Ecos en la niebla Capítulo 12 #7
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Capítulo 12 #7

Lucía y Mario lo hicieron. Don Marcelo se colocó frente a ellos, apoyándose ligeramente en su bastón. Lucía portaba el colgante en su mano.

—Aún conservas ese colgante —dijo Marcelo.

—¿Por qué no hacerlo? Pertenecía a mi familia, ¿no es así?

—Así es, sí.

—Además —intervino Mario—. Creemos que sabe más de lo que nos contó .

—No sé a qué te refieres, muchacho.

—Ya había visto antes este colgante, ¿verdad? —preguntó Lucía en esta ocasión.

Don Marcelo suspiró, luego elevó la mirada, afilada, lúcida.

—He visto los tres… pero solo este en persona, solo este, hace muchos años. Los otros dos en fotografía. Pero como ya os comenté ayer, su valor es simplemente simbólico.

—¿Y si le dijéramos que un segundo colgante ha salido a la luz? —soltó Lucía.

El silencio cayó como una manta. La expresión de Marcelo cambió radicalmente ante tal revelación.

—Eso…  eso es imposible.

—¿Y si no lo es? Por favor, don Marcelo, cuéntenos lo que sabes sobre los colgantes —insistió ella.

—Solo queréis engañarme… —dijo, confundido.

—No señor, tenemos la certeza de que alguien del pueblo tiene un colgante muy parecido a este que tenemos aquí —dijo esta vez Mario.

Don Marcelo se levantó y comenzó a dar vueltas por la estancia, con lentitud durante un minuto, en silencio. Finalmente, se volvió a sentar, y suspiró cerrando los ojos como si hubiera esperado durante décadas para hablar sobre eso.

—La Cofradía marítima fue real. Se fundó en 1907, cuando Jacobo, el bisabuelo de Ramiro volvió de Terranova con una idea fija: que la costa necesitaba protección.

La cofradía tenía tres guardianes, cada uno llevaba uno de esos colgantes.

No eran amuletos, ni adornos. Según cuenta la historia eran… llaves.

—¿Llaves? ¿Para qué? —preguntó Lucía.

Don Marcelo negó despacio .

—Ah, hija, eso es lo que nadie sabe. O lo que nadie ha querido decir.

Marcelo se volvió a levantar, abrió un cajón de su aparador y sacó una carpeta antigua, llena de papeles doblados y notas manuscritas.

—He intentado reconstruir su historia durante años. Y hay algunos hechos comprobables.

Se sentó frente a ellos de nuevo y enumeró con calma:

—Primer colgante: el del fundador, el bisabuelo de Ramiro, aunque en algunos escritos hay varias firmas, por lo que puede que fueran varios los fundadores. Ese colgante fue el que se hundió en el mar.

—Segundo colgante: el del guardián neutral de la cofradía. Ese debía custodiarlo la persona encargada de mantener todo en orden, y de intermediar en las reuniones en caso de no haber consenso. Ese se perdió en un gran incendio en el puerto.

—Tercer colgante: el del protector, el que tenían tus abuelos, se encargaban de proteger los documentos y demás enseres de la cofradía, cuyo rastro se perdió en la casa del acantilado, el cual encontraste hace unas semanas en la ermita.

—¿Qué colgante puede ser el que ha reaparecido? —preguntó Lucía.

—No lo sé —dijo el anciano—. Pero si el colgante tiene dos puntos en la parte de la derecha… entonces era el segundo, sin embargo, si tenía un solo punto, tiene que ser el primero.

—El de la familia de Ramiro —dijo Mario.

—Así es. El tuyo tiene tres puntos, ¿lo veis? —señaló Marcelo con el dedo, a la vez que ambos asintieron .

—Yo tengo una duda —espetó Mario—. Has dicho que la cofradía se fundó para proteger el pueblo. Entonces, ¿por qué tanto ocultismo?

—Bueno, si es cierto, se fundó para eso en su día, pero las generaciones pasan… digamos que el abuelo de Ramiro pensaba que la cofradía podía servir para otros asuntos.

—¿Cómo cuáles? —preguntó Mario.

—No hay datos confirmados. Pero digamos que hacían encargos algo turbios o ilegales en aquella época, como contrabando de alcohol o tabaco, ocultaban información a cambio de dinero y seguramente más cosas que yo no sepa.

—Aprovechó la cofradía para su beneficio —añadió Lucía.

—Sí. Si lo hubiera visto Jacobo, lo que hizo su hijo con la cofradía… —dijo Marcelo en voz baja.

—Entonces mis abuelos eran los guardianes.

—Sí, y antes lo fueron tus bisabuelos.

—Entonces ellos sabían y encubrían lo que hacían ilegalmente.

—Bueno, de eso no estoy tan seguro. Según mis investigaciones, tus abuelos solo protegían lo que se les daba, dudo que supieran lo que guardaban.

Si me consta que a los guardianes no se les permitía asistir a las reuniones, preferían mantenerlos al margen.

Supongo que para que no se negaran a guardar los asuntos menos legales, digámoslo así —contó Marcelo.

—Por eso en la casa de mis abuelos hay un túnel y una cámara subterránea. Ahí lo guardaban y allí se reunían.

