Ecos en la niebla Capítulo 10
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Capítulo 10

La pensión donde se alojaba Mario olía a madera vieja y café recalentado.

Era un lugar discreto, con pasillos estrechos y puertas que parecían gemir con cada corriente de aire.

Lucía había aceptado acompañarlo hasta allí; no se atrevía a regresar sola a su casa con el diario encima.

Se cerraron en la pequeña habitación, con una cama de hierro con colcha bordada, un escritorio lleno de papeles y una ventana que daba al puerto.

También contaba con un cuarto de baño pequeño, lo justo para una ducha, un lavabo y un retrete.

Tampoco se podía pedir más para una pensión de pueblo.

Lucía depositó el diario sobre la mesa; la luz de la lámpara iluminó la tapa de cuero, agrietada por el paso de los años. Parecía un corazón latiendo entre sombras.

—Podemos leerlo ahora —dijo Mario, con impaciencia contenida.

—No, todavía no —Lucía negó con la cabeza lentamente.

—¿Después de todo lo que hemos pasado? ¿Quieres esperar más? —preguntó incrédulo.

—La advertencia de doña Matilde no fue un simple chisme —replicó ella, con tono firme que sorprendió incluso a ella misma—.

Mis padres me dijeron lo mismo. Que esa casa debía permanecer cerrada.

Y ahora… —Miró al diario con un estremecimiento—.

Ahora me pregunto si Sara querría que esto se encontrara oculto por una razón.

Mario apretó los labios, paseando por la habitación, como un león enjaulado. Tras unos segundos se calmó; no quería iniciar otra discusión.

—Lucía, escúchame —dijo, sentándose a su lado en la cama—. Si nos detenemos por cada advertencia, nunca llegaremos a la verdad. Sara escribió esto para que tú lo leyeras, recuerda la carta que nos dio Elvira, era una carta para ti.

Ella bajó la mirada, insegura. El silencio se alargó, roto solo por el crujido de la madera bajo los pies de Mario, de nuevo en pie.

De pronto, un golpe seco en el callejón los hizo alertarse.

Mario se acercó hacia la ventana y apartó la cortina con cautela.

Entre la niebla, apenas alcanzó a distinguir una silueta inmóvil bajo la farola.

No podía ver su rostro, sin embargo, parecía observar la pensión, o simplemente estar esperando a alguien.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucía, en un susurro.

—Nada. Solo había una persona, supongo que esperando a alguien. Sobre el ruido no he visto nada raro —contestó Mario, quitándole importancia.

—¿Y si nos vigilaba a nosotros? ¿Y si alguien sabe lo que hemos encontrado? —preguntó asustada.

—Por eso precisamente debemos leerlo cuanto antes.

Lucía cubrió el diario con sus manos, como una protectora.

—Mañana. A la luz del día, cuando no estemos tan agotados y tengamos la cabeza más despejada —dijo acariciando el diario—. Ahora me voy a casa a descansar, quédate el diario tú; aquí estará más seguro .

Mario la miró frustrado, pero al final cedió.

—Está bien. Mañana —dijo resignado, con voz suave—. Te puedes quedar a dormir esta noche aquí. —La propuso Mario, preocupado de que saliera sola a esas horas.

Lucía aceptó con la cabeza, no tenía pensado esa opción, pero viendo las horas que eran y su pensamiento de que les seguían, decidió pasar la noche en la pensión.

—Toma —dijo él, sacando del armario una camiseta básica de color negro—. Estarás más cómoda.

Mario se giró, mirando por la ventana, mientras Lucía se desabrochaba los botones de su camisa, para a continuación quitársela, y ponerse la camiseta de Mario.

Se descalzó, se quitó el pantalón vaquero y se introdujo en la cama.

Mario hizo lo mismo, se puso su pijama y se sentó en un viejo sillón de cuero marrón, acompañado de una manta.

—¿Qué haces ahí? —preguntó ella—. Ven a dormir a la cama —ordenó.

Mario obedeció; no quería incomodarla, pero si a ella no la importaba, a él tampoco. La cama era individual, pero ambos eran de complexión delgada, por lo que entraban perfectamente sin llegar a ni siquiera rozarse.

Apagaron la luz, dejando la habitación en penumbras, Lucía guardó el diario bajo la almohada, como si fuera un tesoro frágil.

El silencio de la pensión era engañoso, cada crujido en el pasillo, cada cerrar y abrir de puertas, cada murmullo del viento contra la ventana, parecía anunciar que alguien merodeaba, esperando el momento justo para arrebatárselo.

Con los ojos abiertos en la oscuridad, Lucía comprendió que esa noche no dormiría demasiado.

Y en el fondo, sabía que al día siguiente nada volvería a ser igual, porque el diario de Sara estaba a punto de hablar.

Los primeros rayos de luz entraron entre las cortinas.

Lucía y Mario yacían en la cama, este último se encontraba despierto, sin querer moverse para no despertarla, ya que Lucía se había girado mientras dormía, quedando su cabeza apoyada sobre el hombro de Mario, y su mano sobre su pecho.

Mario cogió su teléfono móvil de la mesilla, con el brazo que tenía liberado, comprobó sus mensajes, y a continuación, vio una notificación de un correo electrónico, de su jefe.

