Capítulo 10 #8
—Ya puedes salir, no hay nadie —indicó él, ayudando a Lucía a salir de allí.
En la arena húmeda, frente a la caseta, se marcaban pisadas recientes, iban y volvían en dirección al faro.
—¿Cómo era?
—Vestía de negro, tanto el pantalón como el abrigo.
—¿Ramiro?
—No, por el cuerpo parecía alguien más mayor. Sería el farero, las huellas siguen ese rumbo. Tenemos que irnos, antes de que alguien vuelva —dijo Mario, tomando del brazo a Lucía, para comenzar la marcha.
Caminaron en silencio. Ella había guardado el diario de a bordo dentro de una mochila negra, pequeña, que llevaba colgada a la espalda.
En su interior, descansaban los dos diarios, obligados a sacar la luz el pasado.
El viento traía olor a mar y café recién hecho, las barcas se mecían suavemente contra el muelle.
Mario iba unos pasos por delante, pensativo y con la mirada fija en el suelo.
La pensión los recibió con el crujido de su vieja puerta de madera. Doña Inés, la dueña, no estaba en la recepción. Solo un gato dormía sobre un tapete raído. Subieron las escaleras, Mario sacó la llave de la habitación mientras avanzaban por el pasillo. La puerta se abrió con un leve chirrido.
El primer golpe visual fue el desorden. Las sábanas arrancadas de la cama, yacían en el suelo.
Los cajones abiertos, libros por el suelo.
La manta que Lucía había doblado y dejado sobre la silla también se encontraba en el suelo.
Incluso una vela que estaba sobre la mesa estaba rota en dos.
El armario abierto, con la ropa de Mario desordenada.
Encima de la cama estaba el portátil de Mario, encendido.
—¿Tenías algo importante?
—No, de todas formas se necesita contraseña para acceder —contestó él mientras se sentaba en la cama y ponía el portátil sobre sus piernas—. ¡Joder! Me lo han bloqueado tras varios intentos de iniciar sesión.
—¿Podrás desbloquearlo?
—Sí, en teoría el ordenador tiene un tiempo concreto, que ahora mismo no sé de cuánto es, pero tras pasar ese periodo, deja volver a meter la contraseña.
Mario se levantó, fue hacia el baño, para comprobar que no hubiera nadie, mientras Lucía recogía la ropa del suelo. Debajo de una camiseta se encontraba la cartera de Mario, junto con algo de dinero y algunas tarjetas, se quedó mirando una de ellas, su gesto cambió de golpe.
—¿Estás bien? —preguntó él, al verla de cuclillas observando su tarjeta de crédito.
—Sí, perdón, tu cartera estaba tirada; parece que no se han llevado ni el dinero ni tus tarjetas —contestó ella.
—Estás pálida, ¿seguro que te encuentras bien? —La volvió a preguntar ayudándola a levantarse .
—Sí, solo me ha dado un pequeño mareo —contestó Lucía, sentándose en la cama—. En seguida se me pasa, habrá sido del susto.
Ambos se quedaron en silencio, asimilando lo que acababa de ocurrir, con el miedo en el cuerpo. Revisaron toda la habitación con la mirada. No había signos de violencia, más allá del caos, pero ninguna cerradura forzada, ninguna huella. Pero cada objeto desplazado era una intrusión en su intimidad.
—Los papeles del registro —dijo Lucía, mirando a la mesa—. No están —volvió a decir mientras buscaba en el suelo, en los cajones, entre las sábanas del suelo.
—Aquí, ven. Debajo de la almohada hay una nota —reveló él.
Lucía se acercó hasta la cama.
—Sara siempre dejaba chuches y notas bajo la almohada —susurró.
Tomó la nota en sus manos, y la desplegó. La letra era firme, antigua, escrita con pluma:
“Hay historias que deben quedarse bajo el mar. No las saques a flote”.
No había firma. Solo una pequeña marca a pie de página, tres círculos entrelazados.
—El mismo símbolo del diario —añadió él.
Lucía asintió, sintiendo cómo la sangre le golpeaba en las sienes.
—Nos están vigilando. Quieren que dejemos de investigar —susurró Mario.
—Ha sido culpa mía… se me olvidó guardar ese papel junto al resto —dijo Lucía con culpabilidad .