—¿Cómo sabéis eso?

—Porque hemos estado allí abajo —contestó Mario.

—Y, ¿qué había ?

—Nada, estaba vacía, solo este cuaderno de Sara sobre una mesa de piedra, en el centro de la cámara.

Don Marcelo cerró la carpeta, y se levantó a guardarla meticulosamente en su sitio.

—Yo no conocía apenas a tu hermana, pero según me contáis y leyendo sus anotaciones, creo que llegó demasiado lejos —comentó don Marcelo en voz baja—.

Y demasiado cerca de lo que la cofradía ocultaba bajo la casa.

Tu familia siempre fue el guardián, Lucía.

Algo en esa casa pertenece a tu linaje. Algo que, si no me equivoco, Sara encontró o estuvo a punto de encontrar, De ahí que vaciaran lo que escondían dentro, pero solo es mi teoría.

—Podría tener sentido —añadió Mario, pensativo.

—Sé lo que vais a preguntarme —dijo Marcelo, adelantándose a la pregunta de Lucía—. No, no sé si Sara se marchó voluntariamente o alguien la hizo desaparecer. Pero sí creo que sabía algo que la puso en peligro.

—Sí, hasta eso hemos llegado… —contestó Lucía, ya cansada.

El salón pareció encogerse. Mario se aclaró la garganta y rompió el silencio.

—¿Y qué hacemos ahora?

Don Marcelo apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Si la nota que habéis recibido esta misma mañana, no es una amenaza, está claro que es un aviso.

Tal vez incluso… una petición —dijo mirándoles uno por uno—.

Mi consejo es que volváis a la casa del acantilado.

Pero esta vez, no busquéis túneles. Lo que sea que sacaron de allí abajo, dudo que se atrevieran a sacarlo del terreno de la casa, o bien lo destruyeron o lo escondieron en otro lugar.

Lucía sintió un escalofrío, mientras el anciano dibujó una leve sonrisa triste.

—Pero, ¿por dónde buscar ?

—Eso solo lo sabréis cuando estéis allí.

—¿Por qué no viene con nosotros? Te podemos llevar en coche —propuso Mario.

—Hace años me hubiera apuntado a una aventura así sin pensarlo, pero ya estoy mayor para esas cosas, muchachos.

—Piénselo, ¿de acuerdo? —añadió Lucía.

—Lo haré. Gracias muchachos, por confiar en mí.

La noche había caído del todo cuando Lucía y Mario dejaron atrás la casa de don Marcelo.

El aire era frío, húmedo, con ese olor a sal y bruma que anunciaba un cambio de tiempo.

Caminaron un rato en silencio, como si las palabras de Marcelo aún pesaran demasiado como para romperlas con una conversación trivial.

Ella fue la primera en exhalar, lentamente, saliendo vaho de su boca.

—No puedo quitarme de la cabeza lo que ha dicho —murmuró, abrazándose a sí misma—. La casa y el terreno son enormes, como buscar…—volvió a susurrar.

Mario caminaba a su lado, atento, como si temiera que pudiera quebrarse sobre el propio camino.

Lucía bajó un poco la vista, él la observó de reojo, sus pasos se ralentizaron.

Hubo un momento casi imperceptible en el que quiso rozarle la mano, pero se contuvo.

Ella pareció darse cuenta, sin mirarlo directamente.

—Y lo de Sara… —susurró—. No puedo quitarme la frase de la cabeza en la que dice: “Si alguien la lee algún día…”

—Sabía que estabas destinada a encontrarlo —dijo Mario con un tono que mezclaba firmeza y ternura—. No dejó su marcha al azar.

Lucía sonrió apenas, tensa, dolida.

—¿Y si está viva, Mario? ¿Te imaginas ?

—Ojalá, Lucía —respondió él—. No pienso descartar nada mientras sigamos teniendo pistas como estas.

Siguieron caminando. Las luces de la casa familiar empezaron a asomar entre los árboles. El silencio esta vez no era incómodo, sino tenso, cargado de pensamientos y algo más… algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Cuando llegaron al porche, Lucía se detuvo antes de abrir la puerta.

—Gracias por estar a mi lado —dijo, con un hilo de voz sincero—. No podría sola con esto.

—No estás sola —respondió él.

Ella levantó la mirada, sorprendida por la seguridad con la que lo dijo.

Por un instante, la bruma helada y las luces de las farolas los envolvieron como en un espacio aparte del mundo.

Lucía se movió apenas hacia él, o quizá fue él quien dio medio paso.

No llegaron a tocarse, pero la distancia entre ambos se volvió mínima, electrizada.

Una respiración compartida. Una confianza que se abría sin querer.

Y justo cuando parecía que se podía repetir lo de la noche anterior, Lucía apartó la mirada con un pequeño gesto nervioso.

Él tragó saliva, como si también necesitara recomponerse.

—Deberíamos… descansar —dijo ella, abriendo la puerta.

—Claro —respondió él.

Entraron en la casa. La luz cálida del hall los envolvió, rompiendo la tensión como un suspiro. Sin embargo, mientras subían las escaleras, ambos sabían que algo entre ellos había cambiado, aunque ninguno se atreviera todavía a nombrarlo.