Capítulo 8 #2
—Gracias —finalizó Lucía la conversación, sabiendo que tarde o temprano lo haría, al fin y al cabo era su trabajo, y con esta historia en prensa, las ventas se dispararían.
El anticuario era un local estrecho situado en la plaza mayor, con un techo bajo sostenido por vigas oscuras y paredes de piedra.
En el interior, estanterías llenas de objetos que parecían respirar polvo y memoria; relojes de péndulo que marcaban tiempos distintos, espejos empañados que envolvían reflejos borrosos, cofres con cerraduras oxidadas, crucifijos de madera desgastada, y un sinfín de objetos más.
El olor a cuero viejo y cera derretida impregnaba el pequeño negocio.
El anticuario, un hombre menudo de espaldas encorvadas y gafas redondas que aumentaban el tamaño de sus ojos, parecía parte del mobiliario. Caminaba lento, como si cada movimiento fuera medido para no alterar el equilibrio de aquel pequeño universo de reliquias.
Cuando tomó el relicario, lo sostuvo entre sus manos con un respeto reverencial. Giró la pieza bajo una pequeña lámpara situada sobre el mostrador, dejando que la luz arrancara destellos de la plata.
—Siglo XIX, plata labrada —murmuró, con un deje de fascinación—. Un trabajo minucioso, nada común en estos pueblos. El mechón de cabello… era una costumbre romántica, casi funeraria. Pero esta inscripción…
Frunció el ceño al leer la frase, y su voz se volvió un susurro.
—Demasiado personal, demasiado posesivo. No es un objeto de devoción. Es un recordatorio de pertenencia.
Lucía sintió un escalofrío, pero guardó silencio.
—Mmm… conozco a alguien que os puede dar algo más de información, es un experto en inscripciones. No es muy agradable ni sociable… decidle que vais de mi parte e igua l os recibe —dijo el hombre devolviendo el relicario a manos de Lucía.
Ambos salieron del anticuario, camino a la dirección que les había indicado, pero Mario decidió desviarse del trayecto.
—¿Dónde vas? No es por ahí —comentó ella al verle tomar otra dirección.
—Ven, sígueme —respondió él, girándose para mirarla.
—Nos estamos desviando demasiado —dijo Lucía tras varios minutos siguiendo a Mario.
—Ya casi llegamos.
—¿La iglesia?
—La iglesia, me he fijado al salir del anticuario que la otra estaba cerrada.
No es que sea muy católico, quiero decir, creo, pero no soy asiduo a pisar las iglesias.
Pero sé perfectamente que, sobre todo en los pueblos, los curas saben mucho más de lo que la gente cree —dijo Mario, con una sonrisa.
Esta iglesia, una de las dos que había en el pueblo, se alzaba sobre una pequeña colina, blanca por fuera pero marcada por grietas que hablaban de tormentas y años resistidos.
La puerta de madera estaba ligeramente desgastada, cubierta de clavos antiguos.
Al empujarla, un aire frío les envolvió de inmediato, impregnado de incienso y cera apagada.
El interior estaba casi vacío. La nave era sencilla, con bancos de madera oscura alineados en hileras rectas y un altar coronado por una imagen de la virgen, cuyos ojos parecían seguir a quienes entraban.
A los lados, velas encendidas titilaban con una luz vacilante, proyectando sombras inquietas en las paredes encaladas.
El eco de sus pasos resonó con solemnidad. No había fieles en ese momento, solo el murmullo lejano del viento colándose por las rendijas .
El padre Esteban, un sacerdote anciano de sotana negra y rostro surcado por arrugas profundas, apareció desde la sacristía. Sus manos estaban manchadas de cera y tenía un andar lento, como si cada movimiento fuera acompañado de una oración silenciosa.
Examinó el relicario con cautela, sosteniéndolo entre los dedos largos y huesudos.
—He visto relicarios en muchas formas, pero este… —Hizo la seña de la cruz sin pensarlo—. No guarda un santo, ni reliquias benditas. Guarda memoria y control.
Se lo devolvió a Lucía, mirándola con gravedad.
—Tengan cuidado. Hay objetos que atan más que liberan. Y quien graba su nombre en ellos, graba también su voluntad.
—Gracias, padre —agradeció Mario.
Salieron de la iglesia con la frase metida en sus cabezas: “hay objetos que atan más que liberan”.
Por último, caminaron durante veinte minutos hasta llegar a la casa de Don Marcelo, un historiador retirado conocido por su obsesión con manuscritos y todo tipo de objetos antiguos.
Su hogar era una construcción amplia, de piedra gris, con un jardín descuidado donde las hierbas altas se mecían al compás del viento. La fachada estaba cubierta de hiedra que trepaba hasta las ventanas altas, dejando ver apenas el reflejo de la luz interior.
Por suerte, el señor no puso pegas a nuestra llegada tras comentarle que veníamos de parte del anticuario y de lo que traíamos para enseñarle.
Al entrar, los envolvió el olor a papel viejo y tinta seca.
