Ecos en la niebla Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

—No —susurró él—. Tenemos que correr ese riesgo.

—Se ha ido sin preguntar nada más, como si supiera exactamente lo que buscamos —volvió a decir Lucía, nerviosa.

—O como si prefiriera no saberlo —comentó él, pasando su mano por la espalda de Lucía, intentando que calmara sus nervios.

Pasaron más de diez minutos antes de que la señora regresara, con una carpeta color carne, sin etiqueta.

—Esto es lo único que se conserva. Los demás registros fueron destruidos durante un incendio que hubo hace bastantes años —dijo, dejando la carpeta encima del mostrador y se retiró.

Lucía y Mario intercambiaron una mirada antes de abrir la carpeta.

Dentro, los documentos estaban amarillentos, sucios.

Había actas de reuniones, listados de embarcaciones, ventas comerciales, contratos…

Tras revisarlo bien, nada llamó su atención: papeleo típico.

Dentro, otra carpeta fina marcada con tinta azul: Cofradía del Mar de San Telmo.

Mario la abrió con cuidado. Entre las hojas, encontraron un registro de miembros con fechas y rúbricas.

Lucía pasó los dedos por las líneas escritas a pluma, hasta que su mirada se detuvo en una firma .

“Jacobo Dávila – 1891”

—Ese debe ser el bisabuelo de Ramiro —objetó Mario—.

Lucía asintió, aunque su respiración se había acelerado.

—Pero fíjate aquí —dijo ella, señalando una anotación en el margen—. Custodio de juramento, sello número tres.

—El símbolo.

Lucía siguió leyendo los párrafos siguientes, ya del año 1940 en adelante. Había una lista de “guardianes” del sello, y junto a cada apellido, una nota breve: “Cumplido”, “Exiliado”. Solo el del apellido Dávila tenía una palabra diferente: “Pendiente”.

El silencio de la sala se rompió por un sonido seco, como el de un libro cayendo de algún estante cercano.

Ambos se giraron, pero no vieron a nadie.

Volvieron a poner la atención en la carpeta.

Encontraron un papel doblado en cuatro, medio oculto entre las hojas.

Lucía lo desplegó. Era una carta, escrita con una caligrafía antigua.

“ A quien encuentre esto: el sello no debe ser entregado a los Dávila. Su deuda con el mar aún no ha sido saldada”.

Lo leyeron un par de veces, o tres, en silencio. El peso del papel le pareció insoportable.

—¿Qué significa? —preguntó Lucía.

—Que el juramento que hizo algún Dávila con la cofradía no fue llevado a cabo. O eso creo.

—¿Algún Dávila?

—Sí, dudo que esa frase fuera por el bisabuelo, ya que él fue uno de los fundadores. Me inclino más bien a que esa frase fuera por su abuelo, por su padre… o por el Ramiro que nosotros conocemos —argumentó Mario—. Alguno de ellos, creo que no completó su misión o su orden en la cofradía.

La funcionaria apareció por el fondo del pasillo.

—Tengo que devolver esa carpeta al archivo. Tengo que salir y no se la pueden quedar —dijo con voz serena.

Lucía la miró sin responder. Sabía que no la convencería de lo contrario. Cuando el pequeño papel doblado fue introducido en el bolsillo de su abrigo, con total disimulo, entregó la carpeta a la señora.

Al salir del ayuntamiento, el aire frío de la plaza les golpeó. La campana marcó las diez. El sonido se extendió por la plaza como un eco antiguo, resonando por los soportales. Y por primera vez, Lucía sintió que el pasado estaba más cerca de lo que nunca había imaginado.

El puerto dormía entre el rumor de las olas y el crujido de los mástiles.

Gaviotas invisibles con sus graznidos sobre el agua.

Lucía y Mario caminaban despacio por el antiguo muelle, el que ya casi nadie usaba.

Las tablas del suelo estaban húmedas, cubiertas de algas y marcas de anclas oxidadas.

A lo lejos, se divisaban los barcos modernos que contrastaban con los cascos podridos de las embarcaciones antiguas donde se encontraban, encalladas como esqueletos de otra era.

—Aquí comenzó todo… —susurró Lucía, mirando el horizonte—. La cofradía, los juramentos… las promesas al mar.

—Y aquí termina, probablemente —añadió Mario—. Don Marcelo nos comentó que los fundadores de la cofradía eran hombres de puerto. Si había un “sello número tres”, es posible que se guardara en algunos de sus almacenes.

Siguiendo las breves indicaciones de un pescador, llegaron a un edificio de piedra, con la puerta arqueada y un letrero apenas visible: “Almacén San Telmo”.

El interior olía a humedad y cuerda mojada.

Entre cajas rotas y redes viejas, las paredes estaban cubiertas de inscripciones antiguas, trazadas con carbón y con pintura ya desvaída. Lucía se acercó a una de ellas.

—Mira esto —comentó, tocando una marca—. Tiene forma de espiral.

—No es una espiral. Si te fijas, son tres círculos entrelazados… como el símbolo del colgante —contestó Mario, observando con detenimiento.

Ambos se miraron en silencio. En el suelo, medio oculto por una lona de pesca negra, vieron una piedra tallada con las mismas iniciales que habían encontrado en el registro del ayuntamiento: “R.D”.

Lucía se arrodilló y pasó los dedos por la superficie fría.

