Ecos en la niebla Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Lo que está claro es que estas palabras son antiguas, se escribieron décadas antes de que el capitán Belda escribiera este diario de a bordo. La cuestión es, ¿por qué el capitán pegó esa hoja camuflada con el resto del diario?

—No lo sé… pero sus razones tendría —añadió Lucía.

Ella guardó el papel doblado entre sus dedos, sintiendo un leve temblor. No era miedo, sino una mezcla de expectación y vértigo. Cada descubrimiento parecía acercarla más a Sara y, a la vez, alejarla de todo lo demás. Se recostó en la silla, mirando el reflejo de la lámpara sobre la ventana.

Durante un instante creyó ver su propio rostro deformado por el cristal… hasta que notó otra forma difusa, una sombra que no se movía con ella. Alzó la vista de golpe, pero al volver a mirar, la figura había desaparecido. Su cabeza le empezaba a pasar malas pasadas.

—¿Qué pasa? —preguntó Mario.

—Nada —mintió—. Solo estoy cansada.

Lucía dejó el diario sobre la mesa. Se había vuelto más frío, más denso, como si la habitación respirara despacio, acompasada a su miedo.

Antes de echarse a dormir, miró una vez más aquella hoja; la tinta, ya casi marrón, parecía fresca bajo la luz.

Las letras parecían observarla desde la lejanía que separaba la cama de la mesa de escritorio, como si quisieran dejar allí un eco para cuando alguien algún día, lo encontrara.

El amanecer llegó con un cielo perlado, casi metálico.

Lucía no había dormido bien. El mensaje hallado en el diario seguía latiendo en su cabeza, palabra por palabra, como si la tinta aún respirara.

Se levantó envuelta en una manta y se asomó por la ventana, donde observó cómo los pescadores descargaban las redes, y los gritos de las gaviotas parecían rasgar la calma.

Mario apareció tras ella, despeinado, poniéndose una chaqueta sobre los hombros.

—¿No has dormido mucho no? —preguntó él.

—No, no puedo dejar de pensar en la frase, “donde la piedra respira…” ¿Y si no es un lugar, sino algo más? —contestó ella, obsesionada con esas palabras.

—Podría ser una metáfora —respondió él, con gesto pensativo—. Pero mejor será pensar con el estómago lleno, vamos a tomar un café.

Bajaron al puerto. Entraron a una pequeña taberna que ya conocían, “El Faro”, más vacía de lo habitual a esas horas. El camarero les sirvió dos cafés acompañados con dos tostadas untadas de mermelada, por gentileza del camarero, su mirada se demoró un segundo más de lo normal en Lucía.

—¿Te encuentras bien, Lucía? —preguntó finalmente—. Tienes mala cara.

—Solo un poco de cansancio, gracias por preguntar —respondió al camarero mientras este asintió alejándose, volviendo a sus tareas.

Mario no pudo contener una breve risa.

—¿Tan mala cara tengo?

—No… unas pocas ojeras, nada más —respondió sonriendo a la vez que recibía un suave puñetazo en el brazo por parte de Lucía—. ¿Conoces al camarero? Parecía preocupado por ti.

—Era amigo de mi padre, recuerdo venir aquí con él un par de veces por semana. Sara también venía algunos días, pero decía que se aburría, tenía otra edad. Yo por un batido de chocolate venía las veces que hiciera falta —dijo sonriendo, mientras tomaba el último trago de la taza .

—¿Estás segura de que quieres ir?

—Sí, muy segura.

Cuando salieron de la taberna, decidieron dar un paseo por el puerto, el cual se había llenado de murmullos. Dos marineros conversaban cerca de su posición y aunque intentaban disimular, Lucía alcanzó a escuchar:

—Dicen que fueron ellos los que subieron a la casa del acantilado…

—No me extraña. Esa familia siempre atrajo cosas raras —añadió otro.

Lucía se detuvo en seco.

—¿Has oído eso? —susurró.

—Sí. Pero no les preguntes —respondió Mario—. A veces, cuando un rumor se nombra, crece.

Aun así, el eco de esa frase la siguió mientras caminaban por el muelle. Un pescador mayor, con la piel curtida por el salitre, los miró pasar y se santiguó en silencio. Más adelante, una mujer barría la entrada de su casa y murmuró entre dientes algo que no pudieron entender.

—Parece que todo el pueblo sabe algo que nosotros no —dijo Lucía.

—O que todos fingen no saberlo —respondió Mario, mirando hacia los acantilados—. Y cada vez tengo más la impresión de que esa piedra… nos está esperando.

La bruma empezaba a levantarse, pero en lugar de aclarar el paisaje, lo envolvía en una luz blanca y engañosa. Lucía sintió un estremecimiento. No por el frío, sino por la certeza de que el mensaje del diario de a bordo no era una simple advertencia.

El viento soplaba desde el mar con un gemido largo, constante.

Ambos observaron la línea del acantilado desde la colina, allí, el viento soplaba desde el mar con un gemido largo, constante, con la casa de sus abuelos recortándose en el horizonte como una sombra dormida.

El cielo se estaba volviendo gris, sin amenaza de tormenta, pero con esa luz opaca que parece absorber los colores.

