Capítulo 13
La casa amanecía envuelta en ese silencio raro, de esos días que parecen contener algo a punto de romperse.
Lucía fue la primera en bajar al salón. Había encendido la chimenea, más por costumbre que por frío.
El fuego comenzó a crepitar, iluminando los retratos antiguos de la pared con un temblor anaranjado.
Preparó café sin pensar demasiado en los gestos, como si las manos recordaran por ella.
Mario apareció unos minutos después, todavía con la camisa arrugada del sueño.
Se detuvo al verla, apoyada contra la mesa, mirando las llamas.
—No has dormido —dijo él suavemente.
Lucía negó, sin girarse.
—Tú tampoco.
Él se acercó. No hubo palabras al principio.
Solo esa cercanía nueva, incómoda y necesaria a la vez.
Mario apoyó una mano en el respaldo de la silla, dudó un segundo y finalmente la dejó caer sobre el hombro de Lucía.
Ella no se apartó. Fue un contacto leve, pero cargado de todo lo que no se habían dicho.
Lucía respiró hondo, como si ese gesto hubiera abierto una compuerta invisible.
Giró la cabeza apenas lo suficiente para mirarlo.
Había algo frágil en sus ojos, algo que Mario no había visto antes: miedo, sí, pero también una especie de alivio culpable .
Durante un instante, el mundo se redujo al sonido del fuego y al olor del café.
Mario rozó con los dedos el mechón de pelo que caía sobre la sien de Lucía y lo apartó con torpeza.
Ella cerró los ojos un segundo, como si ese gesto pesara más que cualquier palabra.
Pero cuando los abrió, la sombra volvió a su mirada.
Él lo notó, no dijo nada de inmediato. Se limitó a sentarse frente a ella, observándola en silencio mientras bebían el café.
Lucía evitaba su mirada más de lo habitual. Revisaba mentalmente algo.
—Tengo la sensación de que me estás ocultando algo —dijo él al fin, sin acusación, casi con cansancio.
Lucía alzó la vista, sorprendida, pero no indignada. Solo… descubierta.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Ella dudó. Se llevó la taza a los labios, aunque ya estaba vacía.
—Solo… tengo la sensación de que todo está a punto de cambiar —respondió finalmente.
Mario sostuvo su mirada unos segundos más, intentando descifrar qué había detrás de esas palabras. No insistió, pero no la acababa de creer. Con los años de trabajo, había aprendido la habilidad de ver el interior de las personas cuando esconden algo, y eso, es lo que ahora mismo veía en ella.
—Hoy podemos comprobarlo —dijo, levantándose—. Si realmente hay algo escondido en la casa del acantilado, mejor descubrirlo ya.
Lucía asintió despacio.
—Sí… mejor hoy.
Poco después salieron de casa. El cielo estaba cubierto por una neblina blanquecina que difuminaba la línea del mar. El coche avanzaba por las calles atravesando el pueblo, silencioso, como si aún no hubiera despertado del todo.
—Pasamos por casa de Marcelo, ¿no?
—Sí, esperemos que haya cambiado de opinión y nos quiera acompañar —respondió Mario.
Aparcaron frente a su puerta, apagó el motor y bajaron del coche. Como de costumbre, la puerta principal no estaba cerrada del todo. Lucía dio un par de toques a la puerta.
—¿Marcelo? —gritó, sin respuesta.
—No nos escuchará, entremos —dijo Mario.
El olor a café fue lo primero que los golpeó.
Un aire inmóvil, pesado, como si la casa llevara horas sin respirar.
Don Marcelo estaba en el sillón del salón, ligeramente inclinado hacia un lado, las manos reposando sobre el regazo.
Parecía dormido. Lucía se fijó en su rostro, pálido, inmóvil. Demasiado quieto.
—Marcelo… —susurró, acercándose.
No respondió.
Mario se adelantó y le tocó el cuello con cuidado. Su expresión cambió al instante.
—Lucía…
Ella ya lo sabía. El silencio que siguió fue tan absoluto que parecía tragarse el sonido del mar a lo lejos.
Ella retrocedió un paso, llevándose una mano a la boca.
No lloró. No todavía. Solo miraba el cuerpo sin vida del anciano como si intentara comprender en qué momento el mundo había vuelto a romperse.
—Ayer estaba bien —murmuró—. Ayer mismo…
Mario observó la estancia lentamente. La mesa tenía papeles ordenados, las gafas de Marcelo descansaban sobre un libro abierto, la taza de café aún medio llena. Nada parecía forzado. Nada roto. Nada revuelto. Demasiado normal.
—Tenemos que avisar al médico… y a la Guardia Civil —dijo él con voz baja.
Lucía asintió sin apartar la mirada. Pero no se movió.
El plan del día se había desvanecido por completo. La casa del acantilado, los colgantes, las preguntas… todo quedó suspendido en ese salón silencioso.
Salieron una hora después, cuando ya no quedaba nada más que hacer. El coche volvió a la carretera, pero esta vez ninguno mencionó el acantilado.