El salón parecía una biblioteca improvisada: estantes repletos de libros, montañas de pergaminos apilados en mesas y sillas, mapas enrollados en esquinas polvorientas.
Una lámpara de aceite iluminaba la mesa central, cubierta de lupas, plumas y pequeños cuchillos de restauración.
Don Marcelo, un anciano de barba blanca y ojos vivos, se movía con energía a pesar de su edad. Recibió el relicario con entusiasmo, colocándolo bajo una lupa grande que parecía más un instrumento de cirujano que de estudio.
—La inscripción no es casual. La letra es característica, firme —comentó de primeras, acercando el objeto ahora hacia la luz de la lámpara—. Esta “R” tiene un trazo particular… pertenece a alguien instruido, que sabía escribir con elegancia.
—¿Podría ser… de Ramiro? El hijo del exalcalde —preguntó Lucía, conteniendo la respiración.
—Eso no lo sé —respondió el anciano mirando a los ojos a Lucía—.
Pero puedo decirles algo, la inscripción no fue hecha con fines decorativos.
Fue grabada como una marca de propiedad, como quien señala lo que le pertenece.
Puede que fuera con fines románticos, claro, aunque también con fines oscuros.
El silencio volvió a reinar en la sala, Lucía recibió el relicario y lo cerró, y sin mirarlo lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Mario observaba con cierta preocupación.
—Entonces Sara no solo era vigilada —dijo Lucía, con la voz apenas audible—. Era… reclamada.
El anciano suspiró, ajeno a la tormenta que esas palabras desataban en sus corazones.
La tarde caía sobre el puerto con un cielo grisáceo. Lucía y Mario caminaban en silencio, aún digiriendo lo que Marcelo les había revelado. El relicario parecía más pesado en el bolsillo de Lucía, como si llevara dentro algo más que plata.
Justo cuando llegaron a la plaza mayor, comenzaron a sonar las campanas de la iglesia.
—¿Hay misa? —preguntó Mario.
—No, están tocando a muerto —contestó Lucía, mientras se pregunta a sí misma quién habrá fallecido.
Junto al mercado, una mujer les observa desde un banco de piedra. Tenía el cabello rojizo, recogido en un moño y unos ojos verdes que brillaban con una mezcla de sorpresa y nostalgia. Cuando Lucía se acercó, la mujer sonrió con dulzura.
—No hace falta que me digas tu nombre —dijo la mujer con dulzura, acariciando un colgante de nácar que llevaba al cuello—. Ese rostro lo conozco. Eres igual que tu hermana Sara.
Lucía se quedó inmóvil, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Usted conoció a mi hermana?
La mujer asintió levemente.
—Mi nombre es Elvira Sanz. Sara y yo crecimos juntas. Éramos inseparables, hasta que la vida… —Hizo una pausa, bajando la mirada—. Nos llevó por distintos caminos.
—Ahora que lo pienso, sí me suena tu nombre, Sara hablaba mucho de ti en casa —dijo Lucía haciendo memoria.
—¿Queréis venir a mi casa?
Mario observaba sin interferir, dejando que fuera Lucía la que tomara la decisión. Lucía aceptó la invitación sin pensarlo, creía que no podía rechazar la invitación de alguien que había sido importante en la vida de Sara .
Se pusieron en marcha, no vivía muy alejada de la plaza donde se habían encontrado.
La casa de Elvira, una vivienda modesta situada en una callejuela empedrada, con paredes encaladas y ventanas de madera verde.
Dentro, radiaba un olor a jazmín y café recién hecho.
El salón estaba lleno de fotografías en color sepia, estanterías con libros y pequeñas piezas de cerámica que parecían souvenirs de otra época.
En una mesita baja había un álbum abierto, fotografías de juventud donde dos chicas sonreían abrazadas frente al mar.
Lucía reconoció al instante a Sara, con una mirada luminosa, libre de sombras.
—Qué casualidad, esta mañana a la vez que desayunaba me apeteció ver las fotografías de este álbum, y unas horas después apareces tú —dijo Elvira con una sonrisa—. Así era tu hermana, alegre, soñadora, valiente… —volvió a decir, pasando los dedos por la fotografía con ternura.
—Tú… ¿tú sabes con quien se veía? —preguntó Lucía.
—No, nunca me dijo de quien se trataba, pero ese hombre la cambió.
La reclamó como si fuera suya. Y Sara… —Hizo una pausa—.
Sara empezó a alejarse de todas nosotras.
Yo me marché del pueblo poco después, pero siempre supe que algo oscuro se cernía sobre ella.
Se lo hice saber en más de una ocasión, aunque estaba cegada por sus sentimientos.
—¿Crees que estaba enamorada de ese hombre? —preguntó en esa ocasión Mario.
—Diría que sí… y si no era así, algo les unía —contestó.
El silencio llenó la estancia, roto apenas por el sonido del viento golpeando las contraventanas. Elvira se levantó y fue hasta un armario, abrió un cajón de dónde sacó un sobre, sellado con cera quebrada por el tiempo. Lo sostuvo entre sus manos con cuidado, como si quemara.