Capítulo 9 #3
La siguiente habitación estaba completamente vacía: cajas húmedas llenas de trastos ya inservibles; de la cama solo quedaba el somier, una mesa de madera partida en dos a causa de la lluvia que se había acumulado en ella cada vez que llovía; el suelo de madera también estaba levantado en gran parte de la estancia; una cómoda coja, a la que le faltaba poco para venirse abajo.
—Esta era la habitación de mis padres, aunque raras veces se quedaban a dormir aquí, sobre todo en los últimos años… papá decía que el mar lo despertaba de noche, como si lo llamara —dijo Lucía estremeciéndose.
Mario tomó nota mental de esa frase. Todo en esa casa parecía hablar en susurros, incluso el mar.
El cuarto de baño era un mausoleo de azulejos azules desconchados y grifos oxidados.
El espejo sobre el lavabo estaba empañado por la humedad, y en la bañera se acumulaban restos de salitre, como si el océano se hubiera colado hasta allí.
Mario abrió el armario del botiquín: vendajes resecos, frascos vacíos, una pastilla olvidada que se deshacía al tacto. Nada más.
Al entrar en la siguiente habitación, Lucía contuvo el aliento. Su habitación de infancia estaba casi intacta, como si el tiempo hubiese decidido conservarla en un frágil equilibrio entre la nostalgia y el abandono.
La cama pequeña, de hierro pintado en blanco ya descascarillado, aún guardaba una colcha bordada con flores, ahora descoloridas.
Sobre la mesilla de noche descansaba una lámpara con la pantalla rajada, cubierta de polvo, y un vaso de cristal con marcas de cal, como si alguien lo hubiera dejado a medio beber y nunca más lo hubiera tocado.
Posiblemente hubiera sido ella. Las estanterías alineadas contra la pared estaban llenas de muñecas descoloridas, algunas con los ojos de vidrio a medio cerrar, otras sin brazos o con vestidos rasgados.
Entre ellas se mezclaban libros juveniles, sus lomos deformados por la humedad, títulos que a Lucía le arrancaron una sonrisa amarga: cuentos, novelas de aventura, manuales escolares llenos de anotaciones en los márgenes.
Sobre el escritorio, papeles amarillentos; aún se conservaba una caja de lata con pegatinas despegadas.
Lucía la abrió y dentro encontró botones, un carrete de hilo, canicas y un par de cromos de muñecas, tesoros de infancia que en su momento parecían joyas.
Se acercó a la cómoda y abrió el cajón. Allí, en medio de trastos olvidados, encontró un lazo de tela roja. Lo apretó entre los dedos con ternura.
—Sara me lo regaló… cuando cumplí cuatro años.
La linterna de Mario iluminó la pared frente a la cama; aún se adivinaban los restos de un mural pintado por Lucía con témperas, un sol amarillo y un mar azul.
La imagen pareció un eco infantil atrapado bajo la capa de moho.
Mario la observó en silencio, comprendiendo que para Lucía cada objeto era una herida y a la vez un refugio.
Una vez recorrida toda la casa, volvieron inevitablemente al cuarto de Sara. La tensión se había espesado; ahora no bastaba con mirar por encima. Había que rebuscar por cada rincón de esas cuatro paredes.
Mario cerró la puerta tras ellos.
—Bien —dijo con firmeza—. Veamos qué quiso dejarte Sara.
Lucía asintió, decidida, pero a la vez temerosa por lo que pudieran encontrar.
La linterna de Mario recorría lentamente las paredes desconchadas, iluminando manchas de humedad que se extendían como venas oscuras. Enfocaba los armarios, el techo… Lucía, en cambio, avanzaba despacio, abriendo ca da cajón del armario, con una mezcla de miedo y reverencia.
—Ella escondía cosas, siempre —susurró, acariciando el borde de la puerta del armario—. Tenía esa costumbre desde niña: guardar secretos en los lugares más insólitos.
Mario fue a por los cajones de la mesa de escritorio.
El primero estaba vacío salvo por un pañuelo ya inservible.