—Hoy no —dijo Lucía finalmente, con la voz quebrada y comenzando a llorar—. No puedo hoy.
Mario negó despacio, también con los ojos brillantes.
—No. Hoy no.
Mientras regresaban a casa, ambos sabían lo mismo sin decirlo. Marcelo había sido el último que conocía muchas respuestas. Y ahora… esas respuestas podían haberse perdido para siempre. O quizá alguien había decidido que así fuera.
La casa se sintió distinta en cuanto cruzaron la puerta.
No había cambiado nada: los muebles, la luz tenue del salón, el leve crujido de la madera al pisar...
y, sin embargo, todo parecía más vacío. Como si una pieza invisible hubiera desaparecido y con ella, el equilibrio de las cosas.
Lucía dejó las llaves sobre la mesa sin hacer ruido.
—No es justo, no debería haber muerto así… —murmuró, más para sí misma que para Mario.
Él no respondió de inmediato. Se quitó la chaqueta, la dejó en el respaldo de una silla y se acercó a la ventana. Afuera, la mañana caía lenta, gris.
—Era mayor —dijo al fin, sin mucha convicción .
—Ayer estaba bien. Hablando con nosotros, recordando cosas… —Hizo una pausa—. Como si supiera que tenía que contarlas.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez no era cómodo. Era pesado, cargado de lo que no se atrevían a decir. Mario se giró hacia ella.
—¿Crees que…?
No terminó la frase. Lucía levantó la vista.
—No lo sé —respondió—. Pero todo esto… —Señaló vagamente, como abarcando el pueblo entero—. Está empezando a parecer demasiado… oportuno.
—Ayer nos dijo más que en todo este tiempo —apuntó él.
—Y hoy ya no está.
Se miraron. Por primera vez desde que habían comenzado a investigar, la sensación de peligro dejó de ser una idea abstracta. Ya no era solo pasado. Era presente.
Durante el día apenas comieron, no tenían apetito. Solo impotencia y ganas de llorar. El gato se enredaba entre sus piernas, y por momentos Lucía se agachaba a acariciarlo más tiempo del necesario, como si necesitara aferrarse a algo que siguiera vivo, simple, intacto.
Se sentaron en el sofá, el fuego de la chimenea proyectaba sombras largas en las paredes.
Lucía se recostó ligeramente hacia el lado donde se encontraba Mario.
Él dudó un instante, pero finalmente apoyó el brazo en el respaldo y, con cuidado, dejó que ella descansara contra su hombro.
Lucía no dijo nada, solo cerró los ojos.
Y por primera vez en todo el día, respiró un poco más tranquila.
En la mañana del día siguiente, el cielo estaba cubierto desde primera hora.
No llovía, pero el aire tenía esa densidad previa a la tormenta, como si el tiempo también guardara luto.
La iglesia del pueblo se llenó más de lo que Lucía esperaba.
Gente mayor, sobre todo. Rostros curtidos por los años, miradas que parecían compartir recuerdos que ya nadie nombraba en voz alta.
Algunos se acercaban al féretro con un respeto silencioso, casi solemne.
Don Marcelo reposaba dentro, con el mismo traje oscuro que siempre llevaba en días señalados.
Sus manos, entrelazadas sobre el pecho, sostenían un pequeño rosario. Parecía tranquilo. Demasiado.
Lucía se quedó unos segundos en la entrada antes de avanzar. Mario caminaba a su lado, en silencio, observando cada detalle con esa atención suya que ahora se había vuelto más aguda, más personal. Se sentaron en uno de los bancos del centro.
El murmullo de la gente se apagó cuando el sacerdote comenzó la ceremonia.
Las palabras eran las de siempre: vida, descanso, memoria.
Pero entre frase y frase, Lucía no podía dejar de pensar en todo lo que don Marcelo sabía…
y en todo lo que ya no podría decir. Miró a su alrededor.
Algunas caras le resultaban familiares. Otras no tanto.
Pero había algo en común en muchas de ellas: lágrimas, tristeza, y una tensión leve que no encajaba del todo con un simple entierro.
La ceremonia terminó entre silencios y gestos contenidos. El féretro fue sacado de la iglesia y trasladado hasta el cementerio.
El mar golpeaba con fuerza más abajo, invisible pero presente.
Lucía, entre lágrimas, se acercó lo suficiente para ver cómo descendían el ataúd.
La cuerda crujió levemente. La tierra húmeda esperaba.
Cuando el primer puñado cayó sobre la madera, el sonido fue seco, definitivo.
Ella cerró los ojos. Mario, a su lado, apretó la mandíbula mientras la abrazaba.
—Se llevó muchas respuestas con él… —murmuró ella, en voz baja y entrecortada por el llanto.
—No… —susurró él—. Nos dejó las suficientes para saber que hay más.
El viento se levantó en ese momento, agitando la ropa negra de los asistentes. Lucía abrió los ojos, y por un instante, tuvo la sensación de que no estaban despidiendo solo a don Marcelo; estaban enterrando una parte de la verdad.