Capítulo 12
El amanecer llegó gris, cubierto de nubes.
La lluvia había cesado, pero el aire conservaba ese olor húmedo a madera hinchada y sal.
Lucía apenas había dormido. El recorte del periódico seguía sobre la mesa, junto al portátil de Mario.
Las palabras impresas parecían mirarla desde el papel con la misma obstinación que el rostro borroso de Sara.
Mario despertó al oír la puerta del armario.
Ella estaba ya en pie, vestida, guardando el cuaderno en su bolso.
—¿A dónde vas? —preguntó él, incorporándose.
—A casa.
Su voz sonó tranquila, pero había en ella una firmeza que no admitía réplica.
—¿Ahora?
—Sí. Aquí no estamos a salvo. Lo sabes.
Mario se pasó una mano por el rostro, aún adormecido.
—¿Y crees que allí lo estaremos más?
—No lo sé —respondió ella—. Pero al menos no tendré que temerle a las sombras de otros. Prefiero las mías.
Doña Inés los encontró poco después en el vestíbulo. Su bata gris estaba abrochada a medias y sus ojos mostraban ese cansancio de quien ha pasado la noche escuchando más de lo que hubiera querido.
—Os marcháis —dijo, sin preguntar, al observar la maleta de Mario.
—Sí —respondió Lucía, con una leve sonrisa agradecida.
—¿Sabéis? Anoche… oí pasos en el pasillo. Pensé que era el viento, pero el viento no abre cerraduras —comentó preocupada—. Ya he llamado al cerrajero para que la cambie.
—¿Se llevaron algo? —preguntó Mario.
—No, eso es lo extraño. Nada.
Ambos intercambiaron una mirada, sin decir palabra alguna. Mario acompañó al mostrador a doña Inés, para abonar el dinero de su hospedaje durante estas últimas semanas, mientras Lucía salía con el equipaje de Mario y lo metía en el maletero del coche de él.
El mar, apenas visible, rugía con un eco profundo, como si respirara. El coche avanzaba lento, Mario encendió la radio, rompiendo el silencio. Lucía miraba por la ventanilla las calles que conocía de memoria, cada esquina, cada casa, cada farola… todo igual y, sin embargo, todo distinto.
Al girar la última esquina, divisaron la casa. Mario aparcó justo delante de la puerta, detrás del coche de Lucía, el cual llevaba parado desde hacía varias semanas.
Desde fuera, no daba la sensación de que la casa llevara años sin habitar, excepto si te fijabas en la entrada, donde un pequeño jardín se encontraba totalmente abandonado, lleno de maleza .
La llave abrió la puerta, que chirrió con delicadeza, dándoles la bienvenida. Lucía se detuvo en el umbral. El aire tenía un peso distinto allí, era como si la casa hubiera estado esperando.
—Bienvenida a casa —murmuró Mario, intentando sonreír.
Ella no respondió. Entró primero, despacio, observando cada rincón como si caminara por un recuerdo.
El olor a polvo y madera vieja le envolvió.
Los muebles cubiertos por sábanas, las mismas paredes que guardaban ecos de risas antiguas y promesas rotas.
En el salón, el reloj de pared ya detenido, marcaba las 4:26.
Se acercó a la ventana apoyando su mano sobre el cristal.
—Parece que nada ha cambiado —susurró.
—Excepto tú —respondió él, desde atrás.
Ella se giró y lo miró. Por primera vez en mucho tiempo, la determinación y el miedo se confundían en su rostro.
Subieron juntos las escaleras. El crujido de cada peldaño resonaba como un aviso.
Al llegar al pasillo, Lucía se detuvo delante de la habitación de sus padres.
La puerta estaba entreabierta. Dentro, el aire olía a humedad y a algo más, una fragancia leve, floral, que no podía ser natural después de tantos años.
—¿Lo hueles? —dijo ella.
—Sí —respondió Mario, observando la habitación, hasta dar con algo que llamó su atención, se agachó, poniéndose de cuclillas—.
Mira esto, un pequeño frasco de colonia roto —volvió a decir pasando sus dedos por el suelo—.
Sigue húmedo, este frasco se ha roto hace poco, puede que hace minutos, o horas…
pero no mucho más. ¿Estás segura de que estaremos a salvo aquí ?
—Ya lo descubriremos —contestó ella, también agachada, recogiendo el frasco roto—. Puedes dormir en esta habitación.
—¿Estás segura?
—Sí, la habitación de invitados, a saber cómo estará… los últimos años era más un trastero que una habitación. Aquí estarás mejor.
—Está bien, gracias.
Dejaron la habitación, de nuevo en el pasillo. Un leve crujido de madera les hizo detenerse durante unos segundos, y después, de nuevo la calma.
—Parece que la casa nos da la bienvenida —susurró Mario.
—Eso parece —contestó ella, medio en alerta.
A continuación, se dirigieron hacia la habitación de Lucía, donde, llena de recuerdos de infancia, comprobó que todo estaba tal y como lo dejó, solo hacía falta ventilar y una limpieza a fondo.
Regresaron a la planta inferior. La cocina necesitaba también una limpieza a fondo antes de hacer la compra.
