Capítulo 9 #2
—En la carta, Sara dice que Ramiro iba a por ella, pero también sabemos que ella se escapaba de casa por la noche, por voluntad propia, para verse con él.
¿Quién se escapa de casa por su propia voluntad para encontrarse con alguien a quien teme?
Recuerda las primeras cartas que me enseñaste, se intuía que tenían algo más que una amistad…
—comentó Mario, recordando aquellas cartas.
—No lo sé, ojalá tuviera más respuestas.
—Háblame de esa casa —pidió en voz baja, cambiando de tema—. ¿Por qué dice Sara que ahí empezó todo?
Lucía apretó los labios, recordando aquella época, como si las palabras pesaran demasiado. Finalmente, suspiró.
—La casa del acantilado era de mis abuelos.
Un caserón de piedra, levantado hace generaciones.
Cuando yo era niña, pasábamos allí los veranos; era tan grande que teníamos nuestras propias habitaciones, tanto Sara como yo.
Era nuestra segunda casa. Hasta que las cosas cambiaron —relató, dejando un silencio hasta volver a tomar la palabra segundos después—.
Mi padre dejó de ir. Decía que estaba demasiado cerca del mar, que era peligroso y la humedad lo devoraba todo.
Pero yo siempre sentí que era otra cosa.
Había discusiones cada vez que alguien mencionaba esa casa.
Mamá callaba, como si ocultara algo. Y Sara…
—Su voz se quebró—. Sara adoraba ese lugar, decía que allí podía respirar, sentir paz.
Mario la escuchaba atentamente, como si intentara recomponer un rompecabezas invisible.
—¿Por qué quedó abandonada?
—Hubo un accidente —dijo Lucía, bajando la mirada—.
Una tormenta. Parte del tejado se vino abajo y mi padre lo usó de excusa para cerrarla.
Desde entonces, nadie volvió a entrar. Yo era demasiado pequeña para entender, pero Sara…
Sara nunca aceptó esa decisión. Ella se escapaba y se internaba en la casa aunque nos lo prohibieran. Decía que allí había respuestas.
—¿Crees que Ramiro tiene algo que ver con esa casa?
—Estoy segura —respondió ella, sin dudar ni un segundo—.
Siempre rondaba cerca. Decía que ayudaba con el ganado de su padre, pero yo lo recuerdo en los alrededores del acantilado, observando.
Sara lo notaba también. Y si ella escribió esa carta, es porque allí descubrió algo… algo que él no quería que se supiera.
Mario asintió lentamente mientras caminaban, pero en sus ojos se reflejaba duda.
—Entonces —comenzó a decir, pensando las palabras adecuadas—. La casa del acantilado no es solo un lugar abandonado. Es el corazón del secreto.
Lucía cerró los ojos un instante. Lo sabía desde el principio, aunque le doliera admitirlo. Volver allí sería como abrir una herida que nunca había cicatrizado .
El camino hacia la casa estaba cubierto de maleza, como si la naturaleza hubiera querido borrar toda huella de aquel lugar.
A cada paso, el mar rugía más fuerte, y el aire se volvía más salado, impregnado del olor de algas y rocas mojadas.
Lucía caminaba en silencio, con el corazón encogido por los recuerdos; la de veces que había corrido por este camino, que en su memoria lo recordaba vivo, lleno de coloridas plantas y hierba bien cuidada.
Mario, a su lado, observaba el horizonte con gesto tenso, como si esperara que en cualquier momento la niebla revelara una figura acechante.
Por fin divisaron la silueta de la casa; un escalofrío les recorrió el cuerpo. El caserón de piedra se alzaba como un gigante herido, con paredes ennegrecidas por la humedad, ventanales rotos, el tejado vencido por uno de los extremos. Aún en ruinas, imponía respeto.
—Ahí está —murmuró Lucía, con un nudo en la garganta.
Mario dio un paso más y se detuvo de golpe.
—Espera —dijo extendiendo su brazo para que Lucía no avanzara más.
Se inclinó hacia el suelo húmedo, donde la hierba aplastada formaba un sendero irregular. Huellas recientes, profundas, serpenteando hasta la entrada. Lucía se agachó también.
—Alguien ha estado aquí hace poco —afirmó ella.
—O… sigue aquí —comentó él, mirándola a los ojos, sintiendo un temblor en el cuerpo.
Ambos levantaron la vista hacia la puerta. La madera estaba astillada, como si hubiera sido forzada, o quizás, ya lo estaba tras los estragos del tiempo y era su mente quien los engañaba, pero lo que estaba claro es que esas huellas recientes en el terreno no mentían .
—Justo cuando leemos la carta… ¿Alguien viene a este lugar? —preguntó Lucía, tragando saliva.
—No es casualidad —respondió Mario.
La bruma espesaba a su alrededor, envolviendo la escena en un silencio expectante. Ambos sabían que entrar era inevitable, pero por primera vez, la certeza de no estar solos transformaba el miedo en un enemigo tangible.