—¿Estás segura? —volvió a preguntar Mario, deteniéndose junto al camino de tierra.

—Sara escribió “La verdad está bajo la casa”. No podemos seguir ignorándolo.

—Lo sé. Pero después de lo que vimos allí la última vez… no éramos los únicos en esa casa.

—Precisamente por eso —lo interrumpió ella—. Si hay algo más, tenemos que descubrirlo.

Caminaron hasta la casa del acantilado en silencio, hasta llegar al gran portón, que se abrió con un chirrido familiar, como si la estancia les reconociera.

El interior estaba más frío que la vez anterior, había huellas recientes sobre la capa de polvo del hall, desde luego no eran suyas. Lucía notó cómo la piel se le erizaba.

Subieron las escaleras hasta la planta superior.

Todo parecía igual, las habitaciones vacías, los retratos cubiertos por sábanas amarillentas y la penumbra filtrándose por las cortinas.

Al pasar frente al cuarto de Sara, se detuvieron, entraron y observaron que la frase escrita sobre la pared, estaba bien borrada tal y como lo hicieron días atrás.

A pesar de borrarlo a toda prisa casi no se apreciaba que antes hubiera habido algo escrito en ese cacho de pared; solo quedaba un rectángulo más limpio, donde la pared mostraba un tono distinto al resto.

Tras comprobar que no había nadie y que todo seguía igual, bajaron a la primera planta.

—La verdad está bajo la casa… —repetía Lucía para sí misma una y otra vez.

—¿Te encuentras bien ?

—Sí. Solo que son muchos recuerdos los que me vienen —contestó con un tono de voz débil—. Empecemos por aquí.

Comenzaron a registrar el hall, las paredes, las pocas decoraciones que quedaban, el suelo…

pero nada fuera de lo común. A continuación, pasaron al cuarto de estar, donde volvieron a mirar las paredes, en la chimenea, en las estanterías, en los sofás cubiertos por sábanas…

De repente Lucía se detuvo, dando dos pasos hacia atrás, para luego volver a dar dos pasos hacia delante.

Se arrodilló en el suelo, donde el entarimado mostraba una leve irregularidad, una tabla más clara.

—Mario, aquí.

Él se inclinó y golpeó suavemente con el mango de la linterna, el sonido hueco delató un espacio vacío.

—Hay algo debajo —afirmó—. Espera un momento.

Mario se levantó y se dirigió hacia la chimenea, donde cogió una vara de hierro fina, que en su día fue utilizada para mover los maderos ardiendo en la chimenea.

Golpeó la tarima hasta que hizo una abertura, para seguido meter la punta del hierro y poder hacer palanca.

Levantó la primera tabla. Lucía comenzó a temblar, pero no le detuvo.

Siguió quitando tablas y, debajo de ellas, una losa de piedra cuadrada cubría el suelo.

En el centro de la losa, estaba grabada una espiral imperfecta, la misma forma que habían visto en el diario ya con anterioridad.

—La piedra… —susurró Lucía—. La piedra respira.

El aire que salía del interior era más frío, con olor a humedad. Lucía apoyó la palma de la mano sobre aquella losa, notando una ligera vibración, o quizá fue solo su pulso.

—¿Estás preparada para abrirla?

—Sí —contestó ella, dando un suspiro .

Entre los dos levantaron la piedra con esfuerzo.

El sonido fue sordo, áspero, y una bocanada de aire helado emergió desde las entrañas de la casa.

Una abertura cuadrada, apenas de un metro de ancho, se abría hacia un túnel descendente.

El suelo era de piedra y tierra apisonada; de las paredes colgaban raíces oscuras, húmedas, que parecían moverse con el aire.

—Dios mío… —murmuró Lucía—. ¿Cómo puede haber esto aquí? Era la casa de mis abuelos… —dijo sin dar crédito, mientras apuntaba con la linterna.

Descendieron con cautela, enfocando al suelo para comprobar dónde pisaban. El túnel olía a mar y a hierro. A cada paso, el eco de sus pisadas se repetía, multiplicado, como si alguien más caminara detrás de ellos.

La galería se ensanchaba en una cámara de piedra natural, excavada bajo la casa.

En el centro había una mesa de piedra cubierta por un lienzo ennegrecido.

Sobre ella, una caja de metal corroído y una vela consumida.

Lucía destapó la caja con cuidado. Dentro, envuelto en un paño oscuro, había un cuaderno delgado y una llave antigua.

El cuaderno estaba cubierto de moho, pero aún podía leerse un nombre en la portada, escrito con una caligrafía que Lucía reconoció al instante:

“Sara Ayala”

El silencio los inundó tras leer el nombre. Solo se oía el goteo del agua cayendo desde el techo. Lucía sostuvo el cuaderno entre sus manos, incapaz de respirar.

—Sara estuvo aquí… —susurró—. ¿Qué fue lo que descubriste hermanita?

De pronto, un golpe resonó sobre sus cabezas con la fuerza de una puerta sellándose. El eco se extendió por el túnel, grave, final. Mario corrió túnel arriba, enfocando con la linterna, pero solo vio piedra. La losa había caído, o alguien la había empujado desde fuera.

—¡Eh! —gritó Mario, golpeando con la mano—. ¡Hay alguien ahí!