueblo de la costa.
El silencio entre ellos se tensó.
—Lo sabías, Lucía —dijo, sin llegar a ser reproche, era constatación.
—Sí —contestó, bajando la mirada, durante un segundo, dos…—. Lo siento.
Las palabras salieron limpias, sin excusas. Pero no bastaban. Mario respiró hondo.
—No he vuelto por ti.
Lucía levantó la vista. El golpe fue seco.
—He vuelto por mi padre… y por Sara.
Ella asintió. Le dolía, pero lo entendía.
—Y no sé si puedo confiar en ti —añadió.
Eso dolió aún más. Ella no se defendió.
—Lo sé.
Mario la observó. Esperando quizá una justificación, una explicación.
Pero ella no dijo nada más. Y eso, de alguna forma, pesó más que cualquier palabra.
Entraron en la casa. El ambiente estaba distinto, como si algo invisible se hubiera desplazado.
Lucía se movía con cuidado, midiendo cada gesto.
Mario dejó la maleta junto a la pared, sin intención de instalarse del todo.
—He estado pensando —dijo él—. Si mi padre estaba aquí por lo mismo que nosotros… entonces alguien no quería que encontrara respuestas .
—Y quizá sea la misma persona que no quería que Sara hablara.
—O la misma que no quería que Marcelo siguiera hablando.
El nombre quedó suspendido. Lucía tragó saliva.
—¿Entonces seguimos? —dijo ella—. Juntos o por separado…
Mario dudó un segundo, ahora mismo lo último que deseaba era estar delante de Lucía, estaba muy dolido. Pero la necesitaba para seguir investigando.
—Seguimos —confirmó.
No era una reconciliación, más bien era un acuerdo.
Pasaron la tarde revisando papeles. Más por necesidad que por avance real.
Los cuadernos de Sara, las notas, las fechas…
todo parecía encajar y desordenarse al mismo tiempo.
Aunque algo había cambiado. Mario ya no buscaba respuestas como antes.
Ahora buscaba pruebas. Al caer la tarde, Lucía se levantó.
—Deberíamos salir un momento.
—¿A dónde?
Ella dudó apenas.
—A ver a Ramiro.
El nombre cayó entre ellos como una piedra. Mario se quedó en silencio.
—Si alguien sabe algo es él —continuó Lucía.
Mario sostuvo su mirada. Pensó en todo. En lo que había creído. En lo que ahora empezaba a cuestionar. Y asintió.
—No sabemos si estará en el pueblo, sabes que vive aquí por temporadas.
—Lo sé, y sé que está aquí.
—¿Cómo que lo sabes? —preguntó él .
—Ayer me acerqué a su casa y vi luz —dijo ella, bajando el tono—. Pero… no me atreví a llamar. Sin ti… soy una cobarde.
Mario no contestó, se quedó mirándola, dejando que la conversación muriera.
Cuando salieron de la casa, el cielo comenzaba a oscurecerse. El pueblo parecía tranquilo. Demasiado. Y, por primera vez desde que Mario había regresado… tuvo la sensación clara de que estaban a punto de cruzar una línea.
La casa de Ramiro estaba en las afueras del pueblo. Aislada. Como si hubiera decidido apartarse del resto… o como si el resto la hubiera dejado atrás. El coche se detuvo frente a la verja. Lucía apagó el motor; esta vez habían cogido el coche de ella. Ninguno de los dos habló durante el trayecto.
—¿Estás preparada? —preguntó Mario.
Lucía miró la casa. Las ventanas estaban cerradas. No había luz en el interior, pero la puerta de fuera se encontraba ligeramente abierta.
—Sí —respondió finalmente—. Si alguien sabe algo, es él.
—Sí, ya sea para bien o para nuestro mal...
Bajaron del coche. El aire estaba más frío allí. Más quieto. Lucía empujó la verja, que chirrió al abrirse; el sonido pareció demasiado alto. Caminaron hasta la puerta principal. Lucía llamó. Nada. Mario miró alrededor.
—Igual no está.
Ella iba a responder cuando la puerta se abrió desde dentro. Sin aviso, Ramiro apareció en el umbral. Más delgado de lo que recordaban .
—Sabía que acabaríais viniendo —dijo.
Su voz era baja. Sin sorpresa. Ambos se quedaron inmóviles un instante.
—Tenemos que hablar.
Ramiro asintió.
—Lo sé. ¿Queréis pasar? —preguntó, apartándose de la puerta.
Ambos se miraron dudando; dentro, podían correr peligro.
Pero Mario dio un primer paso y se adentró.
Lucía lo siguió. Ramiro echó un vistazo a la calle y cerró la puerta tras ellos.
El interior de la casa era sobrio. Apenas decorado.
