Capítulo 9
El aire estaba cargado de humedad cuando Lucía decidió acompañar a su madre a misa. No era costumbre suya, pero después de dos días buscando la carta sin rastro alguno, necesitaba distraer la mente de la sensación asfixiante de fracaso.
Dentro de la iglesia, las voces del coro se mezclaban con el crujir de los bancos viejos.
Lucía apenas prestaba atención; su mirada se perdía en los vitrales empañados, en las columnas que se elevaban a su lado, pensando en todas las versiones que había escuchado: la carta quemada, robada, o incluso inventada.
Al terminar la misa, salieron ordenadamente por el pasillo central.
La multitud se dispersaba en la plaza cuando un anciano de barba rala se acercó tambaleante.
Vestía un abrigo gastado y olía a salitre.
Su rostro arrugado era firme, de gesto nervioso, asustado se podría decir.
Sus ojos se posaron en los de ella, a escasos centímetros.
—Señorita Ayala —murmuró, apenas audaz para sostener la mirada. Esto le pertenece.
De su abrigo sacó un sobre blanco doblado.
Lo puso en sus manos con un gesto rápido y se marchó sin esperar una palabra de agradecimiento.
Lucía se quedó petrificada. Reconoció al instante el papel áspero, el borde deshilachado, la textura que había acariciado tantas veces en los últimos días. Era la carta.
La guardó rápidamente dentro de su chaqueta, se despidió de su madre con un beso y se fue con un nerviosismo en el cuerpo difícil de describir, pero a la vez una sonrisa se dibujaba en su rostro. Sacó su teléfono y llamó a Mario, citándole en su casa en cuanto le fuera posible. Era importante.
—¿Quién era ese hombre? —preguntó Mario, ya en casa de Lucía, mientras observaba la carta como si temiera que fuera una trampa.
—No lo sé —susurró ella, todavía con la voz nerviosa—. Pero parecía asustado. Muy asustado.
La tentación de abrir el sobre era irresistible, pero ambos sabían que hacerlo sin precaución podría ser un error.
Mario insistió en guardarlo bajo llave, al menos hasta asegurarse de que nadie volvería a intentar robarla.
Lucía lo cogió para examinarla bien. Fue entonces cuando lo vio: en la solapa de la parte trasera, sobre una mancha fresca de humedad, había una letra, casi imperceptible a simple vista.
Estaba trazada con torpeza, irregular. Lucía apretó el sobre contra el pecho.
No necesitaba preguntar en qué manos había estado y por quién fue robada. Mario, sin embargo, tenía sus dudas.
—Creo que no fue quien pensamos… —dijo tajante, como tampoco quien ha escrito esa inicial en las últimas horas. Si algo tenemos claro de “R” es que es muy meticuloso; él hubiera escrito la inicial más elegante, como en las otras cartas o en el relicario, pero no así de irregular.
—Igual iba con prisa. Si no, ¿quién pudo ser?
—No lo sé —respondió Mario, pensativo.
Los minutos se convirtieron en horas. La carta descansaba sobre la mesita de noche, iluminada por la lámpara. Lucía la observaba como si fuera un animal vivo, capaz de saltar en cualquier momento. Cada fibra de su ser le pedía abrirla.
—No podemos esperar más, Mario —dijo con voz firme. —. Si realmente fue Ramiro quien la marcó, significa que sabe lo que contiene… y que no quiere que lo descubramos —volvió a decir, nombrando a Ramiro directamente, pues para ella, él era el responsable de todo.
Mario, sentado frente a ella, negó con la cabeza.
—Precisamente por eso debemos esperar. No sabemos si es auténtica, o si fue manipulada.
Podría ser una trampa. El anciano que te la entregó; no sabemos cómo se hizo con la carta, si la robó al ladrón y no las entregó a sus espaldas, o si realmente ha sido todo planeado, y quiere que abramos esa carta, pudiendo ser falsa —explicó él ante la mirada seria de Lucía.
—¿Una trampa? —Lucía levantó la voz, temblorosa—. ¿Acaso no entiendes lo que está en juego? Esta carta puede ser lo único que nos diga qué ocurrió realmente con Sara —volvió a decir, totalmente sumergida en la desesperación.
—¡Por eso mismo! —replicó él, golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano, mientras su cabeza miraba al suelo—. No podemos arriesgarnos a que nos engañen. Si abrimos esa carta sin cuidado, él ya habrá ganado.
Lucía lo fulminó con la mirada.
—Lo dices porque no era tu hermana. Porque no cargaste con su ausencia todos estos años. Para ti, esto es un rompecabezas. Para mí, es mi vida —dijo ella enfadada y nerviosa—. ¿Seguro que estás de mi parte? —sentenció.
El silencio posterior fue un filo en el aire. Mario, dolido por las palabras que acababa de escuchar, no contestó de inmediato; parecía debatirse entre la compasión y la firmeza. Tras unos segundos, finalmente habló, en un susurro cargado de tensión.
—Te equivocas si crees que no me importa. Pero si perdemos la cabeza, Sara se perderá con nosotros —dijo justo antes de salir de la habitación.
Ella apartó la vista de su salida, con los ojos ardiendo. Durante un instante, pensó en coger el sobre y romper el sello en ese mismo momento, aunque eso pusiera en riesgo su frágil alianza.
