Ecos en la niebla Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—No puedo hacer otra cosa —admitió ella—. No puedo irme sin entender qué pasó con Sara… no otra vez .

—Lo sé. A veces creo que no te das cuenta de lo valiente que eres.

—No soy valiente —replicó ella, sonriendo levemente—. Solo terca.

—Entonces la terquedad es una forma de valentía —dijo él.

Sus miradas se cruzaron un segundo más de lo necesario. Algo en el aire cambió, una cercanía y complicidad nueva, aún contenida. Lucía bajó la vista.

—Será mejor que comencemos a limpiar nuestras habitaciones, si no queremos morir esta noche tragados por el polvo —dijo ella, riendo.

—Sí… buena idea —contestó él—. Por cierto, yo tampoco estoy acostumbrado a que me persigan, ¿eh? —dijo, rieron ambos.

Cuando subieron a sus habitaciones, el aire de la casa parecía distinto, menos hostil, como si los muros hubieran escuchado y, por un momento, hubieran decidido dejarles en paz.

Pasaron lo que restaba de la tarde ventilando y limpiando a fondo sus respectivas habitaciones, poniendo sábanas limpias que, por suerte, habían encontrado en un armario bien cerrado, que no habían sido invadidas por el polvo.

Mario fue el primero en terminar, su habitación era más grande que la de Lucía, pero más vacía, la de ella aún tenía estanterías llenas de libros y muñecas, por lo que le llevo más tiempo.

Tiempo que aprovechó Mario para acercarse a un bar cercano, donde compró un par de bocadillos de tortilla de patata y dos botellines de agua, y también pidió el favor al camarero de que le pudiera dar un par de sobres de café y de azúcar.

Un rato más tarde, ambos se encontraban cenando en el sofá del salón .

—Ahora a descansar —dijo Lucía, tras acabar el último cacho de bocadillo—. Ha sido un día largo.

—Sí, aunque me temo que después de lo de esta mañana cualquier ruido volverá a parecernos un intruso.

—Entonces —dijo ella, alzando la cabeza con una sonrisa—. Más nos vale acostumbrarnos a los gatos.

—Así es, al menos sabemos que a nuestro huésped le gustan las colonias, tiene toda la pinta de que fue ese gato quien derramó el frasco de colonia esta mañana en la habitación —comentó él, riendo ambos.

La luz del amanecer se filtraba por las cortinas del cuarto de estar, tiñendo el aire de un tono dorado y cálido. La casa olía a madera y a café recién hecho.

Lucía se despertó; por primera vez desde su regreso, sintió algo parecido a la calma.

Había dormido poco, entre sueños confusos y despertares inquietos, pero al abrir los ojos y escuchar el cantar de los pájaros, comprendió que necesitaba esa quietud.

Se vistió sin prisa y bajó las escaleras descalza, siguiendo el aroma que subía proveniente de la cocina.

Mario estaba de pie junto a la ventana, sosteniendo una taza entre las manos.

Llevaba la camisa remangada y el pelo alborotado; parecía un poco fuera de lugar, como si aún no se acostumbrara a habitar en esa casa cargada de recuerdos.

—Buenos días —dijo él, girándose con una sonrisa tenue—. Espero que no te moleste; encontré una cafetera en la alacena.

—Buenos días. Si has conseguido que esa cafetera funcione, mereces una medalla —respondió ella, divertida.

—Digamos que ha sido un trabajo de fe .

—Por cierto, ¿de dónde has sacado el café?

—Uno que tiene sus recursos —respondió riendo.

Lucía se sirvió una taza y se sentó frente a la mesa. El sol entraba a ráfagas por la ventana, iluminando el polvo suspendido en el aire. Durante unos segundos, ninguno habló, disfrutaban del simple hecho de estar allí, sin sobresaltos.

—¿Dormiste algo? —preguntó ella.

—Lo justo para soñar con gatos que maúllan en los desvanes —bromeó él.

Lucía sonrió, pero enseguida bajó la mirada.

—Anoche… cuando subimos —empezó, dudando—, tuve la sensación de que algo nos observaba. No el gato. Algo más.

—Yo también lo sentí —dijo sin apartar los ojos de ella—. Pero quizá fue solo el miedo. Después de todo lo que ha pasado… cualquiera imaginaría cosas.

—Quizá —contestó ella, aunque su tono no sonaba del todo convencida.

Afuera, el sonido lejano del mar llegaba más nítido que nunca, mezclado con el graznido de las gaviotas. Por un instante, pareció que todo lo ocurrido en los últimos días era solo un mal sueño.

—¿Sabes? —dijo él, cambiando de tono—. Esta casa tiene algo acogedor, a pesar de todo.

—Sí —respondió ella—. Es extraño, pero siento que puedo respirar aquí. Aunque… no deja de ser un lugar lleno de fantasmas.

—A veces los fantasmas no asustan —replicó él con suavidad—. Solo nos recuerdan lo que dejamos atrás.

Lucía lo miró, y una chispa de complicidad cruzó entre ambos.

Era de las pocas veces que la conversación no giraba en torno a pistas, desapariciones ni sospechas.

Solo eran dos personas compartiendo una mañana, un café y un silencio que, por primera vez, no dolía.

El gato apareció en ese momento, flaco y sigiloso, deslizándose bajo la mesa. Lucía lo miró con ternura.

