Capítulo 11 #3
Su voz se deshizo entre las paredes húmedas, devuelta por un eco que sonaba a burla. Lucía subió también. El aire estaba más denso, húmedo, con olor a tierra vieja.
—Nos han encerrado… —murmuró él.
—¿Quién haría algo así?
—Alguien que no quiere que sepamos lo que hay aquí abajo, o lo que hubo.
El silencio brotó como las raíces en el túnel, solo sus respiraciones se oían, rítmicas, contenidas. Lucía apoyó la espalda contra la pared, sintiendo el frío de la piedra atravesarla la ropa.
—No… no hay aire —dijo en un hilo de voz.
—Respira despacio —aconsejó Mario—. No es falta de aire, es miedo.
Las linternas parpadearon; por un instante todo quedó a oscuras. Lucía se aferró al brazo de Mario, y este la abrazó sin pensarlo, notando el temblor que recorría su cuerpo.
—Tranquila —susurró—. Estoy aquí.
Sus respiraciones se mezclaron, rápidas al principio, luego más lentas. El silencio volvió, pero con un matiz distinto, ya no era amenaza, sino una pausa cargada de latidos. El contacto, leve pero constante, los ancló al presente.
—No soporto los espacios cerrados —confesó Lucía, apenas audible.
—Tranquila, saldremos de aquí —respondió él, con una calma que no sentía—. Volvamos abajo .
Volvieron a la cámara subterránea, Lucía tomó el cuaderno entre sus manos frías.
El cuero estaba húmedo, blando al tacto, lo abrió con cuidado.
Las primeras páginas estaban casi borradas, pero aún se adivinaba su contenido, con una caligrafía fina, inclinada, idéntica a la que recordaba de su hermana.
“Él lo sabe, me vio salir. No puedo seguir fingiendo. He visto lo que ocultan bajo el suelo… había un cuerpo cubierto con una sábana, y sangre alrededor. ¿Por qué los abuelos permitían esto? ¿Lo sabrían?”
El corazón de Lucía golpeó su pecho con más fuerza, acelerado.
—¿Un cuerpo? —preguntó ella en voz baja, sin obtener respuesta—. Mario… lee esto —dijo a la vez que le tendía el cuaderno.
Él leyó en voz baja, con la respiración contenida.
“La cofradía marítima hace aquí sus reuniones y pactos, donde la piedra respira”.
—¿Qué opinas? —preguntó Lucía.
—Bueno… creo que es un buen lugar para hacer reuniones y pactos, sobre todo si no son del todo legales. Sobre Sara, parece que lo descubrió… y eso la asustó.
Un murmullo se deslizó entre las sombras, apenas un roce de aire, ambos se giraron hacia el túnel, apuntando con la linterna hacia la oscuridad. Nada, solo el eco de su propio miedo.
—Y, ¿si no salimos de aquí?
—No digas eso —respondió él, sin apartar la linterna del fondo .
Lucía apoyó la cabeza contra su hombro, cerrando los ojos. Mario la rodeó con un brazo, como si ese gesto pudiera detener el temblor que cargaban. Durante un instante, solo existieron ellos dos, respirando juntos en la oscuridad.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Mario agarrando de la mano a Lucía.
Lucía guardó el cuaderno y la llave en su mochila, para a continuación, emprender la subida por el túnel. Una vez arriba, observaron con las linternas la losa de piedra.
—Si pudimos abrirla entre los dos, podremos ahora también —dijo él, colocando la linterna apoyada en la pared, de tal modo que enfocara a la losa—. ¿Estás preparada?
—Sí —contestó, no muy convencida.
Empujaron la losa con ambos brazos hacia arriba. Nada. En un segundo intento la losa se movió unos centímetros, llenando el aire de polvo. Tuvieron que dejar de empujar, para tomar aire.
—No vamos a salir de aquí… —susurró ella, poniéndose en lo peor, apoyándose sobre la pared.
—Saldremos —dijo él, respirando hondo para recuperar fuerzas, y la abrazó.
Se fundieron en un abrazo frío, pero a la vez acalorado, lleno de miedo, de inquietud, temiendo un final que ninguno deseaba.
Varias lágrimas emergían de los ojos de Lucía, cayendo por su rostro e impactando contra el cuello de Mario, que las sintió como un río fluyendo.
Eso no le hundió, todo lo contrario, le llenó de fuerza y de optimismo.
Se separó de ella con delicadeza, y comenzó a tantear la losa, cada lado, cada detalle, buscando algo donde agarrarse .
—Vamos, Lucía. Una vez más —dijo con las manos apoyadas en la piedra fría, en una posición diferente a la anterior.
Fue entonces, con un crujido grave, la losa se levantó un palmo, filtrándose la luz tenue, sucia, pero suficiente.
Mario hizo un extra de fuerza para terminar de desplazar la losa y poder subir.
Una vez fuera, tendió la mano a Lucía para ayudarla a salir.
Cuando ambos estaban fuera, el aire les golpeó con fuerza, pero ese aire olía a vida.
Quedaron de rodillas sobre el suelo, exhaustos, con la respiración acelerada, y las manos doloridas, con marcas de la piedra sobre la piel.
