Capítulo 8
Eran las siete de la mañana cuando Mario sacaba de su cartera la tarjeta de crédito y pagaba su estancia en la pensión, para, a continuación, meter su equipaje en el maletero del coche.
Durante el trayecto tuvo la misma sensación del viaje de ida, pero al contrario, en esta ocasión no le recorría el cuerpo un escalofrío al pensar en llegar a Puerto del Silencio; ahora era el de pensar en alejarse de aquel pueblo, en el que tan solo había pasado unas semanas, pero que le parecían meses.
Tras una hora de camino, decidió parar en un área de servicio, para llenar el depósito del coche de combustible y, ya de paso, tomarse un café en la cafetería.
La mañana amaneció limpia en Puerto de Silencio, con un cielo azul que rara vez se veía sobre en el pueblo. El aire arrastraba un olor fresco a sal, distinto al peso habitual de la bruma.
Lucía abrió las ventanas de la vieja casa y dejó que la luz inundara las estancias, sin dejar ninguna a oscuras.
Por primera vez en días, no sintió la urgencia de correr tras una pista ni el zumbido constante del miedo.
Solo el murmullo del mar y el canto lejano de las gaviotas.
Por desgracia, esos murmullos desaparecieron al rato, que hiciera sol no significaba que hiciera calor.
Lucía cerró las ventanas y cambió el sonido del mar por música pop/rock española.
Cogió una vieja caja de herramientas y comenzó a reparar pequeños desperfectos de la casa a causa del paso de los años, como un trozo de escalera levantado, una puerta ligeramente caída que arrastraba por el suelo, un par de sillas cojas y demás arreglillos que la mantenían entretenida.
Mario, que debería estar en carretera de regreso a Madrid, apareció con una sonrisa tímida y dos vasos de plástico de café en la mano. Al entrar, observó a Lucía agachada frente a una puerta, martillo en mano.
—Hoy no investigamos —comentó, como una orden suave, casi como un regalo—. Hoy respiramos.
Lucía lo miró sorprendida.
—¿Qué haces todavía aquí? Creía que te habrías ido ya. ¿Por qué dices que hoy no investigamos? —preguntó totalmente perdida, por instinto, sin saber reaccionar.
—Bueno, digamos que lo he pensado mejor, me voy a quedar un tiempo más.
Tenemos mucho por investigar. Que el asesinato de la chica no tenga relación con la desaparición de tu hermana, no significa nada.
Si hemos llamado la atención de Ramiro y del exsargento, pienso que es porque hay algo que no quiere que se descubra sobre la desaparición de Sara. ¿No crees?
—Estás loco, ¿Y tú trabajo?
—No te preocupes por eso ahora —contestó, muy calmado. —¿Qué propones hacer?
—Hoy, respirar —dijo Mario con una sonrisa—. Vamos .
Salieron juntos de casa hacia el centro del pueblo, callejeando, contemplando todas las calles.
Mario desde su llegada no había visto el pueblo con esa luz con la que esa mañana el sol le iluminaba.
Sus ojos se habían acostumbrado a la niebla y a las calles pálidas, como en blanco y negro, pero esa mañana era diferente.
Lucía, en cambio, aunque no recientemente, pero se acordaba de días así, tiempo atrás.
Tras el paseo por el centro, tomaron rumbo hacia los acantilados. El camino estaba bordeado de flores silvestres, el viento jugueteaba con el cabello de Lucía, que se reía como hacía tiempo. Caminaron en silencio, escuchando únicamente el rumor del mar rompiendo contra las rocas.
Se sentaron en una roca plana, compartiendo pan y una cuña de queso.
El gesto era sencillo, pero tenía algo de ritual, de promesa tácita.
Lucía lo observó mientras él hablaba de recuerdos de juventud, de sus amigos, de la universidad, de los libros olvidados en cafés de Madrid, de sus inicios como investigador…
por un momento, la oscuridad del pueblo pareció lejana.
Lucía se permitió apoyar la cabeza en su hombro.
—Gracias por quedarte —susurró—. No hubiera podido seguir esto sin ti.
Mario no respondió enseguida. Se limitó a cubrir su mano con la de ella, cálida, firme. Después, con una sonrisa apenas esbozada, murmuró.
—Entonces no pienses en seguir sola.
El sol descendía lentamente, tiñendo el cielo en tonos dorados.
El pueblo, visto desde lo alto, parecía dormido, inofensivo.
Lucía respiró hondo, grabando en su memoria ese instante de calma, sabiendo que no duraría para siempre.
Porque en el fondo, ambos intuían que la niebla volvería a reclamar su lugar .
Regresaron de los acantilados. El aire olía a leña húmeda, y el pueblo parecía más silencioso de lo normal, como si se preparara para descubrir un secreto.
Unas quince horas antes:
Mario se tomaba tranquilamente su café, sentado en un taburete del restaurante en el área de servicio, algo en su interior le decía lo que tenía que hacer, así que sacó su teléfono móvil y llamó.
—Dime Mario.
—Buenos días jefe. Voy a necesitar estar unos días más en Puerto del Silencio.
—¿Y eso? ¿Ha cambiado algo respecto a la chica asesinada?