Un ruido tras ellos les hizo girar. Un hombre corpulento de barba blanca, cubierto con un abrigo de lana, los observaba desde la puerta.

—No deberíais estar aquí —dijo, con voz grave.

—Solo buscamos información sobre la cofradía —comentó Mario, dando un paso al frente.

—Esa palabra no se pronuncia aquí desde hace décadas. No encontraréis nada.

—¿Usted la conoció? —preguntó Lucía, con tono tranquilo y sereno.

—Mi abuelo fue uno de ellos. No de los fundadores, pero sí de los que ayudaron a guardar el tercer sello. Lo hicieron jurando silencio. Hasta que uno de los Dávila lo reclamó .

—¿Ramiro? —preguntó Mario.

—No, su padre. Dicen que quiso recuperar lo que era suyo… y el mar lo tomó de vuelta. Desde entonces, los Dávila no pisan por el puerto. Solo Ramiro, que anda curioseando demasiado últimamente.

—¿Crees que está tramando algo? —preguntó esta vez Lucía.

—¿Ramiro? No lo sé. Yo pienso que solo quiere rebuscar el pasado, para limpiar el nombre de su familia.

—¿Qué hizo su familia para querer limpiar su nombre?

—No lo sé, yo era pequeño y mi abuelo había jurado no decir nada. Solo sé rumores, como los que sabe todo el pueblo, que su padre, en aquella época alcalde, no siguió los pasos de su padre y su abuelo sobre cómo manejar la cofradía, o su función.

—¿Qué sabe del tercer sello? —preguntó Mario.

—Solo que era un colgante dividido en tres partes. Uno de ellos se arrojó al mar, otro se perdió en el incendio del 23, y el último… —dijo mirando a Lucía—, el último no tendría que haber salido de la ermita.

Ambos se quedaron de piedra al escuchar esas palabras. El rumor de las olas se convirtió en un sonido lejano, como un gemido que venía del fondo del mar.

—El mar no olvida las promesas rotas. Será mejor que lo guardéis bien. No debería caer en malas manos —comentó el hombre.

—¿Qué pasa si cae en malas manos? —preguntó Lucía.

—Bueno… en teoría nada, pues la cofradía se disolvió hace años, y las otras dos piezas siguen desaparecidas.

Pero es mejor que nadie sepa que lo tenéis, hay mucho obsesionado con esa historia, y podría dar pie a co menzar la búsqueda de las otras dos, y este pueblo ya ha sufrido bastante. Necesita seguir en calma y paz.

—Le entiendo —contestó Lucía—. Pero mi interior también necesita estar en paz y saber lo que ocurrió.

—Lo sé, muchacha… lo sé —dijo el hombre con voz calmada mientras se daba la media vuelta y empezaba a alejar.

Lucía apretó el colgante dentro del bolsillo de su abrigo.

El viento del puerto sopló más fuerte, levantando la niebla en espirales.

Por un instante, creyó ver una figura al final del muelle, inmóvil, observándolos.

No supo si era un reflejo o un hombre. Su mente la engañaba demasiado últimamente. Mario la tomó del brazo.

—Vámonos, aquí no vamos a encontrar nada más.

Mientras caminaban, Lucía no pudo evitar mirar hacia atrás. El mar seguía gris, profundo, respirando calmado. El viento había cambiado, ya no soplaba desde el mar, sino desde tierra adentro, trayendo consigo el aroma del hierro oxidado y de la madera vieja.

La capitanía del puerto se alzaba al final del paseo marítimo, un edificio gris, con ventanales altos y una veleta en forma de barco que giraba sin rumbo. En la puerta, el letrero descolorido reflejaba:

“Autoridad Marítima – Oficina de Registro” .

—Si el nombre de Sara está en algún registro, tiene que ser aquí —dijo Lucía a la vez que se disponía a abrir la puerta, pero Mario la detuvo.

—Espera. Debería de entrar yo solo. A ti te conocen, Lucía.

No se van a tragar que solo buscamos información por pura investigación.

Ya viste lo que ocurrió en el ayuntamiento, la funcionaria nos caló enseguida.

Por suerte, hizo la vista gorda, pero no todos van a actuar así —explicó Mario, ante la mirada de Lucía .

Lucía apartó su mano del pomo de la puerta, se quedó pensativa durante unos segundos, hasta que su voz tomó forma.

—Está bien —dijo resignada, no era lo que deseaba, pero Mario tenía razón—. Estate atento a cualquier detalle, a cualquier pista que nos pueda ser útil… —volvió a decir mientras Mario la miraba con un gesto sonriente—. Perdona, tú eres el profesional y yo diciéndote qué hacer, son los nervios.

—Tranquila, no pasa nada. En cuanto salga te cuento —contestó Mario, haciéndole un gesto cariñoso sobre su brazo.

Dentro, el aire era frío, casi salino. El suelo estaba cubierto de baldosas azules, los archivadores metálicos llenaban las paredes como murallas. Tras un pequeño mostrador, un hombre de rostro curtido y uniforme levantó la vista de unos papeles.

—Buenos días, ¿puedo ayudarle?

Mario sonrió, intentando parecer casual.

—Busco registros antiguos de embarcaciones. Finales del siglo XIX, primeros del XX. Es para una investigación histórica.

El hombre le observó en silencio durante unos segundos, para a continuación, señalar con el dedo un pasillo lateral.

—Archivo del fondo. No más de quince minutos.