Capítulo 10 #6
El pasillo era estrecho, sin ventanas, iluminado por luz artificial.
Mario, al llegar al sitio indicado, comenzó a buscar.
Recorrió con la vista las estanterías hasta detenerse en un archivador con el título en el lomo: “Siniestros marítimos”.
Dentro, cientos de documentos, algunas hojas estaban ennegrecidas, otras rotas o rajadas.
En ellas estaban documentadas decenas de siniestros marítimos, llegó a ojear alguna de hace más de cien años, prácticamente todos los sucesos eran barcos pesqueros y mercantes.
Mario solo estaba interesado en uno, y así, fue pasando hojas hasta dar con el objetivo:
“Barco Santa Alba”
Propietario: Alfredo Dávila
Fecha de desaparición: 18 de agosto de 1993”.
—El padre de Ramiro… —dijo Mario para sí mismo. Siguió leyendo en voz baja.
“El siniestro se produjo a 124274 millas de la costa. Tres tripulantes iban a bordo. Ningún cuerpo fue recuperado. El barco se hundió en llamas debido a un gran incendio, iniciado en el motor.”
—¿Solo tres tripulantes? ¿Qué barco de esas dimensiones navega solo con tres tripulantes? —se preguntó mientras su cabeza le respondía: ninguno.
“Cargamento no declarado”.
“S.A”.
Mario sacó su teléfono móvil e hizo una foto al documento, justo a tiempo, pues unos segundos después un crujido en el suelo le hizo girarse. El hombre del mostrador apareció por el pasillo, con las manos en los bolsillos.
—¿Ha encontrado lo que buscaba? —preguntó, sin expresión alguna.
—Solo referencias generales —contestó Mario, fingiendo una sonrisa amable—. Gracias por permitirme acceder .
El hombre asintió y le acompañó hasta la salida. Antes de abrirle la puerta añadió.
—Recuerde que algunos documentos están ahí por una razón. No todo lo que se guarda merece ser rescatado, por respeto —dijo el hombre, ante la mirada asombrada de Mario—. Por si va a hacer algún reportaje, me refiero.
—Claro, no se preocupe —contestó Mario, tras unos segundos, donde entendió que el hombre se refería a no sacar a la luz los nombres de los fallecidos en la mar, aunque, a decir verdad, no tenía ni idea de esos nombres, pues él se había concentrado solo en buscar lo que le interesaba, haciendo caso omiso al resto de siniestros.
Al salir, el viento le golpeó en la cara, helado. Observó a Lucía, sentada en un banco, mirando el mar. Cuando se percató de su presencia, Mario ya estaba a su lado. Se sentó en el banco junto a ella, y sin dejarla preguntar, le dio su teléfono móvil con la fotografía abierta en la pantalla.
—S.A… Sara Ayala —susurró.
—No sabemos, puede ser la empresa, o cualquier cosa —dijo Mario, pensando que esas iniciales podían significar Sociedad Anónima. Me llama más la atención que solo fueran tres tripulantes.
—¿Y si es ella? ¿Y si Sara descubrió algo en ese barco? —Lucía seguía con esa idea en la cabeza.
Mario no contestó. Se levantó y caminó en silencio hasta el borde del muelle. El mar estaba revuelto y las olas se estrellaban contra las rocas con un sonido profundo, como si respirara con furia contenida.
—¿Estás segura de que quieres seguir con esto?
—Si Sara subió a ese barco, quiero saber por qué. Y si el mar se la llevó… quiero entender qué deuda era esa —contestó ella, con mucha seguridad .
El viento arrastró el sonido de una campana de boya, lejana, casi fantasmal. Lucía se subió la cremallera del abrigo hasta la barbilla. El sol amenazaba con salir, filtrándose entre las nubes bajas como una herida abierta en el horizonte.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Mario, rompiendo el silencio.
—A hablar con alguien que vivió aquello.
—¿Sabes dónde encontrarlo?
—Ni siquiera sé si aún vive… pero recuerdo cuál era su número del puerto, donde atracaba su embarcación. Vamos.
El muelle más alejado era el menos transitado, también el más viejo. Al llegar al número 4 del viejo muelle, se encontraba una embarcación vieja. En la cubierta, decenas de redes y cajas de cartón húmedas, casi deshechas, sin nada en su interior. Pero ni rastro del hombre.
—El barco es viejo, pero no parece abandonado —observó Mario.
—Vamos, sé dónde vive, o al menos, dónde vivía hace años.
Caminaron saliendo del muelle, adentrándose en el pueblo.
Tras unos diez minutos llegaron a una casa antigua, con un pequeño porche a la entrada, en uno de los bancos de piedra, se sentaba un anciano de piel curtida, gorra de lana y mirada perdida hacia un pequeño huerto que se hallaba dentro del mismo porche de la casa.
Tenía una pipa apagada entre los labios.
—Buenas. ¿Don Claudio? —preguntó Lucía con un tono de voz ligero, acercándose con respeto.
El anciano giró lentamente la cabeza.
—Depende de quién lo pregunte —respondió con un tono simpático .
—Mi nombre es Mario, señor.
—Y yo soy Lucía Ayala. Mi madre es María Morales.
El anciano cambió de gesto en cuestión de segundos, se le iluminaron los ojos y se levantó para observar mejor.
—¿En serio? Déjame que te vea… cómo has crecido, hija —dijo el anciano, invitándoles a sentarse junto a él.
—Gracias. ¿Cómo está? —preguntó Lucía por cortesía.
