Capítulo 14
El coche se detuvo de golpe. El motor quedó en marcha unos segundos más, vibrando bajo sus manos, como si aún no supiera que el viaje había terminado.
Mario lo apagó. El silencio llegó de inmediato.
Frente a él, el acantilado. El mismo lugar al que habían ido días atrás buscando respuestas.
El mismo que ahora parecía mirarlo de vuelta, inmóvil, ajeno, como si hubiera estado esperando.
Salió del coche sin coger nada. El viento le golpeó en cuanto cerró la puerta.
Frío, húmedo, cargado de sal. Caminó sin rumbo fijo, pero sabiendo exactamente a dónde iba.
Al borde. Siempre al borde. Cada paso se le hacía más pesado, como si el cuerpo empezara a notar algo que la cabeza aún no terminaba de procesar.
Se detuvo a pocos metros. El mar rugía abajo, rompiendo contra las rocas con una violencia constante, repetida, inevitable.
Respiró hondo. Y entonces, sin previo aviso, todo le cayó encima.
—Joder…
La palabra salió rota. Se llevó las manos a la cabeza, apretando fuerte, como si pudiera contener algo que ya se había desbordado. Dio un paso más, y luego otro, hasta que se dejó caer sobre una de las piedras. El viento le arrancaba el aire de los pulmones, pero no le importaba.
—Joder… joder… —gritó con todas sus fuerzas .
Su voz se perdió entre el ruido del mar. Las imágenes empezaron a mezclarse: su padre, su madre, años de preguntas sin respuesta… y ahora esto. Este pueblo. Sara. Lucía. Cerró los ojos con fuerza.
—¿Por qué no me lo dijiste…?
No había nadie para responder. Golpeó la piedra con el puño. Una vez. Otra. El dolor le recorrió la mano, pero no se detuvo.
—¿Por qué?
El grito se rompió contra el viento. Se quedó inmóvil después, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando con violencia.
La rabia, la incredulidad, el dolor… todo mezclado en algo imposible de separar.
Y debajo de todo eso… miedo. Miedo a lo que significaba.
Miedo a que fuera verdad. Miedo a que su padre no se hubiera perdido en una carretera… sino que hubiera sido silenciado.
Abrió los ojos. Miró el mar. Y por primera vez, no vio un paisaje, sino un lugar que se había tragado cosas. Personas, verdades, historias enteras.
—Tú estabas aquí papá… —susurró—. Tú estuviste aquí.
La idea lo atravesó. Su padre había pisado ese mismo suelo.
Había mirado ese mismo mar. Había estado cerca de todo aquello…
y nunca volvió. Tragó saliva. Las lágrimas llegaron sin aviso.
No luchó contra ellas, no tenía fuerzas.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos.
Y lloró. Sin ruido al principio. Luego sin control.
No era solo Lucía, no era solo la mentira. Era todo lo que venía de antes. Todo lo que nunca había encajado. Todo lo que ahora empezaba a tener forma. Demasiado tarde, siempre demasiado tarde .
Pasaron los minutos. O quizá horas. El tiempo dejó de tener sentido. Poco a poco, la respiración se fue calmando. El llanto se apagó, dejando solo ese vacío pesado que queda después. Se incorporó despacio. Miró de nuevo el mar. Ya no había rabia en su mirada. Solo una determinación fría, nueva.
—No terminó —dijo en voz baja. Como si hablara con él.
—No terminó para ti… y no va a terminar para mí.
El viento sopló con más fuerza, como respuesta.
Se secó las lágrimas con la manga y dio un paso atrás, alejándose del borde.
No volvió al coche de inmediato. Se quedó unos segundos más, mirando el horizonte.
Y en ese instante lo tuvo claro. No podía quedarse allí.
No todavía. Necesitaba respuestas que el pueblo no le iba a dar.
No aún. Se giró. Caminó hacia el coche con paso firme.
Ya no era el mismo que había llegado. El motor arrancó.
Y esta vez, cuando se alejó del acantilado, no lo hizo huyendo. Lo hizo con un propósito.