—No es culpa tuya. Aunque no hubieran encontrado nada, saben perfectamente lo que estamos investigando. El que haya entrado, no buscaba ese papel, buscaba el diario de Sara, el colgante… o algo más que desconocemos —comentó él dándola un breve abrazo.
—¿El diario de a bordo?
—No lo creo. Si Claudio nos contó la verdad, nadie sabe de la existencia de este diario. Todos piensan que se hundió con el Santa Alba.
—Siempre que la hija de Ramiro no lo contase…
—Si lo hubiera contado, ese diario no lo habríamos encontrado nosotros hoy, ¿no crees?
—Sí, es cierto. ¿Deberíamos avisar a la policía?
—No se han llevado nada de valor, no creo que sea buena idea. No nos podemos fiar de nadie. Y, ¿avisar a quién? ¿A la policía que lleva décadas callando?
Ella no respondió. Mario se acercó a ella y agarró su mano, intentando calmar su temblor.
—Entonces no confiaremos en nadie. Pero no nos vamos a detener.
Lucía respiró hondo. El miedo era real, tangible, pero también tenía la certeza de que estaban cerca de algo importante. Demasiado cerca.
La tarde cayó densa sobre el puerto, con ese gris apagado que hace parecer que el día nunca existió del todo.
Desde la ventana de la habitación, Lucía observaba cómo la niebla volvía a tragarse las barcas.
Todo le parecía demasiado quieto, demasiado igual, como si el pueblo fingiera normalidad mientras algo se movía bajo la superficie .
El papel desaparecido del registro le quemaba en la mente.
No tanto por lo que decía, era una simple anotación de nombres y fechas, sino por lo que representaba, alguien sabía que lo tenían.
Mario caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto.
La habitación había vuelto a la normalidad la ropa colocada en el armario, los libros bien colocados encima de la mesa, la manta doblada sobre la silla, la cama hecha, el cuarto de baño colocado.
Solo había sufrido la caída al suelo de objetos como el gel, el champú y las toallas, no había mucho más que desordenar.
—Sabían exactamente qué buscar —dijo ella, sin apartar la mirada de la ventana.
—Crees que alguien nos siguió, ¿verdad? —preguntó él.
Lucía lo pensó. Recordó el sonido de pasos tras ellos la noche anterior, un reflejo fugaz en un escaparate. Lo había descartado como paranoia.
—Si fue así, no es la primera vez —susurró—. Desde que empezamos, tengo la sensación de que alguien nos sigue el paso.
Mario se acercó al escritorio y observó en uno de los cajones algo extraño.
—Mira esto —dijo, señalando la esquina de la mesa—. No es madera rota. Son arañazos recientes, como de una llave o una navaja.
—¿Intentaban abrir algo? Igual pensaron que podría tener un doble fondo —comentó ella.
—Puede ser… o simplemente dejarnos un aviso, otro más.
Lucía se sentó al borde de la cama, exhausta. Sentía una mezcla de impotencia y miedo que apenas podía disimular .
—Quizás deberíamos parar un par de días —murmuró ella—. Ordenar lo que sabemos.
—¿Parar? —Él la miró sorprendido—. ¿Ahora que estamos tan cerca?
—¿Cerca de qué, Mario? —replicó, alzando la voz—. No tenemos pruebas, solo pedazos de algo que no entendemos. Y alguien ahí fuera no quiere que lo entendamos.
Mario no respondió de inmediato. Se limitó a observarla, con esa mezcla de preocupación y respeto que solo aparece cuando alguien ve a otra persona al borde del colapso, y ella se encontraba en ese punto.
—Está bien —dijo al fin, en tono calmado—. Descansaremos.
El reloj del pasillo dio las nueve. Doña Inés subió los escalones con su paso arrastrado, dejando tras de sí el eco de unas llaves que tintineaban.
Durante unos segundos, ambos contuvieron la respiración, escuchando.
La sombra de la mujer se detuvo frente a su puerta.
Luego continuó hacia el final del pasillo.
—¿Te diste cuenta? —susurró Lucía.
—Sí —contestó él, en voz baja—. Se detuvo justo aquí.
Un golpe de viento cerró una ventana del pasillo con violencia. Y durante un instante, Lucía creyó escuchar el roce de una voz femenina —muy leve, casi un suspiro— que provenía del pasillo.
“No sigas...”
Pero cuando abrió la puerta, no había nadie. Solo el corredor vacío, con olor a humedad y a pasado.