Todo en orden, pero sin calidez, como un lugar donde se vive por costumbre, no por deseo.
Les invitó a sentarse en un sofá de la sala de estar.
—Supongo que habéis venido por lo mismo que todos los que hacen preguntas —dijo, serio.
Mario no respondió, solo observaba la estancia. Lucía tomó el rumbo de la conversación.
—Sara —fue rotunda.
Ramiro sostuvo su mirada.
—Siempre es Sara, ya os dije en su día, que es mejor dejar el pasado en paz —contestó.
—Y ahora también don Marcelo —añadió Mario.
Eso provocó un leve cambio en su expresión. Breve. Pero suficiente.
—He oído lo que ha pasado —dijo Ramiro—. Siento su muerte, era un buen tipo.
—¿Casualidad? —preguntó Mario.
Ramiro lo miró directamente por primera vez.
—¿Tú qué crees?
Mario no apartó la mirada.
—Creo que alguien está intentando que esto no avance —dijo, sin querer señalarle directamente .
Ramiro dejó escapar una leve exhalación, casi una risa sin humor.
—Eso lleva pasando mucho tiempo.
—¿Por qué lo hiciste?
—¿El qué? —respondió él con otra pregunta.
—Lo que le hicisteis a Sara, y a mi familia —lanzó Lucía.
Ramiro clavó su mirada en ella.
—No tenéis ni idea.
—Pues explícanoslo —dijo Mario.
Ramiro cambió el objetivo, ahora observó unos segundos a Mario. Como si midiera cuánto podía decir.
—Cuando tiras de ciertos hilos… no sabes lo que cae contigo.
El silencio se volvió más denso.
—Sara tiró de uno de esos hilos —continuó—. Y ya sabéis cómo terminó.
Lucía apretó los labios.
—No sabemos cómo terminó —corrigió ella—. Nadie lo sabe, excepto tú.
Ramiro volvió a mirarla. Y por un instante, algo en su expresión se quebró.
—No —dijo en voz baja—. Nadie lo sabe del todo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lucía, descolocada.
Ramiro no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el rostro, cansado.
—Que hay cosas que no se pueden contar sin arrastrar a otros.
—¿A quién? —preguntó Mario.
—A gente que aún está aquí —respondió tajante.
Un silencio pesado invadió la sala.
—¿A quién sigues protegiendo? —preguntó Mario .
La pregunta quedó suspendida. Ramiro no respondió enseguida. Pero tampoco la negó.
—¿Aún no os dais cuenta? Esto no va solo de mí, callar significa proteger.
¿Cuánto lleváis investigando? ¿Semanas? Y, en estas semanas, ha habido dos muertes en el pueblo.
Casualmente esos dos fallecidos habían tenido conversaciones sobre el pasado con vosotros…
Escuchad, a veces proteger a alguien no significa salvarlo —dijo con gesto serio pero frágil—.
Significa que otros no lleguen hasta él.
Pero antes, hay que decidir en qué lado estar.
—Eso no tiene sentido —dijo Mario.
—Lo tendrá —respondió Ramiro.
Lucía lo miraba fijamente.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿De qué lado estabas?
Ramiro sostuvo su mirada. Mucho tiempo. Demasiado.
—Del lado que podía sostener.
No era una respuesta. Pero era lo único que iba a dar. El silencio se alargó.
—Hemos leído las cartas de mi hermana —soltó Lucía—. Sabemos que os veíais por las noches a escondidas… ella te quería y te temía a la vez, ¿sabes? ¿Qué le hiciste?
Ramiro le miró; su expresión cambió en cuestión de segundos.
—Yo… yo no le hice nada —dijo, llevándose la mano a la cabeza y acariciando su pelo hacia atrás—. Yo… solo quería protegerla.
Esas palabras cayeron en los oídos de ambos como un misil en plena guerra. Y se hizo un silencio eterno, del que solo Mario los sacó.
—¿Qué sabe de los tres colgantes de la cofradía? —preguntó Mario .
—Que dos se perdieron hace décadas, y el otro, si no me equivoco, está en vuestro poder —comentó ya con gesto más sereno—. Haces bien en tenerlo, pertenece a tu familia, Lucía.
—¿Qué pasa si se juntan los tres?
—Según me contaba mi abuelo, los tres formaban una llave, que abría un cofre… pero es solo eso, una historia de hace décadas.
—Hemos visto un segundo colgante —soltó Lucía.
Ramiro esbozó una sonrisa para, a continuación, levantarse y acercarse hacia un cajón del armario, de donde sacó un objeto.
—¿Cómo este?
En las manos de Ramiro latía un colgante, prácticamente exacto al de Lucía. Ambos se miraron con la respiración contenida.
