Ecos en la niebla Capítulo 10 #7
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Capítulo 10 #7

Hubo un silencio largo, casi cómodo. El tipo de silencio que se forma entre dos personas que han aprendido a no necesitar palabras. Hasta que él habló de nuevo, con voz más suave.

—¿Cómo era tu hermana?

—¿Sara? —preguntó a la vez que giraba la cabeza hacia él, sorprendida por la pregunta.

—Sí —él sonrió—. A veces me hablas de ella como si fuera una sombra, como si temieras recordarla .

Lucía bajó la mirada y dejó la manta a un lado.

—No la temo… pero recordarla duele.

El sonido de la lluvia llenó la habitación mientras ella hablaba despacio, como si cada palabra pesara.

—Sara, como ya sabes, era la mayor. Siempre lo fue todo, la que decidía los juegos con los que entretenernos, la que sabía qué decir para que mamá no se enfadara, la que encontraba respuestas para todo, yo… solo la seguía. Me cuidaba y ayudaba en todo.

—Debía de ser curiosa —dijo Mario.

—Mucho, era curiosa, intensa y tenía una manera extraña de mirar las cosas.

Decía que el pueblo escondía secretos, y que el mar no era solo arena y agua, cada vez que íbamos a bañarnos a la playa me decía esa misma frase —dijo sacando una pequeña sonrisa recordando ese momento—.

Una noche, la encontré en el desván con una vela encendida, leyendo cartas viejas.

Le pregunté qué hacía, y solo dijo: “Estoy buscando algo que papá dejó sin cerrar”.

En realidad solo eran cartas familiares, felicitando las navidades o los cumpleaños.

—Volvió a esbozar una sonrisa—. Pero para ella esas cartas eran como tesoros, y en su cabeza se convertían en historias de acción y fantasía.

Mario se levantó de la cama y se acercó a la ventana, junto a ella. Afuera, las luces del puerto brillaban como faros diminutos.

—Tal vez Sara con esa imaginación y sus ganas de conocer, se acabó enterando de más de lo que debía.

—Y ahora somos nosotros quienes seguimos sus pasos —dijo Lucía asintiendo con la cabeza.

La lluvia comenzó a caer con mucha más fuerza; ambos se sobresaltaron tras escuchar un trueno, y a los pocos segundos, la calle se iluminó con un relámpago. Lucía estiró su brazo, asegurando la ventana con el pestillo. Luego, se quedó mirando el reflejo de ambos en el cristal.

—¿Sabes? —dijo Lucía con una media sonrisa—. Sara decía que las tormentas solo asustaban a los que no entendían su idioma.

—¿Y tú lo entiendes? —preguntó Mario, sin apartar la mirada.

—Estoy empezando a hacerlo.

Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Solo se escuchaba el golpeteo de la lluvia y el peso compartido de un pasado que empezaba a volverse común.

—Mañana —dijo Mario, echándose sobre la cama—. Mañana iremos al faro.

Lucía asintió, sin decir palabra, introduciéndose también entre las sábanas frías.

El camino hacia el faro se extendía entre dunas cubiertas de hierba seca y restos de redes abandonadas.

Lucía y Mario avanzaban en silencio, siguiendo una senda apenas visible.

El faro apareció de pronto entre la bruma, una torre blanca, desconchada por algunas partes.

El faro estaba apagado. A un costado, casi oculta por las rocas, se levantaba una caseta de piedra, con las ventanas tapiadas y el tejado no daba mucha confianza, pero seguía de una pieza.

—Debe ser este el lugar —comentó ella.

—Sí, tiene pinta de que hace años que esta caseta no cumple con su función… supongo que fuera donde el trabajador del faro guardara las herramientas para la manutención del fa ro.

—Sí, así era en su día. Pero luego le habilitaron otro espacio, ya dentro del propio faro —contestó Lucía—. La puerta está cerrada.

Mario se acercó, y tras hacer una comprobación de la puerta se dio cuenta de que por ahí no iban a poder entrar, pues la puerta era de hierro y estaba bien cerrada.

—Tendremos que buscar otra forma de entrar —dijo él mientras se disponía a rodear la caseta.

Comenzaron a rodear la caseta, uno por cada lado, esquivando hierbajos y alguna que otra piedra, hasta que se encontraron en la parte trasera.

—No hay ningún hueco por donde entrar —comentó Lucía, mientras Mario seguía observando con detenimiento cada parte de la caseta.

—Solo se me ocurre una cosa…

—¿El qué?

Mario cogió del suelo una vara de hierro, fina, bastante oxidada.

—Esto servirá.

—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó ella, haciéndose a la idea de que nada bueno pasaba por su cabeza.

Mario se acercó a una de las ventanas e introdujo la vara por uno de los huecos de la tabla de madera e hizo palanca hasta que una de las tablas comenzó a crujir. Un golpe más fue suficiente para que la primera tabla cayera al suelo. Quitar las otras tres ya fue más sencillo.

—Como nos pillen… —objetó ella mirando a su alrededor.

—¿Quién va a venir por aquí?

—¿El farero, por ejemplo ?

—En tal caso vendrá cuando esté anocheciendo a encenderle… o eso espero —dijo Mario acabando de quitar la última madera—. Vamos, entremos.

Mario ayudó a Lucía a entrar por la ventana haciéndola pie con sus manos, para luego empujarla hacia arriba. A continuación, él pegó un salto y con destreza entró, estaba bastante ágil.

