Ecos en la niebla Capítulo 12 #6
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Capítulo 12 #6

Se quedaron así un momento, mirándose sin hablar. Luego, como si ambos comprendieran que el silencio decía más que cualquier palabra, ella se levantó despacio.

—Será mejor descansar —dijo.

—Sí —asintió él, aún sentado en el sofá.

Lucía se dirigió hacia el hall a paso lento, y antes de desaparecer por las escaleras, se volvió. Sus ojos se encontraron de nuevo. No hubo sonrisas, ni promesas, solo una complicidad nueva, tímida, que se quedaría flotando entre ambos mucho después de que las luces se apagaran .

Mario permaneció un rato más en el sofá, frente al fuego, escuchando el crujir de la madera. El eco del beso aún le ardía en la memoria. A continuación, encendió la lámpara, cogió el cuaderno de Sara y se puso a leerle, una vez más.

El amanecer llegó envuelto en neblina. La luz gris se filtraba por las cortinas, y el canto de los pájaros parecía venir desde muy lejos, apagado por la humedad del aire.

Lucía bajó las escaleras. En el salón, las brasas de la chimenea aún humeaban, como si la noche anterior no se hubiera ido del todo.

Vio a Mario dormido en el sofá, con el cuaderno de Sara abierto sobre el pecho.

Durante un instante, se quedó mirándolo, con una mezcla de ternura y torpeza que no se atrevía a nombrar.

Se movió despacio, procurando no despertarlo, y fue hasta la cocina.

El olor del café recién hecho llenó la estancia. Cuando Mario apareció por la puerta de la cocina, despeinado y con una sonrisa medio culpable, ella no pudo evitar reír.

—Buenos días —dijo él, llevándose una mano al cuello—. Creo que me quedé dormido…

—Eso parece. —Lucía le ofreció una taza—. No pasa nada. Anoche fue…

—Larga —completó él, evitando su mirada.

El silencio que siguió fue breve, pero lo bastante para que ambos sintieran el eco de lo ocurrido la noche anterior frente al fuego. Ninguno mencionó el beso, pero ambos lo recordaban, y temían romper la frágil calma que lo envolvía todo.

Cuando estaban terminando el desayuno, un golpeteo suave en la puerta los hizo girar la cabeza.

Lucía dejó la taza de café sobre la mesa y fue a abrir.

En el umbral, envuelto en un abrigo gris y con un sombrero en la mano, estaba el anciano que semanas atrás les había devuelto el diario que les fue robado.

Sus ojos azules, casi traslúcidos, brillaban con una expresión mezcla de urgencia y cortesía.

—Buenos días señorita Ayala.

—Buenos días… usted… usted fue quien me devolvió el diario a la salida de la iglesia —saludó y comentó Lucía.

—Sí. Disculpa por presentarme aquí tan temprano, venía de la iglesia y pensé que debía pasarme antes de que se me olvidara.

—No se preocupe —respondió ella amablemente—. Pase, por favor.

El anciano entró despacio, observando el interior con curiosidad. Mario se acercó, tendiéndole la mano.

—Perdonen mis modales, me llamo Emilio —se presentó.

—Encantado Emilio, yo no me presento porque veo que usted sí me conoce, ¿no es así? —preguntó Lucía, indicándole con la mano que tomara asiento.

—Así es, era un viejo amigo de tus padres. Vengo a pedirte disculpas. Cuando te devolví ese cuaderno, no te conté todo.

—¿A qué se refiere? —preguntó ella.

—Verás… yo no lo encontré por casualidad. Alguien me lo dejó en el banco de la iglesia, envuelto en una tela, y antes de irse me susurró al oído: dáselo a Sara Ayala.

—¿Recuerda quién era? —volvió a preguntar Lucía.

—No… no lo vi bien. Iba con un abrigo oscuro y sombrero marrón. Pero sí me fije en algo, llevaba colgado al cuello un colgante, muy parecido al suyo, señorita —dijo el anciano mirando hacia la mesa, donde se encontraba el colgante .

—No puede ser… ¿estás seguro Emilio? —preguntó ella, sin dar crédito, sintiendo un escalofrío recorriéndole su espalda.

—Eso me pareció ver, hija. Aunque ya estoy mayor, igual me falló la vista. Pero eso no es todo —continuó don Emilio—. Esta mañana, en la iglesia, encontré esto en el mismo banco —contó a la vez que sacaba del bolsillo del abrigo un sobre doblado y se lo tendió.

Ella cogió el sobre, en la solapa con tinta azul se reflejaba un nombre: Lucía Ayala. Y debajo: “R”.

Lucía y Mario se miraron. El silencio que siguió fue denso, como si la casa misma contuviera el aliento.

Don Emilio observaba, con el sombrero entre las manos, apretándolo como si temiera que el viento fuera a arrebatárselo.

Ella rasgó el borde con cuidado. Dentro había una hoja doblada en cuatro. Al desplegarla, tragó saliva.

“No busquéis donde ya no queda nada. No todos pueden soportar lo que Sara descubrió”.

Debajo, una frase final estaba subrayada con un trazo torpe, como si hubiera sido escrito con una mano temblorosa.

“No confiéis en nadie del pueblo. Alguien ya os observa”.

Abajo, un símbolo dibujado a mano, el mismo motivo circular del colgante de Lucía.

Don Emilio suspiró.

—Yo… no sé qué significa —dijo con un hilo de voz—. Solo pensé que debían verlo .

—Ha hecho bien —respondió Lucía suavemente, doblando el papel con sumo cuidado—. Muchísimas gracias por venir, de verdad.