—Fuiste tú… el que nos hizo llegar la carta, al señor de la iglesia.
—No sé de qué me habláis. Esto no es más que una réplica, es el colgante del fundador, de mi bisabuelo.
Hay muchos por el pueblo, la gente ha nacido y crecido con la historia de la cofradía.
Muchos hicieron réplicas por tener parte de la historia del pueblo en sus manos.
Yo hice dos copias, una de este y otra del tuyo, y se lo regalé a Sara, para que tuviera el de su familia —comentó Ramiro—.
El único verdadero es el tuyo, Lucía. No tienes que esconderle, la gente, si te lo ve puesto, pensará que es una réplica más.
En cuestión de segundos, todas las hipótesis sobre los colgantes habían perdido su valor. Lucía se vino abajo, sin saber qué decir, pero Mario tenía preguntas aún sin resolver, y no iba a desaprovechar la oportunidad.
—Mi padre desapareció aquí, ¿También lo protegías o le hiciste callar? —fue rotundo Mario .
Ramiro no mostró sorpresa.
—Lo sé.
Ella giró la cabeza hacia Mario. Él sintió el golpe en su pecho, como una punzada que le atravesaba el corazón.
—¿Lo sabes? —repitió.
—Vino hace años un periodista. Hizo las mismas preguntas que vosotros.
—¿Y qué pasó? —exigió Mario, alzando la voz.
Ramiro bajó la mirada un instante.
—Llegó demasiado lejos.
—¿Qué significa eso? —preguntó Mario, tenso.
Ramiro alzó la vista.
—Significa que hay sitios donde la verdad no se encuentra… se paga.
De nuevo ese silencio, esa furia contenida dentro de Mario, queriendo explotar. Lucía lo notó. Pese a que su relación había cambiado, posó su mano sobre la de él, intentando calmarlo.
—¿Quién? ¿Quién está detrás? ¡Dímelo! —dijo Mario alterado, levantándose del sofá.
—No es tan fácil.
—Claro que lo es —replicó Mario—. Alguien mató a Marcelo. Alguien hizo desaparecer a Sara. Y alguien hizo lo mismo con mi padre.
Ramiro lo miró con una mezcla de cansancio y algo más. Algo cercano a la culpa.
—Sí —dijo en voz baja—. Pero no es solo una persona.
Esa frase quedó suspendida. Lucía lo entendió antes que Mario.
—Es… más grande que una simple persona —dijo ella .
Ramiro no confirmó, pero tampoco lo negó. Se hizo el silencio. El sonido del reloj de cuco en la pared los embelesó. Nadie sabía cómo continuar la conversación. Finalmente, Lucía, llena de dudas, habló.
—Entonces ayúdanos —dijo ella.
Ramiro la miró durante un largo instante.
—Ya lo estoy haciendo —dijo Ramiro—. Bonito reloj, ¿no os parece? —volvió a decir, acercándose al reloj de cuco, manejando las manillas a su antojo.
—¿Cómo nos está ayudando? —preguntó Lucía.
Ramiro dio un paso atrás, como si se alejara.
—Dejándoos llegar hasta aquí. Ahora os tenéis que ir —dijo a la vez que miraba por la ventana.
La respuesta no tenía sentido. Y sin embargo… lo tenía. Cuando salieron de la casa, el aire parecía más frío que antes. Lucía se giró hacia él.
—Sara, ¿está viva?
Ramiro se quedó mirándola durante unos segundos y a continuación, cerró la puerta, sin contestar.
Caminaron hacia el coche en silencio. Ninguno sabía qué decir, ni qué pensar, pero tenían que hablar de ello, ambos lo sabían.
—¿Qué opinas? —preguntó ella mientras arrancaba el coche.
—Creo que es culpable de lo que sucedió, pero también creo que había alguien por encima de él. Y por alguna razón, lo sigue encubriendo.
—Y, si dice la verdad… ¿y si Ramiro no es quien creíamos?
—Me cuesta creerlo, la verdad. Estaba metido seguro en todo eso. Pero puede que sobre Sara nos haya dicho parte de la verdad, tengo la sensación de que intentó protegerla de alguien, pero, por desgracia, no lo logró.. .
—Eso pienso yo… pero si estaba involucrado, y si él tuvo que ver con la muerte de Marcelo… podría habernos hecho algo a nosotros hoy, y no ha sido así. Y, ¿Qué ha querido decir cuando ha dicho que todo tendrá sentido?
—Supongo que querrá enseñarnos algo, y, espero que sea así. Porque no voy a parar hasta que nos cuente que le hizo él, o quien fuera, a mi padre. Porque si de algo estoy seguro, es de que él lo sabe.