Capítulo 10 #2
Lucía respiró hondo. Durante un instante, pensó en los rumores, en el pasado del pueblo, en las historias que nunca se contaban en voz alta.
—Hay nombres que flotan en mi cabeza —dijo, insegura—. Pero con “R”… Ramiro estaba demasiado cerca de mi familia. Y mamá nunca quiso hablar de él.
— Y si, ese “R” ¿Es la misma persona? —soltó Mario—. Tenemos que hablar con él, y salir de dudas.
—Estás loco, si Sara lo señaló. Aunque solo fuera en secreto, significa que sabía algo terrible, y tú, ¿quieres ir a hablar con él? ¿No recuerdas la amenaza de nuestro último encuentro?
—También nombra a un “R” como a la persona que acudir —replicó él .
El silencio cayó de nuevo en la pequeña habitación, denso y cortante. Afuera, las campanas de la iglesia repicaron las once, como un recordatorio de que el tiempo no estaba de su parte.
—Escúchame, Lucía —dijo Mario, más calmado, acercándose a ella—.
No podemos seguir huyendo de sombras, no sabemos si realmente Ramiro es el culpable, por muchas sospechas que tengamos, por mucho que Sara lo nombre en esos términos, por mucho que dejara anotado que Ramiro tenía secretos, no sabemos cuáles eran.
Pero si sabemos que al final, ambos se veían por voluntad propia.
O confiamos en lo que Sara dejó escrito, o jamás descubriremos que ocurrió.
—¿Y si esa confianza nos cuesta la vida? —dijo Lucía, con los ojos brillantes de angustia.
Mario no respondió. Se limitó a posar su mano sobre el diario que Lucía abrazaba, compartiendo el peso de aquel secreto.
La lluvia continuaba golpeando con furia los cristales, aislándolos en aquella habitación como si el mundo entero hubiera desaparecido.
—No quiero leer más por hoy —sentenció Lucía, con voz firme—. Necesito respirar.
Mario la miró, mientras colocaba su mano sobre el hombro de ella, en señal de complicidad de aquellas palabras.
—Esperaremos a que amaine la lluvia —dijo él, mientras sacaba su portátil de la funda, se había olvidado de contestar a su jefe—. Voy a contestar mientras unos correos.
Lucía ni se inmuto, seguía mirando por la ventana, con el diario aferrado al pecho. En la penumbra de la habitación, sentía que las palabras de Sara seguían resonando: “Si algo me pasa, buscad a “R”… El eco de esa inicial no les dejaría en paz.
Horas después, la lluvia había amainado, pero el cielo continuaba encapotado; las nubes bajas aplastaban el horizonte. Lucía y Mario cruzaban la plaza en silencio cuando una voz grave los detuvo.
—Lucía…
Ella levantó la vista y lo vio. Ramiro estaba de pie junto a la fuente, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
Llevaba una chaqueta de lana gris, la que solía usar en el puerto, y el sombrero hundido hasta las cejas.
Su presencia era tan sólida como la piedra húmeda de la plaza.
El corazón de Lucía dio un salto. Tenía planeadas tantas preguntas, pero no pudo evitar recordar la frase subrayada en el diario de Sara, bloqueándola por completo.
—¡Qué sorpresa volver a verte aquí! —continuó Ramiro, esbozando una sonrisa cortés, demasiada medida. Sus ojos se clavaron en Mario con una frialdad apenas disimulada—. Y compañía —volvió a decir.
—Buenas tardes —saludó Mario, tenso, pero firme, con voz seca.
Ramiro dio unos pasos hacia ellos, despacio, como un depredador que no necesita correr para imponerse.
—Me han contado que ayer os vieron cerca del acantilado, de la casa de tus abuelos. Ya sabes, la gente del pueblo tiene la lengua muy larga.
Lucía, con un nudo en la garganta, por fin tomó la palabra .
—No fuimos más que a dar un paseo. Al fin y al cabo, es propiedad de mi familia —contestó, tratando de sonar natural.
Ramiro inclinó la cabeza, fingiendo sorpresa.
—Qué sitio tan… peligroso para pasear. Ese lugar siempre ha traído desgracias.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, como un reproche disfrazado de consejo. Lucía apretó los puños, notando cómo Mario contenía el impulso de responder con dureza, pero finalmente fue ella.
—¿Quién lleva la desgracia? ¿El lugar o ciertas personas del pueblo? —dijo Lucía envalentonada, desafiante, con la mirada clavada en sus ojos.
Ramiro se acercó un poco más, bajando la voz.
—Tu madre también piensa igual que yo, Lucía. Que no hay que abrir viejas heridas. Qué curioso que no hayas heredado esa prudencia.
—¿Qué sabrás tú de ella? —replicó con brusquedad, la mención de su madre le atravesó como un cuchillo.
Él sonrió apenas, sin apartar la mirada.
—Lo suficiente. Demasiado, quizás.
Durante un segundo interminable, Lucía creyó que Ramiro iba a decir algo más, un secreto que llevaba tiempo guardado. Pero se limitó a ajustar su sombrero y retroceder un paso.
—Ten cuidado, Lucía. No vale la pena revolver el pasado, y menos, en este pueblo. De verdad te lo digo. El pasado siempre cobra sus deudas en este lugar.
—El pueblo… o eres tú quien cobra esas deudas —soltó Mario sin poder controlar su boca.
Ramiro desvió la mirada de Lucía hacia Mario, con un gesto frio, cargado de poder .
