Capítulo 12 #3
A mediodía, almorzaron juntos en la galería que daba al jardín.
Con la niebla levantada, el sol bañaba el suelo de piedra y hacía brillar los cristales de las ventanas.
Comieron un poco de queso y jamón, acompañados por un poco de pan.
No hablaron de Sara, ni del pasado. Solo del mar, del tiempo cambiante, del gato que dormía enroscado bajo la mesa.
—¿Sabes? —dijo Mario—. Hace mucho que no paso un día sin pensar en el trabajo, en los casos, en las pistas y en los informes.
—¿Y ahora lo estás haciendo? —preguntó ella.
—Ahora… intento no hacerlo —respondió él, mirando hacia el jardín.
—Eso ya es un comienzo.
Por la tarde, el cielo se nubló. El aire traía un olor a tormenta lejana. Mario reunió troncos de madera seca que había cogido de la habitación de invitados, esa estancia que Lucía dijo que era de todo menos una habitación de invitados; y se dispuso a encender la chimenea.
Lucía encendió una vieja mini cadena, y puso un disco antiguo que encontró en un cajón.
Una melodía suave, instrumental, llenó la sala de estar.
Mario, sentado ya en el sofá, tras encender la chimenea, la observó en silencio mientras ella se movía por la habitación con naturalidad, como si por fin, la casa la aceptara de nuevo.
—¿Te das cuenta de que llevamos semanas sin un día así? —preguntó Mario, en voz baja.
—Sí —contestó Lucía, mirando las llamas—. Pero no quiero acostumbrarme. Cada vez que me relajo, algo sucede.
—Quizás por eso mismo, deberías hacerlo más a menudo.
La tarde transcurrió al calor de la chimenea entre silencios, conversaciones, jugueteos con el gato, que parecía conocerlos desde hace años. El disco de música se repetía una y otra vez en bucle, sin ser pesado; más bien los relajaba.
La noche cayó de golpe y los hizo despertar de esa calma en la que llevaban horas inmersos.
La chimenea se estaba apagando, pero ya había cumplido su misión.
Lucía se levantó para bajar las persianas y cerrar la puerta de casa; entonces lo vio: un sobre color marfil en el suelo, sin sello ni remitente, empujado por debajo de la puerta.
Su nombre, Lucía, escrito en una caligrafía limpia y firme. Se agachó despacio y cogió el sobre.
—Mario, ven —gritó, sosteniendo el sobre entre sus manos—. Esto estaba en el suelo —volvió a decir, mientras él se acercaba a su posición .
Ninguno de los dos dijo nada más, solo se escuchaba el viento, y el leve ronroneo del gato, ajeno a todo.
De repente, la calma del día se rompió en mil pedazos.
Lucía sostuvo el sobre unos segundos más, sintiendo cómo el corazón le latía acelerado.
El aire parecía haberse congelado, Mario la observaba sin moverse, temiendo romper ese momento.
—¿Quieres que lo abra yo?
—No —respondió ella, apenas audible.
Rasgó el sobre con cuidado, el sonido del papel al romperse sonó más fuerte de lo que debía, rebotando contra las paredes. Dentro, una sola hoja, doblada con esmero. Lucía la desplegó y comenzó a leer.
“Lucía, no confíes en lo que crees recordar. No todos los que te hablan de Sara desean ayudarte. Algunos callan porque tienen miedo, y otros porque participaron, aunque no directamente o sabiéndolo.
Si has vuelto a la casa, sabrás ya que la verdad no está bajo el suelo, si no en lo que se oculta encima de ti. No busques en los túneles, busca donde la luz se apaga”.
Lucía alzó la vista hacia el techo, donde las vigas proyectaban sombras irregulares.
—Lo que se oculta encima de ti, busca donde la luz se apaga —dijo Lucía en voz baja—. Podría referirse al desván… allí la luz se apaga antes que en cualquier otro sitio.
—¿Quién ha podido dejar esta carta? —preguntó Mario, pensativo.
—Sea quien sea, nos está observando y sabe demasiado .
—Sí, pero en esta ocasión no parece la carta de un enemigo, sino, todo lo contrario, de alguien que quiere ayudarnos —objetó él.
—O eso quiere que pensemos… igual solo quiere despistarnos y que dejemos de investigar en la casa del acantilado —comentó ella, confusa.
—¿Subimos al desván?
—No, mejor mañana, con la luz natural; veremos mejor —dijo ella.
La noche se estiró interminable sobre la casa familiar.
Lucía no pudo conciliar el sueño, daba vueltas en la cama, escuchando cada crujido de la madera y cada golpe leve del viento contra las ventanas.
De vez en cuando, el gato maullaba, echado a pie de cama, inquieto, como si presintiera algo que los humanos no alcanzaban a ver.
En la habitación contigua, Mario tampoco dormía.
Había encendido una vela y repasaba, una y otra vez, la carta, subrayando con el dedo las palabras “busca donde la luz se apaga”, intentando hallar un sentido más allá del literal.
Pero siempre regresaba a lo mismo: el desván.
Allí, la luz se desvanecía al caer la tarde, y no volvía hasta el amanecer siguiente.