El sol hacía acto de presencia, pero la casa todavía parecía conservar la tibieza del atardecer; las sombras se deslizaban lentas por las paredes de la sala de estar, mientras el polvo flotaba en el aire como si todo el lugar respirara despacio, a su propio ritmo.
Lucía encendió una vela que encontró en uno de los cajones del mueble.
La llama tembló un segundo, luego se estabilizó, llenando el lugar de un resplandor dorado.
Mario se acercó despacio, posando la mano sobre su hombro.
—Es tu casa. Y también el único sitio donde puedes sentirte mejor —dijo él .
—O el más peligroso —respondió ella, esbozando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Se sentaron frente a la chimenea, apagada. El sol se había ocultado de nuevo. La luz de la vela les dibujaba los rostros con un aire de complicidad silenciosa. Lucía jugueteaba con el cuaderno de notas, repasando las páginas llenas de garabatos y fechas.
—Cuando era pequeña, Sara y yo dormíamos en la misma habitación.
Ella me contaba historias inventadas antes de dormir…
cosas imposibles sobre sirenas que vivían bajo el acantilado, o sobre la campana de la iglesia que sólo sonaba cuando alguien mentía.
—Hizo una pausa—. A veces pienso que toda esta historia empezó ahí, en sus cuentos.
—Tal vez no eran tan inventados —dijo él, mirándola con una mezcla de ternura y desvelo.
Un golpe seco resonó en la parte alta de la casa. Ambos alzaron la vista al mismo tiempo. El sonido había sido claro, deliberado. Como si algo o alguien se hubiese caído en la parte de arriba.
—Viene del desván —susurró ella.
—¿El viento? —preguntó él, también en un tono de voz moderado.
—En el desván no sopla el viento. No de esa forma. No estamos solos —añadió.
Por un momento, el silencio se volvió tan espeso que parecía un personaje más. Lucía cerró el cuaderno con suavidad, y lo dejó despacio encima del sofá.
Mario se levantó, se dirigió hacia el hall donde habían dejado las maletas, y sacó la linterna.
—¿Estás preparada? —preguntó él, encarando las escaleras, a lo que ella contestó con un gesto de afirmación .
Las escaleras al desván eran estrechas, casi escondidas tras una puerta baja al final del pasillo.
El aire allí olía a cerrado y a polvo. La luz de la linterna iluminaba los peldaños.
El desván se abrió ante ellos como una caverna dormida.
Montones de cajas apiladas, otras aplastadas, un baúl abierto en el que se asomaban telas de diferentes colores y tejidos.
El polvo bailaba en el aire con un compás hipnótico.
No parecía haber nadie, pero la sensación de que alguien acababa de estar allí seguía suspendida, densa, imposible de ignorar.
El desván estaba igual que como Lucía lo recordaba, aunque más triste, más cansado. Pasó la mano por una de las sábanas que cubría un viejo mueble, levantando una nube de polvo.
—Aquí solíamos jugar Sara y yo —murmuró—. Inventábamos historias sobre tesoros escondidos.
Mario avanzó unos pasos.
—Mira —dijo agachándose, enfocando con la linterna—. Esta caja está caída, seguramente sea el ruido que escuchamos. Fíjate, por esta parte la caja no tiene polvo, lo que indica que era el lado por el que estaba apoyada —susurró.
—Sola no se ha podido caer —contestó ella, mientras Mario enfocaba con la linterna por todo el desván.
De repente, algo al fondo del desván crujió. Luego, algo se movió en la oscuridad, un ruido rápido de unos pasos. La linterna temblaba mientras enfocaba.
—¿Has visto eso? —preguntó ella con un hilo de voz, conteniendo el aliento.
Antes de que Mario respondiera, una figura negra saltó entre las cajas y corrió hacia las escaleras, chocando en el camino contra una de las cajas.
Lucía soltó un grito ahogado. Un gato, uno gris, que desapareció escaleras abajo.
Durante unos segundos hubo silencio, sus corazones martilleaban sus pechos.
—Un gato, un gato… —repitió Mario, riendo con alivio.
—Joder, qué susto —soltó ella, aún con el corazón acelerado.
Mario salió primero, sosteniendo la linterna. Lucía se detuvo un instante antes de iniciar la bajada, mirando el desván de nuevo en calma. Regresaron al salón, donde se volvieron a sentar en el sofá, todavía con la respiración agitada.
—Tenías razón, no estábamos solos —dijo él, riendo.
—¿Y qué querías qué pensará? —contestó riendo—. Además, tú también estabas acojonado.
—¿Yo? Qué va… —respondió él riendo de nuevo.
Lucía soltó una risa breve, casi infantil, y ese sonido llenó la habitación con algo que hacía tiempo no habitaba allí, ligereza. Mario la observó, sin disimular del todo el brillo curioso en su mirada. Lucía se dio cuenta, y enseguida apartó los ojos hacia la ventana.
—Hacía mucho que no reía en esta casa —dijo en voz baja.
—Entonces supongo que ya le estamos devolviendo algo de vida —respondió él.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino cálido. Lucía jugueteó con una hebra suelta del cojín del sofá.
—A veces pienso que esto nos viene demasiado grande, al menos a mí. Tú estás más acostumbrado, es tu trabajo, pero a mí… yo no estoy acostumbrada a que me persigan —objetó con serenidad.
—Y, sin embargo, sigues. No todos lo harían.