Capítulo 8 #4
Encendió la vela y se dirigió hacia el cofre, levantó la tapa.
El interior estaba vacío. Un frío helado le recorrió la espalda.
Lo abrió de nuevo, palpando con desesperación, como si el sobre pudiera haberse escondido en una grieta invisible.
Se quedó paralizada, se sentó en la cama, sintiendo que la casa entera la observaba en silencio.
Un crujido en el pasillo la hizo girarse de golpe.
No había nadie, solo el viento empujando las contraventanas del pasillo.
El miedo se apoderó de su cuerpo, se encogió en la cama, tapada entera, pensando en lo ocurrido, dándole vueltas a que podía haber pasado, y a si estaba sola en casa ¿Se habría llevado la carta Mario?
Él estaba con ella cuando se quedó dormida, ¿y si me ha traicionado?
Y si no es así, ¿ha entrado un extraño en mi habitación mientras dormía?
Pensar eso la aterraba más todavía. ¿Y mamá?
—No, no puede ser, a mamá la dan pánico las tormentas, no ha podido salir de casa con este temporal —dijo en voz baja para sí misma.
Intentó dormir y esperar que hubiera sido un sueño, como si esperara que la carta regresara al cofre por sí sola.
Pensó mil veces en llamar a Mario, pero no eran horas para llamar, además, si se hubiera llevado él la carta, no sería inteligente avisarle por teléfono.
Su cabeza le mandaba mensajes continuos: “No confíes en nadie”.
No pudo dormir en toda la noche, permaneció tapada, inmóvil, hasta que la luz del amanecer empezó a entrar por la ventana. Una hora más tarde y con su cuerpo destrozado por el cansancio, Lucía estaba llamando a la puerta de la habitación número 6, donde se hospedaba Mario.
—Mario, ábreme. —Golpeó varias veces la puerta, hasta que una voz ronca se escuchó detrás de la puerta, lejana.
—Ya voy.
Mario abrió la puerta con los ojos medio cerrados, con un pantalón de pijama largo y el torso desnudo. Su cara dejaba ver que se había despertado hace apenas unos segundos.
—¿Lucía? ¿Qué haces aquí? —preguntó Mario extrañado mirando a su reloj.
—¿Dónde está? —pregunto entrando en la habitación, sin permiso .
—¿Dónde está el qué? —volvió a preguntar Mario atónito.
—¡La carta!
—La carta… —dijo aún con lentitud, recién despertado—. La guardaste en el cofre anoche.
—¡No está! Ha desaparecido —dijo ella sobresaltada—. Esta noche me desperté de golpe, miré el cofre, y no estaba. Dime que la tienes tú… —dijo comenzando a llorar.
—Tranquila. —Mario se acercó a ella y la abrazó.
—Alguien ha entrado en mi habitación —volvió a decir sin poder parar de llorar, mientras sus lágrimas de deslizaban por el pecho de Mario.
—Joder… —maldijo Mario mientras la seguía abrazando y la daba un beso a la altura de la sien—. No te va a pasar nada. Estoy contigo.
Juntos volvieron a casa de Lucía, algo más calmada, dentro del miedo que la seguía alterando los latidos. Revisaron la casa, de arriba abajo, habitación por habitación, en busca de alguna pista.
—Lucía, ven, tengo algo —gritó Mario desde la entrada.
—¿El qué? —llegó ella corriendo.
—Mira el marco de la puerta, hay marcas de barro, y mira el suelo, huellas de unas botas, esas huellas no son nuestras —comentó observando que se distinguían entra las tablas de madera de la entrada.
—Solo están aquí.
—Al entrar se debió descalzar, para no hacer ruido.
La investigación no solo se había paralizado en seco tras perder la carta, sino que corrían verdadero peligro, alguien había entrado en la casa, sin forzar la cerradura y andado a sus anchas hasta encontrar la carta, mientras Lucía dormía a escasos metros.
A continuación, se dirigieron a un bar, ambos necesitaban un café, sobre todo ella, que no había podido pegar ojo.
—¿Y ahora qué hacemos? —comentó Lucía mientras daba un sorbo al café.
—De momento, volver al puerto. Me da la sensación de que los pescadores saben cosas, ayer murmuraban mucho. Quizás demos con alguno que quiera hablar.
Tomaron el café y se pusieron en marcha. El aire salino quemaba la piel y la bruma espesaba tanto que apenas se distinguían los barcos amarrados. Preguntaron a pescadores, taberneros, a cualquiera que hubiera estado despierto durante la noche. Las respuestas fueron desconcertantes:
“Vi a un hombre con un sobre en la mano, caminaba rápido hacia el acantilado”.
“No, no, yo lo escuché en la taberna: alguien quemó una carta frente a la ermita”.
“¿Y si nunca existió esa carta? ¿Y si son fantasías vuestras?”.
Cada voz añadía más confusión, y la desesperación iba calando en Lucía. Estaba claro que les estaban tomando el pelo.
Regresaron al pueblo y pasaron por la plaza del ayuntamiento. Allí, un grupo de vecinos murmuraba en corros. Al verlos, bajaron la voz, pero Lucía alcanzó a escuchar una frase nítida:
“Se creen que pueden hurgar en lo de Sara… acabarán igual que ella” .
Lucía se detuvo en seco. Mario tiró de su brazo para seguir caminando, el peso de aquellas palabras se clavó en ella como un hierro al rojo vivo.
De regreso a casa, Lucía se sintió más observada que nunca.
El viento movía las ramas de los árboles como manos huesudas, y el chirriar de las ventanas parecía un lamento.
No tenían la carta, ni una pista clara, pero ambos sabían que no había desaparecido por azar.