Capítulo 12 #5
El aire frío del exterior los envolvió de inmediato.
Caminaron entre las calles, la mayoría desiertas.
La silueta de la casa de Marcelo apareció al final de la calle.
El jardín seguía tan descuidado como las visitas anteriores, donde las hierbas altas y descuidadas se mecían al compás del viento, sin ningún control.
—Buenos días don Marcelo —gritó Lucía llamando a la puerta con los nudillos.
—Pasad —se escuchó la voz del anciano, con un hilo de voz.
Al entrar, Marcelo levantó la vista desde su sillón de piel. Su semblante era el de siempre, ceño fruncido, chaleco de lana impecable, y esa mirada curiosa que nunca lo abandonaba.
—Vaya, los intrépidos visitantes del pasado —dijo con una sonrisa seca—. ¿Qué necesitáis esta vez?
—Necesitamos hablar con usted —dijo Lucía, sin rodeos—. Es sobre Ramiro.
El anciano entrecerró los ojos, dejando el libro que estaba leyendo a un lado.
—Ramiro… Hace tiempo que nadie pronuncia ese nombre en voz alta.
Los invitó a sentarse junto al viejo reloj de péndulo. El tic-tac llenó el silencio mientras Lucía colocaba sobre la mesa una hoja doblada del cuaderno de Sara, aquella donde aparecía la fecha del veinte de julio.
—¿Recuerda algo de esos días? —preguntó Mario.
Marcelo se ajustó las gafas, leyendo con detenimiento.
—Sí, sobre esos días del mes de julio —asintió tras unos segundos—. Fue cuando empezó a cambiar todo.
—¿Por qué? —preguntó Lucía esta vez.
—En esas fechas vino al pueblo un hombre que nadie conocía. Alto, con un acento que no supe ubicar. Dijo buscar a Ramiro, que traía asuntos pendientes con él.
—¿Y lo encontró? —preguntó Mario.
—No lo sé, muchacho. Nadie volvió a verlo… igual fue Ramiro quien lo encontró a él —comentó, extendiendo un silencio entre los tres.
—¿Qué trato tenía usted con Ramiro? —preguntó Mario de nuevo.
—Ramiro solía venir a verme. Traía objetos antiguos para que los valorase. Pero lo que buscaba en realidad era información. Tenía una obsesión con los símbolos, las genealogías, los documentos familiares… como si creyera que algo en el pasado le pertenecía por derecho.
—¿Algo como esto? —preguntó Lucía, mostrando el colgante que habían encontrado semanas atrás en la ermita.
El anciano se inclinó hacia adelante, observándolo bajo la luz.
—Exactamente como eso —susurró—. Lo vi una vez en su poder. Dijo que pertenecía a tus abuelos… y que no debió salir nunca de esa casa.
—¿Usted cree que Sara lo encontró? —preguntó Lucía.
—No lo sé, hija. Yo a tu hermana apenas la conocía, tuve más trato con tus abuelos y con tus padres. Pero si ese colgante ha aparecido, es que el pasado ha decidido no quedarse enterrado.
—Eso buscamos, que no quede enterrado y saber por qué mi hermana desapareció —comentó ella.
—¿Qué valor crees que tiene este colgante? —Fue Mario quien preguntó en esta ocasión.
—Hace años, sin duda mucho valor. Como ya sabréis cuentan que existían tres colgantes… este que poseéis, otro que se hundió en el mar y el otro desapareció en un incendio. A día de hoy, su único valor es el simbólico o de familiaridad.
—Muchas gracias Marcelo —agradeció Lucía mientras se levantaba de la silla.
—Tengan cuidado —añadió cuando ya se dirigían a la puerta.
La tarde caía sobre el pueblo cuando llegaron a la casa de Doña Elvira. El jardín, cubierto de flores secas y hojas caídas, conservaba una belleza melancólica. Elvira abrió la puerta antes incluso de que tocaran el timbre.
—Buenas tardes —dijo la mujer—. Os vi entrar al jardín. Pasad.
—Buenas Elvira, gracias —contestaron ambos a la vez.
Dentro, el aroma a lavanda llenaba el aire. Elvira les condujo hasta una pequeña sala de estar. Sobre una repisa descansaba una fotografía, dos niñas, tomadas de la mano frente al acantilado. Sara y ella.
—Éramos inseparables —dijo, acariciando el fino cristal—. Sara tenía una manera de ver el mundo que a veces asustaba para la edad que tenía. Decía que las casas guardaban memoria, y que las personas también.
Lucía se sentó frente a ella, conteniendo la emoción.
—¿Cree que… podría seguir viva? —preguntó, con voz apenas audible .
Elvira la miró durante unos segundos antes de contestar.
—No lo sé —contestó bajando la mirada hacia sus manos, que temblaban levemente—.
Un día me habló de “algo” que había descubierto, no me quiso contar qué era.
Me dijo que si desaparecía, no debía llorarla, sino entenderla.
Nunca supe qué quiso decir —desveló, con voz llena de tristeza—.
Una parte de mí quiere creer que sigue viva, pero de ser así, ¿por qué no se ha puesto en contacto en todos estos años?
Lucía y Mario se miraron, sin saber muy bien qué decir, estaban tan sumergidos en las palabras de Elvira...
—Cada vez que el viento sopla fuerte desde el mar, creo escuchar su voz. No llamándome, no, solo… recordándome que sigue aquí, de algún modo —volvió a decir emocionada.