—Bueno, ya me ves, la edad no perdona —bromeó.
—Le veo muy bien —dijo sonriendo Lucía. ¿Se acuerda de mi madre?
—María… sí, claro que me acuerdo de ella. Visitaba mucho el embarcadero —dijo el anciano, haciendo memoria—. La chica de los ojos tristes. Siempre llevaba flores al embarcadero, ¿sabes? No era sitio para llevar flores.
—¿Flores? ¿La conoció bien? —preguntó Lucía por partida doble.
—Lo suficiente para saber que no debía haber estado allí aquella noche.
Lucía contuvo la respiración. Mario, a su lado, apenas se movió.
—¿Qué noche?
Don Claudio miró al cielo, como si esperase que las nubes respondieran por él.
—La del hundimiento del Santa Alba —comentó mientras encendía su pipa con una cerilla.
—¿Qué pasó esa noche? —intervino esta vez Mario.
—Todos decían que el barco se perdió por el fuego. Pero, yo creo… que eso no fue lo que pasó. El fuego fue después, cuando quisieron borrar lo que había dentro.
—¿Qué había dentro? —preguntó Lucía .
—Cajas de madera, enormes, sin ninguna marca. Los hombres las cargaron de noche, sin luces. Alfredo Dávila supervisó el embarque, acompañado de su hijo, Ramiro. Nadie preguntó. En el puerto, hay cosas que es mejor no saber —relató el anciano.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Y mi madre?
—Tu madre estaba allí —dijo el anciano, tras una pausa larga—. La vi hablar con Ramiro antes de que zarpara el barco. Le suplicaba algo, pero él no la escuchó. Luego… ella subió al muelle, llorando, y desapareció entre la niebla.
—¿Está seguro de eso?
Don Claudio lo miró con la dureza de quien ha visto demasiadas cosas.
—Muchacho, en este puerto los recuerdos se pudren, pero no se inventan.
—¿Se acuerda de mi hermana Sara?
—Vagamente, muchacha.
—Creemos que ella se subió en ese barco.
—¿Estáis seguros de eso, muchachos? Aunque, de ser así, entendería la actitud de tu madre ante Ramiro aquella noche.
El sonido de una campana resonó a lo lejos. Don Claudio apagó la pipa contra el borde del banco.
—Ahora que recuerdo… —susurró en voz baja—. Si queréis más información sobre el Santa Alba … hay un registro más que no encontrarán en ninguna oficina, y que solo yo sé su ubicación —añadió.
—¿El qué? —preguntó Lucía.
—El diario de a bordo del Santa Alba. Lo guardó su hija.
—¿La hija de Ramiro? ¿Por qué sabe usted eso ?
—Ella pasaba mucho tiempo aquí en el puerto, mientras su padre trabajaba.
No sé la razón, pero me cogió cariño, me contaba todas sus aventuras y trastadas, era solo una cría.
Un día antes me vino con el diario de a bordo del barco, le insistí en que lo devolviera, pero no me hizo caso, dijo que lo iba a guardar.
Le seguí el juego. Mi idea era dejarla esconderlo y, a los pocos días, devolverlo yo mismo al barco, pero al día siguiente ocurrió...
y ya luego me olvidé de ese diario —contó Claudio, recordando aquel momento del pasado.
—Y, ¿los Dávila? ¿Nunca lo han buscado? —preguntó Mario, absorbido por la historia.
—Hasta donde yo sé, tanto Alfredo como su hijo Ramiro creen que ese cuaderno de a bordo se quemó y hundió con el Santa Alba.
No se enteraron de la trastada de la niña, al menos entonces.
Desconozco si acabó confesándolo a su padre o abuelo con el paso de los días o semanas…
pero, tras lo ocurrido con el barco, dudo que se atreviera a contarlo.
—¿Dónde lo escondió? —preguntó Lucía.
—En una vieja caseta junto al faro. No me dijo dónde exactamente, no me dejó entrar con ella, me mandó esperar fuera —dijo soltando una carcajada—. Era muy lista, seguro que lo escondió bien.
—Tenemos que ir —dijo Lucía en voz baja.
—Tened cuidado, muchachos. Si vais, hacerlo de día, el viento no sopla igual que cuando cae la noche —dijo Claudio, en modo de advertencia.
Lucía quiso preguntar más, pero el anciano ya se había levantado, dándoles la espalda, dirigiéndose hacia la puerta de casa. Mario la detuvo, poniendo su mano sobre su hombro .
—No creo que nos pueda ayudar más, al menos de momento. ¿Crees que ese cuaderno de a bordo existe?
—Tendremos que averiguarlo. Y, si existe, puede ser una pieza importante, y que, solo nosotros sabemos.
—Lo que implica que tendremos que tener mucho más cuidado.
El cielo comenzaba a oscurecerse. Lucía miró hacia el mar, que se veía en la distancia, recordando las palabras de Claudio: “El fuego fue después, cuando quisieron borrar lo que había dentro”.
La lluvia había vuelto a caer con suavidad, golpeando los cristales de la pensión como un murmullo constante.
Las luces del pasillo se habían apagado hacía rato.
Lucía se encontraba sentada junto a la ventana, envuelta en una manta, observando cómo las gotas resbalaban por el cristal.
El diario de Sara descansaba sobre la mesa, junto a la lámpara.
A su lado, Mario bebía una taza de café.
—Tengo la sensación de que, cada vez que damos un paso, alguien ya estuvo antes —comentó Mario.
—Yo también lo siento —coincidió ella, sin apartar la vista de la ventana.