Capítulo 10 #3
—Podemos leer un poco más. Quizás encontremos algo que nos ayude a entender.
Lucía asintió encendiendo la lámpara de la mesita. Abrió el diario por donde lo habían dejado horas atrás. De nuevo, el olor a tinta vieja y papel viejo, inundó la habitación.
“18 de marzo”
Le he prometido no escribir más, pero no puedo. Si no dejo estas palabras, me ahogaré con ellas. Esta tarde me llevó a la ermita vieja, la que está casi al borde del acantilado. Dijo que allí nadie nos encontraría. No sé si hablaba de esconderse o de huir.
Habló de mamá, de conversaciones con ella, de cosas que no debía saber. Dijo que alguien le vigilaba, que todo lo que hacía estaba escrito desde antes de nacer. Le pedí que se callara. Se rió. Juró que pronto entendería.”
—¿Alguien vigilaba a Ramiro también? —preguntó Mario, con un tremendo puzle en la cabeza—. ¿A qué ermita se refiere? No he visto ninguna en el acantilado —volvió a preguntar .
—La ermita… —murmuró ella— Debe ser la de San Esteban. Se encuentra al otro lado de la casa de mis abuelos. Está en ruinas desde hace años, nadie pisa por allí.
—¿Estás segura?
—Sí. Mi madre nos prohibía acercarnos.
—¿Por qué?
—Bueno, supongo que al estar a las afueras del pueblo, al borde del acantilado, y el camino no era demasiado bueno desde que quedó en ruinas. Todos los padres y profesores nos prohibían ir, era algo generalizado, no solo de nuestra casa.
—Entiendo, suele ser común en los pueblos, esas prohibiciones en zonas de ruinas y alejadas del casco urbano, y además aquí, con un acantilado cerca —objetó Mario, acostumbrado a visitar muchos pueblos y saber que en todos se daban esas situaciones—.
Lucía… —cambió su tono de voz—, si lo que dice Sara es cierto, Ramiro conocía bien a tu madre, y no me refiero a como se conoce a cualquier vecino del pueblo, habla de conversaciones con ella —insinuó él.
Lucía no respondió. Su mirada seguía fija en la página; tras las últimas líneas ponía algo más, acercó el diario a la lámpara, la tinta parecía haberse corrido por la humedad.
“Ramiro dice que hay verdades que solo pueden hallarse bajo la piedra del altar”.
—¿Qué altar? —preguntó Mario.
—Mañana iremos a la ermita —dijo ella, respondiendo a su pregunta, a la vez que cerró el diario con lentitud .
La lámpara volvió a apagarse, y la habitación quedó en penumbra. Durante unos segundos, pareció que el silencio se solidificaba. Luego, unos golpes contra el cristal los hizo volverse a la vez. La lluvia se había convertido en granizo.
El amanecer llegó gris, con una neblina que borraba el contorno de los barcos. Lucía y Mario avanzaban por el sendero que conducía al acantilado. El mar, invisible, rugía bajo la niebla como una bestia enjaulada, y el viento pegaba con más fuerza a la salida del pueblo.
La ermita de San Esteban apareció entre los pinos, solitaria, cubierta de líquenes y con las paredes resquebrajadas. Su silueta, apenas recortada por la niebla, no se alzaba más de 15 metros. El tejado hundido por la parte de la derecha.
—No recordaba que estuviera tan deteriorada —susurró Lucía.
—Parece que hace siglos que nadie cruza esa puerta, ni siquiera creo que sea seguro hacerlo —objetó Mario al observar el estado de la ermita.
Lucía se detuvo delante de la puerta, o lo que quedaba de ella.
—Mi madre solía contarme que esta ermita fue levantada por los pescadores hace más de trescientos años. San Esteban era su protector. Venían aquí a pedir que el mar les devolviera a los hombres perdidos —relató ella la historia de aquel lugar.
—Pues parece ser que San Esteban no cumplió su parte —declaró él, comprobando el estado de la ermita .
Ese comentario sacó una leve sonrisa a Lucía, dándole un pequeño golpe en el brazo.
—¿Por qué cayó en abandono?
—Hubo una fuerte tormenta —respondió Lucía—. El acantilado cedió, y parte del cementerio que había detrás se hundió en el mar. Decían que desde entonces, cada vez que alguien tocaba las campanas, sonaban como si llamaran a los muertos.
—Una leyenda perfecta para asustar a los niños, y que no se acercaran —comentó Mario.
—Sí —respondió ella, aunque su voz carecía de convicción—. Pero mi padre no era hombre de leyendas. Y si me prohibió venir aquí, tendría sus razones.
Empujaron la puerta de madera, o mejor dicho, el cacho de puerta que quedaba.
Crujió con un gemido profundo. Dentro, el aire olía a sal y polvo húmedo.
La luz entraba por el techo, por el lado de la derecha, donde no había tejado.
Y por las paredes en rayos oblicuos, iluminando motas suspendidas como cenizas.
Lo que en su día eran bancos de madera, ahora solo quedaban tablas sueltas y cientos de astillas, esparcidas por toda la estancia.
El altar se encontraba al fondo, cubierto de escombros.
Una imagen carcomida de San Esteban se erguía sobre él, con la mirada gastada y las manos rotas.
En el suelo, losas desiguales cubrían un espacio irregular, lleno de maderas, tejas y piedras.
—Allí está el altar que describía Sara.
