Capítulo 10 #4
—No… es… ¿Ramiro?
—¿Estás segura?
—Sí, la postura, la mandíbula, la sombra del gesto son inconfundibles, es él. Estoy segura.
A continuación, Mario miró el dibujo, un círculo con una cruz irregular en el centro, al lado un ancla y lo que parecía un número o iniciales borrosas alrededor.
—¿Has visto esto antes?
—No. —Negó con la cabeza Lucía—. Aunque me quiere sonar, pero no lo recuerdo —volvió a decir, pensativa, intentando hacer memoria.
—No te preocupes. Ya te acor… —comentaba Mario hasta que fue interrumpido.
—¡Ya sé! —exclamó ella—. Mi madre… mi madre llevaba algo igual o muy parecido grabado en un colgante. Le tenía mucho cariño, recuerdo que le afectó perderlo, fue una tarde que fuimos a visitar un pueblo cercano —relató Lucía su recuerdo.
Ambos se quedaron en silencio. La conexión empezaba a trazar un mapa invisible entre las tres figuras: Ramiro, Sara y su madre. Mario guardó los papeles con mucho cuidado en la caja.
—Tenemos que irnos. Si alguien sabe que encontramos esto, tendremos aún más problemas —dijo Mario.
Cuando salieron de la ermita, la niebla se había espesado hasta borrar el camino de tierra.
El sonido del mar aún parecía perseguirlos al regresar al pueblo.
Sabían perfectamente a quién acudir en ese momento.
La luz de la casa de don Marcelo estaba encendida cuando llegaron.
Llamaron a la puerta, el timbre cubierto de polvo, no funcionaba, no parecía ser un hombre con muchas visitas, y eso, era una ventaja a su favor.
—Tiene pinta de no haber limpiado los cristales en meses —murmuró Mario mirando a través de la ventana.
Lucía asintió sacando una sonrisa sorda, para a continuación, empujar la puerta tras escuchar una voz aguda pero cansada, que les invitaba a entrar. Don Marcelo apareció desde el fondo, con su chaqueta de lana raída y sus gafas de montura redonda.
—Ah, los curiosos de los misterios —dijo con una sonrisa casi imperceptible. Sabía que volverían en algún momento.
—Encontramos algo —dijo Lucía, sin rodeos.
—¿Algo? Déjenme ver —contestó el anciano arqueando la ceja.
Lucía abrió la caja de metal sobre una mesa y desplegó el dibujo del símbolo. Don Marcelo lo observó largo rato sin decir palabra. Luego sacó una lupa del cajón de la mesa y la acercó al papel.
—Curioso… —murmuró—. Muy curioso.
—¿Lo reconoce? —preguntó Mario.
El anciano asintió levemente.
—Lo vi una vez, hace muchos años. Es un colgante traído por un marinero de ultramar. Creo recordar que decía que era una marca de pacto —explicó mientras se rascaba la cabeza haciendo memoria.
—¿Qué tipo de pacto? —preguntó Lucía esta vez.
Marcelo se quitó las gafas, las limpió con calma y se las volvió a colocar .
—De promesa. Era un símbolo usado por ciertas cofradías del siglo XIX, grupos de comerciantes y capitanes que juraban lealtad entre ellos. Si uno rompía su palabra, el mar sería su juez.
Lucía y Mario intercambiaron una mirada.
—¿El mar? —repitió ella.
—Sí —respondió Marcelo, encogiéndose de hombros—. Creían que el mar reclamaba lo que le pertenecía. Superstición… claro. Pero muy arraigada en esta costa. ¿Dónde lo habéis encontrado?
Ella dudó durante un segundo, pero por alguna razón ese anciano le daba confianza.
—En la ermita de San Esteban, bajo el altar.
Don Marcelo palideció apenas.
—Entonces es más antiguo de lo que pensaba. Esa ermita fue levantada sobre una capilla anterior. Algunos decían que guardaba un secreto bajo sus cimientos… ya sabéis, leyendas.
—Sí, eran muchas las leyendas que circulaban sobre ese lugar —agregó Lucía.
—¿Puedo? —preguntó haciendo intención de coger el papel que permanecía sobre la mesa.
—Sí —aceptó ella.
Tomó el papel con delicadeza, lo acercó a la luz de la lámpara de mesa.
—¿Veis estas letras en los bordes? Apenas se distinguen, pero parecen iniciales: R.D. Podría ser el nombre de quien hizo el juramento… o de quien lo rompió.
Lucía sintió un escalofrío, mientras que Mario apretó los labios .
—Ramiro Dávila —dijo en voz baja Mario, acordándose perfectamente de ese apellido cuando se tuvo que estudiar la historia del pueblo antes de su llegada.
Don Marcelo los miró con interés repentino.
—Un apellido bastante conocido en este pueblo, esa familia siempre tuvo vínculos con el puerto desde hace generaciones. Y si no me equivoco, el bisabuelo de Ramiro fue uno de los fundadores de la antigua cofradía marítima.
Lucía dio un par de pasos a su alrededor, procesando la información.
—Entonces, ¿mi madre y Sara se involucraron en algo que venía de esa cofradía? —dijo en voz baja, aunque hubiera preferido hacerlo para sí misma.
Don Marcelo suspiró.
—No lo sé, hija. Pero si hallaste ese símbolo junto a esas iniciales… igual el pasado de esa familia no está tan enterrado como parece.
—Muchas gracias por su ayuda —agradeció ella mientras cogía entre sus manos la caja de metal.
—De nada, muchachos. Pero tened cuidado, hay nombres que no se deben pronunciar demasiado. En este pueblo, los secretos no mueren, se hunden, y el mar los devuelve cuando quiere.