Una vez dentro, la penumbra les invadió por completo, solo entraba la luz por la ventana por la que se habían introducido. El suelo parecía de arena, o igual era cemento cubierto de una buena capa de arena, por algunas partes del tejado caían gotas de agua lentamente.

Sacaron la linterna y observaron cajas rotas, redes enredadas, un viejo escritorio lleno de musgo y humedad. En la pared un calendario de 2005 seguía colgado, amarillento, con las hojas arrugadas, detenido en el mes de noviembre.

Se acercaron hasta el escritorio, abrieron los cajones uno por uno.

Uno de ellos al tirar de la arandela metálica arrancó de cuajo la parte visible del cajón.

Dentro, papeles mojados, trozos de mapas, lo que parecían cartas de viajes, también había tablas con horarios sobre el encendido y apagado del faro.

Nada interesante, sin rastro de lo que andaban buscando.

A continuación, comenzaron a retirar las cajas y las redes del suelo, apartándolas hacia una esquina.

—Aquí no hay nada —dijo Lucía, acalorada por el esfuerzo, sin saber dónde mirar ya, y es que tampoco había mucho donde hacerlo, era una estancia más bien pequeña.

Mario se dirigió hacia la pared lateral, pisando con cuidado evitando pisar hierros, maderas y demás objetos.

Al llegar al viejo calendario, lo palpó, sus hojas se deshacían al tocarlas.

Levantó el calendario y allí lo vio, un agujero no muy grande, oscuro.

Con cuidado metió la mano, hasta que palpó algo, de tacto áspero y muy frío.

—¿Hay algo? —preguntó ella mientras se acercaba hasta su posición.

—Compruébalo tú misma.

—¡El diario de a bordo! —exclamó Lucía.

—Eso parece, sí.

El cuaderno estaba helado y blando al tacto; las tapas eran de cuero. Al abrirlo, un olor a sal y papel mojado emergió del interior, como si el mar hubiera quedado atrapado entre las páginas.

—Ten cuidado —advirtió Mario—. Ábrelas con mucho cuidado, están húmedas, podrían romperse o estar pegadas unas a otras.

Lucía asintió en silencio, y con todo el cuidado del mundo abrió la primera página, suavemente, con delicadeza.

La letra era irregular, marcada. En la primera página solo había escrita una frase: “Capitán Belda - Santa Alba”.

Pasó a la siguiente página. El primer registro llevaba fecha: 22 de abril de 1993.

Las primeras páginas hablaban de cargamentos, mercancías de todo tipo: ropa, alimento, donde abundaba el pescado.

Nombres de los marineros encargados de ese trayecto.

El siguiente databa del 10 de junio de 1993, misma información, cargamento, marineros, destinatario del cargamento, objeciones del capitán…

El siguiente trayecto les llamó la atención en seguida, se acercaban a la fecha que buscaban, 16 de agosto de 1993. Las primeras páginas hablaban de cargamentos, nombres de marineros, maniobras… A partir del día 20 el capitán comenzó a escribir :

“Órdenes directas del dueño, nadie debe saber lo que llevamos, es confidencial. A nosotros nos han dicho que son piezas de vidrio muy valiosas y delicadas, pero no pesa como cristal. Tres cajas”.

Lucía tragó saliva y con mucho cuidado pasó a la siguiente página.

“Faltan cinco días para echarnos a la mar con el cargamento, aún no sabemos el destino de este.

Los marineros me preguntan, ya no solo por saberlo, sino por saber los días que pasarán fuera de sus casas, de su familia.

Yo, como capitán, le he preguntado, pero me contesta que lo sabré llegado el momento.

“Faltan tres días para navegar de nuevo, seguimos sin saber el destino del cargamento. Anoche, una mujer vino al muelle. Dijo que él le había mentido. Que si zarpaba el barco, todo se perdería. No sé quién es, me miró durante un instante, sus ojos reflejaban miedo.

Sobre el cargamento, las órdenes son claras. La tercera caja nadie debe abrirla”.

Lucía cerró el diario con las manos aún temblorosas, no había nada más escrito, según don Claudio, dos días antes fue cuando la hija de Ramiro lo escondió en este lugar, de ahí que no hubiera nada más escrito, pensó ella para sus adentros.

—Sara… ¿estaría allí? —dijo, casi en un susurro—. La mujer de la que habla, ¿sería mi madre? —preguntó de nuevo, sin obtener respuesta—. ¿Mario?

Mario se acercó a la ventana, observando entre las rendijas de las tablas de madera, y con una señal mandó a Lucía guardar silencio. Tras varios minutos sin mover ni un solo músculo de sus cuerpos, él habló.

—Creo que se ha ido —dijo Mario, en voz muy baja .

Lucía con paso lento y cuidadoso, se acercó hasta la ventana.

—¿Quién era?

—No lo sé, estaba de espaldas, mirando hacia el faro.

—¿Crees que nos ha escuchado?

—No lo creo, en ningún momento se ha girado hacia la caseta. Voy a salir —dijo Mario mientras iba de un extremo al otro, hacia la ventana de la parte trasera, por donde habían entrado.

—Ten cuidado.

Mario salió de la caseta con otro salto. Con cuidado la rodeó, y ojeó la parte delantera. A continuación, regresó.