Capítulo 6
La antigua taberna “El Puerto” era el corazón del pueblo, aunque latiera actualmente con un ritmo cansado.
Desde fuera, la luz mortecina de los quinqués se filtraba por las ventanas empañadas, dejando ver apenas varias siluetas borrosas en movimiento. La fachada, encalada en otro tiempo, mostraba ahora grietas y manchas de humedad, como cicatrices que el mar había dejado con los años.
Al empujar la puerta, un chirrido metálico anunció su entrada.
El interior estaba iluminado por lámparas de aceite que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de piedra.
El techo bajo, sostenido por vigas de madera ennegrecidas por el humo, hacía que el aire pareciera aún más denso.
El olor era una mezcla de vino barato, pescado frito y salitre que se pegaba a la ropa.
En las mesas, de madera rugosa y marcadas por incontables vasos, se amontonaban barajas de cartas y botellas vacías.
Un viejo reloj de péndulo, detenido desde hacía años, presidia la pared del fondo como testigo mudo del paso del tiempo.
Detrás de la barra, un estante cargado de botellas desiguales mostraba etiquetas descoloridas.
Allí, el tabernero joven atendía con movimientos mecánicos, sirviendo copas sin casi ni mirar a los clientes a los ojos.
El murmullo de las conversaciones flotaba como un río subterráneo: voces graves, risas apagadas, frases cortadas en cuanto un desconocido o no deseado se acercaba demasiado.
Lucía y Mario se sentaron en una mesa apartada, fingiendo indiferencia mientras pedían un café, pero en el ambiente se dejaba notar que Lucía se encontraba dentro de la taberna. No necesitaban preguntar, bastaba con escuchar.
—Siempre supe que esa chica se metería en líos —dijo un hombre de manos curtidas, con la piel marcada por años de mar.
—Bah, no hables de lo que no sabes —replicó otro hombre, con voz ronca—. Fue Ramiro quien la enredó.
El nombre flotó en el aire como una chispa peligrosa. Lucía se tensó, inclinándose hacia adelante para no perder palabra alguna de esa conversación.
—¿Ramiro? —preguntó un tercero, bajando la voz.
—¿Quién, si no? —respondió el primero—. Siempre tuvo trato con esa chica, a pesar de la diferencia de edad. Ella lo visitaba más de lo que debía.
—No digáis bobadas —saltó otro—. Todos sabéis que el que más enredaba era el padre de Ramiro, tanto en el puerto como en el ayuntamiento, todo pasaba por sus manos.
Mario anotaba con rapidez, pero sus ojos estaban fijos en Lucía. Ella tenía la respiración entrecortada, como si cada frase golpeara en su pecho.
—¡Cállense ya! —intervino el joven tabernero, dando un pequeño manotazo sobre la barra—. No es asunto de ustedes.
El grupo se calló de golpe. El silencio se volvió tan espeso como la niebla que envolvía el puerto. Lucía comprendió que aquel nombre, Ramiro, era una herida que el pueblo prefería no tocar.
Al salir de la taberna, el aire frío los recibió de golpe. Lucía se detuvo nada más salir, temblando.
—Todos lo saben, Mario. Todos sabían que Sara se veía con él. Y nadie dijo nada.
Mario guardó su libreta en el bolsillo.
—Los rumores son como las sombras, crecen en la oscuridad. Ahora necesitamos la luz.
La silueta de la ermita se recortaba contra la bruma nocturna. Y en ese instante, Lucía sintió que el pueblo entero, en el que había crecido, estaba construido sobre susurros y encubrimientos.
Caminaron en silencio por la explanada del puerto.
La niebla se arremolinaba en torno a las farolas, tragándose la luz en un resplandor difuso.
El crujido de las maderas húmedas bajo sus pasos era el único sonido que los acompañaba.
Lucía abrazó su abrigo, intentando contener el frío que no venía solo del aire salino.
—Lo sabían —volvió a decir, con voz rota—. Todos esos hombres lo sabían y callaron.
Mario detuvo la marcha y se posicionó frente a ella.
—Los pueblos pequeños tienen memoria larga y lengua corta. Guardar silencio también puede ser una forma de protegerse.
—¿Protegerse de qué? ¿De un nombre? ¿De Ramiro? —preguntó ella con un destello en sus ojos de rabia contenida.
El periodista sostuvo su mirada.
—De lo que ese nombre significa. Tal vez no se trate solo de un hombre, sino de lo que representa. Poder, miedo… o ambas cosas .
Se quedaron en silencio nuevamente, escuchando el oleaje que rompía contra el espigón. El mar rugía como un animal herido.
—Cuando Sara desapareció, yo solo tenía nueve años —susurró Lucía—.
Recuerdo a mamá llorando desconsoladamente en la cocina…
pero nadie decía nada. Solo escuchaba murmullos detrás de las puertas cerradas —volvió a decir, tragando saliva, con los ojos vidriosos—.
Y ahora, décadas después, vuelvo y encuentro lo mismo, puertas cerradas, voces apagadas…
como si la niebla nunca se hubiera levantado.
En cierto modo, algo dentro de mí me avisaba, Mario.
