Ecos en la niebla Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Salieron del cementerio sin hablar apenas.

El coche avanzaba despacio por la carretera, con el sonido del mar colándose entre las pausas.

Lucía miraba por la ventanilla, pero no parecía ver nada.

Mario conducía con la vista fija al frente, más rígido de lo habitual.

Cuando llegaron a la casa, el silencio volvió a recibirlos.

Pero esta vez no era un silencio de calma. Era distinto, más denso, más incómodo.

Lucía dejó el abrigo sobre la silla sin cuidado. Se movía por el salón como si no terminara de encontrar su sitio: encendía una luz, la apagaba, abría un cajón, lo cerraba sin sacar nada. Mario la observaba.

—Lucía…

Ella se detuvo.

—¿Sí?

—¿Qué te pasa? ¿Qué no me quieres contar?

La pregunta quedó suspendida unos segundos. Lucía dudó, como si hubiera demasiadas respuestas posibles.

—Nada —dijo al final—. Solo… ha sido una mañana muy larga.

—No es solo eso —dijo él, sin parecer convencido.

Ella bajó la mirada.

—¿Y qué quieres que te diga?

—La verdad.

Lucía respiró hondo, conteniéndose.

—La verdad es que alguien que sabía demasiado ha muerto —respondió—. Y no sé si eso es casualidad o no.

—Yo tampoco —añadió él mientras se apoyaba en la mesa.

Se miraron. Había algo nuevo entre ellos. No era desconfianza aún… pero ya no era la misma transparencia de antes.

Cenaron tarde, casi por obligación. El gato saltó al sofá, buscando calor. Lucía lo acariciaba con movimientos mecánicos, sin dejar de pensar. Esa noche, cuando se fueron a dormir, la distancia entre ambos se hizo más evidente que nunca. No física, sino emocional. Y ambos lo sabían.

El sonido del móvil rompió la calma del amanecer. Mario lo miró desde la mesilla, con los ojos medios cerrados. Dudó un segundo antes de descolgar.

—¿Sí?

Lucía, que ya estaba despierta, lo observó desde la puerta del dormitorio. No entró. Se quedó allí, en silencio.

—Sí, sigo aquí —respondió él—.

…

—No, aún no hay nada concluyente.

…

Su expresión cambió.

—¿Cómo que volver?

Lucía sintió un nudo en el estómago.

—Pero… —continuó Mario—

…

—Entiendo.

…

—Sí. Hoy mismo empiezo a moverlo.

Colgó. El silencio fue inmediato. Lucía entró despacio.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, mientras Mario dejaba el móvil sobre la cama.

—Mi jefe —dijo, seco—. Dice que llevo tiempo sin aportar nada al caso. Que necesitan que vuelva a Madrid para cubrir otro.

Las palabras cayeron como un golpe. Lucía notó cómo algo dentro de ella se tensaba.

—¿Y… qué le has dicho?

—Nada, no tengo otra opción, Lucía. Es mi trabajo.

—Pero no puedes irte ahora —dijo ella, dando un paso hacia él.

Mario la miró, sorprendido por la firmeza.

—Lucía…

—Estamos cerca —insistió ella—. Lo sabes.

—No tenemos pruebas —respondió él—. Solo hipótesis, historias a medias y gente que ya no puede hablar.

El comentario dolió más de lo que pretendía.

—Don Marcelo sí hablaba —replicó ella.

—Y ahora no está.

Hubo silencio. Lucía apretó los labios.

—Podemos ir hoy al acantilado —dijo—. Buscar lo que queda. Seguro que hay algo.

—Eso íbamos a hacer ayer.

—No pudimos ir —insistió ella, acercándose más—. Pero ahora sí. Hoy.

Mario la observó con atención. Su mirada era la de una persona desesperada, nerviosa .

—¿Por qué te importa tanto que me vaya?

La pregunta la desarmó.

—Porque… —empezó, pero se detuvo—. Porque esto también es tuyo —improvisó—. Has llegado demasiado lejos como para dejarlo ahora.

Mario sostuvo su mirada unos segundos.

—Quizá justo por eso debería irme.

Lucía sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.

—No digas eso.

—No es tan fácil, Lucía.

—Claro que no —susurró ella—. Por eso tienes que quedarte.

Él negó despacio.

—Tengo una vida fuera de aquí. Un trabajo que me importa, y si me quedo un día más, lo voy a perder.

—Y esto —respondió ella—. Esto también importa.

Mario guardó silencio. La tensión era palpable. Lucía dio un paso más.

—Dame un día —dijo—. Solo uno. Vamos al acantilado, revisamos todo… y si no encontramos nada, te vas.

Mario dudó. Era una propuesta razonable. Pero había algo en la forma en que Lucía le miraba… una urgencia que no encajaba del todo.

—¿Qué no me estás contando? —preguntó al fin él.

