Ecos en la niebla Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Antes de tener que irme del pueblo, poco antes de que desapareciera, Sara me dio esto.

Me pidió que nunca lo abriera, que lo guardara hasta que alguien viniera a buscar la verdad.

Siempre creí que era broma, un simple juego, solíamos hacer cosas de ese estilo.

Hasta ahora, ahora lo entiendo —dijo, colocando la carta sobre la mano de Lucía—.

Ahora es tuya. Ojalá hubiera estado con ella cuando desapareció, igual podría haberlo evitado —volvió a decir, rompiendo a llorar, abrazándose a Lucía.

—Tú no tienes culpa, te tuviste que ir del pueblo por temas de tus padres, no dependía de ti —la intentó consolar Lucía.

Tras el sentido abrazo, y con Elvira más calmada, Lucía bajó la mirada. La carta reposaba en su mano, temblorosa. El sobre era ligero, pero el peso que transmitía parecía insoportable.

Mario, en segundo plano, observaba en silencio, consciente de que esa carta podía cambiarlo todo.

Elvira volvió a acariciar su colgante de nácar y, con voz quebrada, añadió: ten cuidado, Lucía. La verdad rara vez trae paz.

Unas horas más tarde, la carta descansaba sobre la mesa de la habitación de Lucía, iluminada apenas por la luz de una vela.

El sobre blanco, sellado con cera agrietada, parecía contener algo más que palabras, como un secreto capaz de sacudir cimientos olvidados.

Lucía la miraba en la distancia, sentada sobre la cama. No se atrevía a tocarla.

—Podría decirnos lo que ocurrió en realidad —susurró Mario, sentado en una silla frente a ella.

—O destrozar lo poco que queda en pie —respondió Lucía, con la voz rota.

El silencio se alargó entre esas cuatro paredes. El viento, golpeaba las ventanas, como si quisiera entrar a la fuerza y desvelar el contenido de aquel sobre.

—¿Quieres que lo abramos ahora? —preguntó Mario.

—No, todavía no —respondió ella mientras negaba lentamente con la cabeza.

Lucía tomó la carta aún con las manos temblorosas y la guardó en un pequeño cofre de madera que pertenecía a su padre. Cerró la tapa con un golpe seco, como si intentara encerrar junto con el papel todos sus miedos.

Al día siguiente, Mario pasó por casa de Lucía, y una vez reunidos salieron en dirección hacia el puerto. Al girar la primera esquina vieron cuatro mujeres conversando, no se las escuchaba bien del todo, pero hablaban sin duda del fallecimiento del vecino el día anterior. Lucía se acercó.

—Perdonad, ¿sabéis quién falleció ayer? —preguntó, con educación.

—José —respondió una de ellas.

—Gracias.

Lucía se acercó hasta la posición de Mario, que lo había escuchado desde unos metros atrás, Lucía, con un gesto de hombros le hizo saber que no sabía quién era ese hombre.

Siguieron caminando hasta llegar a la plaza.

Desde la distancia vieron que en la puerta de la iglesia colgaba un papel, la esquela.

Se acercaron hasta descubrir el rostro del fallecido, fotografía que les dejó helados .

—No puede ser —expresó Lucía, con la cara desencajada—. ¿Tú crees que…?

—No lo sé… —no le dejo acabar la pregunta—. Tendremos que averiguarlo.

José, el hombre que había fallecido el día anterior les era conocido, pues era el anciano que les detuvo unas noches antes, antiguo trabajador en la casa de Ramiro, que les advirtió que no hablaran de él en voz alta y que tuvieran cuidado.

¿Habría sido casualidad? En su interior, ambos deseaban que así fuera.

Llegaron al puerto buscando aire fresco. Pero no fue tan agradable el paseo como esperaban. Las miradas de la gente pesaban más que la brisa salada. Tenían la sensación de que todo el pueblo sabía lo que investigaban y no querían que eso ocurriera. Conversaciones interrumpidas, susurros a su paso.

En un barco pesquero, cuatro pescadores comentaron que alguien había visto a un hombre alto, de andar lento, vestido de ropa oscura, merodear por el muelle al anochecer.

Un nombre surgía entre dientes, casi sin sonido, como un eco profundo.

Continuaron el paso ante la mirada de todos los pescadores.

Uno de ellos les lanzó una advertencia velada:

—Los muertos merecen descansar. Y, a veces, los vivos también.

Lucía sintió que cada palabra era un cuchillo disfrazado de consejo. No pudo más y decidió dar por finalizado el paseo, con su único objetivo de regresar a casa. Mario, a su lado, la siguió en silencio.

Lucía se dejó caer en la cama, sin mediar palabra desde que abandonaron el puerto. Mario se sentó a su lado, en silencio, hasta que ella tomó la palabra .

—Tengo miedo de abrirla. Pero también tengo miedo de no hacerlo nunca —dijo con voz apagada y sobrepasada por la situación.

Mario tomó su mano con suavidad.

—Cuando llegue el momento, lo sabrás, y yo estaré contigo.

La vela titiló, proyectando sombras en las paredes. En el cofre, la carta esperaba, muda, paciente, como si supiera que cada día que pasaba aumentaba su poder sobre ellos.

Mario aguardó a su lado hasta que el cansancio de Lucía, tanto corporal como mental, hizo que se durmiera. Apagó la vela con un leve soplido y abandonó la casa en dirección a la pensión, con el sonido de fondo de la tormenta acercándose. Aceleró el ritmo para evitar que le pillara la lluvia.

Horas después, la lluvia repiqueteaba contra los cristales cuando Lucía despertó de golpe, con el corazón acelerado. Había soñado con Sara, la llamaba desde la niebla, extendiendo una mano que sostenía un sobre roto.

Se levantó inquieta, miró por la ventana, la lluvia caía con mucha fuerza, y los rayos iluminaban la calle cada minuto.