—Con cuidado —dijo Mario a la vez que le agarraba de la mano, para sortear los escombros juntos.
Al llegar hasta el altar, observaron la mesa de piedra partida en dos, y debajo infinidad de piedras. Ambos se arrodillaron .
—Hay verdades que solo pueden hallarse bajo la piedra del altar —dijo Lucía recordando la frase en el diario.
—Pues va a estar difícil acceder —susurró él, viendo la cantidad de escombros que se acumulaban.
—Pues no perdamos más tiempo —agregó ella comenzando a quitar piedras.
—Espera. Primero debemos apartar la mesa de piedra. Ayúdame.
Entre los dos pudieron apartar la mesa, primero una parte y después la otra, el sonido al empujarla y golpear contra el suelo retumbo por toda la ermita, y una cantidad de polvo les entró hasta los pulmones.
Mano a mano comenzaron a quitar piedras, maderas y demás escombros. Tras un buen rato, sus manos blancas de polvo estaban ya cansadas, Lucía se secó el sudor con la manga de su chaqueta, un chorro de sangre se deslizaba por su mano hasta la muñeca.
—Te has cortado —dijo Mario dándose cuenta.
—No es nada. Sigamos —respondió ella, cogiendo aire.
Tras quince minutos más quitando escombros, Mario la hizo parar, exhausto.
—Espera —ordenó. Sacó la linterna para iluminar las grietas que ya se apreciaban. Quitó unas cuantas piedras y logró distinguir algo metálico al fondo. Un brillo apenas perceptible.
—¿Ves algo?
— Si, aquí hay algo.
Con esfuerzo continuaron quitando pequeñas losas. Debajo, el hueco era oscuro, húmedo, lleno de insectos y fragmentos de madera. Mario extendió la mano con cuidado hasta el fondo. Tocó algo frio .
—Es una caja —dijo observando el objeto nada más extraerlo de la oscuridad.
Era una caja de metal, oxidada, con restos de pintura azul, sobre la tapa se adivinaban iniciales corroídas: S.A.
Sin duda, esas iniciales tenían nombre y apellido: Sara Ayala.
Mario se dispuso a abrirla con una pequeña navaja que llevaba siempre encima.
La cerradura cedió con un chasquido. Dentro encontraron varios papeles y envuelto en una tela, un colgante de plata donde destacaban unas olas, una casa sobre un acantilado, la luna, una estrella en el centro y a la derecha 3 puntitos.
Lucía lo tomó entre los dedos, estaba helado.
—¿Será el mismo que Sara menciona en el diario? El colgante que pertenecía a mi familia.
El viento comenzó a soplar más fuerte, haciendo vibrar las viejas maderas. Desde el fondo del templo, algo cayó con un golpe seco. Los dos se giraron. No había nadie. Pero la puerta, que habían dejado entornada, estaba ahora completamente abierta. Un hilo de aire helado recorrió la nave.
—Habrá sido el viento —dijo Mario para no asustar más a Lucía, y por qué no, a él también—. Ven, sígueme.
El sonido del mar seguía resonando en la ermita, como un murmullo grave que nunca cesaba.
Lucía y Mario se refugiaron junto al muro norte, donde el viento no golpeaba con tanta fuerza.
La caja de metal descansaba entre ellos, abierta, con el colgante brillando tenuemente bajo la luz gris que se filtraba por las rendijas del techo.
Que el colgante, a pesar de estar incoloro, no estuviera oxidado, les hacía saber que era de plata, nada que no se solventara con un abrillantador.
Mario desplegó con mucho cuidado los papeles húmedos.
Eran hojas dobladas, escritas con la misma caligrafía que el diario de Sara, aunque algunas estaban manchadas de sal y moho, lo que las hacían imposible de leer, se deshacían entre los dedos.
Por suerte, alguna aún se podía leer. Lucía sostuvo la linterna mientras Mario comenzaba a leer con un tono de voz muy bajo.
“No sé si alguien encontrará estas palabras. Si lo hace, espero que entienda que todo lo que hice fue por miedo. Ramiro vino a verme de nuevo. Dijo que debía confiar en él, que solo él podía protegerme. Me habló de mi madre. La conocía desde antes de que yo naciera”.
Lucía sintió un vuelco en el pecho.
—¿Qué…? ¿Cómo puede ser?
—Cuando tu hermana nació… —dijo Mario haciendo cálculos—. Ramiro tenía 13 años. Tras esa apreciación continuó leyendo.
“Ramiro dice que mi madre lo traicionó. Yo no entiendo nada, pero cuando pronuncia su nombre, hay una mezcla de odio y ternura en su voz. Dice que si no hago lo que ella no cumplió, el mar se llevará lo que más amo.”
El silencio cayó como un golpe. Solo el sonido del viento llenaba la ermita.
—“El mar se llevará lo que más amo”… —repitió Lucía en voz baja—. Mi madre siempre le tuvo miedo al mar.
—Podría ser una amenaza… o una superstición. Pero aquí hay algo más. Mira esto —dijo sacando del fondo de la caja un último pliego, más pequeño, atado con un hilo descolorido. Al deshacerlo, cayeron dos cosas: una fotografía antigua y una hoja con un símbolo dibujado a mano .
La fotografía mostraba a Sara y a una mujer que Lucía reconoció al instante. Su madre, más joven, sonriendo junto a un hombre de perfil apenas visible, con un sombrero de ala ancha.
—¿Ese es tu padre? —preguntó Mario.