Capítulo 15
Madrid lo recibió sin ceremonia. Ruido, tráfico, gente que no se detenía por nada. Todo lo contrario a Puerto del Silencio.
Mario caminó por la acera, sintiendo una desconexión extraña, como si hubiera dejado algo importante atrás…
o como si ya no terminara de encajar allí tampoco.
Llegó al portal de su infancia y se quedó unos segundos frente a la puerta.
Llamó. El sonido del timbre le resultó ajeno.
Pasaron unos segundos y después la puerta se abrió.
—¿Mario?
Su madre lo miró sorprendida, con una mezcla de alegría y desconcierto.
—No esperaba…
Él no le devolvió la sonrisa.
—Hola mamá. ¿Podemos hablar?
—Claro hijo —contestó ella; entendió de inmediato que algo no iba bien.
El salón estaba igual. Demasiado igual. Los mismos muebles, las mismas fotografías enmarcadas, el mismo reloj marcando el tiempo con una precisión que ahora le resultaba casi cruel. Se sentó en el sofá .
—Verás mamá, necesito que me digas la verdad —dijo, yendo al grano.
Su madre se quedó de pie frente a él.
—¿Sobre qué?
Él dudó un segundo, pero ya no había vuelta atrás.
—Sobre papá.
El silencio llenó la estancia. Ella bajó la mirada.
—Hijo…
—¿Cómo falleció?
Su madre suspiró. Se sentó despacio, como si de repente le pesaran los años.
—Ya hemos hablado de esto muchas veces.
—No —respondió él—. Me dijiste lo justo para que dejara de preguntar.
Ella levantó la vista. Había tristeza en sus ojos. Y algo más. Resignación.
—¿Por qué ahora?
—Porque sé dónde murió, mamá. No fue de un accidente de coche como me dijiste.
Esa frase la descolocó.
—¿Qué?
—Fue en un pueblo de la costa —continuó él—. Investigando la desaparición de una chica.
El rostro de su madre cambió. No fue una sorpresa total. Fue reconocimiento, pequeño, sutil. Pero suficiente. Mario la observó.
—Lo sabías.
Ella negó despacio.
—No… no exactamente.
—Pero algo sí.
Se hizo el silencio durante unos segundos. Ella se pasó una mano por el rostro .
—Tu padre… —empezó—. Tu padre llevaba meses comportándose raro, le contactaron para un caso, se lo pensó mucho, al final accedió, no me lo quiso contar. Nunca lo hacía cuando un caso se complicaba.
Mario escuchaba atentamente, sin moverse.
—Solo dijo que era importante —continuó—. Que había cosas que no encajaban. Que se trataba de un caso distinto a otros, que aquí no había habido ninguna víctima todavía… no me dijo más.
—¿Mencionó el lugar?
—No con claridad —respondió ella—. Pero sí habló de la costa. De un pueblo pequeño… —hizo memoria—. Dijo que la gente allí… callaba demasiado.
Mario sintió un escalofrío.
—Puerto del Silencio… —murmuró.
Su madre lo miró.
—¿Así se llama?
Él asintió. El silencio volvió a instalarse, pero ahora tenía otro peso. Más real.
—¿Y luego? —preguntó él—. ¿Qué pasó?
—Un día dejó de llamar.
La frase fue simple. Pero devastadora.
—¿Y nadie investigó? —insistió él.
—Sí —respondió ella—. Pero no hubo resultados. Ni cuerpo. Ni pistas. Nada. Y dime, ¿cómo explicar eso a un hijo pequeño? Lo siento…
Mario apretó la mandíbula. Su madre lo observó con atención.
—¿Qué has encontrado allí? —preguntó su madre.
Él dudó. Pensó en Lucía. En lo que le había ocultado. En lo que le había dicho.
—Más de lo que esperaba —respondió al final—. Y menos de lo que necesito .
Ella se levantó despacio. Se acercó a él.
—Hijo…
Él la miró.
—Si has encontrado algo… ten cuidado.
—¿Por qué?
Su madre dudó. Como si estuviera a punto de decir algo que llevaba años guardando. Pero al final negó.
—Porque tu padre también pensó que podía manejarlo.
—Gracias mamá, tendré cuidado. Te lo prometo —dijo, levantándose y dándola un beso antes de salir por la puerta.
A continuación, se dirigió hacia el coche, y de ahí hacia su piso. Dejó la maleta y bajó a cenar a un bar cercano.
Esa noche apenas durmió. El ruido de la ciudad le resultaba extraño ahora, como si le impidiera pensar con claridad.
Miró el móvil varias veces. Mensajes de Lucía.
No los abrió. Pero tampoco los borró. Se quedó mirando la pantalla en la oscuridad.
Uno de ellos destacaba sobre los demás. Más largo.
Más reciente. Su dedo dudó sobre él. Pero no lo abrió. Cerró los ojos.
Y en medio del ruido lejano de la ciudad, una idea se fue imponiendo poco a poco, inevitable. Esto no había terminado. Ni para su padre, ni para Sara, ni para él.