El segundo contenía lápices partidos y hojas en blanco arrugadas.
El tercero, sin embargo, ofrecía resistencia.
Tras varios intentos, lo logró abrir de un tirón fuerte.
La base no era plana, sino que ondeaba a causa de la humedad.
En su interior, había papeles húmedos, irreconocibles, y más lapiceros y bolígrafos.
Golpeó suavemente con los nudillos el fondo del cajón. El sonido era hueco.
—Mira, escucha —dijo golpeando de nuevo—. Aquí hay algo más.
Lucía contuvo la respiración mientras él tanteaba el interior del cajón hasta encontrar un pequeño borde suelto.
Con paciencia, forzó la madera podrida hasta que cedió, revelando un espacio oculto.
Dentro, cuidadosamente envuelto en un paño descolorido, yacía un cuaderno de tapas negras, con las esquinas comidas por la humedad.
Lucía lo tomó con las manos temblorosas, como si temiera que se fuera a deshacer entre sus dedos.
—Es la letra de Sara… —murmuró, pasando las páginas rápidamente, pero fijándose en frases apresuradas, dibujos y anotaciones que parecían más pensamientos crípticos que un diario íntimo.
Algunas frases destacaban, subrayadas con trazos violentos :
“Él me sigue vigilando y el hombre nuevo no para de hacerme preguntas”.
“No debo confiar en nadie”.
“El mar guarda lo que la gente quiere enterrar”.
Mario frunció el ceño.
—Esto no es un diario normal; es casi un registro de su miedo.
Lucía abrazó el cuaderno contra su pecho, con lágrimas en los ojos. Era como si Sara hablara con ella desde un pasado roto.
Mientras Lucía leía, Mario seguía inspeccionando la habitación.
Su linterna se detuvo en un sitio exacto, cerca del cabecero de la cama.
La pintura estaba desconchada, y sobre la pared, apenas visible bajo la capa de polvo, había unas líneas extrañas.
Se agachó y pasó la mano quitando el polvo; los trazos eran de carbón, desvaídos pero legibles.
—Lucía, ven aquí.
Ella se acercó y juntos descubrieron lo que parecía una frase escrita a toda prisa.
“La verdad está bajo la casa”
Las letras torcidas, irregulares, como si hubiesen sido trazadas en la oscuridad, en secreto.
—Bajo la casa… —Lucía se estremeció—. ¿Qué quiso decir?
Mario guardó silencio, pero en sus ojos brillaba la certeza de que Sara había dejado más que un simple rastro.
Entre las manos de Lucía, el diario parecía latir como un corazón ajeno. En la pared, las palabras de carbón eran un grito callado que sobrevivía al tiempo .
—No estamos solos en esto —murmuró Mario—. Sara nos está guiando.
El crujido de una tabla resonó debajo de ellos, lo que les hizo girarse al instante.
Un solo crujido y volvió la calma, pero la sensación era inequívoca; alguien más se movía dentro de la casa.
El cuarto de Sara estaba cargado de un silencio sofocante.
Lucía estaba aferrada al diario como si fuera un talismán.
Mario, no apartaba la mirada de la puerta.
—Tenemos que irnos —susurró él.
Lucía dudó, todavía de rodillas frente a la pared. El mensaje escrito parecía mirarla desde la penumbra, como si las palabras estuvieran vivas.
—Si alguien entra y lo ve… —susurró ella, con un hilo de voz.
Mario lo comprendió al instante; hurgó sin hacer ruido en el bolsillo de su abrigo y sacó un pequeño pañuelo, lo empapó de saliva y lo deslizó por la pared, borrando la frase por completo.
Lucía lo observó con un nudo en la garganta.
Borrar la pista de Sara era como si un cacho de su recuerdo desapareciera, pero en este caso, no les quedaba otra solución si querían ser los únicos en tener esa pista.
Con cuidado, salieron de la habitación. El pasillo crujió bajo sus pies. Cada sombra parecía moverse al compás de la linterna, y el aire, cargado de humedad, se volvió más frío.