Lucía asintió, con agradecimiento. Al salir de la casa, notaron que la niebla se había disipado un poco.
—Vamos, te invito a un café —dijo Mario apoyando su mano sobre el hombro de ella, que estaba helada de frío.
La noche había caído por completo cuando llegaron a la pensión. El murmullo del puerto apenas se filtraba a través de las ventanas empañadas, y la farola temblorosa lanzaba sombras alargadas sobre la pared. Lucía dejó la caja sobre la mesa y se desplomó en la cama.
—No puedo dejar de pensar en esas iniciales —murmuró.
Mario colgaba su abrigo en la silla, mojado ligeramente por la niebla.
—Quizá no deberíamos haberle contado, no con tanto detalle —comentó él.
—¿No te fías de Marcelo?
—No es eso. No me fío de otras personas…
Lucía suspiró. La luz tenue de la lámpara se reflejaba en el metal del colgante, posado encima de la mesita de noche.
—¿Te has dado cuenta de que todo gira en torno al mar? Los símbolos, las historias, la cofradía… todo está marcado por el agua —objetó Lucía.
—El mar como juez —dijo Mario, pensativo—. ¿Y si la cofradía existió, si ese símbolo representa un juramento, puede que la familia Dávila hiciera algo que debió permanecer oculto?
—¿Y si Sara lo descubrió? —susurró ella— Si supo algo que no debía saber…
Mario tomó el diario y lo abrió por la página en la que se llegaban. Fue ojeando los párrafos que no tenían nada interesante sobre la investigación; párrafos típicos de un diario adolescente, esos los pasaba por alto, no era un cotilla en ese aspecto.
—Mira esto —dijo encontrando algo que llamó su atención—. Aquí Sara menciona que el padre de Ramiro trabajó un tiempo para los hombres del puerto. No da nombres, pero habla de un encargo que la inquietaba.
Lucía se reincorporó, sentándose al lado de Mario.
—¿Podría referirse a la cofradía ?
—Puede ser, sí. Pero es difícil saberlo.
—Necesitamos pruebas. Algo que vincule ese símbolo con ellos. Don Marcelo dijo que el bisabuelo de Ramiro fue uno de los fundadores de esa cofradía. ¿Habrá registros en el ayuntamiento? —preguntó ella.
—Posiblemente. Pero dudo que sea tan fácil. Si la cofradía era algo más que una simple hermandad de comerciantes, los documentos estarán enterrados en los archivos o desaparecidos a propósito.
—Entonces empecemos por ahí —respondió ella con determinación—. Mañana iremos al ayuntamiento.
Mientras Lucía hablaba, Mario se acercó a la ventana a correr la cortina. Por un instante creyó ver algo al otro lado del cristal, una figura inmóvil, apenas un reflejo. Se detuvo. Conteniendo el aliento. Solo era el reflejo de la farola, o al menos eso quiso creer.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, al ver su gesto.
—Nada. Solo la niebla.
Lucía lo miró durante unos segundos, como si no lo creyera, y luego regresó a la cama.
—Descansa. Mañana necesitaremos claridad —dijo él, apagando la lámpara y tapándose con la colcha.
—Mañana me puedo ir a mi casa. No quiero que te encuentres incómodo —dijo Lucía, tras varios días durmiendo en la pensión.
—Estaría más incómodo pensando que estás sola en esa casa, pudiendo tener visitas inesperadas. Tenemos que estar juntos —dijo, haciéndola una caricia en el brazo.
—Gracias —contestó ella, aunque no pudo dormir. Desde la cama, observaba cómo la luz de la farola parpadeaba a través de las rendijas de la cortina, como si el pueblo mismo respirara en la oscuridad. Casi sin querer, susurró.
—Sara… ¿Qu é fue lo que descubriste?
El ayuntamiento se alzaba en el corazón del pueblo como una reliquia de otro tiempo.
Su fachada, cubierta de musgo y grietas, conservaba aún los escudos de piedra y las ventanas con postigos de hierro.
Desde fuera, necesitaba una reforma. Lucía lo observó desde la plaza, con el viento empujando su abrigo, y pensó que aquel edificio, del que llevaba como veinte años sin pisar, parecía guardar no solo documentos, sino voces.
Dentro, el aire olía a papel viejo. El suelo de baldosas crujía bajo sus pasos, y el eco de sus movimientos resonaba por los pasillos silenciosos.
Mario se detuvo frente a un cartel descolorido que señalaba:
“ARCHIVO HISTÓRICO — ACCESO SOLO CON AUTORIZACIÓN”.
—Esto no parece un lugar muy visitado —murmuró Mario.
Tras un mostrador de madera oscura, una mujer levantó la vista. Tenía el cabello gris recogido en un moño apretado y una mirada que parecía medir cada palabra.
—¿Puedo ayudarles? —preguntó la funcionaria, ladeando la cabeza.
—Buscamos información sobre las cofradías marítimas del siglo XIX. Mi familia tenía relación con el puerto, y estamos investigando algunos documentos de aquella época.
—¿Apellidos?
—Dávila —dijo Lucía, conteniendo el pulso .
—Ya… —contestó la señora, seguido de un silencio casi imperceptible, pero lo bastante largo para resultar incómodo.
La trabajadora se levantó y desapareció entre los estantes.
—Nos ha pillado, ¿te has fijado en cómo nos ha mirado? —dijo ella al oído de Mario.
—Sí, sabe que le has mentido.
—¿Nos delatará? ¿Nos vamos? Está tardando mucho.