—Quien haya cerrado la losa, sabía que estábamos dentro —dijo ella, con la voz entrecortada, costándole hablar.
Mario no respondió, no hacía falta, solo un gesto de afirmación se dibujó en su rostro.
Mario con un último esfuerzo y ayudándose de sus piernas, empujó la losa con todas sus fuerzas, hasta que se cerró.
El sonido fue profundo, definitivo, no hubo ni viento ni temblor, solo un golpe lento, pesado, como un suspiro que volvía a sellar la tierra.
Luego colocó las tablas de tarima en los huecos, quedando bien fijadas.
El silencio después del encierro era distinto.
Ya no era el silencio del miedo, sino el de algo que espera, agazapado.
Lucía permanecía aún de rodillas, respirando con dificultad.
Mario encendió de nuevo la linterna y barrió con el haz de luz el salón.
Todo parecía igual que antes, excepto una cosa, un leve olor a tabaco flotaba en el aire.
—¿Lo hueles? —preguntó Lucía.
—Sí —respondió él—.
Se miraron, todavía con el pulso acelerado. Lucía abrió la cremallera de su mochila y sacó la llave antigua .
—¿Qué abrirá?
—No lo sé, pero lo que es seguro es que abre una cerradura antigua —respondió él.
A continuación, guardó la llave y sacó el cuaderno. Lo abrió de nuevo, buscando un sentido a esas letras.
—Mira esto… —susurró ella, pasando las páginas con cuidado.
—¿El qué?
—Hay hojas arrancadas. Al menos dos.
Mario observó los bordes rasgados, el papel desgarrado.
—Alguien no quería que leyéramos todo.
—¿Sara?
—No lo sé, pero es posible.
—Igual lo escribió y luego se arrepintió, no queriendo dejar constancia de algo —comentó Lucía, dándole vueltas a la cabeza.
Aún sentados en el suelo, apoyados contra el sofá, el aire frío seguía metido en sus cuerpos, aún con la sensación de seguir encerrados ahí abajo; solo el contacto de sus hombros los anclaba al presente.
Por un instante, Lucía cerró los ojos, la presión en el pecho comenzaba a aflojarse, pero la sensación de encierro seguía allí, clavada bajo la piel.
—No puedo creer que estuviéramos ahí abajo —dijo ella, apenas en susurro.
—Yo tampoco… —respondió él—. Pero lo importante es que salimos.
—Sí, esta vez sí.
—¿Qué quieres decir?
—Mario, alguien viene a por nosotros, y no va a parar hasta que dejemos de investigar, y ya sabemos de lo que es capaz… si tiene que acabar con nosotros, no le tiembla el pulso .
El olor a tabaco era ahora más intenso. Mario se levantó, caminó hasta la ventana y apartó una de las cortinas rasgadas.
El cristal, el único de la estancia que parecía resistir al paso del tiempo, irrompible.
Estaba empañado, alguien había dibujado con el dedo una espiral, igual que la del cuaderno.
Mario pasó su mano por el cristal, borrándolo.
—Vámonos —dijo sin apartar la mirada del exterior.
Salieron despacio, en silencio. Al cruzar la puerta, Lucía se giró una última vez hacia la casa.
El viento había empezado a soplar desde el acantilado, agitando las cortinas por dentro como si respiraran.
Por un segundo, tuvo la certeza de que la casa los observaba.
Luego bajó la mirada y apretó el cuaderno contra el pecho.
Caminaron hacia el sendero, con el cielo empezando a oscurecerse. Detrás de ellos, dejaron la casa muda, vigilante, con la losa sellada bajo sus cimientos, una parte de sus pensamientos seguían allí abajo, con la sensación de que allí podía haber acabado todo.
La lluvia comenzó a caer justo cuando entraron en las calles.
Las luces del pueblo se reflejaban en el empedrado mojado, y el sonido del agua al golpear los canalones acompañaba el paso silencioso de ambos.
Al entrar en la pensión, el pasillo estaba a oscuras, solo la bombilla del fondo iluminaba con un zumbido intermitente.
Lucía abrió la puerta de la habitación y dejó escapar un suspiro.
Todo parecía igual, pero su mirada recorrió la estancia con desconfianza, como si esperara hallar algo fuera de sitio.
—¿Quieres té? —preguntó Mario, dejando su cazadora en el respaldo de la silla.
—Por favor —respondió ella, con un hilo de voz.
Lucía se sentó en la cama y sacó el cuaderno, colocándolo sobre la colcha, con delicadeza, como si temiera que se deshiciera entre sus manos. El papel olía a humedad, a cerrado y a polvo antiguo. Cada letra parecía contener un fragmento de la voz de su hermana.
—Mira esto —dijo, señalando una página apenas legible—. Aquí Sara habla de una promesa.
—¿Qué promesa? —preguntó él acercándose a la cama.
—No lo sé… pero alguien le pidió guardar silencio sobre algo. Dice:
“No debo contarlo. Me juró que todo estaría bien. Pero bajo la casa, la verdad duele.”
Mario se sentó junto a ella; ambos leyeron en silencio, sintiendo el peso de esas palabras entre los dos.
—¿Crees que eso se lo pidió Ramiro? —preguntó él, por fin.