Capítulo I Solsticio & Equinoccio #7
—Todavía nada —añadió mi padre, dejando caer su brazo mientras la luz del brazalete se desvanecía. Su ceño seguía fruncido, una arruga de preocupación partiendo su frente—. El enlace está muerto. No responden.
—¿Nada en absoluto? —Mikhail se incorporó de un salto, ignorando el dolor de sus costillas. La tensión en su rostro se intensificó—. Eso es imposible. Son maestros curtidos. No abandonarían sus puestos así como así.
El silencio que siguió fue más pesado que la piedra sobre nuestras cabezas.
—No es solo que no respondan —dijo mi padre, y su voz sonó extrañamente hueca, como si estuviera analizando una sombría realidad táctica—. La firma arcana del perímetro que establecieron ha desaparecido por completo. Borrada.
Intercambié una rápida mirada con Mikhail. Un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad del túnel me recorrió la columna vertebral. Ikal y Báalam eran potencias. Para que alguien, o algo, los aniquilara sin que siquiera sintiéramos el enfrentamiento...
—Eso no tiene sentido —murmuré—. No caerían sin luchar. Una pelea masiva.
—O algo peor —terminó Mikhail, con la mandíbula apretada.
—Lo importante es que estamos fuera —interrumpió mi papá, desactivando el brazalete con un gesto brusco, cerrando la discusión antes de que pudiéramos verbalizar la traición o la inmensa pérdida que flotaba en el aire—.
Ruprecht sabe dónde estábamos. Sabe que tenemos el Códice.
Y ahora sabe que no somos turistas indefensos. Herimos a uno de su vanguardia.
Azra se aclaró la garganta y dio un paso adelante hacia la tenue luz. Nos miró de uno a otro, captando la tensión tácita entre nosotros.
—Conozco un lugar. No es el Ritz, pero las paredes son de piedra bizantina y tiene más salidas que un queso suizo.
—¿Es seguro? —preguntó Mikhail, poniéndose de pie con una mueca de dolor, pero listo para moverse. Se acercó a mí y revisó rápidamente mis ojos, buscando signos de conmoción o trauma mágico.
—Es el único lugar en Fener donde ni la policía ni los djinn se atreven a entrar —dijo ella.
—Escúchame muy bien, Azra —dijo mi padre, su voz bajando una octava, cargando el peso del mando—.
Necesitamos llegar al refugio donde aseguramos nuestros vehículos y equipo táctico al llegar a la ciudad.
¿Conoces una ruta hasta allí que evite las calles principales y lo que sea que nos esté cazando?
Azra ladeó la cabeza, una media sonrisa cínica asomando a sus labios. —Conozco cada sombra de esta ciudad, Baba. Puedo llevarlos allí invisibles. ¿Pero llevarlos a un refugio fantasma con esas cosas husmeando por ahí? Eso les va a costar una prima.
—Lo que pidas, es tuyo —respondió mi padre sin dudarlo, reconociendo un recurso crucial cuando lo veía.
Azra sacudió la cabeza lentamente. —Guarda tu dinero por ahora. Ya tengo la amistad de Mikhail. —Le lanzó a mi hermano una breve mirada de aprobación—. Su respeto y confianza son pago suficiente para empezar.
Vi que la mandíbula de mi padre se apretó ligeramente.
Azra era una contrabandista, una criatura del bajo mundo de la ciudad.
Rechazar un pago directo en efectivo para aprovechar un vínculo emocional con uno de sus hijos era un movimiento clásico de infiltrado.
¿Era una aliada noble que valoraba la lealtad por encima de la moneda, o estaba jugando un juego a más largo plazo, y mucho más peligroso?
Seguimos a la chica a través de las oscuras alcantarillas.
Mi padre tomó la delantera con Mikhail, hablando en voz baja sobre rutas de escape.
Yo me quedé un paso atrás, mirándome las manos en la penumbra.
La tierra no me había respondido. El bloqueo seguía ahí, sólido como un muro de acero.
Me sentía inútil, una batería descargada en medio de un tiroteo.
Pero mi padre... Yo había visto sus ojos.
Antes de que Azra reventara la tubería, los ojos de mi padre habían brillado.
Dorados. Como magma fundido. Iba a hacer algo.
Algo grande. Algo letal. Y la forma en que miró a la bestia...
no era miedo. Era reconocimiento. Era el depredador retirado mirando a la presa que se atrevía a entrar en su territorio.
—¿Vienes, niño? —me llamó Azra desde la oscuridad, con ese tono de burla condescendiente que se estaba convirtiendo en su marca registrada.
—Allá voy —dije, apretando los puños y tragándome mi mordaz respuesta.
La caza había comenzado. El silencio de Ikal y Báalam se sentía más peligroso que los monstruos que nos pisaban los talones.
Algo estaba podrido en los cimientos de nuestra seguridad.
Nos habíamos quedado atrás en el infierno.
Y el infierno de Estambul, al parecer, tenía goteras, ratas que caminaban en dos patas y aliados que se desvanecían en la niebla.
El túnel empezó a inclinarse. Azra se detuvo frente a una rejilla de hierro. La rejilla se abrió con un gemido de metal torturado que resonó en mis molares. Azra no usó llave; usó una ganzúa delgada y una patada precisa en la base del marco.