Eso, unido a la frase "encima de ti", no dejaba muchas dudas.
Cuando el primer rayo de sol se filtró por las cortinas, ambos ya estaban despiertos.
Habían cogido la costumbre de la pensión, no bajar las persianas de sus dormitorios y dejar que la luz natural les despertara.
Lucía bajó a la cocina, preparó café; el sonido de la vieja cafetera llenaba el silencio como una respiración acompasada.
Mario apareció poco después, su taza de café ya reposaba humeante sobre la mesa.
—¿Listos? —preguntó él, dando un trago largo al café.
Lucía asintió .
—Cuanto antes lo hagamos, mejor.
El gato, subido en una de las sillas, los observó con ojos atentos y la cola moviéndose lentamente de un lado a otro.
Mario se hizo con la linterna, a pesar de que el amanecer ya iluminaba buena parte de la casa, pero en el desván la luz no iluminaba todos sus rincones.
Subieron en silencio, con los peldaños crujiendo bajo sus pies.
—Mi madre siempre decía que arriba solo se guardaban cosas rotas; recuerdos que ya no servían para nada —comentó Lucía mientras subían las escaleras del desván.
—En parte tiene razón —contestó él, enfocando con la linterna—. ¿Cuántas cosas de las que hay aquí usarías ahora? —preguntó él, sin obtener respuesta.
Al entrar, volvieron a contemplar el caos detenido en el tiempo: baúles antiguos cubiertos con sábanas, muebles descoloridos, un espejo resquebrajado, una máquina de coser con una madeja de hilo aún enredada en la aguja…
El polvo se levantaba con cada paso, bailando en el aire como motas doradas. Lucía se agachó sobre un baúl.
—Este era de mi padre… —dijo, retirando la sábana que lo cubría.
Dentro había herramientas, algunas ya oxidadas, una caja de madera con fotografías en blanco y negro, y una pequeña libreta con la tapa desgastada. La hojeó, pero solo contenía cálculos, notas domésticas, nada fuera de lo común.
Mientras tanto, Mario se acercó al extremo opuesto del desván. Había una pequeña ventana, por donde entraba algo de claridad.
—Donde se apaga la luz —susurraba mientras apartaba cajas a su paso—. Aquí parece morir la luz, justo antes de esta pared —volvió a decir, esta vez en voz alta .
Lucía se acercó. Efectivamente, en la esquina más alejada, la claridad del día no alcanzaba. Una zona de sombra más densa, como si la oscuridad tuviera peso. Mario enfocaba con la linterna.
—Ayúdame a mover esto —pidió ella.
Entre ambos apartaron un arcón y un viejo mueble. El suelo de madera chirrió, y una nube de polvo se elevó, haciendo inevitable que ambos se giraran tosiendo un par de veces. Debajo, tablas diferentes al resto, más nuevas, clavadas con precisión.
—Mario… —susurró ella.
—Lo veo.
Él se agachó y pasó la mano por la superficie. Algunas tablas no encajaban visualmente con el resto.
—Esto es reciente —dijo.
—¿Crees que hay algo debajo?
—Solo hay una manera de saberlo.
Mario cogió una herramienta del baúl, una especie de martillo plano, y comenzó a hacer palanca con cuidado.
El panel cedió con un gemido bajo, revelando un hueco oscuro, apenas del tamaño de una caja mediana.
Dentro, envuelto en tela de lino, había algo.
Lucía se arrodilló junto a Mario y lo tomó con cuidado.
El polvo cubría el lienzo, pero al desplegarlo, vio lo que parecía un cuaderno de tapas negras, muy deteriorado, con un cierre metálico oxidado.
En la portada, una inicial grabada a mano: “S”.
—Sara… —susurró Lucía.
Mario levantó la linterna y la luz tembló sobre el techo. El silencio era absoluto. Por la ventana, el sol apenas alcanzaba el borde del suelo, y justo allí, donde la luz se apagaba, se encontraba otra sombra más del pasado. Antes de marcharse, él miró de nuevo alrededor .
—Espera —dijo—. Si alguien escondió esto aquí, quizá no sea lo único.
Revisaron el suelo con la linterna, tocando con cuidado cada tabla cercana. Encontraron una pluma seca, un trozo de cuerda, y una pequeña hebilla oxidada, pero nada más que revelara otro secreto. Finalmente, Lucía exhaló.
—Bajemos. No puedo leerlo aquí.
—De acuerdo —respondió él, no sin antes volver a sellar ese cacho de madera al suelo—. No quiero que nadie note que la abrimos.
Bajaron despacio, con el corazón latiendo al mismo ritmo, parecía como si la casa entera respirara con ellos.
En el salón, el gato dormía sobre el sofá, ajeno a todo.
Lucía se sentó a su lado, el cuaderno sobre las rodillas, mientras Mario metía madera en la chimenea y la prendía.
La luz de la mañana llenaba la estancia, suave y dorada, filtrándose entre las cortinas.
Durante un instante, el mundo pareció en calma.
Entonces, Lucía se dispuso a abrir ese nuevo cuaderno de su hermana.