Capítulo 7
El puerto olía a brea y pescado fresco. Entre los barcos anclados, algunos hombres descargaban cajas con movimientos rápidos, queriendo terminar antes de que la noche los tragara del todo.
Lucía y Mario se acercaron a un viejo pesquero, donde un marinero de espalda ancha y rostro surcado de arrugas limpiaba redes empapadas.
Al verlos bajó la mirada, fingiendo no haberlos visto.
—Buenas tardes —saludó Mario, con tono neutro.
El hombre no respondió. Continuó en silencio, como si las redes fueran más urgentes que cualquier palabra. Lucía dio un paso al frente y sacó la carta arrugada de su abrigo.
—Buenas tardes, señor. Por favor, solo queremos hablar con usted un momento.
—¿Qué quieren? —preguntó con voz cansada.
—Usted trabajaba para Ramiro, ¿verdad?
—Todos trabajamos para alguien en este pueblo —contestó al fin el marinero con gesto tenso.
Lucía abrió el papel lo suficiente para que el hombre pudiera observar la inicial en el encabezado.
—¿Le resulta familiar?
El hombre palideció. Sus manos, curtidas por el mar, temblaron al sujetar la red .
—Guarde eso, señorita —susurró—. No saben lo que están haciendo.
—Entonces ayúdenos a entender. ¿Qué unía a Ramiro con Sara? —Mario fue directo al grano.
El hombre lanzó una mirada nerviosa a ambos lados, como si temiera que la niebla escuchara. Finalmente, se inclinó hacia ellos, con la voz rota por un miedo antiguo.
—Lo único que sé es que esa chica le debía algo, no sé el qué, pero lo que si os puedo asegurar es que ese hombre no dejaba que las deudas murieran.
—¿Él la obligaba a verlo? —preguntó en esta ocasión Lucía.
—No necesito responder, señorita. Basta con que sepan que nadie se acerca a él por voluntad propia.
Un silencio helado se extendió entre ellos. El marinero recogió sus cosas con torpeza. Antes de marcharse, los miró con una mezcla de compasión y advertencia.
—Déjenlo estar. No hay verdad que valga el precio de despertarlo.
La noche envolvía las calles del pueblo en un silencio espeso. Lucía y Mario regresaban de los muelles con paso apresurado, la carta escondida bajo el abrigo y la confesión del marinero aún vibrando en su cabeza.
—Cada pieza que juntamos lo hace más real —murmuró Lucía—. Sara estaba atrapada. Y todos los sabían.
—A mí hay algo que no me cuadra —dijo Mario—.
En las cartas de Sara no parece que él la obligara a verlo, todo lo contrario, ella lo visitaba por las noches...
incluso Sara advertía al tal “R” que sospechaba que la seguían, y que no confiara en nadie, ni en los que llevaban uniforme…
—comentó Mario, con la cabeza hecha un lío.
El crujido de pasos les hizo detenerse. Una sombra se movió con rapidez entre las casas bajas, desapareciendo en la niebla.
—¿Lo viste? —susurró Lucía.
Antes de que Mario respondiera, algo cayó a sus pies; un sobre pequeño sin remitente, cerrado con cera roja.
Mario lo recogió con cautela, notando que el papel aún estaba tibio, recién cerrado.
Se lo entregó a Lucía, que lo abrió empezando a notar como sus dedos se debilitaban.
Dentro, una sola frase escrita con tinta negra, firme, sin titubeos:
“Las deudas se heredan, no sigan”
El silencio posterior fue insoportable. Un repentino estrépito los hizo girar; una piedra había sido lanzada, rodando por mitad de la calle, haciéndolos sobresaltarse. Cuando giraron a su alrededor, la calle estaba desierta.
—Nos están siguiendo —dijo Mario—. Tiene miedo. Eso significa que estamos más cerca de la verdad —volvió a decir Mario.
Un trueno lejano retumbó sobre el mar, como si la tormenta se sumara a la amenaza que pesaba sobre ellos.
El viento nocturno azotaba los postigos de la vieja casa.
Lucía caminaba de un lado a otro de la sala de estar, con la nota recién encontrada aún en su mano, como si las palabras amenazantes hubieran quedado grabadas en su piel.
—Las deudas se heredan… —repitió en voz baja, con un temblor que no había mostrado hasta ahora. Esto no es solo sobre Sara. Mario, es sobre mí… sobre mi madre .
Este la observaba desde la mesa, con una sensación extraña. No había visto a Lucía vacilar de esa manera desde que se conocieron.