Cuando vengo aquí, tres o cuatro veces al año a visitar a mi madre, no piso el pueblo; del coche a casa y de casa al coche, y alguna vez voy hasta el acantilado, en coche también, no sé por qué…
siempre he sentido que estoy sola en esto, que nadie se preocupa de lo que ocurrió.
Mario se acercó un paso. No la tocó, pero su voz bajó hasta volverse un hilo sereno.
—Esta vez no estás sola, Lucía.
Ella cerró los ojos un instante, apoyando su cabeza lentamente sobre el hombro de Mario, intentando contener el temblor de su pecho. Cuando los abrió, la bruma parecía más densa, pero también menos hostil.
—Entonces iremos hasta el final —dijo con firmeza, a la vez que Mario asentía con la cabeza.
El viento arrastró un quejido metálico desde los mástiles de los barcos. Era como si el puerto entero estuviera escuchando su promesa.
Tras recomponerse, abandonaron el puerto para, en esta ocasión, introducirse en el pueblo, caminando sin rumbo fijo, buscando respuestas en calles que solo ofrecían silencio. Fue entonces cuando escucharon un carraspeo áspero tras ellos .
—No sigan hablando de Ramiro en voz alta.
Ambos se giraron. Un hombre mayor, encorvado sobre un bastón de madera astillada, les observaba desde un rincón oscuro. Sus ropas estaban húmedas, desgastadas, y sus ojos grises brillaban como espejos opacos.
—¿Lo conoce? —preguntó Lucía.
El anciano rió con un sonido que más parecía un acceso de tos.
—Todos lo conocemos. Aunque pocos son los que lo admiten.
—¿Qué sabe de él y de Sara Ayala? —preguntó Mario en esta ocasión, mientras sacaba su libreta con cautela.
El anciano bajó la voz hasta un susurro, obligándoles a inclinarse hacia él.
—Esa muchacha venía a verlo cuando el sol caía. Siempre deprisa, siempre mirando atrás. No sé si era amor o algo sentimental lo que los unía… a mi parecer, era otra cosa. Algo que la ataba y la asustaba a la vez. Desgraciadamente, nunca lo pude averiguar.
—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó Mario.
—En esa época, yo trabajaba en la casa de Ramiro, como sirviente. Pero si quería conservar mi puesto, no podía pasar ciertos límites.
—¿La amenazaba? —preguntó Lucía.
—No, al menos no en mi presencia. Ramiro no tenía necesidad de llegar a amenazas; tenía otras maneras de hundir a cualquiera, negocios turbios, favores que se cobraban caros.
Quien le debía algo, lo pagaba. Por supuesto, todo ese poder que generaba en la gente lo había heredado de su padre, incluso cuando ya dejó de ser alcalde —comentó el anciano, clavando sus ojos sobre ellos, intensos pese a la edad .
El silencio se alargó; desde la plaza cercana llegó el tañido apagado de la campana de la iglesia, como si marcara el final de la confesión.
—¿Por qué nos cuenta todo esto? ¿Usted no le teme? —preguntó Mario por partida doble.
—A mí ya no puede hacerme nada —contestó.
—¿Sigue viviendo aquí? —preguntó ella.
—No, Ramiro hace años que no vive aquí, pero conserva la casa, y de vez en cuando viene a dar una vuelta. Está un par de días o tres y se va.
—¿Usted cree que estuvo involucrado en la desaparición de mi hermana?
—Desde luego no era un hombre modelo, y su padre le inculcó sus valores, de ahí sus negocios “ilegales”.
Y sí, puede que utilizara en ciertos momentos recursos agresivos para cobrarse alguna deuda.
Pero, sinceramente, no creo que fuera un asesino —dijo el anciano mientras empezaba a alejarse y perderse entre la niebla.
El eco de las palabras del anciano aún resonaba en la mente de ambos, mientras caminaban hacia la plaza mayor.
El aire olía a mar y a hierro oxidado, y la niebla parecía espesarse a cada paso, como si quisiera tragárselos.
Mario caminaba repasando las notas de su libreta, cuando una voz grave y serena, cargada de una calma inquietante, los detuvo en seco.
—Curiosa pareja, haciendo preguntas a deshoras.
Lucía sintió cómo el corazón le golpeaba contra el pecho.
Mario alzó la mirada. A unos metros de distancia, apoyado en la sombra de un portal, un hombre de complexión robusta los observaba con media sonrisa.
Tenía el cabello entrecano, ligeramente largo y perfectamente peinado hacia atrás.
Sus ojos, de un marrón oscuro casi negro, parecían perforar la bruma.
Vestía un abrigo largo de felpa, color gris oscuro, y con los botones abrochados, impecable.
Sostenía un cigarrillo que apenas dejaba escapar un hilo de humo.
Lucía no necesitó que nadie lo presentara, supo al instante quién era aquel hombre.
—Ramiro… —susurró, apenas audible.
El hombre salió despacio de la sombra, como si el pueblo entero le perteneciera. Cada uno de sus pasos sonaba firme, seguro, dueño del espacio.
—Llevan varios días revolviendo cenizas. Y ya saben lo que pasa con quienes soplan demasiado fuerte; terminan cubiertos de humo —dijo con voz grave y contenida.
—Solo buscamos la verdad sobre Sara —intervino Mario, tratando de mantener la calma. No era la primera investigación a la que se tenía que enfrentar a opositores o posibles culpables.