Capítulo 12 #4
El sonido del cierre metálico cediendo fue leve, casi un suspiro.
Lo abrió con cuidado, temiendo que cualquier movimiento brusco hiciera que las páginas, frágiles por el tiempo, se deshicieran entre sus manos.
El olor a papel antiguo llenó el aire, una mezcla de polvo, tinta seca y recuerdos que habían esperado demasiado.
Mario se sentó a su lado, sin decir palabra.
El gato, desde el respaldo del sofá, observaba la escena con ojos entrecerrados, como si comprendiera que algo importante estaba a punto de revelarse.
Las primeras páginas estaban vacías. Lucía las fue pasando, una tras otra, hasta que encontró una fecha escrita con una letra firme y elegante :
“15 de julio de 1993.
Hoy he vuelto a escuchar la discusión. Mamá no sabe que la oigo desde el pasillo.
Ramiro ha venido otra vez. Dice que necesita hablar con papá sobre el asunto del terreno.
No sé por qué siempre bajan la voz cuando me acerco, pero siento que no es algo bueno.
He visto la expresión de mamá, pálida, con las manos temblorosas.
No sé lo que realmente quiere de nosotros, pero presiento que está mintiendo.
No entiendo ese comportamiento con mi familia, con todo lo que hemos pasado él y yo estos últimos meses… ”
—Ramiro de nuevo… —susurró ella.
—Parece que tus padres estaban involucrados. ¿A qué terreno se refiere?
—No lo sé, quizá a la casa del acantilado, había mucha gente interesada en hacerse con ese terreno —respondió ella, mientras pasaba de página.
“Papá me ha pedido que no hable con nadie de lo que escucho. Dice que es por nuestro bien, que hay cosas que es mejor no entender todavía. Pero anoche oí algo más: mencionaron una deuda… y un accidente. Creo que lo que ocurrió hace años en la casa del acantilado no fue solo una tormenta. Tengo la sensación de que es el terreno que reclama Ramiro a mis padres.”
Un silencio denso se instaló en la habitación. El fuego crepitaba, pidiendo más madera. Lucía pasó a la siguiente página a la vez que suspiraba.
“20 de julio de 1993 .
He encontrado una llave en el desván, dentro del costurero de mamá. No sé qué abre, pero lleva una cinta azul, la misma que usaba papá de llavero del coche. He decidido guardarla en otro lugar.”
Un escalofrío recorrió la espalda de Lucía.
—La llave…
—Puede ser la que encontramos junto al cuaderno bajo la casa del acantilado...
—Es posible, pone que la guardó en otro lugar.
—Hay cosas que empiezan a encajar —murmuró Mario—. Lo que encontramos bajo la casa, el mensaje en la pared… ella lo sabía. Y quería que tú lo encontraras.
Lucía asintió, con la vista fija en la página siguiente.
“Mamá dice que Ramiro volverá el lunes. Que todo se resolverá, que esta vez vendrá solo a hablar. Pero yo no le creo. Si alguien descubre la verdad algún día, sabrá que no me fui sin razón”.
Las manos de Lucía temblaron. Las palabras de su hermana, tan directas, tan desesperadas, parecían traspasar los años.
Podía imaginarla escribiéndolas con prisa, quizá con lágrimas en los ojos, sabiendo que el tiempo se agotaba.
Cerró el cuaderno lentamente. La respiración le salía entrecortada.
Durante un largo instante, ninguno de los dos habló, solo recopilaban los datos para sí mismos. Finalmente, Mario tomó la palabra.
—Esto puede cambiarlo todo.
Lucía asintió, mirando el cuaderno con una mezcla de miedo y determinación.
—Sí… y también lo confirma. Ramiro estuvo aquí, amenazando a mi familia. Sara sabía más de lo que nadie imaginaba .
El silencio volvió a llenarlo todo, pero ya no era el mismo. Era expectante, el que precede a la tormenta.
—“No me fui sin razón…” —repitió Lucía en voz baja, casi para sí misma.
Las palabras quedaron flotando en el aire, con un peso distinto al del miedo. No sonaban a despedida, sino a un mensaje. A una elección.
Mario la observó en silencio unos segundos, midiendo la tensión en su rostro.
—¿Y si fue ella quien decidió irse? —dijo al fin, con cautela.
Ella levantó la vista, tenía los ojos brillantes, confundidos.
—Durante todos estos años pensé que alguien se la llevó… que Ramiro la hizo desaparecer. Pero si fue ella… —Su voz tembló—. Si fue ella la que se fue, entonces podría seguir viva...
—Podría haber huido por miedo. O para proteger a alguien. A tus padres o… quizá incluso a ti.
—Pero… ¿por qué no decirlo? ¿Por qué dejar solo pistas y frases enigmáticas?
—Tal vez no tuvo opción —respondió Mario—. Si la estaban vigilando.
—O tal vez —dijo Lucía, apretando el cuaderno entre las manos—. No quería que nadie más lo entendiera, salvo yo.
—No lo sé… pero ya no debemos descartar ninguna hipótesis. Ahora se nos abre la posibilidad de que se fuera por voluntad propia, pero estas fechas son de bastante antes de desaparecer, hemos leído notas suyas más cercanas a la fecha de desaparición, donde mostraba su miedo.
—Lo sé, y por eso no me quiero hacer ilusiones de que pueda seguir viva, pero leer esto ahora.. .