Seguramente quería saber noticias sobre la investigación, puesto que aún no le había dicho nada al respecto, pensó Mario.

Lucía se despertó, abriendo los ojos despacio, hasta ubicarse.

—Perdón —se disculpó, avergonzada, regresando a su lado de la cama rápidamente—. No me di cuenta.

—Tranquila, no pasa nada —rió Mario—. Lo importante es que has descansado algo.

Unos minutos más tarde, desde la ventana, Lucía contemplaba el puerto difuminado en la niebla, los barcos inmóviles como espectros varados.

Mario la contemplaba desde la cama, aún llevaba puesta su camiseta negra, que le llegaba justo por debajo de la cintura, dejando sus piernas desnudas.

No podía ni imaginar lo que estaría pasando dentro de aquella cabeza y, más aún, dentro de ese corazón: gestionar la desaparición de su hermana hace tantos años, y a día de hoy seguir con esa losa a la espalda.

Él era el investigador profesional, pero en este caso, ya tenía decidido que las riendas las tenía ella, se harían las cosas cuando y como ella quisiera, no quería discutir o verla sufrir más aún. Demasiado tenía .

—¿Qué miras? —preguntó Lucía, al verle en ese estado, sacándole de sus pensamientos.

—Perdón. No estaba… solo estaba pensando.

—Claro —rió ahora ella.

Mario se levantó en silencio, ahora el que se sentía avergonzado era él. Se acercó a una pequeña mesa y comenzó a preparar café en una pequeña y vieja cafetera. Lucía cogió su ropa de la silla y aprovechó para ir al baño.

—Ha llegado el momento —dijo Lucía, ya vestida y con el vaso de café en la mano.

Aunque estaba convencida, sus manos temblaron cuando cogió el diario.

El cuero estaba endurecido, la hebilla levemente oxidada.

Al abrirlo, un olor a papel viejo se esparció por la habitación, trayendo consigo ecos del pasado.

La primera hoja estaba garabateada con la letra juvenil de Sara, firme, elegante, pero con un leve temblor en los trazos iniciales.

“ 13 de febrero, 1.993

Hoy vuelvo a sentir que algo me observa. En el instituto se ríen de mí por esas cosas, pero yo sé lo que siento. No son imaginaciones. Cuando camino de regreso a casa, hay pasos detrás de los míos. Siempre se detienen si miro atrás.”

Lucía pasó la página con un nudo en la garganta.

“ A mamá no le digo nada. Está cansada, y bastante tiene con pelearse con los del pueblo por mí. Juan, el hijo del pescador, me preguntó si quería acompañarlo al muelle, a pescar, pero le dije que no. No quiero que nadie se mezcle. Prefiero callar.

Anoche escuché voces en la casa. Venían del sótano, creo. Mamá dijo que eran los vecinos discutiendo, pero yo no la creo. Una de esas voces dijo mi nombre” .

En la página siguiente, una frase aparecía subrayada dos veces, como si Sara hubiera querido que nadie lo pasara por alto.

“Si algo me pasa, buscad a R…”

El resto del renglón estaba borroneado, tachado con rabia, ¿la propia Sara, o tal vez otra mano había querido ocultar ese nombre? Lucía sintió que el estómago se le encogía.

—R… —repitió, en voz baja, como si repetir la letra en sus labios pudiera darle una respuesta.

—Esto puede cambiar las cosas. Si Sara pone esa frase… esa persona significa que la protegía o ayudaba —añadió Mario, con un lío formado en su cabeza.

Lucía cerró el diario con brusquedad.

—Quizás fue obligada a escribir eso —dijo, con un hilo de voz saliendo de su garganta—.  Lo que está claro es que Sara sabía algo… y alguien quiso que callara.

El silencio entre ambos fue pesado, roto solo por el golpeteo de la lluvia que empezaba a caer sobre el pueblo. Afuera, el día gris y opresivo, parecía compartir el secreto recién descubierto.

El diario permaneció cerrado, pero su voz ya había despertado. Y ambos sabían que cada página los llevaría más cerca de un destino del que no podrían escapar.

El puerto se desdibujaba bajo la persistente lluvia.

Las gotas repicaban contra los tejados y formaban charcos en los adoquines, devolviendo al aire un olor a sal y hierro oxidado.

Desde la ventana de la pensión, Lucía miraba ese paisaje gris, apretando con fuerza el diario.

Mario permanecía de pie, con los brazos cruzados, pensativo.

No había dejado de dar vueltas desde que dejaron de leer.

—¿Quién demonios es “R”? —preguntó al fin, rompiendo el silencio—. Podría ser cualquiera.

Lucía bajó la mirada, recordando la caligrafía temblorosa de su hermana.

—Sara lo escribió con urgencia, eso es evidente. Y después lo tachó, o lo tacharon. Eso me inquieta mucho más —comentó ella, también en un mar de dudas.

Mario se acercó hasta la ventana, donde se encontraba ella.

—Ese “R”, ¿no te recuerda a nadie más? Haz memoria. Por una parte tenemos a Ramiro como posible culpable de su desaparición, pero por otro lado otro “R” al que acudir si la pasaba algo… no tiene sentido —expresó Mario, dándole vueltas a la cabeza.