Ecos en la niebla Capítulo 6 #2
14%

Capítulo 6 #2

Ramiro lo miró como si lo midiera de pies a cabeza, y después clavó los ojos en Lucía.

—La verdad es peligrosa, señorita. Y a veces, está mejor enterrada.

Un silencio cargado se instaló en los tres. La niebla parecía cerrarse aún más alrededor de ellos. Ramiro dio una última calada al cigarrillo y lo apagó con calma en la pared; para a continuación, lanzarlo al suelo.

—No pregunten más —añadió—. Este pueblo ha aprendido a vivir con sus fantasmas. Les aconsejo que hagan lo mismo.

Y, sin esperar respuesta, se giró y desapareció en la bruma con la misma naturalidad con la que había aparecido, dejando tras de sí un vacío helado. Lucía respiró hondo, intentando recuperar el control. Su corazón latía a mil revoluciones .

—No nos está advirtiendo, nos está amenazando —dijo, con la voz aún entrecortada y temblorosa.

—Entonces significa que vamos por buen camino —concluyó Mario, mientras abría su libreta y apuntaba algunas notas sobre el encuentro.

La noche seguía cayendo sobre Puerto del Silencio; sus calles ya se encontraban vacías, no había conversaciones ni susurros, solo el sonido del viento y de algunas aves nocturnas.

Lucía guiaba a Mario por las calles, algunas desconocidas para él.

Minutos más tarde se pararon frente a la casa familiar, donde Lucía vivió su infancia junto a sus padres y Sara, y donde, en la actualidad, se quedaba a dormir las pocas veces que venía durante el año.

Prefería esta casa a la nueva, donde vivía su madre.

La rodeaba una valla de madera de metro y medio de altura, con un gran jardín.

— ¿Qué hacemos aquí? —preguntó Mario.

—Sshh… hay luz —contestó Lucía, acercándose a la puerta sin hacer ruido.

La puerta se encontraba entreabierta y un ligero destello de luz asomaba por ella, lo que hacía indicar que alguien se encontraba en la casa familiar. Entraron sin hacer ruido, pisando lentamente, evitando que el suelo de madera les delatase.

Una vez dentro, se asomaron a la sala de estar, donde observaron a la madre de Lucía sentada en el viejo sillón. Lucía, sin hablar, hizo un gesto con el dedo indicando hacia arriba; Mario miró hacia las escaleras, dándose cuenta de que en el piso de arriba también había luz .

Comenzaron a subir las escaleras, escalón a escalón, lo más cuidadosamente que pudieron, guiados por una leve luz de una lámpara de aceite que había encendido su madre en el piso superior.

—Mira —susurró ella—. La luz viene del desván, vamos.

Una vez dentro, Lucía se puso a buscar con todo el cuidado del mundo para no hacer mucho ruido, entre capas de polvo.

— ¿Qué buscamos? —susurró él.

—No lo sé…

No buscaban nada en concreto, pero si su madre había subido hasta allí, era por algo.

Un instinto la llevó a un viejo armario de madera, uno de los cuatro que había, el cual tenía más polvo que el resto.

Dentro, entre cajas de ropa apolillada y álbumes de sellos y fotografías descoloridas, encontró una caja de lata con la tapa abollada.

Al abrirla, descubrió una carta amarillenta, atada con un cordel reseco.

Con el corazón acelerado, la abrió. La carta estaba marcada con una inicial apenas visible, trazada en tinta negra: “R”.

Las manos de Lucía temblaron al desplegar el papel.

“Sara, sabes que no puedes seguir viéndome a escondidas. El pueblo habla y tus pasos dejan huella. Pero recuerda: lo que te he dado no es un favor, es una deuda.”

No había firma, solo esa inicial que pesaba más que mil nombres.

—¿Qué haces aquí arriba? —La voz de su madre resonó desde la escalera, áspera y tensa—. Y tú, ¿quién eres? —volvió a decir, mirando a Mario .

Lucía guardó con un gesto rápido la carta tras su espalda, pero no lo suficiente; su madre la había visto el extraño movimiento.

—Mario, es un amigo —dijo Lucía.

—No debiste coger eso —dijo su madre, obviando la presencia de Mario, con la mirada encendida de furia contenida.

—¿Y tú? ¿Qué haces aquí? Creía que ya no visitabas esta casa —reprochó Lucía a su madre—. ¿Por qué la ocultaste?

Su madre se llevó las manos al rostro, como si el paso de los años la golpeara de nuevo.

—Hija, hay cosas que es mejor no desenterrar. Tu hermana… —Su voz se quebró—. Tu hermana se metió en algo más grande que todos nosotros. Y ese hombre… ese hombre no conoce límites.

Lucía dio un paso adelante, con la carta en la mano, sin intención de esconderla más.

—¿Ramiro?

—No, no lo sé, hija —contestó, demasiado nerviosa.

—Pero… piensas que es él, ¿verdad? —insistió Lucía.

Su madre no respondió, pero el silencio fue más elocuente que cualquier palabra. El aire del desván parecía más denso, como si las paredes se hubieran cerrado en torno a ellas. Lucía sostenía la carta contra su pecho, mientras su madre la miraba con ojos enrojecidos, una mezcla de enfado y miedo.

—No deberías haber encontrado esa carta —repitió susurrando María—. He pasado media vida intentando que no viera la luz… tenía que haberla destruido, pero… nunca me atreví —dijo afectada .

Lucía daba vueltas por el desván, con la voz quebrada por la rabia.

—¿Media vida ocultándome la verdad sobre Sara? ¿Dejando que me creciera esta duda, este vacío?

Su madre desvió la mirada, apoyándose en el marco de la puerta.

—Lo hice para protegerte. Para protegernos a todos.

—Proteger no es callar, mamá. Callar es dejar que Sara se olvidara.

Un silencio incómodo se alargó en el desván. Fuera, el viento golpeaba la pequeña ventana con un gemido grave. Finalmente, su madre levantó la mirada.

—Tu hermana estaba atrapada —susurró despacio —.

No era solo ese hombre, era todo lo que venía con él.

Las deudas, los secretos, las miradas que la seguían por la calle…

Sara me lo contó una vez, llorando, en esta misma casa.

Me dijo que ese hombre no le permitiría irse, que había algo que lo ataba a ella.

A Lucía la recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

—¿Por qué no hiciste nada? ¿Por qué nadie hizo nada? —preguntó sin entender a su madre.

La mujer volvió a levantar la mirada hacia la posición de su hija, dejando ver cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

—Porque ese hombre mandaba en este pueblo de maneras que no se ven.

—Entonces… tú sabías que algo le iba a pasar —contestó Lucía apretando la carta entre sus dedos.

—Era consciente de que tenía miedo, pero jamás pensé que… —Su voz terminó de quebrarse.

Lucía quiso acercarse, pero la rabia todavía la retenía en el sitio .

—Me quitaste la oportunidad de luchar por ella, mamá. Sabes perfectamente que estuve buscando pruebas durante ocho años, hasta poco antes de irme a vivir a Madrid. Y tú las tenías… no tenías derecho a ocultármelas —expresó Lucía, llorando—. Y ahora me pides que calle como todos los demás.

—Sí tenía derecho, hija. Eras solo una cría, no podía permitir que te ocurriera lo mismo… —respondió su madre, extendiendo su mano temblorosa, queriendo tocarla, pero Lucía retrocedió.

—¡Era mi decisión!

La carta, arrugada por el temblor de sus manos, parecía arder entre sus dedos . María abandonó el desván, aún con lágrimas en su rostro y un susurro mientras bajaba las escaleras: “Lo siento”.