—Parece que tenemos compañía —dijo Mario agachándose para acariciarlo, pero el animal lo esquivó y fue a recostarse a los pies de ella—. Ya tiene favorita —dijo él.

—Debe de tener buen instinto —respondió ella, con una media sonrisa.

Después del desayuno, Lucía abrió las ventanas del salón para que se ventilase la casa.

Las cortinas se movían suavemente con la brisa, y el sonido del mar parecía colarse en cada rincón de la casa, como si el océano vigilara desde lejos.

Mario había encontrado un viejo cuaderno de dibujo sobre una repisa, lleno de bocetos a lápiz.

Retratos inacabados, paisajes costeros, rostros apenas esbozados.

—¿Eran tuyos? —preguntó, hojeando con cuidado.

Lucía lo observó en silencio antes de asentir.

—Sí… hacía años que no los veía. Sara y yo solíamos pasar las tardes en el jardín. Ella leía, y yo dibujaba.

—Tienes talento —comentó él, sincero—. Hay algo… melancólico en estos trazos.

—Es que casi todo lo que recuerdo tiene un poco de melancolía —respondió con una sonrisa suave, mirando por la ventana.

Durante un rato, se dedicaron a ordenar y limpiar pequeños rincones: el viejo aparador del pasillo, una cómoda repleta de objetos que pertenecieron a sus padres.

El mueble del recibidor, la cocina… Cada cosa parecía guardar una historia, un eco del pasado que seguía vibrando en la casa.

Mario, con respeto, limpiaba el polvo de las estanterías, mientras Lucía doblaba con cuidado las sábanas qu e hasta hace un día, habían cubierto los muebles y el sofá.

Después, decidieron salir a hacer unas compras. El camino al mercado se extendía entre casas de piedra y ladrillo, arbustos húmedos por el rocío y el rumor constante del mar al fondo.

—Parece mentira —dijo Lucía, mirando el horizonte—. Este camino lo hacía de niña, con mis padres.

—¿Y siempre había niebla así?

—Sí, aunque creo que entonces no me parecía tan espesa.

—Quizás porque la infancia siempre se ve con más claridad que el presente —reflexionó él.

Llegaron al mercado, un pequeño recinto de piedra y madera con unos pocos puestos abiertos. Lucía compró algo de fruta, queso, jamón serrano, carne, huevos, pasta y bombillas, y, después de dudar unos segundos, unas latas de comida para gatos.

—Así que tenemos nuevo inquilino oficial —dijo él.

—No puedo echarlo. Y, además, hace compañía —contestó ella poniendo carita—. A veces parece que entiende más de lo que muestra.

—Eso mismo pensaba de ti —bromeó él, y ella le lanzó una mirada fingidamente severa antes de sonreír.

—Vamos a comprar pan, anda —dijo ella, tirándole una mirada de querer pegarle una colleja por la broma, pero con una sonrisa incluida.

—Sí, mi capitana —contestó él, riendo.

Caminaron en dirección a la panadería, hasta que Lucía se detuvo en seco.

—Espera… ahora vuelvo.

En la tienda, se encontraba su madre, haciendo una pequeña cola para ser atendida. Mario no quiso acercarse; decidió ir a la panadería, donde compró un pan de leña recién hecho, aún caliente en sus manos.

—No te veía —dijo Lucía al verlo.

—Aproveché para comprar el pan. ¿Qué tal con tu madre?

—Bien, supongo. Me ha contado lo que iba a comprar y a cocinar. Poco más.

—Bien.

Regresaron a casa. El gato los recibió, restregándose entre las piernas de Lucía, como si llevara horas esperándolos.

Dejaron las bolsas sobre la mesa de la cocina, Lucía suspiró y se quedó un instante contemplando la estancia.

El silencio era distinto ahora, lleno de vida cotidiana, el goteo del grifo sobre el fregadero, el leve zumbido del viento, el crujido de la madera.

Por un momento, se permitió pensar que las cosas podían empezar a recomponerse.

—Aún no me explico cómo tu madre no dio de baja la luz ni el agua, tras dejar la casa —dijo Mario, comenzando a poner bombillas en cada habitación.

—No lo sé… quizá tenía la esperanza de que algún día, yo regresara de Madrid, para volver a vivir aquí —respondió ella, lentamente.

—¿Te gustaría?

—La verdad, creo que no… Yo de pequeña decía que viviría siempre aquí…

—Las cosas cambian… lo sé.

—Sí, sin ella… y sé que aquí tengo a mi madre, pero, no siento que aquí pueda llegar a ser feliz —dijo ella, mirando a la nada.

—Por eso te fuiste en su día.

—Sí. Y la realidad es que en Madrid tampoco tengo nada importante que me ate; el trabajo y algunas amistades, pero… allí al menos tengo una mínima sensación de poder ser feliz. No sé si me explico.

—Perfectamente, te entiendo. Aquí te ata más la tristeza, el recuerdo.

—Exacto —dijo ella, a la vez que sentía la mano de Mario apoyarse sobre su hombro—. Pero no te emociones, que calefacción no tenemos; la caldera está rota y supongo que obsoleta —volvió a decir, cambiando la conversación con una sonrisa.

—Bueno, he visto que hay mantas —rio.