Ecos en la niebla Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Mientras bajaban las escaleras con todo el cuidado del mundo, un ruido resonó en la planta baja.

El golpe de una puerta, o tal vez de un mueble arrastrado.

Ambos se detuvieron en seco. Mario levantó la mano, ordenando silencio.

Lucía mantuvo la respiración, apretando el diario con sus manos.

Durante unos segundos interminables, solo se escuchó el rugido lejano del mar.

Luego, un nuevo sonido, el crujido pausado de pasos, en alguna parte de la casa, pero no cercanos.

Mario bajó lentamente el brazo en señal de ponerse en marcha despacio. Bajaron las escaleras hasta el hall.

Antes de salir, Lucía giró la cabeza hacia la sala de estar; a la tenue luz que se filtraba por las ventanas, le pareció ver una sombra cruzar el salón. Un destello fugaz, demasiado rápido, pero lo bastante claro para confirmar que no estaban solos.

—Mario… —susurró temblando.

—Lo sé —respondió él con un hilo de voz, empujándola suavemente hacia la salida.

El aire helado de la costa les golpeó como un alivio. Corrieron hasta alejarse de la silueta del caserón, que quedó tras ellos, inmóvil y oscura, como un monstruo dormido que aún respiraba. Solo cuando llegaron al camino cubierto de maleza, Lucía se permitió hablar.

—Alguien más estaba allí… —dijo exhausta tras la carrera.

—Sí, pero lo positivo es que nosotros tenemos las pistas.

Pero también significa que alguien sabe que esa casa esconde algo.

Y el tiempo juega en nuestra contra —comentó, mirándola a los ojos fijamente—.

El diario; hay que leerlo bien, analizar cada palabra.

Tengo la sensación de que Sara nos dejó más de lo que creemos en esas páginas.

Lucía bajó la mirada hacia el diario. El cuero húmedo estaba frío entre sus manos.

La bruma del mar los envolvió mientras se alejaban.

Tras ellos, en el caserón del acantilado, el eco de pasos ajenos seguía resonando en sus cabezas.

El regreso al pueblo fue silencioso. El viento arrastraba la niebla hasta cubrir las farolas de la calle, y cada paso resonaba como si alguien los siguiera.

Lucía no soltó el diario en ningún momento, lo llevaba ya guardado debajo del abrigo, pero sujetándolo desde fuera, temiendo que incluso la noche se lo arrebatara.

La taberna aún tenía las luces encendidas, y desde el puerto llegaban voces apagadas de marineros que se despedían antes de irse a sus casas.

Sin embargo, cuando cruzaron la plaza, una silueta les salió al paso.

Era una mujer de cabello gris recogido en un moño apretado, los ojos pequeños y agudos como cuchillas.

Llevaba un chal oscuro y apoyaba una mano en un bastón torcido. Lucía la reconoció de inmediato.

—Es Matilde —dijo, acercándose al oído de él—. Solía visitar a mis padres a menudo para conversar. Siempre había vivido junto a las historias del pueblo, la típica señora que se entera de todo, o de nada, pero necesita de ello para vivir.

Doña Matilde giró la cabeza, dándose cuenta de la presencia de Lucía y Mario, se despidió de los hombres con los que hablaba y se fue acercando con paso lento.

—Lucía, me he enterado de que te han visto cerca de la casa del acantilado —dijo, con voz áspera que retumbó en la plaza, ya vacía.

El corazón de Lucía dio un vuelco. Mario se tensó a su lado, en guardia.

—No es asunto suyo, doña Matilde —intentó cortar Lucía, aunque su voz tembló.

La anciana clavó la mirada en el abrigo que Lucía sostenía con tanta rigidez. Sus labios se curvaron en una mueca casi imperceptible.

—Esa casa trae desgracias. Siempre las ha traído. Tus padres lo sabían… ¿O acaso lo has olvidado ?

La mención de sus padres la golpeó como un látigo. Tragó saliva, incapaz de apartar sus ojos de aquella mujer. Pero fue Matilde quien volvió a tomar la palabra.

—Sara desapareció y nunca regresó, ¿quieres que ocurra lo mismo contigo? —insistió, con un tono de reproche que rozaba lo maternal y lo amenazante a la vez.

Mario dio un paso hacia delante, interponiéndose entre ambas.

—Déjela en paz —dijo con firmeza— No son más que viejas historias.

La anciana soltó una carcajada breve, seca como ramas quebrándose.

—Historias viejas… Eso creía yo también, muchacho.

Hasta que una noche escuché pasos dentro de esa casa, cuando ya llevaba años cerrada.

Y no eran fantasmas —contó, acercando su rostro arrugado a pocos centímetros de Lucía—.

No vuelvas allí, Lucía. No hay nada que rescatar entre esas paredes. Solo ruina y condena.

Luego, como si nunca hubiera estado allí, se dio media vuelta y se perdió lentamente entre la niebla, dejando tras de sí un eco frío y pesado.

Lucía permaneció inmóvil, con los dedos clavados aún en el diario bajo el abrigo.

Las palabras de esa anciana a la que conocía resonaban en su mente como una campana rota. Mario la miró con seriedad.

—¿Tus padres también te hablaron así de la casa?

Lucía bajó la vista, incapaz de responder. El silencio fue su única confesión.

Ambos siguieron caminando. El pueblo, con sus calles desiertas, parecía estar observándolos en cada esquina, parecía que todos supieran dónde habían estado y qué traían consigo.