—¿Estás segura de que no te dijo nada de lo que descubrió? Intente hacer memoria Elvira, es importante, cualquier detalle, aunque parezca insignificante —comentó Mario.
—No, no me dijo nada, la pregunté varias veces y no me dijo nada, lo siento.
—Gracias Elvira. Yo también tengo la esperanza de que siga viva —dijo Lucía tomando su mano en señal de cariño, acariciándola.
—No me des las gracias, si Sara está en alguna parte… que sepa que la sigo esperando.
Cuando salieron, el cielo comenzaba a teñirse de gris.
El mar rugía con más fuerza que de costumbre, y en la distancia, el acantilado parecía observarlos en silencio.
El sol se escondía, tiñendo el horizonte con un resplandor cobrizo.
El camino hacia la casa familiar estaba casi desierto.
Solo se oía el crujido de las ramas bajo sus pasos.
Elvira les había dejado una sensación extraña, mitad consuelo, mitad desasosiego.
Fue Mario quien volvió a tomar la palabra, con voz baja.
—¿Tú crees que realmente podría estar viva?
Lucía no respondió enseguida, dejó pasar unos segundos.
—No lo sé —dijo finalmente—. Parte de mí siempre lo ha querido creer. Pero si fuera así… ¿por qué no se ha puesto en contacto? ¿Por qué dejaría que todos pensaran que estaba muerta?
Mario metió las manos en los bolsillos, pensativo.
—Quizá no tuvo elección. O quizá lo hizo para proteger a alguien.
—¿A alguien? —repitió ella, girando la cabeza hacia él.
—Sí. Tal vez descubrió algo que no debía. Algo que implicaba a más gente de la que imaginamos.
Ella asintió, en silencio. El viento soplaba desde el acantilado, trayendo consigo el olor del mar y del hierro oxidado. Por un momento, Lucía pensó en el rostro de su hermana, en aquella última tarde antes de desaparecer.
—Sara era muy impulsiva —dijo al fin—. Pero también muy valiente. Si descubrió algo, no se detuvo aunque supiera el riesgo que corría.
—Igual que tú —respondió él, mirándola.
Lucía sonrió apenas.
—No soy como ella.
—Tal vez no —dijo él—. Pero eres la única que aún la busca, cuando todos los demás prefirieron olvidarla.
Caminaron un rato más sin hablar. El silencio entre ellos no era incómodo, era más bien una tregua. El tipo de silencio que une, no que separa. Cuando la calle comenzó a empinarse hacia la casa, Lucía se detuvo un momento .
—Si Sara sigue viva —dijo despacio—, no creo que quiera que la encontremos.
—¿Por qué dices eso?
—Porque dejó demasiadas pistas. Como si quisiera guiarnos… pero solo hasta cierto punto. Como si buscara que entendiéramos su decisión, no que la trajéramos de vuelta.
El periodista guardó silencio, procesando sus palabras. En la distancia, la primera estrella del atardecer asomaba entre las nubes.
—Entonces —dijo finalmente—, quizá entenderla sea la única forma de encontrarla.
Lucía asintió, sin apartar la vista del horizonte.
Reanudaron la marcha. Las luces de las farolas hacían que se divisara la casa al final de la calle.
La casa los recibió en silencio, envuelta en una penumbra tibia y un frío que les puso la piel de gallina.
Mario encendió la chimenea nada más entrar, y el fuego empezó a chisporrotear lentamente, lanzando destellos anaranjados sobre las paredes.
Lucía dejó el abrigo sobre el respaldo del sillón y se acercó al fuego.
El reflejo danzante iluminaba su rostro, acentuando el cansancio de la jornada.
—Ha sido un día largo —murmuró.
—Esperemos que mañana sea algo más tranquilo —respondió él con una media sonrisa.
Ella soltó una breve risa, apenas un suspiro, y se dejó caer en el sofá. Durante unos segundos no dijeron nada. Solo se oía el crepitar del fuego y el leve aullido del viento colándose por las rendijas de las ventanas.
—¿Sabes? —dijo Lucía, sin apartar la vista de las llamas—. No recuerdo la última vez que me sentí así.
—¿Así cómo? —preguntó él.
—Con miedo y esperanza al mismo tiempo .
Mario se sentó a su lado, lo bastante cerca como para sentir el calor compartido del fuego.
—Supongo que eso es lo que pasa cuando empiezas a acercarte a la verdad.
—¿Y si la verdad no es lo que quiero encontrar?
—Entonces —dijo él suavemente—, al menos sabrás que la buscaste.
Hubo un silencio. Una pausa en la que las palabras sobraban.
Lucía giró la cabeza hacia él. La luz del fuego se reflejaba en sus ojos, y por un instante, el mundo se redujo a ese resplandor tibio y al latido compartido entre ambos.
Mario levantó la mano, dudó, y finalmente le apartó un mechón de cabello que caía sobre su frente.
El gesto fue tan leve, tan torpe, que parecía un reflejo involuntario.
Ella no se apartó. Durante un segundo, el aire pareció detenerse, y entonces él se inclinó un poco y rozó sus labios con un beso breve, silencioso.
El fuego siguió ardiendo, llenando la estancia de un calor tenue.
Lucía bajó la mirada, con las mejillas encendidas.
—Perdón… —murmuró él, apartándose un poco.
—No —dijo ella, casi en un susurro—. No tienes que disculparte.