—No, no es por la chica asesinada —contestó Mario—.
Verás, mientras investigaba di con otro caso, el de una chica desaparecida hace treinta años.
El caso es que nunca apareció su cuerpo, y lo más curioso que, al tocar ese palo, para comprobar si tenían relación ambos casos, me he encontrado a gente aconsejándome, bordeando la amenaza, de que no siguiera por ese camino de la chica desaparecida hace treinta años.
Lo cual me hace sospechar que detrás de esa desaparición existe algo oscuro, y que a pesar de haber pasado tantos años, aún hay gente que no quiere que salga a la luz.
—¿De verdad crees que tiene recorrido?
—Bueno, tengo alguna pista de por dónde empezar, eso ya es algo.
—Está bien, si crees que puede haber noticia, hazlo, pero si pasan unos días y no encuentras nada, te vuelves. Y mantenme informado de cualquier cosa que descubras .
—Lo haré jefe.
—Y ten mucho cuidado.
—Lo tendré, estamos en contacto.
Mario guardó su teléfono, dio el último sorbo al café y se dirigió hacia el coche.
Eran las 19:30 horas cuando Lucía y Mario entraban por la puerta de casa.
Ella subió al desván a guardar un pequeño mantel de tela que habían usado para comer horas antes en el acantilado.
Al guardar el mantel, un cajón llamó su atención.
Pertenecía a un viejo escritorio de su padre, casi oculto entre cajas de ropa.
—¿Siempre estuvo así? —se preguntó para sí misma.
Mario, que la seguía, hizo un gesto sutil de no poder ayudarla, ya que había subido al desván muy poco como para acordarse de la colocación de cada armario, de cada mesa o de todas las cajas apiladas.
El cajón se resistía, como si no quisiera abrirse, lo que les dio a entender que aquel que hubiera querido abrirlo, no lo había conseguido.
Finalmente, tras un buen golpe de Mario, cedió, produciendo un chirrido metálico.
Dentro había papeles amarillentos, facturas y cartas sin importancia.
Al meter la mano hasta el fondo del cajón, palpó un objeto, envuelto en un paño de lino descolorido.
Lo que escondía aquel paño era un pequeño relicario de plata.
Lucía lo tomó con cuidado. El metal estaba frío.
Lo abrió, conteniendo la respiración. En su interior, dos detalles les hicieron estremecerse.
Una diminuta fotografía de una adolescente, sonriente; apenas se distinguía su rostro al tratarse de una imagen tan pequeña en blanco y negro, junto a la fotografía, un mechón de cabello oscuro, atado con un hilo rojo.
—Esto no parece un recuerdo familiar —dijo Mario con el ceño fruncido—. Parece… un amuleto.
Lucía sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo.
—¿Por qué guardaría mamá algo así? ¿Habrá sido ella quien ha intentado abrir el cajón? —preguntó Lucía por partida doble, sin obtener respuesta.
Mario cogió el relicario, lo examinó minuciosamente, lo que le llevó a descubrir una inscripción grabada en el borde interior, casi borrada por el paso del tiempo:
“Lo que es mío nunca se pierde – R”.
El silencio del desván se volvió totalmente insoportable en esos momentos. Lucía cerró el relicario con un chasquido seco, como si quisiera negarle la voz.
—Esto no lo guardó mamá con cariño. Lo escondió por miedo.
—Y si “R” lo firmó… entonces Sara no fue solo una deuda para él. Fue una posesión —dijo Mario, mirando a Lucía a los ojos.
—¿Crees que es Sara la chica de la fotografía? —preguntó.
—¿Quién si no? —contestó él.
Lucía apretó el relicario contra su pecho, sintiendo que ese pedazo de metal pesaba más que toda la casa. Afuera, la niebla comenzaba a arrastrarse de nuevo desde el mar.
A la mañana siguiente el relicario brillaba tenuemente bajo la lámpara de la cocina. Lucía no había podido dormir desde que lo hallaron en el desván. Mario lo observaba en silencio, como si temiera que aquel pequeño objeto escondiera un grito.
—Necesitamos entender qué significa —dijo Mario—. No podemos preguntar a tu madre, al menos no de momento. Si fue ella quien intentó abrir ese cajón, seguramente su intención era destruirlo, viendo que no vamos a parar en nuestra investigación.
—Conozco a alguien que podría ayudarnos —comentó ella, pensando—. Un viejo anticuario que hay en la plaza mayor.
—¿Es seguro? —preguntó él, comenzando a entender que la mayoría del pueblo sabe cosas y pueden estar de lado de ese tal “R”.
—No lo sé… pero no tenemos otra opción —contestó ella.
—Pues en marcha —dijo él, en disposición de salir de casa.
—Espera, Mario. —Lo detuvo frente a la puerta, agarrándole del brazo—. Todo esto que estamos averiguando, ¿lo estás enviando a tu periódico?
—De momento no. A mi jefe le tuve que contar que hay un caso en el pueblo sin resolver desde hace treinta años, de no habérselo contado, no podría haberme quedado.
Pero si quiero seguir aquí, tendré que ir mandando noticias cada pocos días.
Pero te prometo que intentaré contar lo menos posible sobre tu hermana.