—Bienvenidos al verdadero Fener —dijo, haciéndose a un lado para dejarnos pasar.
Salimos de la oscuridad de la alcantarilla a un tipo diferente de oscuridad.
No era la noche abierta de una calle, sino un patio interior hundido, rodeado de altos edificios de madera podrida y ladrillo rojo que parecían inclinarse hacia nosotros como viejos curiosos.
El cielo era apenas una franja grisácea muy arriba, bloqueada por tendederos que se cruzaban por el abismo como telarañas gigantes.
Esto no era un barrio; era una cicatriz arquitectónica. Una acumulación de siglos de construcción ilegal, donde las casas otomanas se habían fusionado con ruinas bizantinas y chozas modernas.
— Dilenciler Sarayı , El Serrallo de los Mendigos —murmuró Mikhail, leyendo un grafiti desteñido en la pared y mirando a su alrededor, con la mano discretamente cerca de su arma—.
Qué nombre tan poético. Estoy seguro de que los sultanes estarían horrorizados de ver en qué se ha convertido su legado.
Aquí no hay odaliscas, solo olor a basura y desesperanza.
—La esperanza es cara —respondió Azra, sin mirarlo—. Y nadie aquí puede pagarla.
Caminamos por un sendero de tierra apisonada.
A nuestro alrededor, las sombras se movían.
Vi ojos brillando en los huecos de ventanas sin vidrios.
No eran ojos de animales. Eran humanos, pero vacíos.
Refugiados de guerras que nunca llegaron a las noticias, desertores de ejércitos olvidados, y cosas que quizás no eran del todo humanas.
Sentí un escalofrío. En Tlaxcala, la magia se sentía como el sol: vibrante, caliente, viva.
Aquí, la magia se sentía como moho. Húmeda, pegajosa y parasitaria.
—No miren a nadie a los ojos —advirtió mi padre en voz baja, abrazando el Codex Myra contra su pecho—. Y no acepten nada si les ofrecen comida o bebida. Las reglas de hospitalidad aquí son... complicadas.
Azra nos condujo a una estructura de piedra al fondo del patio. Parecía la entrada a una antigua cisterna, con un arco semicircular medio derrumbado.
—Es aquí —dijo, deteniéndose frente a una puerta de madera reforzada con placas de acero oxidado—. El inquilino anterior era un alquimista que voló en pedazos hace dos meses. El lugar está 'limpio', más o menos.
—¿'Más o menos'? —pregunté, escéptico.
—Todavía huele un poco a azufre y... bueno, a alquimista quemado. Pero las protecciones de las paredes siguen intactas. Ni los Schiak ni la policía pueden rastrearlos aquí.
Mi padre asintió, satisfecho con la evaluación pragmática. Metió la mano en su abrigo, sacó un grueso fajo de liras turcas y se lo tendió a Azra.
—Toma esto —ordenó mi papá—. Sé que rechazaste el pago por el escape, pero no nos pueden ver en la superficie.
Necesito que hagas recados y sobornes a quien haya que sobornar.
Ve a las coordenadas del refugio que Mikhail te dará y recupera nuestros baúles tácticos.
Necesitamos nuestras armas y equipo si queremos sobrevivir la noche.
Azra tomó el dinero con la velocidad de un prestidigitador. No lo contó; simplemente lo hizo desaparecer en su bota con un asentimiento.
—Volveré antes del amanecer —prometió—. No le abran la puerta a nadie. Incluso si suena como yo.
Azra se dio la vuelta y se desvaneció en las sombras del patio con una facilidad sobrenatural, dejándonos solos frente a la puerta del alquimista muerto.
Entramos. El lugar era una cueva glorificada.
Paredes de piedra desnuda, un suelo de tierra irregular y un techo abovedado bajo.
Había un banco de trabajo chamuscado en el centro, unos estantes vacíos y un catre con un colchón que preferí no inspeccionar demasiado de cerca.
Y sí, olía a azufre. Y a algo más dulce, como a carne asada olvidada en el horno.
Tragué saliva, intentando no pensar en el alquimista.
Mikhail cerró la puerta y aseguró los cerrojos. Se desplomó contra la madera, deslizándose hasta el suelo.
—De la Casa de los Milagros en Tlaxcala al Serrallo de los Mendigos en Estambul —dijo, soltando una risa cansada—. Nuestra vida es una constante degradación en la calidad de bienes raíces.
—Deja de quejarte y ayúdame a despejar la mesa —ordenó mi padre. Ya estaba en modo de trabajo. La adrenalina de la huida había sido reemplazada por la obsesión del historiador.
Mikhail y yo despejamos la mesa de cristales rotos y cenizas. Mi papá colocó el Codex Myra en el centro y encendió una linterna de campamento que sacó de su mochila. La áspera luz blanca iluminó el cuero viejo del libro.
—Bien —dijo mi padre, frotándose las manos—. Tenemos unas horas antes de que la manada de Ruprecht rastree nuestra firma energética hasta este barrio. Necesito encontrar la cláusula de anulación.
—¿Cláusula de anulación? —pregunté, acercándome—. Pensé que estábamos buscando un ancla geográfica.