—Muchas gracias por todo Emilio —agradeció Mario también.

El anciano asintió, algo nervioso.

—Tengan cuidado, hijos. En este pueblo… las paredes escuchan más de lo que uno imagina.

La puerta se cerró lentamente tras don Emilio. Lucía dejó el sobre encima de la mesa, junto al resto de cuadernos y documentos. Mario se acercó despacio hacia ella.

—Lucía… lo que ha dicho don Emilio —murmuró—. Sobre el señor, sobre el colgante.

Ella levantó la vista, aún procesando la información.

—Sí. Dijo que llevaba uno muy parecido al nuestro.

—Pero… según la historia, solo existían tres. Este… —dijo Mario, cogiendo el colgante entre sus manos.

Ella respiró hondo, tratando de ordenar sus ideas.

—Otro se hundió en el mar, y el otro en un incendio.

—Sí.

Mario se apoyó en la mesa, mirando fijamente el símbolo dibujado en la nota que acababan de recibir.

—Entonces… si ese hombre llevaba un colgante… ¿cuál era?

—No lo sé —susurró ella.

—¿Y si...? —dijo él, con cautela—. Si uno de esos colgantes nunca estuvo perdido.

—¿Si alguien lo tuvo guardado todo este tiempo?

—Exacto.

Lucía sintió un escalofrío de nuevo, esta vez le recorrió todo el cuerpo. Mario sacó su libreta y en una página nueva añadió :

*¿Quién tendría el colgante desaparecido desde hace generaciones?

*¿Por qué aparecer ahora con él?

*¿Tienen algo que ver esos colgantes con nosotros?

*¿Formaban parte de la antigua cofradía? ¿O de algo que aún existe?

—Mario, si ese hombre llevaba realmente uno de los colgantes, quiere decir que…

—Que esta historia no empezó con Sara —completó él.

—Así es, esos colgantes tienen casi un siglo.

—Lo que tenemos que preguntarnos es… ¿Los colgantes tienen que ver con la desaparición de Sara? Yo sinceramente, creo que no, los colgantes tendrían su función dentro de la cofradía, de eso estoy seguro. Pero creo que Sara no desapareció por encontrar uno de ellos. Tuvo que descubrir algo más…

Sobre la mesa, el sobre abierto, la nota, el colgante, y los cuadernos y diarios de Sara formaban una especie de constelación inquietante, como si cada objeto reclamara su lugar en un mapa que todavía no sabían leer. Mario encendió la lámpara de mesa.

—Vale —dijo, mientras tomaba asiento—. Vamos a mirar esto con calma.

Lucía asintió mirando de cerca el colgante, para a continuación, posarlo sobre la mesa.

El sonido metálico, tan leve, pareció amplificado por la quietud de la casa.

Lo colocó justo al lado del dibujo que había en la nota.

El símbolo era casi idéntico. Mario se inclinó más, a escasos milímetros del colgante, examinando la forma.

—Tres puntos aquí —señaló— .

—Pero mira —interrumpió Lucía, tocando la esquina inferior del papel—. Aquí solo hay un punto, no tres como en nuestro colgante.

—Podría ser una diferencia entre los tres originales. Como si cada colgante tuviera una variación, un detalle que lo distinguiera.

—Eso tendría sentido —murmuró ella—. Si eran símbolos para los miembros de la cofradía. Cada uno debía de tener su función, su portador.

Ambos se quedaron pensando en silencio durante unos minutos. Lucía abrió uno de los cuadernos de Sara, como si esperara que una frase nueva apareciera de pronto. Cosa que no ocurrió. Sus cabezas se llenaron de engranajes moviéndose lentamente.

—Si ese hombre de la iglesia llevaba uno de los colgantes, entonces… —Tragó saliva—. Entonces alguien lo ha conservado todos estos años… o lo ha encontrado recientemente.

—Y no parece que lo esté ocultando demasiado —añadió Mario.

—Eso es lo que me preocupa —susurró ella—. ¿Quería que supiésemos que lo tiene?

—Si es así, entonces esto no es una amenaza —lanzó Mario.

—¿Qué es, entonces?

—Una invitación —dijo él, tajante.

Lucía tragó saliva. Las palabras le provocaron un escalofrío.

—Tenemos que ir a hablar con Marcelo —añadió Mario—. Él conoce la historia de la cofradía mejor que nadie. Y sabe más de símbolos que cualquier otro.

—Pero, nos dijo que el valor de estos colgantes ya era solo simbólico o de familiaridad .

—Así es.

—¿Entonces?

—Creo que un solo colgante solo tiene ese valor, pero juntando los tres… creo que Marcelo sabe más de lo que nos contó, si no veremos qué cara pone cuando le contemos que un segundo colgante ha aparecido.

—Está bien —contestó ella, sin dudar.

Guardaron el colgante y la nota en el sobre y se levantaron casi a la vez, esta vez la decisión no fue rebatida, ambos sabían que era la mejor opción, sin necesidad de hablarlo más.

Antes de salir, Lucía se detuvo frente al aparador y se miró un instante en el espejo.

Su reflejo estaba cansado, pero había un brillo nuevo en sus ojos. Algo parecido a la esperanza.

—Vamos —dijo abriendo la puerta.

La casa de don Marcelo olía a madera vieja, a estufa encendida y a hojas de libro gastadas. El anciano los guio hasta el salón sin decir una palabra, caminando con esa lentitud digna de quien no tiene prisa porque ya lo ha visto casi todo.

—Sentaros —indicó.