—No soy un santo, chico. He hecho muchas cosas terribles, de las que ahora me arrepiento. No he sido un ejemplo a seguir, no he sido un buen vecino, ni un buen amigo… y sé lo que estáis pensando, pero no soy ningún asesino.
Con esa frase, se dio media vuelta y se perdió entre las calles, dejando tras de sí un vacío denso, casi tangible.
—¡Miente! —deslizó Lucía, llena de impotencia.
—No sé si miente o no, pero nos está midiendo, como si supiera lo que hacemos en cada momento y lo que tenemos.
Lucía asintió en silencio, con el corazón golpeándole el pecho. Se aferró al abrigo, bajo el cual llevaba escondido el diario. Nunca lo había sentido tan pesado.
La plaza quedaba de nuevo vacía, excepto ellos dos, aún intentando recuperar sus pulsaciones.
La tarde ya caía sobre el pueblo. El viento traía olor a sal, el sonido de las jarcias chocando en los mástiles marcaba un compás irregular.
La lluvia comenzó a caer ligeramente, Lucía y Mario regresaron en silencio a la pensión.
—¿Crees que nos está vigilando? —preguntó Lucía, mientras entraban en la habitación.
—No lo sé. Pero sabía demasiado.
—Has visto cómo nos observa el resto del pueblo. Todos parecen saber sobre la casa de mis abuelos, todos murmuran. Puede que solo jugara a asustarnos.
—En todos los pueblos hay una casa vieja y abandonada, donde cientos de leyendas hablan sobre ella —dijo Mario, que había recorrido tantos lugares de España, que sabía de lo que hablaba.
—¿Por qué nombró a mi madre ?
—Quizás para asustarte, o quizás porque realmente tu madre sabe más de lo que creemos sobre la casa de tus abuelos.
El silencio se estiró entre ambos. Finalmente, Lucía abrió el diario. El papel crujió como si soltara un suspiro antiguo. La escritura de Sara era inclinada, apretada, con trazos enérgicos. Sara tenía 17 años cuando lo escribió; su letra tenía la urgencia de quien siente que el tiempo se le escapa.
“7 de marzo, 1.993”
Hoy he vuelto a encontrarme con Ramiro. Dice que viene del puerto, sin embargo, nunca lo veo llegar por el camino. A veces aparece de repente, como si hubiera estado esperándome. Habla poco, pero cuando lo hace, me mira como si supiera cosas que ni yo misma entiendo.
Le conté lo del colgante. Dijo que pertenecía a alguien de mi familia. Que no debía llevarlo tan a la vista. No sé si confiar en él, pero hay algo en su voz… como una promesa o una advertencia.”
Lucía sintió un escalofrío.
—Ramiro… —susurró ella. Sara habla de él como alguien que aparece y desaparece, ¿acaso no está haciendo lo mismo con nosotros?
Mario no contestó, se inclinó hacia el diario para seguir leyendo.
“12 de marzo de 1.993”
Ramiro volvió esta tarde, acompañado de ese hombre de nuevo. Dijo que debía dejar de escribir. Que hay palabras que no se deben poner en papel. Le pregunté por qué, pero no respondió. Solo sonrió y se marchó hacia el acantilado .
He empezado a tener miedo.”
Lucía cerró el diario. La habitación se llenó de un silencio espeso, solo interrumpido por el leve golpeteo del viento en los postigos.
—¿Ves? —dijo Lucía, en voz baja—. Sara sintió miedo.
Mario pasó una mano por su cabello, inquieto.
—O tal vez solo era una chica impresionable. Tenía diecisiete años, Lucía. Pero… ¿quién es ese otro hombre al que se refiere?
—No lo sé, ya lo nombra también en las otras cartas —admitió ella—. Pero lo voy a averiguar.
Se miraron unos segundos, cada uno con su versión de la verdad ardiendo por dentro.
Afuera, las campanas del puerto dieron las nueve.
Y en ese instante, Lucía creyó oír entre el tañido del bronce y el rumor del mar una respiración contenida al otro lado de la puerta.
Cuando la abrió, el pasillo estaba vacío.
Solo una sombra se deslizaba por la escalera, perdiéndose hacia el piso inferior.
—Hay más huéspedes en esta planta. No tiene que ser alguien espiándonos —dijo Mario al verla algo nerviosa.
Ella asintió con dudas mientras volvía a cerrar la puerta.
El reloj del pasillo marcó las tres de la madrugada. La lluvia había vuelto, suave pero constante, golpeando los cristales con un ritmo hipnótico. Lucía no podía dormir. Se había quedado sentada, apoyada sobre el cabecero de la cama con las rodillas encogidas y el diario sobre el regazo.
La habitación estaba iluminada por la poca luz que entraba entre las rendijas de la cortina, provocada por una farola situada a escasos metros de la ventana.
A cada crujido de la madera, a cada golpe del viento, su cuerpo se tensaba.
No podía dejar de pensar en la sombra que había visto deslizarse por las escaleras.
En el rostro de Ramiro, en su sonrisa medida, en la forma en que había pronunciado el nombre de su madre.
—¿No puedes dormir? —preguntó Mario, girándose sobre sí mismo.
—No puedo dejar de pensar en el diario, en Sara, en el encuentro con Ramiro —contestó a la vez que negaba con la cabeza.
Mario se incorporó y se sentó pegado a ella, haciendo rozar ligeramente sus cuerpos.