—Justamente por eso no podemos detenernos.
—Tú solo quieres la noticia, ¿no? Para eso has venido a este pueblo —insinuó ella, tajante.
—Yo también me estoy jugando mucho, estamos juntos en esto —contestó Mario con la voz un poco subida de tono, tras caerle como una losa las palabras de Lucía.
Ella se llevó una mano al rostro, apretando los ojos, luchando contra sus lágrimas que amenazaban con traicionarla.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si en vez de honrarla, la arrastro más en el barro? ¿Y si soy yo la próxima en desaparecer?
Mario se levantó de la silla despacio y se acercó. Puso la mano sobre su hombro.
—Tienes miedo, y está bien. Yo también lo tengo. Pero no estás sola, Lucía. No esta vez.
Ella lo miró, buscando en sus ojos una certeza que no era capaz de encontrar en sí misma.
—No entiendes… he pasado años soñando con respuestas, y ahora que tengo pistas, siento que tal vez preferiría no saber.
—La verdad no nos elige, Lucía. Somos nosotros los que decidimos enfrentarla o dejar que nos devore.
Por un instante, el silencio se volvió casi íntimo, cargado de tensión y vulnerabilidad. Lucía se dejó caer en una silla, agotada, como si la carta pesara más que cualquier piedra.
—Si sigo adelante —dijo con un hilo de voz—. Tengo que aceptar que Ramiro, o quien realmente sea ese tal “R”, no va a detenerse .
Mario sonrió con una serenidad desafiante.
—Entonces que lo haga, no es el único que sabe jugar con las sombras.
Las llamas de la chimenea crepitaron, proyectando siluetas temblorosas en las paredes. Lucía, aún temblando, apretó la carta contra su pecho y cerró los ojos. La duda seguía en su interior, pero ya no era soledad lo que sentía.
El día siguiente no fue un amanecer más en Puerto del Silencio. Mario caminaba una vez más hacia casa de Lucía, pero con una sensación extraña.
—Buenos días —saludó Mario a Lucía, que se encontraba en el hall limpiando y adecentando el recibidor.
—Buenos días, ¿estás bien? —preguntó ella al observarle con la mirada pensativa.
—Algo pasa en el pueblo, hay más movimiento de lo normal, los vecinos están en corros hablando.
—Entonces salgamos a enterarnos —dijo ella cogiendo el abrigo del viejo perchero, recién abrillantado.
Caminaron por las calles y, efectivamente, la gente murmuraba más de lo habitual. Al llegar a la plaza mayor, había más revuelo, Mario distinguió a lo lejos al agente de policía con el que habló en el acantilado el día de su llegada.
—Buenos días, agente —saludó Mario, intentando ser amable.
—Buenos días, periodista.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Mario al mismo tiempo que se colgaba al cuello su acreditación.
—Sí, en la autopsia de la chica han encontrado dosis muy pequeñas de veneno en su cuerpo, pero letales. Ya tiene su noticia, se puede volver a su ciudad, del resto ya nos ocupamos nosotros.
—¿Sabéis quién puede haber sido el asesino?
—Eso ya es confidencial, muchacho —dijo el agente antes de darse la vuelta y atender a otras personas.
Lucía y Mario se alejaron de la multitud, observaron a su alrededor.
En un lateral de la plaza, apoyado en una columna, se encontraba el exsargento Rafael Gutiérrez, conversando con otro vecino.
En otro corrillo había varios vecinos cotillas, y a la puerta del ayuntamiento se encontraba parte de la familia de la chica asesinada, entre ellos la que parecía ser su madre, abatida, y gritando: ¡Carlos es el asesino de mi hija! ¡Ha sido él!.
—¿Quién es Carlos? —preguntó Mario, sin obtener respuesta alguna, pues Lucía se encontraba sentada en un banco, ida completamente—. ¿Te encuentras bien?
—¡Qué tonta he sido, Mario! Pensar que este caso tenía relación con el de Sara —dijo en voz baja, con algunas lágrimas deslizando por sus mejillas.
—Ey, no eres tonta. —Se arrodilló Mario frente a ella, poniendo la mano sobre su brazo—. Ambas tenían la misma edad y con el acantilado como parte del suceso. Tenías motivos para pensar eso.
—Perdón por hacerte perder el tiempo, de verdad que lo siento —dijo Lucía levantándose y alejándose.
Mario quiso seguirla, pero prefirió dejarla sola durante un rato, debía pensar y hacerse a la idea de que el caso no coincidía con el de su hermana.