Lucía sintió el golpe directo. Su respiración se aceleró.

—Nada.

Mario la observó. Esta vez, en silencio. Y por primera vez desde que la conocía… empezó a no creerla.

Horas más tarde, el sonido de la cremallera fue seco, definitivo.

Lucía lo escuchó desde el pasillo y se quedó inmóvil durante un segundo, como si ese simple gesto hubiera confirmado algo que llevaba horas intentando evitar.

Entró en la habitación sin llamar. Mario estaba junto a la cama, doblando una camisa con movimientos precisos, casi mecánicos.

La maleta abierta sobre el colchón empezaba a llenarse.

—¿Te vas ya? —preguntó ella, con la voz más firme de lo que se sentía.

—Tengo que hacerlo.

Lucía dio un paso más hacia él.

—Ya no te importa Sara.

Mario dejó la camisa dentro de la maleta y cerró los ojos un segundo, conteniéndose.

—Lucía… —dijo él, más cansado que enfadado—. Sabes que no es solo eso.

—Entonces dime qué es —insistió.

Mario se giró por fin, mirándola a los ojos.

—Eres tú.

La palabra quedó suspendida entre los dos. Lucía sintió un golpe seco en el pecho.

—¿Yo?

—Sí —continuó él—. Desde hace días noto que me ocultas algo. Te pregunto y cambias de tema. Te quedas callada cuando menciono ciertas cosas… —Negó despacio—. No puedo seguir así, Lucía.

Ella bajó la mirada. El momento había llegado, y no había forma de evitarlo.

—No es tan fácil… —murmuró ella.

—Claro que no lo es —respondió Mario—. Pero es la verdad, ¿no ?

Se hizo el silencio. Lucía sintió cómo la respiración se le desordenaba. Las manos le temblaban ligeramente.

—Si te lo cuento… —empezó diciendo, pero se detuvo.

Mario la observaba, inmóvil. Esperando que continuase.

—Si te lo cuento, te vas a ir igual.

Él no respondió, clavó su mirada en ella. Lucía cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, ya no había forma de retroceder.

—Tu padre… no murió en un accidente de coche, Mario. Desapareció aquí —lo soltó como una bomba.

Mario no reaccionó. No al principio. Solo la miró, como si no hubiera entendido.

—¿Qué has dicho?

—Tu padre desapareció en este pueblo —continuó Lucía, con la voz quebrándose—. En el caso de Sara.

El tiempo pareció detenerse. Mario soltó una risa breve, incrédula.

—No —dijo—. No… —Negó con la cabeza—. Eso no tiene sentido, mi padre murió en un accidente de coche.

—Lo siento, pero no fue así. Yo tampoco lo entendí al principio.

—¿Cuándo? —preguntó él, de golpe—. ¿Cuándo lo supiste?

Ahí estaba. La pregunta que más temía, Lucía tragó saliva.

—Cuando vi tu apellido en tu tarjeta de crédito… después hice algunas investigaciones para confirmarlo...

—¿Desde el principio? —preguntó mientras la miraba fijamente .

—No —se apresuró ella—. No desde el principio, pero… desde el día que entraron en la habitación de la pensión. Lo siento, Mario, de verdad que lo siento.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Este era frío, cortante.

—Y no me lo dijiste.

—Tenía miedo —susurró Lucía—. Pensé que si lo sabías…

—¿Que me iría? —terminó él.

Ella no respondió. No hacía falta. Mario dio un paso atrás, como si necesitara distancia para respirar.

—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —murmuró—. ¿Te das cuenta de que he estado aquí, hablando contigo, investigando… sin saber que mi padre desapareció por esto?

—No quería que fuera así —dijo ella, con la voz rota—. Quería contártelo, pero cada vez era más difícil…

—¿Más difícil? —repitió él, con una risa amarga—. ¿Más difícil que decir la verdad?

—Tenía miedo de perderte.

La frase cayó como un susurro. Pero fue lo que más daño hizo. Mario la miró. Y por primera vez desde que la conocía… no había cercanía en sus ojos.

—Ya me has perdido —dijo en voz baja.

Lucía sintió que algo dentro de ella se rompía.

—No… —susurró.

Sin embargo, Mario ya se había girado. Cerró la maleta de un golpe seco.

—Mario, espera…

Él se detuvo un segundo en la puerta. Sin girarse.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó él, con los ojos llorosos.

Lucía no respondió .

—Que confiaba en ti, Lucía.

El silencio que siguió fue absoluto. Luego abrió la puerta, y se fue.

Lucía se quedó sola en la habitación. De pie, sin moverse.

El sonido del coche alejándose llegó amortiguado, como si viniera de muy lejos.

Solo entonces las lágrimas empezaron a caer, lentas, silenciosas, sin consuelo.

Porque sabía que no había perdido solo la oportunidad de descubrir la verdad.

Había perdido algo mucho más importante.