—Lo sé —dijo, poniendo su mano sobre la de ella.
—Estábamos tan unidas, Mario —dijo comenzando a llorar—. De niñas, teníamos nuestras propias claves. Mensajes ocultos que escribíamos en los márgenes de los libros, dibujos que solo nosotras entendíamos.
—Entonces… —dijo él—. ¿Y si el cuaderno también te dejó un código?
—Si es así, voy a averiguarlo —respondió aún con lágrimas.
Mario la abrazó, mirándola con una mezcla de admiración y preocupación.
—Si Sara huyó… y dejó esto atrás, puede que todavía haya alguien que no quiera que sepamos por qué.
—Como Ramiro —respondió ella—. Pero si hay una remota pista de que sigue viva, tengo que encontrarla.
Sus ojos se encontraron, fijos, decididos. Había en ellos algo nuevo, no solo miedo, sino una esperanza que dolía.
—Podríamos empezar revisando todo lo que tenemos hasta ahora de Sara. Tal vez se nos escapó algo, un nombre, un dibujo, una dirección en clave, algo que indique a dónde fue —propuso Mario.
—Sí —contestó ella—. Pero también necesitamos ayuda. Si Sara se fue por su cuenta, alguien debió verla o recordar algo.
—¿Su amiga? ¿Elvira se llamaba?
—Sí, incluso Marcelo, creo que sabe más de lo que nos ha contado sobre Ramiro.
—Pero quizá, demos también a quien no quiere que la encontremos —finalizó él.
Lucía se levantó, caminó hasta la ventana y corrió la cortina. Afuera, el cielo se teñía de un gris plomizo, presagio de tormenta .
La mañana avanzaba despacio, arrastrando la calma tensa que sigue a un descubrimiento importante. El sonido lejano de las olas llegaba amortiguado desde la costa, a causa del fuerte viento, un rumor constante que parecía acompañar cada pensamiento.
Lucía había extendido sobre la mesa del salón todos los papeles que tenían, los cuadernos de Sara, las cartas antiguas, los recortes del registro, y las notas que ambos habían ido acumulando durante las últimas semanas.
El gato dormía cerca de la ventana, ajeno al peso de los secretos que se apilaban a su alrededor.
—Cada vez hay más piezas que encajar —dijo Mario, con una sonrisa cansada, mientras hojeaba una de sus libretas—. Pero sigue faltando la imagen completa.
—La habrá —respondió Lucía, sin levantar la vista del cuaderno de su hermana—. Solo hay que aprender a mirar desde el ángulo correcto.
Las sombras de las tazas de café se alargaban lentamente. La escena tenía algo de tranquilo y doméstico, pero debajo de esa calma vibraba una energía contenida, como si el aire mismo esperara que algo ocurriera.
Pasada una hora, terminaron de repasar todo, y no vieron nada que les llamase la atención, nada que realmente estuviera fuera de lugar o una pista concreta escondida.
Mario miró su reloj.
—Podemos empezar preguntando a Elvira y Marcelo.
—Podemos. Me gusta cómo suena eso —dijo ella, con una leve sonrisa—. Llevo tanto tiempo haciendo las cosas yo sola, que ahora escuchar un podemos… Gracias, Mario.
Por un momento, la tensión pareció diluirse. El gato se desperezó, saltó a la mesa y olfateó una de las cartas. Lucía lo apartó con suavidad.
—También tú quieres ayudar, ¿eh? —murmuró ella .
Mario la observó mientras recogía los papeles y los organizaba con cuidado. Había algo nuevo en su forma de moverse, un brillo distinto en los ojos, una mezcla de miedo y esperanza, como si por fin creyera que el final podía estar cerca, aunque aún no supiera de qué tipo.
—¿Lista? —preguntó él, levantándose.
—Dame un minuto.
Lucía subió a su habitación. Desde el pasillo, se oyeron los pasos suaves sobre la madera, el chirrido de un armario al abrirse.
Cuando regresó al hall, llevaba el abrigo oscuro que había usado el día que se conocieron en el acantilado, pero también el día que fueron al registro, y a la casa del acantilado.
Lo acompañaba con una bufanda gris enrollada al cuello.
—Siempre llevas esa bufanda cuando temes lo que pueda pasar —comentó él, con una sonrisa.
—¿Y tú desde cuándo te fijas tanto?
—Desde que empezaste a parecer más decidida que asustada.
Ella rio, apenas un instante, y ese sonido, breve pero sincero, pareció aliviar algo en el ambiente. Luego guardó el cuaderno de su hermana en su bolso, con cuidado casi reverencial.
—Esta vez no lo pierdo de vista —dijo ella, aún recordando cuando les robaron el otro cuaderno.
—Ni yo a ti —respondió Mario con una media sonrisa, tomándose la licencia de decirlo sin apartar la mirada.
El gato maulló justo entonces, rompiendo la tensión que empezaba a instalarse. Ambos rieron, y el momento se disolvió en una complicidad silenciosa.
—Vamos —dijo él, abriendo la puerta .
—Espera, Mario —lo detuvo ella—. Tengo que contarte algo —volvió a decir, dudando.
—Dime —contestó él, esperando esas palabras que no llegaron.
—Nada, no es nada, tonterías mías.
—¿Seguro?
—Sí, vamos —contestó tirando de su brazo haciéndole salir de casa.