El portón cedió con un gemido áspero, como si se resistiera a dejarles entrar.
Ambos cruzaron el umbral con cautela. Las linternas en mano iluminando motas de polvo que flotaban en el aire, danzando como espectros.
El silencio dentro era espeso, quebrado apenas por el crujir de las tablas bajo sus pasos.
La humedad impregnaba cada estancia, cada rincón.
El olor a madera vieja y húmeda, a mar atrapado en las paredes.
La primera estancia era un vestíbulo amplio, de techos altos. Un espejo cuarteado colgaba torcido, devolviendo reflejos distorsionados. En un rincón, un perchero con abrigos de lana raída; permanecía en pie, inmóvil tras los pasos del tiempo. Lucía rozó con la yema de sus dedos uno de los abrigos.
—Sara solía esconder caramelos aquí —murmuró, con una sonrisa quebrada por la nostalgia—. Decía que era nuestro secreto.
Mario la observó en silencio, sintiendo que el pasado se hacía visible en cada palabra de ella.
A continuación, atravesaron una puerta de doble hoja y entraron en el salón.
El lugar era un mosaico de ruina y memoria.
Un piano cubierto de polvo, con algunas teclas ausentes, otras amarillentas, descansaba junto a la ventana rota.
Los sofás, tapizados con tela desgastada, se encontraban cubiertos por sábanas grises, también roídas por ratones, gatos y demás animales.
En la repisa de la chimenea, un marco caído dejaba ver una fotografía en sepia: los abuelos de Lucía, posando junto al mar.
Lucía la levantó con manos temblorosas y, con mucha ternura, pasó sus dedos quitando el polvo de la fotografía.
La siguiente estancia era la cocina; el suelo estaba invadido por hierbajos que se colaban por las baldosas rotas.
Un reloj de pared de madera, con la esfera de cristal rota, detenido a las 3:36, colgaba ladeado.
Sobre la mesa, cubiertos oxidados y platos rajados esperaban como en una escena congelada en el tiempo.
Mario pasó la linterna por la alacena y se fijó en algo extraño, una botella de vino abierta, sin polvo, y al lado, migas de pan, ligeramente duras, pero no de muchas horas. Se giró hacia Lucía.
—Alguien ha estado aquí hace poco —dijo en voz baja.
Lucía tragó saliva. Las huellas de la entrada ya no eran una mera sospecha.
Volvieron al vestíbulo para subir por una escalera que conducía al piso de arriba; la escalera crujía en cada peldaño que pisaban, llegando a ser inestables algunas tablas.
El pasillo del piso superior estaba flanqueado por puertas cerradas, todas con las bisagras oxidadas.
La bruma del mar se colaba por las rendijas, formando pequeñas corrientes heladas que acariciaban la piel como dedos invisibles.
Lucía se detuvo frente a la primera puerta.
—Era la habitación de Sara —dijo con un hilo de voz.
El silencio que siguió fue aún más denso que la bruma. Mario, con un gesto de aprobación, la animó a abrirla.
La puerta se abrió con un lamento metálico y, de pronto, Lucía se sintió de nuevo niña.
El olor a polvo y humedad no logró borrar la esencia de aquel cuarto.
Las paredes estaban cubiertas con restos de papel pintado en tonos claros, amarillentos por los años.
Sobre la mesa aún quedaban algunos cuadernos abiertos, empapados por filtraciones de agua, y un jarrón desportillado con flores secas que parecían hechas de ceniza.
En la cama, la colcha a cuadros estaba intacta, como recién hecha, como si Sara hubiera salido con la promesa de regresar en cualquier momento.
Lucía se acercó y pasó la mano sobre la tela, conteniendo un sollozo.
—Ella solía sentarse aquí a escribir sus diarios —comentó en voz baja—. Siempre escondía algo bajo la almohada —volvió a decir, levantando suavemente la almohada, sin hallar nada.
Mario recorrió la habitación con la linterna, atento a cada detalle. A simple vista, no había nada fuera de lo común. Solo el eco de la ausencia. Esa ausencia que sentía él en esos momentos, parecía encontrarse solo en aquella habitación, pues Lucía parecía estar en el pasado, y no allí con él.
—Quizás haya que mirar más a fondo —susurró para él mismo, sin que Lucía lo oyera. Aunque decidió no decírselo aún, viendo a Lucía aún sentada en la cama, ausente, con lágrimas en los ojos.
La habitación de sus abuelos era distinta, más solemne, más oscura.
Una gran cama de madera tallada dominaba el espacio, cubierta de polvo y telarañas.
En el tocador aún quedaban frascos vacíos de perfume y una peineta rota, todo ello empapado por agua de lluvia.
El espejo del armario devolvía su reflejo en fragmentos, como si no quisiera mostrar personas, sino pedazos de recuerdos.
Las paredes que daban al exterior estaban devoradas por raíces y plantas que entraban por la parte superior; esa parte de la casa fue la más afectada por aquella tormenta .