El periodista se introdujo en un bar a tomar un café, y como buen bar de chismorreos, se acabó enterando de que ese tal Carlos era el supuesto novio de la chica asesinada.
Es a lo único que Mario le dio veracidad, el resto de comentarios eran de gente que no tiene más en su vida que meterse en la vida de los demás sin tener idea alguna, con comentarios como: él la pegaba, otro que ya no eran novios y estaba celoso por haberla visto con otro chico…
y demás chismorreos que Mario acabó de obviar.
A continuación, Mario se dirigió a la pensión.
Una vez allí, se sentó en la cama, respiró profundamente dos veces y encendió su portátil, para segundos después, comenzar a escribir un correo electrónico a su periódico, informando sobre el caso, sabiendo que su jefe le mandaría volver a Madrid de inmediato, ya que no era una muerte denominada “rara”, que al fin y al cabo, era su trabajo, los casos extraños.
La muerte había sido a causa de envenenamiento, por lo que su trabajo en Puerto del Silencio había finalizado.
Tras unas horas descansando en la habitación, Mario se dirigió a casa de Lucía.
Los corrillos de gente en las calles y los murmullos en las casas se habían disipado ya en la tarde.
La calma había vuelto al pueblo, al menos, por las calles que le conducían a su destino.
Iba pensando cómo afrontar la despedida con Lucía, ya que hacía una hora había recibido la confirmación de su jefe, y tal y como pensaba, lo reclamaba de nuevo en la oficina en la tarde del día siguiente.
Pasaría su última noche en el pueblo para por la mañana temprano salir hacia la capital.
La puerta de casa estaba entreabierta, como en la mayoría de casas de los pueblos. Mario entró y avanzó hasta la sala de estar, donde se encontraba Lucía sentada en el sofá, con la mirada aún algo perdida hacia una chimenea apagada.
—¿Qué tal estás? —preguntó él, sentándose en el sofá junto a ella.
—Bien —contestó, con una leve sonrisa, demasiado forzada .
—Mi trabajo aquí ha finalizado, mi jefe me requiere de nuevo en la oficina, siento tener que irme así —comentó él, midiendo sus palabras.
—Bueno… era de prever, ¿no? con lo aclarado esta mañana sobre la chica.
—Sí. Además, mi madre también me pregunta que cuando voy a volver —dijo riendo levemente.
—¿Y tu padre? —preguntó ella.
—Falleció cuando yo era pequeño, en un accidente de coche mientras iba a cubrir un caso —contó bajando el tono.
—Lo siento…
—Gracias. ¿Tú qué vas a hacer? —preguntó, cambiando de tema.
—No lo sé, de momento me quedaré aquí un par de días más, después… supongo que volveré a Madrid, a mi trabajo —dijo con una tremenda desilusión, como si hubiera fracasado, una vez más.
El silencio se instaló en la sala de estar, no había muchas más palabras que añadir, ninguno de los dos estaba contento por lo acontecido.
A Lucía le hubiera gustado que este caso tuviera alguna relación más con la desaparición de su hermana.
Mario, por otro lado, lo que le atrae de su trabajo son los casos extraños, donde no hay un motivo contrastado en un suceso.
—Es hora de irme, tengo que preparar el equipaje —rompió el silencio Mario—. Llámame si quieres tomar un café algún día en Madrid.
—Claro.
Ambos se levantaron del sofá y se despidieron con un sentido abrazo.
A pesar de no haber pasado demasiado tiempo juntos, les había unido un vínculo difícil de expresar, no sentimental, sino de necesitarse el uno al otro para seguir investigando, cierto es que, cada uno se movía por sus propios intereses.
—Cuídate —dijo Mario antes de abandonar la casa.
El día había caído, la luz de las farolas entraba por la ventana de la habitación de la pensión, donde Mario introducía su ropa en una pequeña maleta, excepto el pijama y un pequeño neceser.
Volvió a mirar en su ordenador la bandeja de entrada de su correo electrónico, ningún mensaje nuevo.
¿Esperaba un milagro de parte de su jefe diciéndole que se quedara?
Normalmente, cuando terminaba un trabajo estaba deseando regresar a su ciudad para embarcarse en el siguiente caso.
Pero en esta ocasión no tenía esas ganas de regresar, sentía que su trabajo no había terminado en este pueblo, pensando en la desaparición de la joven Sara de hacía ya treinta años.
Un caso que ya estaba olvidado por todo el mundo, excepto para Lucía, que, en parte, continuaba atrapada en los años 90.