De repente, un golpe seco resonó en la entrada de la casa. Ambos fueron corriendo, Lucía desde su habitación y Mario desde la sala de estar.
—¿Lo has escuchado? —preguntó ella al llegar.
—Perfectamente.
Abrieron con cuidado la puerta. Asomaron la cabeza; no había nadie. Solo un trozo de papel arrugado en el marco de la puerta, clavado con una chincheta. Las palabras, escritas en tinta negra, con una caligrafía temblorosa, helaron la sangre a ambos:
“No abras lo que no entiendes”
El papel olía a humo y estaba húmedo, como si hubiera sido expuesto a la lluvia poco antes. Mario la arrancó del marco y, haciéndola una bola, la lanzó con el suelo, aunque la advertencia ya se había grabado en sus mentes.
Lucía regresó a la habitación sin mediar palabra alguna.
Se sentó sobre la cama, acarició el sobre con los dedos, indecisa, atrapada entre la urgencia y el miedo.
Finalmente, la guardó bajo llave otra vez.
Pero sabía que la espera no podría alargarse mucho más.
La carta ardía en silencio entre ellos, como un secreto dispuesto a estallar.
Mario, sentado en el viejo sillón, decidió quedarse esa noche en casa de Lucía, por si alguien intentaba robar de nuevo la carta. Ninguno de los dos pudo dormir. Cada crujido de la madera, cada ráfaga de viento contra las ventanas parecía anunciar que alguien los observaba.
El amanecer trajo un silencio extraño. Ni las gaviotas se atrevían a romper la calma esa mañana.
Lucía y Mario apenas habían podido pegar ojo, y entre ellos se extendía un vacío áspero, herencia de la discusión de la noche anterior.
Él preparó café en silencio. Ella, sentada en la cama, no apartaba la vista del cofre.
El aire estaba cargado de palabras no dichas.
—¿Vas a seguir sin hablarme? —preguntó Mario, entrando en la habitación, con un café en cada mano, rompiendo por fin el mutismo.
Lucía lo miró, dolida.
—No entiendes lo que es vivir con un fantasma pegado al alma. Sara no era solo mi hermana, era… todo. Y esta carta puede ser lo único que me la devuelva.
—Y yo lo entiendo, pero… —dejó la frase a medias, no quería volver a la conversación de la noche anterior, simplemente lo dejó estar y que pasara lo que tuviera que pasar.
—Lo siento, tengo que hacerlo.
El silencio volvió a caer. En el fondo Mario sabía que ya no había margen para esperar más, viendo la advertencia en la puerta, la inicial marcada en la carta… y aunque aún su cabeza temiera que podría tratarse de una trampa, el momento de abrirla se hacía ya inevitable.
Lucía tomó aire, deslizó sus dedos sobre la solapa y la rompió con un gesto tembloroso. El crujido del papel resonó en la habitación como un disparo. Lo desplegó con cuidado, mientras, Mario se sentaba a su lado. La letra, apretada y nerviosa, pertenecía sin duda a Sara.
“Si lees estas palabras, temo que ya sea demasiado tarde. Él no es quien dice ser. Ramiro guarda secretos que podrían destruirnos a todos. Yo lo descubrí, y por eso temo que pronto vendrá a por mí. Dice que es por mí bien, pero no sé si tengo que creerlo. Mamá no debe saberlo. Pero tú sí, Lucía… tú sí. Confía solo en lo que recuerdas de nuestra infancia. Ahí está la clave. Busca la verdad en el lugar donde todo empezó”.
Sara.
Lucía apretó los labios, incapaz de contener las lágrimas. Las palabras de Sara, escritas en el filo de la desesperación, eran un grito que atravesaba el tiempo.
—¿Aún tienes dudas sobre Ramiro? —preguntó Lucía sin poder contener las lágrimas.
Mario no contestó. No era necesario. Con el ceño fruncido, murmuró:
—¿A qué lugar se refiere?
Lucía se quedó muda, pensativa. La respiración se le disparó y su pensamiento se fue a las nubes. Volvió en sí al notar la mano de Mario agarrando la suya.
—La casa del acantilado —susurró.
Lucía dobló la carta con cuidado, como si aún pudiera proteger a su hermana a través de aquel gesto. Miró a Mario, y por un instante, la discusión de la noche anterior se disolvió en el aire.
—Tenemos que ir allí —dijo con voz firme.
—Sí —asintió él, aunque en sus ojos brillaba algo más que resolución: un temor profundo, como si ya intuyera que la verdad que los esperaba no sería un alivio, sino un abismo.
La carta fue devuelta al cofre bajo llave, cuidadosamente colocada, como si de un tesoro se tratara.
Sin perder un minuto más, se pusieron en marcha.
Afuera, el mar ese día rugía con la furia de un animal encadenado, y la bruma se colaba por todos los poros de la piel, envolviendo todo en un aire de presagio.
Mario caminaba por inercia, pensativo. Lucía lo notó.
—¿Estás bien? Si es por lo de anoche, siento mucho lo que te dije… yo…
—No te preocupes —interrumpió Mario—. Solo pensaba, hay algo que no me acaba de cuadrar.
—¿El qué?